CAPÍTULO 3
EL MONSTRUO EN EL DORMITORIO
PUNTO DE VISTA: IVY
El sueño siempre es el mismo.
Corro por un bosque de árboles negros, con ramas esqueléticas y afiladas que arañan mi ropa como dedos desesperados. El suelo es barro: un barro espeso y absorbente que huele a cobre y podredumbre. No puedo respirar. Los pulmones me arden por el esfuerzo, gritando por un oxígeno que no existe.
No sé de qué estoy huyendo, pero puedo oírlo. Un golpeteo bajo y rítmico a mi espalda. Pasos pesados. Deliberados. Sin prisa.
Tropiezo. El barro me traga las manos, frío y viscoso. Intento ponerme en pie, pero una sombra cae sobre mí, borrando la luna pálida y enfermiza.
Despierto con un jadeo, incorporándome de golpe en la cama.
El corazón me martillea las costillas, un ritmo frenético y magullado que repite el terror de la pesadilla. Me llevo una mano al pecho, obligando al aire a entrar en los pulmones. Tengo la piel húmeda de sudor frío, la camiseta pegándoseme incómoda a la espalda.
Solo era un sueño.
Aprieto los ojos y cuento hacia atrás desde diez. Un mecanismo que me recomendó mi terapeuta hace años, cuando murió mi madre y empezaron los ataques de ansiedad. Diez. Nueve. Ocho.
Inspiro hondo, llenándome del olor familiar de mi apartamento. Vainilla. Papel viejo.
Y... algo más.
Abro los ojos de golpe.
El aire ha vuelto a cambiar. Es más pesado, cargado de electricidad estática, como la atmósfera justo antes de que caiga un rayo. El silencio de la habitación no está vacío; está expectante.
Me toco la garganta. El metal frío del collar de la jaula sigue ahí. Me dormí con él puesto. No fui capaz de quitármelo. Sacármelo se sentía mal, como quitarse un anillo de boda que no había aceptado llevar pero tampoco podía rechazar.
Giro despacio la cabeza hacia la ventana.
Las persianas están bajadas, igual que las dejé. El nuevo cierre industrial está echado. La habitación está bañada por el débil resplandor naranja de las farolas filtrándose entre las lamas, creando franjas de sombra sobre el suelo de madera.
Todo parece normal.
Pero la piel me repta. El vello fino de los brazos se me eriza con una advertencia instintiva anterior al lenguaje.
Corre.
Aparto el edredón de las piernas. Necesito un arma. No tengo pistola —esto es Nueva York y soy una estudiante sin un duro—, pero tengo mis materiales de arte.
Salgo de la cama, mis pies descalzos silenciosos sobre la madera fría.
Los ojos se me van al escritorio al otro lado de la habitación.
Mi cúter de precisión está allí, encima del cuaderno de bocetos.
Es pequeño, pero la hoja es nueva. Corta lienzo y cartulina como mantequilla. También puede cortar piel.
Doy un paso hacia el escritorio.
Clic.
El sonido es suave, mecánico, y viene de la puerta principal.
Me quedo helada. La sangre se me convierte en agua con hielo.
No ha sido un golpe. Ha sido el sonido del cerrojo al deslizarse hacia atrás.
Observo, paralizada, cómo el pomo gira. Despacio. Deliberado. No es el movimiento frenético de un yonqui intentando entrar. Es el giro suave y confiado de alguien que tiene una llave.
Pero nadie tiene llave. Ni el encargado. Ni mi padre. Solo yo.
La puerta se abre.
Una sombra llena el marco.
Es enorme. Ese es mi primer pensamiento coherente. Ocupa toda la entrada, los hombros casi rozando ambos lados. La luz halógena parpadeante del pasillo le da por la espalda y lo convierte en una silueta de oscuridad pura e imponente.
Entra.
Cierra la puerta tras de sí y echa la llave. Clic. El sonido es definitivo. Como la tapa de un ataúd al cerrarse.
—¿Quién eres? —mi voz es un graznido patético, apenas un susurro.
No responde de inmediato. Se queda allí, ajustándose los puños de la chaqueta del traje.
Va vestido de forma impecable: un traje negro de tres piezas que parece costar más que todo este edificio.
Un largo abrigo gris marengo cae desde sus hombros.
Parece un rey que se equivocó de calle y acabó en los suburbios.
Entonces da un paso hacia la franja de luz de la ventana, y veo su cara.
Dejo de respirar.
Es hermoso. Aterradora, dolorosamente hermoso. Pómulos altos y afilados, como tallados en mármol. Una mandíbula tan marcada que parece agresiva. Tiene el pelo oscuro peinado hacia atrás con una precisión severa, aunque un mechón suelto le ha caído sobre la frente.
Pero son sus ojos los que me clavan al sitio. Son oscuros, vacíos infinitos, ardiendo con un fuego azul y frío que parece desnudarme allí mismo, en mitad de mi dormitorio.
Y hay una cicatriz. Una línea blanca, fina e irregular, que le atraviesa la ceja izquierda y estropea la perfección lo justo para volverlo peligroso.
