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Cortex

Por Gabriela Angulo Vargas

© inepub.com

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E ra el día de mi veinteavo cumpleaños cuando fui arrancado del lugar que odiaba, pero del que, a pesar de todo, no pretendía marcharme.

El Valle de la Tierra, en su esencia, era de una belleza austera, casi minimalista.

Se extendía en ondulaciones suaves, colinas cubiertas de pasto que parecían respirar con el viento, y entre ellas se alzaban árboles centenarios.

De sus ramas fortificadas colgaban nuestras casuchas, tejidas con esmero a partir de fibras y maderas.

Allí, suspendidos en el aire, habitábamos un paisaje que, en su sobriedad, nos ofrecía la ilusión de que una prisión podía ser hermosa.

Al andar, la casucha se balanceaba con suavidad. Me recogí el cabello en una media coleta mientras una mueblería, construida con el cristal brillante de cova, me devolvía mi propio reflejo.

Que mi cumpleaños coincidiera con los rituales de aniquilación no era una ironía fortuita ni desafortunada; era la decisión de Calyssa, quien, con crueldad metódica, había dispuesto que cada nuevo año de mi vida se tiñera de muerte.

Quizá para entristecerme, pero sin duda para recordarme el poco tiempo de vida que me quedaba.

Limpié la sangre seca y apelmazada de mi mejilla y un nuevo hilo carmesí escurrió hasta mi mentón.

Aquella herida abierta se había vuelto parte de mí desde hacía años.

La sangre, que jamás dejaba de brotar, era, cuanto menos, repulsiva.

Pero si me preguntaban si dolía, la respuesta era no.

El dolor que se siente sin descanso se vuelve irrelevante.

Una idea cruzó mi mente: ¿cuánta sangre necesitaba perder un querubín para marearse y dejar de ser útil?

Era una pregunta interesante, considerando la cantidad que había perdido ese día sin sentirme mal.

Hacía tanto que no me desmayaba por eso que la idea era casi un recuerdo lejano.

Anoté la pregunta en mi libreta para llevar un registro.

En ese momento oí el llamado de la serafina de la tierra.

Con un suspiro, me guardé el cuadernillo en el bolsillo y me levanté para dirigirme hacia la salida.

Bajé de un salto hacia el Rito de Aniquilación. Para mi propio consuelo, ninguno era peor que el otro, todos eran iguales. Primero las manos, luego la astilla, después el grito. Era una secuencia escabrosa que ya no me dolía observar.

Calyssa hizo contacto visual conmigo en cuanto subió al galpón. Seguro notó el cansancio en mis ojos, pero le daba igual. Lo único que le importaba era que yo observara.

—Queridas querubinas, el Rito de la Aniquilación es una ofrenda a la naturaleza. En el pasado, los dioses proclamados por el Sempiterno del Empíreo eran varones…

Mis ojos se cerraron sin querer, no por aburrimiento.

¿Era la sangre que perdí? Quizá ese era el límite, veinte horas sangrando.

Un dato más para la libreta. Mis pensamientos volaron lejos.

Enfoqué el cielo, preguntándome qué habría más allá de su final.

Entonces, una de mis hermanas, de pie a mi lado, me empujó con su hombro para llamar mi atención.

—¿Qué se supone que haces, sabandija? Presta un poco de respeto a nuestra madre Calyssa —me susurró ella, como fuera que se llamara.

La miré directo por unos segundos. Le sonreí burlesco.

—Medito sobre la futilidad de la existencia. Es el momento perfecto, ¿no crees?

Las querubinas del rito alzaron los mazos.

Una gota me hizo cosquillas en la mejilla, y al limpiarla volví a mancharme de sangre.

Contemplé mis manos rojas mientras los golpes de los martillos resonaban al fijar a los querubines en la tabla.

Sus gritos llenaron el aire, agudos como los de cachorros heridos.

—Feliz cumpleaños, Cardillo —susurré, volviendo a mirar el cielo, aunque en ese instante mis ojos se enfocaron en algo diferente.

El cielo lucía distinto. Las nubes se habían apartado unas de otras, y desde el horizonte avanzaba un espeso remolino de vapor gris. ¿Vapor? No. Parecían las mismas nubes, pero arremolinadas con una furia inusitada. ¿Humo? Mierda, era un torbellino.

—¡Madre Calyssa! ¡Nos atacan! —bramó una de mis hermanas, señalando el desastre que se precipitaba a toda velocidad hacia el Valle.

Había avanzado con tal celeridad que, en el instante en que Calyssa se volteó para corroborar lo que sucedía, la masa de viento la devoró. Di solo un paso hacia atrás, a diferencia de mis hermanas, que corrieron despavoridas en dirección a las colinas.

Las miré con un dejo de decepción.

Me arrodillé en la tierra y conecté con las raíces que Calyssa guardaba como protección.

Estas se estiraron con furia, rasgando el suelo al emerger.

Cuando me amarré firme a la tierra con los sarmientos, el torbellino ya me rugía encima.

Respirar se volvió una lucha, con el aire espeso invadido por el polvo, pero sabía que podía aguantar la respiración.

Creí que el remolino venía por sí solo, hasta que vi a varias querubinas del aire descender en picada desde el cielo.

