45. La nueva Montera
La nueva Montera
Amalia Eraso de Aldecoa volvió al claro a media mañana, cuando el sol ya calentaba la hierba, en el mismo todoterreno en el que se había marchado, conducido ahora por un hombre de traje oscuro al que Irene no había visto en toda la noche.
No venía sola. Detrás del coche subían despacio dos furgonetas blancas, sin rótulos, de las que empezó a bajar gente tranquila y eficiente, con monos y maletines, que se repartió por la ladera sin que nadie tuviera que decirles nada, como quien ha hecho aquello otras veces.
Se pusieron a ocuparse de los muertos. A fotografiarlos.
A medirlos. A recogerlos. Con una calma de funcionario, sin un gesto de más, sin mirar dos veces ninguna de las caras que iban metiendo en bolsas.
Irene los vio trabajar desde abajo de la ladera, sentada en la hierba con la cabeza de Adrián apoyada en el regazo, sin fuerzas ya ni para levantarse.
Y entendió, viéndolos moverse, una cosa que no había entendido en toda la noche: que aquello no era el final de nada.
Que para esta gente, la noche entera, con sus doce o quince muertos, no había sido una tragedia, ni un escándalo, ni una carnicería.
Había sido un evento. Un evento anual, con su presupuesto y su personal de limpieza, que ese año había salido un poco peor de lo previsto y que ahora tocaba recoger antes de comer.
Amalia se acercó a ella sin prisa, sorteando los bultos con una elegancia distraída, y se paró a un par de metros.
Llevaba ropa limpia. Se había cambiado. Mientras Irene mataba a su hermana en lo alto del cerro, Amalia había bajado a la casa, se había duchado, se había puesto otra ropa y había hecho unas llamadas.
Y ahora estaba allí de nuevo, fresca, serena, mirando a Irene y a Adrián en la hierba con una cara que no era de pena ni de triunfo.
Era la cara con la que se mira un asunto pendiente que por fin se va a poder cerrar.
—Lo has conseguido —dijo Amalia.
Lo dijo igual que se da la enhorabuena por un ascenso que en el fondo a una le da lo mismo.
—Has quedado en pie. La última. Y por el camino te has cargado a un cazador. A varios, en realidad. ¿Sabes lo que significa eso?
Irene no contestó. Lo sabía. Se lo había explicado Pura hacía mil años, al principio de la noche, cuando todavía se creía que aquello eran las reglas de un juego que pensaba ganar: el que mata a un cazador, o el que queda el último en pie, no se muere. Entra. Se queda. Pasa a ser de la familia.
—Significa —siguió Amalia, por si acaso— que ya no eres una pieza.
De esta montería solo se sale de dos maneras: muerta, o ganándola.
Tú la has ganado. Las dos cosas a la vez, además.
Así que, por la única ley que esta familia respeta de verdad, que es la suya propia, desde este momento, te guste o no, eres de los nuestros.
—No soy de los vuestros —dijo Irene. Tenía la voz hecha trizas de toda la noche—. Maté a mi hermana. No me cargué a un cazador por deporte. Lo hice para salir viva.
—Ya lo sé.
Y Amalia sonrió un poco, por primera vez, casi con afecto.
—¿Por qué te crees que te quiero a ti, y no querría a ninguna de esas pobres crías que andaban gritando por el monte?
Por eso exactamente. Porque tú no disfrutas.
Las que disfrutan son un problema. Se vuelven como tu hermana: se descontrolan, se vuelven avariciosas, se cargan a la propia familia.
Tú no. Tú lo haces bien, con la cabeza fría, porque hay que hacerlo, y luego lo dejas y te lavas las manos.
Eso, querida, no es una pieza. Eso es una Montera.
Eso es justo lo que esta casa necesita ahora que mi marido se ha dejado matar de pena y mi familia entera se ha desangrado por codiciosa.
Irene miró a Adrián. Tenía los ojos cerrados, la respiración cada vez más corta, la cara del color de la cera. Se le estaba yendo en las manos. Y Amalia, que lo veía todo, que llevaba toda la vida viéndolo todo, siguió su mirada, lo entendió, y jugó la única carta que le hacía falta jugar.
—A tu chico se lo puedo salvar —dijo, sin alterarse—.
Tengo la gente y los medios para tenerlo en un quirófano de verdad dentro de cuarenta minutos, con un parte médico que diga lo que tenga que decir.
O lo puedo dejar morir aquí, en tu regazo, en la media hora que le queda.
Las dos cosas me cuestan a mí exactamente lo mismo: una llamada. La diferencia la decides tú.
Y ahí estaba. La trampa. Perfecta, cerrada, de la misma clase que Amalia llevaba tendiendo toda la noche sin que se le viera nunca la mano.
