42. Espejo
Espejo
Lo que vino después Irene no lo peleó con rabia.
La rabia se le había gastado hacía rato, en algún punto perdido de la noche, junto con el alambre del antebrazo y la última lágrima que le quedaba dentro.
Lo que le quedaba ahora era otra cosa. Una calma muy fría, muy quieta, muy parecida a la que había estado viendo toda la noche en las caras de la gente del claro.
Peleó con la cabeza. Y eso, lo descubrió enseguida, era mucho peor que pelear con rabia.
Sara volvió a entrar, rápida, con el cuchillo bajo, buscándole el vientre.
Y la Irene de hacía tres horas, la que todavía era una mujer asustada corriendo por un monte ajeno, habría retrocedido.
Esta no. Esta leyó el ataque, calculó que el filo le pasaría a un palmo si giraba la cadera a tiempo, decidió en frío que un corte pequeño en el costado era un precio justo por la posición, y entró ella también, hacia dentro, hacia su hermana, en lugar de apartarse.
El cuchillo le abrió la piel sobre las costillas.
No le importó. Porque el corte le compró exactamente lo que quería: medio segundo con Sara pasada de largo, descolocada por su propio impulso, la nuca a su alcance.
Y le clavó el codo en la base del cráneo con todo el peso del cuerpo.
Sara cayó de rodillas.
Y a Irene, mientras la veía caer, mientras ya iba calculando el golpe siguiente, no le tembló nada por dentro.
Ni pena, ni asco, ni alivio. Nada. Solo una satisfacción pequeña, técnica, de oficio bien hecho: había funcionado.
Y en algún rincón remoto de sí misma, una voz muy débil le dijo que aquella satisfacción, esa exacta, fría y limpia, era la misma que le había visto en los ojos a Octavio mientras apretaba el gatillo.
La misma que tenía Sara ahora, levantándose otra vez del suelo, escupiendo rojo, sonriendo, como si su hermana le acabara de hacer un regalo.
Abajo, agarrado a su muro de piedra, Adrián lo vio.
Vio a Irene aceptar un cuchillo en el costado sin un solo gesto en la cara, con los ojos quietos, para comprarse un golpe.
Vio cómo daba el golpe. Y vio, sobre todo, que no le costaba.
Que cada vez le costaba menos. Quiso gritar algo, pararla, recordarle quién era.
No le salió la voz. Y aunque le hubiera salido, en aquel momento ya no estaba seguro de a cuál de las dos figuras de allá arriba se lo habría gritado.
Porque él la había querido por una sola cosa, por encima de la cara y del cuerpo y de todo lo demás: porque era distinta de su familia.
Porque en mitad de aquel matadero, con todo el mundo enseñando los dientes, ella seguía siendo capaz de doler por sus muertos, de cargar con una vieja a la espalda, de bajar a un infierno entero por una hermana que ya no la quería.
Eso era lo que Adrián había mirado toda la noche y no había visto en nadie más.
Y ahora, desde abajo, con el costado abierto y el mundo entrándole y saliéndole de foco, veía cómo aquello, lo único de ella que de verdad le importaba, se le apagaba en la cara golpe a golpe, como una vela a la que alguien le va bajando la mecha hasta dejarla en nada.
Y no podía hacer absolutamente nada. Solo verlo.
Y aguantarse las ganas de cerrar los ojos para no verlo, porque le parecía que cerrar los ojos también sería una manera de abandonarla.
—¿Lo notas? —dijo Sara.
Tenía la voz un poco rota por el codazo, pero la sonrisa entera.
—Lo de aceptar el corte para colocar el tuyo. Eso no se enseña, hermana. Eso sale solo, de muy adentro, cuando dejas de querer sobrevivir y empiezas a querer ganar. Y a ti te está saliendo precioso.
—Cállate.
—Es lo que hice yo. La primera vez. La misma noche que me trajeron a este monte, hace un año.
Dejé que un hombre me metiera un cuchillo entero en el muslo con tal de quitarle el suyo.
Y luego usé el suyo. ¿Y sabes qué pensé, justo después, mirándolo a él en la hierba?
Lo mismo que estás pensando tú ahora mismo.
Nada. Pensé: ha funcionado. Y pensé: vaya, qué fácil. Eso fue todo.
Irene no contestó, porque no tenía con qué.
Porque era verdad, y las dos lo sabían. Le metió a Sara un rodillazo en las costillas para no tener que seguir oyéndola, y el cuerpo de su hermana hizo un ruido feo, y Sara, en lugar de quejarse, se rió, encantada, como quien ve a una alumna aventajada bordar el ejercicio difícil.
