Corre, si puedes 44. Amanecer
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44. Amanecer

Amanecer

Bajó del cerro despacio, agarrándose a las matas, porque el tobillo ya no la sostenía del todo y el cuerpo entero se le había convertido, de pronto, en una sola cosa larga que dolía.

El sol estaba ya fuera del horizonte. La luz de la mañana, limpia y horizontal, entraba por encima de los árboles y lo tocaba todo: la hierba pisoteada, la sangre secándose negra sobre las piedras, los bultos quietos repartidos por la ladera y por el claro que unas horas antes habían sido una familia.

Era una mañana preciosa. De esas de octubre, frías y doradas, que dan ganas de estar vivo.

El monte no tenía la decencia de parecer lo que era. Parecía un sitio bonito.

Toda la noche había deseado aquel silencio con toda su alma.

Ahora lo tenía entero, y no se parecía en nada a lo que había imaginado.

Era el silencio que queda en un sitio donde ya no hay nadie a quien cazar ni de quien huir, donde no queda nada vivo que dé trabajo.

Muy lejos, un pájaro cantaba sin enterarse de nada, igual que cualquier otra mañana de octubre. El silencio de después.

Adrián seguía donde lo había dejado, contra el muro de piedra seca, medio sentado, con una mano apretada todavía contra el costado y la otra caída en la hierba.

La había visto bajar. Llevaba viéndola bajar todo el rato, sin parpadear, con los ojos clavados en ella, y a Irene, según se acercaba, le costó sostener aquella mirada, porque no era la de antes.

No era la mirada con la que la había mirado en el pasadizo, ni en el sótano, ni en ninguna de las veces de aquella noche en que él había sido lo único caliente en kilómetros a la redonda.

Era otra cosa. Era la mirada de alguien que mira algo nuevo.

Algo que aún no sabe del todo si reconoce.

Se arrodilló a su lado. Le dolió todo al doblarse. Se arrodilló igual. Y durante un rato largo no se dijeron nada, porque no había nada que decir que sirviera de algo, y porque las palabras, después de lo que él acababa de ver desde abajo, habrían sonado casi a insulto.

Adrián le buscó la mano libre. Se la encontró en la hierba y se la cerró despacio, con lo poco que le quedaba de fuerza.

Tenía los dedos helados. Y ella se quedó mirando aquellas dos manos juntas, la de él y la de ella, la limpia y la manchada hasta la muñeca, sin saber del todo qué hacían ahí ni qué se suponía que tenía que sentir al verlas.

Antes lo habría sabido. Antes, esa mano en la suya habría sido la cosa más importante del mundo entero.

Ahora la miraba desde una distancia rara, desde detrás de un cristal frío, como se mira la foto de un sitio en el que uno estuvo hace muchísimo tiempo.

Irene le miró el costado. Mal. Le miró la cara.

Peor. Le puso la mano en la frente, como había hecho horas antes, y la notó fría y húmeda, y entendió, con la parte fría de la cabeza, la parte nueva, que a Adrián le quedaba poco si no salían pronto de aquel monte.

Lo entendió como un dato. Como una distancia y un tiempo y una probabilidad.

Y solo después, con retraso, igual que se oye el eco lejano de algo que en otro tiempo habría sido un grito, le llegó por debajo la otra cosa.

La de siempre. La que la había traído hasta él aquella noche.

Un tirón hacia su cara, las ganas de que aquello al menos no, de que aguantara, de que se salvara una sola cosa de toda la noche.

Apagado. Lejano. Pero ahí todavía. Por los pelos.

—Lo has hecho —dijo Adrián. No era una pregunta. Lo había visto.

—Sí.

—¿Estás...? —empezó.

Y no supo cómo seguir, porque ninguna de las palabras que le venían valía. ¿Bien? No estaba bien. ¿Viva? Eso ya no lo tenía claro ni él.

Irene no le contestó. Le pasó el brazo por la espalda, con cuidado, y empezó a tirar de él para levantarlo, porque había que salir de allí, porque el sol estaba alto y en algún momento alguien bajaría a contar a los muertos.