—Hola, Ivy —dice.
Su voz es profunda, un retumbo de barítono que siento en el estómago. Vibra por las tablas del suelo, por las plantas de mis pies, y se instala entre mis muslos.
Sabe mi nombre.
—Vete —digo, intentando inyectar fuerza en mi voz, aunque estoy retrocediendo hacia el escritorio—. Voy a gritar. Te juro por Dios que voy a gritar.
Inclina la cabeza, observando mi movimiento con la atención depredadora de un lobo ante un conejo. No parece preocupado. Parece... divertido.
—Puedes gritar —dice con calma, dando un paso adelante. Sus movimientos son fluidos, predatorios—. Pero nadie va a venir. El edificio está vacío, Ivy. Lo he comprado hace una hora.
Mi espalda choca contra el borde del escritorio. Mi mano busca a tientas detrás de mí, y los dedos se cierran alrededor del mango metálico y frío del cúter.
—¿Has... has comprado el edificio? —lo absurdo de la frase me marea.
—Me gusta la privacidad —dice simplemente—. Y no me gusta compartir mis cosas.
Mis cosas.
Está hablando de mí.
—No soy una cosa —escupo, con la adrenalina imponiéndose por fin a la conmoción—. Y no soy tuya.
Saco el cúter de detrás de mi espalda y lo sostengo delante de mí con la mano temblorosa. La hoja atrapa la luz, una amenaza diminuta y plateada frente a un gigante.
Se detiene. Mira el cúter y luego me mira a los ojos. Una sonrisa lenta y oscura le curva los labios. No es una sonrisa amable. Es la sonrisa del diablo al descubrir que quieres jugar.
—Cuidado, pajarita —ronronea—. Podrías cortarte.
—¡Atrás! —grito—. ¡Lo digo en serio! ¡Te mataré!
—Lo dudo.
Se mueve.
Cubre la distancia entre nosotros en un borrón que desafía su tamaño. Un segundo está a metro y medio, y al siguiente está justo delante de mí.
Lanzo la hoja por el aire, apuntando a su cara, a su pecho, a cualquier parte.
Me atrapa la muñeca en mitad del golpe.
Su agarre es de hierro. Inflexible. Doloroso. Detiene mi brazo sin esfuerzo alguno, torciéndome la muñeca lo justo para obligarme a abrir los dedos. El cúter cae al suelo, inútil.
No me suelta. Me clava la muñeca contra la pared por encima de la cabeza, su cuerpo chocando contra el mío y atrapándome entre el escritorio y su marco duro e inamovible.
Jadeo, quedándome sin aire. El contacto es eléctrico. Siento su calor a través de la ropa, el muro sólido de músculo bajo la lana cara de su abrigo. Huele a aire invernal, tabaco caro, sándalo... y algo metálico. Algo afilado.
Sangre.
Miro hacia abajo y veo una pequeña salpicadura oscura en el puño blanco de su camisa.
—Estás... estás sangrando —susurro, con los ojos muy abiertos.
—No es mi sangre —murmura, inclinándose. Su cara está a centímetros de la mía. Siento su aliento en mi mejilla, caliente y mentolado.
—¿Quién eres? —pregunto de nuevo, con lágrimas pinchándome en las comisuras—. ¿Qué quieres?
Suelta mi muñeca, pero mantiene la mano apoyada en la pared junto a mi cabeza, enjaulándome. Con la otra mano —grande, cubierta por un guante de cuero— recorre la línea de mi mandíbula. El cuero está fresco y suave contra mi piel.
Baja la mano, su pulgar rozando el punto de mi pulso en la garganta, deteniéndose sobre los diamantes de la gargantilla.
—Te sienta bien —dice en voz baja, ignorando mi pregunta—. Sabía que sería así. Tienes el cuello perfecto para ella. Largo. Elegante. Vulnerable.
Me estremezco, una mezcla de repulsión y calor oscuro retorciéndose en mi vientre.
—Quédatela. Cógela y vete.
—No doy regalos para recuperarlos, Ivy.
Se acerca más, su nariz rozando mi pelo. Inspira hondo, como si quisiera memorizar mi olor.
—Vainilla y miedo. Mi combinación favorita.
—Por favor —gimo—. Dime qué quieres. ¿Dinero? No tengo. Mi padre...
—Tu padre —me interrumpe, endureciendo la voz. La temperatura de la habitación parece caer—. Tu padre es la razón por la que estoy aquí.
El estómago me da un vuelco.
—¿Le... le pidió dinero prestado?
—Algo así. —Silas —no sé su nombre, pero mi mente grita Depredador— se aparta un poco para mirarme a los ojos—. Tenía una deuda. Una deuda enorme con hombres muy malos. Rusos.
—Yo... no puedo pagarte —balbuceo—. No tengo nada.
—Él tampoco tenía dinero —dice—. Así que ofreció un intercambio.
Hace una pausa, dejando que el silencio se estire, dejando que el horror cale antes de pronunciar siquiera las palabras.
—¿Qué intercambio? —susurro, aunque creo que ya lo sé. Creo que siempre he sabido que mi padre me vendería si el precio fuera el adecuado.