Siguieron. El sol subía despacio por encima de los árboles y ellas se hacían sangre, y cada minuto que pasaba Irene encontraba dentro de sí una herramienta nueva, vieja en realidad, que no sabía que llevaba encima.
Aprendió, sobre la marcha, a no oír los ruidos que hacía Sara cuando un golpe entraba bien, igual que de cría había aprendido a no oír el chillido del conejo en el lazo.
Aprendió a usar su propia sangre, la que le bajaba por el brazo abierto, dejándola gotear en la palma para tener mejor agarre.
Aprendió a mirar a su hermana, a la cara de su hermana, a los mismos ojos en los que de niña había buscado refugio cuando el mundo se ponía feo, y a no ver una cara.
A ver un mapa. Un mapa de sitios donde hacer daño: la garganta, la rodilla que apoyaba mal, el corte de la ceja que le metía sangre en el ojo izquierdo y le quitaba medio campo de visión.
Cada una de aquellas cosas la hacía mejor.
Y cada una de aquellas cosas la alejaba un paso más de la mujer que había bajado de un autobús el día anterior, y la acercaba un paso más a la que tenía sujeta contra el suelo.
—Vas aprendiendo —dijo Sara, leyéndoselo en la cara, porque claro que se lo leía, porque era ella misma hacía un año—.
Y rápido. A mí me costaron tres monterías llegar a donde tú has llegado en una sola noche.
Siempre fuiste la lista de las dos. Papá lo decía.
«Sara tiene las manos, pero Irene tiene la cabeza. » Me daba una rabia que te morías.
Pelearon hacia el borde del cerro.
Allí el suelo se rompía en una pendiente de roca suelta y matojo que caía en picado hasta un canchal veinte metros más abajo.
Irene la llevó hacia allí a propósito. Lo hizo como se lo había enseñado su padre, como Sara nunca había querido aprenderlo: sin que se notara, cediendo terreno por la izquierda para cerrárselo por la derecha, pastoreándola hacia el sitio malo igual que se conduce una res hacia la boca del embudo.
Y le funcionó, porque aquel seguía siendo su oficio y no el de Sara.
Su hermana sabía matar mejor que nadie, pero leer el monte lo había despreciado de niña, y la ciudad y los años se lo habían borrado casi del todo.
Iba toda hacia delante, puro diente y empuje, demasiado metida en el placer de la pelea, demasiado entretenida con su hermana, y cuando quiso darse cuenta tenía el vacío a la espalda y a Irene cerrándole toda salida que no diera al aire.
—Bonito —reconoció Sara, mirando de reojo el abismo a su espalda, sin perder la calma—. Me has traído hasta aquí sin que lo viera. Eso es de las dos cosas más difíciles que hay en el monte. Estoy orgullosa. Te lo digo en serio. Estoy orgullosa de ti.
Y lo decía en serio. Eso era lo peor de todo. Que la única persona en el mundo que estaba orgullosa de Irene aquella mañana era el monstruo que tenía delante, y lo estaba precisamente por las cosas que la estaban convirtiendo en otro monstruo igual.
—No lo digas como si fuera bueno —dijo Irene, sin dejar de moverse, sin bajar la guardia ni un dedo—. Eso de que me parezco a ti. No es un piropo. Es la cosa más fea que me han dicho en toda la noche, y esta noche he visto cosas muy feas.
—Ya lo sé —dijo Sara, tranquila, casi con cariño—. Por eso te lo digo. Lo bonito ya te lo dijeron ellos cuando te metieron aquí. Yo te digo la verdad. Es lo único que nos queda a las dos.
Sara hizo entonces lo único que le quedaba por hacer: atacar hacia delante.
Todo o nada, el cuchillo por delante, porque a su espalda solo había caída.
E Irene, que llevaba tres metros esperando justo ese ataque, hizo lo que mejor sabía hacer en el mundo, lo que le había enseñado un hombre muerto hacía años con un trozo de cordel y una rama doblada: contra algo más fuerte que tú, no pongas tu fuerza, quítale la suya.
No paró el cuchillo. Lo acompañó.
Cogió la muñeca de Sara en el aire, con las dos manos, y en lugar de frenar el golpe lo ayudó a seguir, le sumó su propio peso al impulso de su hermana, la guió de largo igual que se acompaña a un animal que ya se ha lanzado solo dentro de la trampa para que termine de entrar.
Sara pasó de lado, vencida por su propia fuerza, con el filo cortando el aire vacío donde un instante antes había estado Irene.
Y cayó. No por el borde. Al suelo, de espaldas, en el filo mismo de la pendiente, con la cabeza y los hombros asomados ya sobre el canchal, el cuchillo perdido entre las piedras, y su hermana encima, a horcajadas, clavándole una rodilla en mitad del pecho.