No era una amenaza. Era una oferta. Y era una oferta que Irene no podía rechazar, porque rechazarla significaba ver morir a Adrián en la hierba con tal de no mancharse ella las manos en una cosa que ya las tenía manchadas hasta el codo.
—¿Qué quieres a cambio? —preguntó Irene, aunque ya lo sabía.
—Nada que no seas ya —dijo Amalia—. Que ocupes el sitio que has ganado.
Que seas lo que esta noche te ha hecho. Que firmes, con tu silencio, el mismo contrato que firmamos todos.
Tú te quedas con la finca, con el dinero, con la vida de tu chico y con la tuya propia.
Y a cambio, el año que viene, cuando vuelva a salir la luna roja, esto se vuelve a hacer.
Con otras piezas. Y tú, esa vez, estarás del lado bueno de los cuernos.
Volvió a bajar la vista hacia Adrián. Hacia su cara.
Hacia los segundos que le quedaban. Pensó en decir que no.
Lo pensó de verdad, un instante entero, con todas las fuerzas que le quedaban.
Pensó en levantarse, escupirle a Amalia la finca y el dinero a la cara, coger a Adrián en brazos y bajar de aquel monte andando, los dos, limpios, hacia una vida cualquiera en la que nada de aquella noche hubiera ocurrido.
Y supo, mientras lo pensaba, que era mentira.
Que esa puerta no existía. Que si decía que no, Adrián se moría, y a ella la metían en una bolsa blanca como a los demás, o la guardaban viva para colgarla al año siguiente; y de cualquier forma la finca seguía, y la montería seguía, y la luna roja volvía a salir, con ella debajo o sin ella, lo mismo daba.
Decir que no no salvaba a nadie. Decir que no era, sencillamente, otra manera de morir.
Una más cara, que además se llevaba a Adrián por delante.
Así que no dijo que no.
Tampoco dijo que sí. No le dieron ganas de regalarle a Amalia esa palabra.
Hizo algo peor, algo más definitivo que cualquier sí.
Apartó con cuidado la cabeza de Adrián de su regazo, la posó en la hierba con una delicadeza que ya casi no le quedaba para nada más, y se levantó.
Despacio. Con el tobillo gritándole a cada centímetro.
Se puso de pie delante de Amalia, sucia de sangre de los pies a la cabeza, derecha, entera, y la miró a los ojos desde la misma altura por primera vez en toda la noche.
—Llama —dijo—. Sálvalo.
Una orden. No una súplica. Una orden.
Y Amalia sonrió del todo, al fin, con una satisfacción tranquila y limpia, porque aquella palabra, «llama», dada así, de pie, como se le da una instrucción a un empleado, era la primera orden que daba la nueva Montera Mayor de la finca. Y las dos lo supieron en el mismo instante.
Amalia sacó el teléfono e hizo la llamada, dos frases secas.
A los pocos minutos, dos de los hombres de mono bajaron con una camilla y se llevaron a Adrián ladera arriba, hacia las furgonetas, con un suero ya puesto y una eficiencia que daba esperanza y escalofríos a partes iguales.
Los vio subir. Vio cómo se llevaban lo último que le quedaba de la mujer que había bajado de aquel autobús: a salvarlo, sí, pero también a meterlo para siempre dentro de aquello, dentro de la maquinaria, en deuda con ella, marcado por ella, igual que se quedaba marcado ya todo lo que ella tocaba.
Iba a vivir. Esa era la buena noticia. La mala era que iba a vivir en el mundo de Irene. Y el mundo de Irene, desde aquella mañana, era exactamente aquel.
Amalia se puso a su lado, hombro con hombro, las dos mirando el claro lleno de gente recogiendo muertos bajo el sol limpio de la mañana. Y le habló por fin de otra manera. No como a una pieza. No como a una recluta asustada. Le habló como a una colega. Como a una igual. Como a la nueva dueña.
—Hay mucho que aprender —dijo, repasando el trabajo de su gente con ojo crítico—.
Esto se ha hecho fatal este año, la verdad sea dicha.
Demasiadas bajas nuestras, demasiado ruido, demasiado descontrol.
La culpa fue de dejar entrar a tu hermana: era buenísima, la mejor que hemos tenido, pero no había manera de gobernarla.
Contigo va a ser distinto. Tú tienes la cabeza.
El año que viene lo organizamos bien, tú y yo, desde el principio. Ya verás qué limpio sale.
Y le puso a Irene una mano en el hombro. Era la primera vez que la tocaba en toda la noche. Una mano seca, ligera, de mujer mayor. Una bienvenida. Una correa.
—Bienvenida a la familia —dijo Amalia.
Y esta vez no añadió «mucha suerte». Esta vez no hacía falta. La suerte, la buena y la mala, ya se había gastado entera durante la noche, hasta el último gramo. Lo que empezaba ahora no necesitaba suerte ninguna.
Solo necesitaba que volviera a salir la luna.