—A ti —dice. La palabra cae como un mazazo—. Te vendió, Ivy. A los rusos. Para pagar su deuda con tu cuerpo.
La habitación gira. Bailan manchas negras en mi visión.
—No. No, él no haría eso. Me quiere. Está enfermo, pero me quiere.
—Se quiere a sí mismo —me corrige el extraño, sin piedad en la voz—. Quiere a la botella y a las cartas más de lo que jamás te quiso a ti. Iba a dejar que te llevaran a Dubái. Que te convirtieran en una puta.
Un sollozo me desgarra la garganta. Las piernas me fallan, pero su cuerpo me sostiene, presionándome contra la pared.
—Pero no te preocupes —continúa, acariciándome la mejilla con el pulgar, secando una lágrima—. No dejé que te tuvieran.
—¿Tú... me salvaste? —lo miro, buscando un destello de bondad en esos ojos azules y fríos.
—¿Salvarte? —suelta una risa oscura—. No. Pujé más alto.
Se inclina, sus labios rozándome la oreja.
—Compré la deuda, Ivy. Te compré a ti.
Lo empujo en el pecho, el pánico estallándome dentro como una granada.
—¡No! ¡No puedes comprar a una persona! ¡Esto no... esto es una locura! ¡Voy a llamar a la policía!
Intento escabullirme por debajo de su brazo, pero me atrapa con facilidad. Me gira, me aprieta la espalda contra su pecho y cruza sus brazos sobre los míos, convirtiéndose en una camisa de fuerza humana.
—La policía trabaja para mí —susurra contra mi pelo—. Todo el mundo trabaja para mí. No va a venir nadie a ayudarte, Ivy. Tu padre se ha ido. Tu contrato de alquiler está rescindido. Tu vida, tal y como la conocías, terminó en el momento en que crucé esa puerta.
—¡Suéltame! —grito, forcejeando contra él. Doy una patada hacia atrás y el talón conecta con su espinilla.
Ni se inmuta. Solo aprieta más, exprimiéndome el aire hasta que jadeo.
—Lucha contra mí —gruñe, y oigo la excitación en su voz—. Dios, me encanta cuando luchas. Hace que romperte sea mucho más dulce.
Me levanta del suelo sin esfuerzo. Los pies me cuelgan inútiles en el aire.
—¿Adónde me llevas? —lloro, con la histeria arañándome la garganta.
—A casa —dice.
Camina hacia la puerta, cargándome como si no pesara nada.
—¡Mis cosas! —protesto débilmente, mirando atrás, a mi apartamento diminuto y patético. Mi cuaderno de bocetos. La foto de mi madre en la mesilla—. ¡Necesito mis cosas!
—No necesitas nada —dice, saliendo al pasillo—. Yo te daré todo lo que necesites.
Cierra la puerta de una patada detrás de nosotros.
El pasillo está vacío. Abajo, en la calle, oigo el sonido tenue de un motor al ralentí.
Dejo de luchar. No porque quiera, sino porque la conmoción empieza por fin a desbordarme. El cuerpo se me queda blando en sus brazos. Apoyo la cabeza contra la lana de su abrigo, escuchando el latido firme y poderoso de su corazón.
Es un ritmo lento. Tranquilo. Imperturbable ante el hecho de que está secuestrando a una mujer en mitad de la noche.
Huele a sangre y a seguridad. La contradicción me da ganas de vomitar. Me da ganas de acurrucarme más cerca.
Llegamos al pie de las escaleras. El aire frío de la noche me golpea la cara cuando empuja la puerta principal.
Un coche negro enorme espera junto al bordillo. Un hombre con traje sostiene abierta la puerta trasera. No parece sorprendido de ver a su jefe cargando con una chica en pijama. Solo asiente.
—Bienvenida a casa, señorita Ross —dice el conductor.
Silas me deposita en el asiento trasero. El cuero es suave, calefactado. Huele a él.
Entra a mi lado, la puerta se cierra con un golpe sordo, sellándonos dentro. El cierre se activa.
Me encojo contra la puerta opuesta, abrazándome las rodillas. Lo miro. Está ajustándose los gemelos, perfectamente compuesto, como si esto hubiera sido una reunión de negocios.
Gira despacio la cabeza y atrapa mi mirada. Las farolas de fuera le proyectan sombras sobre el rostro, haciendo que la cicatriz de la ceja parezca más profunda, más oscura.
—Deja de temblar, Ivy —dice suavemente.
Alarga la mano y cubre la mía con la suya. Ya no lleva guante. Su piel es cálida, áspera, callosa. Su pulgar me roza los nudillos en un ritmo calmante y posesivo.
—Ahora estás a salvo —promete.
—Soy una prisionera —susurro, con la voz temblando.
Sonríe. Una sonrisa auténtica, aterradora, que le llega a los ojos.
—Es lo mismo, pajarita.
El coche se aleja del bordillo, fundiéndose con la oscuridad de la ciudad, llevándome lejos de todo lo que he conocido y más hondo en el abismo del hombre sentado a mi lado.