Y así, de golpe, después de toda una noche, se acabó la pelea.
Sara estaba debajo de ella, inmovilizada, desarmada, con la nuca colgando en el vacío y el primer sol entero del día dándole de lleno en la cara sucia de sangre y de tierra. Irene estaba encima, con la rodilla en su esternón y las dos manos libres. Ganadora. Entera. Viva. Solo le quedaba terminar.
Un golpe. Nada más que un golpe.
Había una piedra a su derecha, medio hundida en la hierba, del tamaño justo, redonda, de río.
La veía sin mirarla, igual que se ve todo lo que sirve en un sitio donde te va la vida.
Lo único que la separaba de bajar de aquel cerro con vida, de salir de aquel monte, de volver al mundo de los vivos, era alargar la mano, cerrarla sobre esa piedra y dar un golpe que sabía dar desde los nueve años.
Y Sara, debajo, rota, vencida, con la rodilla de su hermana partiéndole el pecho y el abismo a un dedo de la cabeza, hizo lo más terrible que le quedaba por hacer.
Dejó de pelear. Y sonrió.
—Eso es —dijo, muy bajito, casi con dulzura, casi con orgullo de madre—.
Cógela. Coge la piedra. Eso es lo que viniste a buscar a este monte, aunque hayas tardado toda la noche en enterarte.
No viniste a salvarme. A los sitios como este no viene nadie a salvar a nadie.
Viniste a ocupar mi puesto. Y a mi puesto solo se entra con una llave, hermana.
Una. La misma que usé yo hace un año. La misma que tienes ahora mismo en la mano.
Así que hazlo. Mátame. Hazlo y respira hondo justo después, y vas a ver, vas a ver qué bien se respira.
Vas a ver qué ligera te quedas cuando por fin la sueltas a ella también. Bienvenida a casa.
Abajo, Adrián había conseguido ponerse de rodillas contra el muro.
Tenía la cara levantada hacia el cerro, hacia las dos siluetas recortadas contra el sol del amanecer, una encima de la otra, y estaba diciendo algo, o intentándolo, una palabra que no le llegaba a Irene desde tan lejos, que igual era su nombre, o un «no», o un «para», o las tres cosas a la vez, dichas con el poco aire que le quedaba en el cuerpo.
Daba igual. Desde donde él estaba no se podía hacer absolutamente nada.
Solo mirar. Solo ser el que se quedaba abajo para poder contar, después, si es que había un después, en quién se había terminado de convertir la mujer a la que quería, en lo más alto de aquel monte, al amanecer, con una piedra a punto en la mano.
Irene alargó la mano.
Cerró los dedos en torno a la piedra. Pesaba lo justo.
Encajaba en la palma como si la hubieran tallado para aquello desde el principio del mundo, fría, lisa, perfecta.
La levantó. Y su hermana la miró desde abajo sin asustarse, sin suplicar, sin apartar la cara, con aquella sonrisa tranquila de quien por fin va a recibir lo único que ha querido de verdad en mucho tiempo: una compañera. Una igual. Otra como ella.
Y por un momento, con la piedra en alto y el brazo tenso y temblándole del esfuerzo, Irene vio las dos cosas a la vez, una encima de la otra, como dos fotografías reveladas en el mismo trozo de papel.
Vio a la mujer que tenía debajo: al monstruo, a la cazadora que la había metido en aquel monte con la única idea de colgarla de una pared.
Y vio, debajo de esa, sin poder borrarla del todo por mucho que apretaba los dientes, a una cría de siete años con las rodillas peladas que le ataba un cordel a la muñeca y le juraba muy seria que pasara lo que pasara las dos iban a saber siempre encontrarse.
Las dos eran Sara. Las dos vivían en el mismo cuerpo, debajo de su rodilla.
Y para bajar viva de aquel cerro tenía que matar a las dos con la misma piedra y de un solo golpe: a la que la quería muerta y a la que le había hecho aquella promesa de niña, porque hacía un año que habían dejado de ser dos personas y ya no había en el mundo ninguna manera de separarlas.
Y allí, en lo más alto del mundo, con el sol entero ya fuera del horizonte y todo el monte muerto mirando hacia arriba, Irene se quedó un último segundo con la piedra en alto sobre la cara de la única persona a la que había bajado a aquel infierno a salvar, sabiendo perfectamente, con una claridad fría y horrible, que bajara o no bajara aquella piedra, la mujer que había subido a aquel cerro un rato antes ya no iba a ser nunca la misma que lo bajara.