Mi prioridad, en ese instante, era recuperar a Calyssa.

Por eso, cuando las querubinas del aire aterrizaron y corrieron hacia mí, evité iniciar una pelea directa.

En su lugar, pateé la tierra haciendo que el suelo se desmoronara y avanzara contra ellas como una ola pesada y arrasadora del océano.

Me cubrí el rostro con el brazo para evitar que la tierra me cegara.

Me eres útil, Cardillo . La voz de la serafina de la tierra se asentó en mi cabeza, resonando con autoridad, y yo asentí con una mueca.

Tenía que serlo, debía ser útil para que mi solitaria existencia como el último querubín valiera la pena.

Me tenían prohibido usar mis poderes, excepto en un momento de verdadera emergencia.

Y un momento como ese, con el Valle al borde del abismo, era perfecto.

La tierra trepidó bajo mis pies. Con un esfuerzo que me recorrió el cuerpo, sentí cómo la energía bullía y se extendía por el suelo. Con tal conexión, hice brotar las antiguas raíces que se ocultaban en las profundidades del Valle.

Las raíces, gruesas como troncos y retorcidas como serpientes gigantes, se alzaron con fuerza implacable hacia el cielo tormentoso, en busca del corazón del torbellino.

Se enredaron en él, apretando y ralentizando su giro amenazante.

El viento concentrado las hizo estallar y el aire se volvió irrespirable, tan denso que las partículas de oxígeno se transformaron en una barrera hiriente en mi garganta.

Maldición, el pecho me ardía. Con un espasmo, solté el control de las raíces y me desplomé, envuelto en una tos errática.

Sentí unos pasos a mi espalda y, justo cuando quise voltearme para defenderme, la nada misma me cayó sobre los hombros y me aplastó. No podía levantarme, pero logré girar el cuello lo suficiente para verla: Nylena, la serafina del aire, de pie, con una magnificencia imponente.

Me tomó por la cabeza y la giró al frente.

Luego, caminó a paso lento a mi lado hasta rebasarme.

Desde mi posición, pude ver cómo cerraba el puño y, al instante, el torbellino empezó a deshacerse, liberando a Calyssa, que caía al vacío.

Con el poco control que aún conservaba, extendí la mano y sujeté su brazo con las raíces antes de que se estrellara contra el suelo.

Nylena se volvió para mirarme y entrecerró los ojos.

—¿No es irónico, Calyssa? —preguntó, aún con la vista fija en mí, para luego volverse hacia la serafina de la tierra—. Realizas este rito todos los años, pero no acabas con el querubín más fuerte de tu linaje. Estoy segura de que ahí se halla el verdadero problema.

—Lo que yo haga en mis tierras es asunto mío, Nylena —contestó Calyssa, mientras sus pies volvían a la tierra con un gesto de aturdimiento—. Ahora, ¿qué quieres? ¿Crees que la diosa Eryndra nos permite invadir territorios y dañarlos de esta forma?

Reparé a mi alrededor. Las querubinas de la tierra estaban de pie detrás de mí, en una fila tensa.

Las del aire, del otro lado, se alineaban acechando a Calyssa.

No sé si fue consciente, pero busqué a Lummina, porque la hallé entre los cientos de cabezas femeninas.

Me estaba viendo, inyectada de odio y resentimiento, mientras balanceaba en su mano derecha una hoz filosa.

Tenía odiosos ojos oscuros, un rostro redondo y el cabello atado en una coleta, tan voluminoso, largo y rizado que le llegaba hasta la cintura.

Tal vez reparar en esos detalles en ese instante no era pertinente, pero me fijé en ellos.

—Soltarás a los querubines —escuché, y esa orden me despertó de mi estado. Nylena apuntaba con su dedo a los niños del linaje de la tierra.

Calyssa rio, creyéndolo un chiste.

—Nylena. —Suspiró un aliento cargado de cansancio—.

¿Te has vuelto loca? Puedo controlar a un perro obediente como Cardillo, pero ¿qué me quedaría si estos niños crecieran?

¿Quieres que condene mi poder? No, no, déjame adivinar.

¡Quieres que la leyenda se repita para comprobar si es real! Siempre has sido tan curiosa…

—No. Lo que estás haciendo es infame. No son cualquier criatura; son niños humanos.

—¿Niños humanos? —repitió Calyssa con un tono burlón—. Por favor, ¿te estás escuchando? Sé que eres la menor de nosotras, pero has perdido la cabeza.

—Libéralos.

La serafina de la tierra rio de nuevo.

—¿Y si no lo hago? —Calyssa la miró con desafío.

—El linaje del aire le declarará la guerra al de la tierra.

—¿Llegarías tan lejos por unos… querubines varones? —Calyssa seguía sonriendo—. Espera. Podríamos citar a un consejo celestial en Catarbella. Si te molesta que me divierta derramando sangre, pongámoslo a decisión de la diosa. Así estarás feliz, ¿no?

Nylena comenzó a caminar de un lado a otro, su impaciencia era palpable.

—Solo lo estaré si dejas de matarlos.

Calyssa se puso seria por primera vez desde que había aterrizado.