Corre, si puedes 43. La moneda
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43. La moneda

La moneda

La piedra se quedó arriba un segundo más de lo que tenía que quedarse.

Porque Irene, en ese segundo, la buscó. Buscó la tercera salida, la que no fuera ni morirse ella ni matarla a ella. La buscó de verdad, con todas las fuerzas que le quedaban, igual que llevaba buscando salidas toda la noche, leyendo el problema por todos sus lados a la vez. Y no la había.

No podía salvarla. A la que había bajado a salvar la había enterrado un cordel en el barro, hacía un año, en algún rincón de aquella ladera, y no quedaba de ella más que un nombre y una pulsera que su dueña ya no reconocía.

No podía dejarla viva. Lo que tenía debajo de la rodilla no iba a parar nunca, ni esa mañana ni la siguiente; lo había dicho la propia Sara, lo llevaba escrito en aquella sonrisa tranquila: en cuanto Irene aflojara la presión, en cuanto le diera la espalda, en cuanto bajara la guardia un solo segundo en lo que le quedara de vida, su hermana iría otra vez a por ella, y otra, y otra, hasta cobrarse la pieza que se le había escapado.

Y no podía irse. De aquel monte solo salía vivo el último que quedaba en pie.

Era la regla. La misma regla con la que había entrado Sara doce meses antes.

La misma que había convertido a su hermana en lo que Irene tenía ahora sujeto contra el suelo.

Tres puertas. Las tres daban al mismo sitio.

Así que hizo lo único que quedaba por hacer.

Lo hizo lo mejor que supo, porque era lo único que podía darle ya: que fuera rápido.

No cerró los ojos. Cerrar los ojos habría sido un regalo para ella misma, no para Sara, y aquel golpe no se lo debía a sí misma.

Le miró la cara a su hermana hasta el último momento, porque alguien tenía que mirarla, porque se lo debía, porque era lo único que le quedaba por darle que no fuera dolor.

Y bajó la piedra.

El monte se quedó en silencio.

Un silencio distinto a todos los de aquella noche larguísima.

No era el silencio tenso de antes de un ataque, ni el silencio aturdido de después de un disparo.

Era un silencio liso, definitivo, sin nada debajo.

El silencio exacto que queda cuando en un sitio donde había dos personas, de repente, pasa a haber una.

Irene se quedó arriba, a horcajadas sobre lo que un segundo antes había sido su hermana, con la piedra todavía agarrada y el brazo sin fuerza ya para soltarla.

El sol naciente le calentaba la espalda sin que lo notara.

Muy abajo, muy lejos, le llegó el sonido roto de Adrián diciendo algo, o intentándolo.

No se giró. No podía girarse. No podía hacer otra cosa que mirar la cara de Sara, quieta por fin, sin sonrisa, sin frío, sin nada de lo que le habían metido dentro durante un año.

Una cara que de pronto, ya muerta, se parecía muchísimo más a la de su hermana de lo que se había parecido en toda la noche estando viva.

Porque ahí, en aquella cara quieta, sin nada de lo que los Aldecoa habían construido encima, volvía a estar, por un segundo horrible y demasiado tardío, la niña de la pulsera.

La cría de siete años con las rodillas peladas que trenzaba con prisa y juraba solemnidades de cría.

Había hecho falta matarla para que volviera.

Irene la había buscado por todo el mundo durante un año, había cruzado aquel monte y se había deshecho a sí misma trozo a trozo para encontrarla, y la niña solo le había salido al encuentro ahora, al final, en una cara muerta, cuando ya no servía para nada.

Y entonces, despacio, como un frío que sube por dentro y va ocupándolo todo, Irene entendió lo que acababa de hacer. Lo que de verdad acababa de hacer.

No había matado a un monstruo. Eso habría sido fácil.

Eso habría sido incluso justo. Había matado a su hermana para seguir viva ella.

Había pagado, con la única persona a la que quería en el mundo, el precio justo y exacto de un sitio en aquel monte.

Esa era la moneda. La había llevado encima todo el tiempo, contra el pecho, sin saber lo que era.

No era la pulsera. Era lo que la pulsera valía.

Y la acababa de gastar entera, de una vez, para comprarse una mañana más de vida.

Y al gastarla, se convirtió en lo que había gastado.

Porque la regla de aquel monte no perdonaba a nadie, y menos que a nadie a los que ganaban.

Sara había matado para sobrevivir, y matar la había vuelto lo que era.

Irene acababa de hacer exactamente lo mismo, por exactamente la misma razón, con exactamente el mismo resultado.

La diferencia que había defendido a gritos un rato antes, aquella de «tú peleas por ti, yo peleo por gente», se había borrado en el instante en que bajó la piedra.

Porque, al final, había peleado por lo mismo que su hermana.

Había peleado por salir viva. Y había pagado lo mismo que su hermana para conseguirlo.

Soltó la piedra. Le costó. Tenía los dedos agarrotados de tanto apretarla, y cuando por fin se le abrieron, la piedra cayó a la hierba y rodó hasta pararse contra una mata, una piedra de río cualquiera otra vez, como si no acabara de partir el mundo en dos.

Se levantó. Le temblaban las piernas. Miró el monte entero desde lo alto del cerro, toda la finca por fin extendida bajo el sol limpio de la mañana, vacía, callada, suya.

Y por dentro no sintió pena, ni alivio, ni triunfo, ni espanto.

No sintió nada. Una calma fría, lisa, sin fondo.

Exactamente la misma calma que llevaba toda la noche viéndoles en la cara a ellos, a los del claro, a los dueños del monte.

Acababa de aprender a poner esa cara.