Adrián se dejó. Pero cuando lo tuvo cerca, cara con cara, él la miró otra vez de aquella manera nueva, buscándola, buscando debajo de la sangre y la tierra y el frío a la mujer que había conocido la víspera.

Y vio en sus ojos el instante exacto en que no la encontró del todo.

El instante en que algo, en la cara de Adrián, se rindió un poco.

Y aun así no la soltó.

Eso fue lo que la salvó esa mañana de una cosa para la que ella todavía no tenía nombre. Que él la mirara, viera en qué se había convertido, y no la soltara. Apoyó la frente un segundo en su hombro, sucio de toda la noche, respiró contra ella, y le dijo, muy bajito, contra la tela de la chaqueta:

—Sigues ahí. Algo de ti sigue ahí. Lo he visto arriba, antes de la piedra. Lo de mirarla a la cara hasta el final. Eso no lo hace un monstruo. Eso todavía lo has hecho tú.

Irene cerró los ojos. Quiso creerlo. Una parte de ella, la que quedaba, se agarró a aquellas palabras como se había agarrado a las matas para bajar la cuesta.

Algo de ti sigue ahí. A lo mejor. A lo mejor era verdad y lo de mirar a Sara a la cara había sido lo último humano que le quedaba dentro, un rescoldo, una brasa pequeña debajo de toda la ceniza.

O a lo mejor (y esto lo pensó la parte fría, la nueva, y lo pensó sin crueldad, como quien hace una cuenta) lo de mirarla a la cara no había tenido nada que ver con la piedad.

A lo mejor había sido el oficio, sin más.

Su padre se lo había enseñado de cría, junto al resto: a la pieza se la mira al rematarla, porque el que aparta la vista en el último momento falla el golpe y la hace sufrir.

A lo mejor Adrián había visto ternura donde solo había habido buena puntería.

No lo sabía. Esa era la cosa de verdad horrible.

Que ya no sabía distinguir la una de la otra.

Que la ternura y el oficio se le habían mezclado en algún punto de la noche hasta quedar del mismo color.

Y que el simple hecho de no saberlo, de tener que pararse a preguntárselo encima del cuerpo de su hermana, ya le decía bastante claro hacia dónde se estaba yendo.

Lo ayudó a ponerse del todo en pie. Adrián se apoyó en ella, y ella aguantó su peso, y los dos se quedaron un momento parados, tambaleándose, agarrados el uno al otro, abajo del todo de la ladera. Dos supervivientes. O eso parecían desde lejos.

Y desde ahí, sosteniendo al hombre al que quería, o al que había querido, o al que quería con una cosa que ya no estaba segura de que se pudiera seguir llamando querer, Irene levantó por última vez la vista hacia el monte.

Lo miró todo. Miró la finca entera bajo el sol nuevo, el castillo negro recortándose, la verja al fondo, los muertos por todas partes.

Miró, en lo más alto del cerro, el bulto pequeño y quieto que era su hermana, a la que había subido aquel monte a salvar y había terminado bajándolo por haberla matado.

Y se miró las manos, las dos, abiertas, vacías ya de piedra, manchadas hasta la muñeca: las manos de su padre, las que sabían poner un lazo y leer un rastro, y ahora también, exactamente, punto por punto, las manos de Sara.

Y no sintió lo que tendría que haber sentido.

No sintió arrepentimiento, ni asco de sí misma, ni ganas de llorar.

Buscó esas cosas por dentro, una a una, como quien se palpa los bolsillos en busca de algo que juraría que llevaba encima, y no las encontró por ninguna parte.

Encontró otra cosa en su sitio. Una calma.

Una frialdad limpia, ancha y serena como la luz de aquel amanecer.

Y, debajo de la calma, muy al fondo, tan al fondo que casi no se oía, una idea nueva, tranquila y terrible, que la noche anterior no estaba allí y que ya no se le iba a ir nunca:

Que aquello, todo aquello, se le había dado bien.

Que el monte, al final de la noche, era suyo.