Corre, si puedes 41. Las dos hijas del montero
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41. Las dos hijas del montero

Las dos hijas del montero

Durante un segundo larguísimo, las dos hermanas se midieron sin moverse, a tres metros la una de la otra, con el sol naciente por todo testigo.

—Mírate.

La voz de Sara era tranquila, casi cariñosa, lo cual resultaba mil veces peor que si hubiera gritado.

—Mira en lo que te has convertido en una sola noche. Por fin te pareces a algo. Por fin te pareces a mí.

Irene no contestó. Tenía la escopeta de Cándido apuntándole al pecho, el dedo en el gatillo y un único pensamiento limpio en la cabeza: apretar.

Apretó.

Pero Sara llevaba toda la vida esperando ese gesto.

Se lo sabía de memoria, porque era el mismo gesto exacto que les había enseñado a las dos el mismo hombre, en el mismo monte, hacía ya muchos años.

Se dejó caer hacia un lado un instante antes de que el dedo de su hermana terminara de cerrarse, leyéndole el disparo en el hombro antes de que el disparo existiera.

El perdigón se perdió en el cielo rosa. Sara rodó por la hierba mojada y se levantó a dos metros, entera, sonriendo.

—Demasiado lento —dijo—. Papá te lo decía. El que avisa con el hombro no mata.

Y se le echó encima.

No vino de frente, derecha a la boca de la escopeta, como habría venido cualquiera de las piezas de la familia.

Vino de lado, baja, en zigzag, aprovechando un arbusto y un desnivel del terreno para cortarle a Irene la línea de tiro, igual que se entra a un animal herido que todavía conserva la cuerna.

Gastó el segundo cartucho en el sitio donde Sara había estado un instante antes, no en el sitio al que iba.

Y antes de que le diera tiempo a recargar, ya la tenía encima.

El choque la tiró de espaldas contra el suelo.

La escopeta saltó por el aire y se perdió en la maleza, convertida de golpe en lo que era: un trasto de hierro y madera, inútil para lo que venía ahora.

Porque lo que venía ahora era de cerca. Cuerpo contra cuerpo.

El oficio de verdad, el de las manos, el que no se aprende en ninguna parte salvo de pequeña, de la mano de un padre que te enseña a la vez a despiezar un ciervo, a armar un cepo y a clavar un cuchillo por donde tiene que entrar.

Y en lo de cerca, Sara era mejor. Lo había practicado más, y mucho más recientemente. Tenía un cuchillo de monte en la mano, aparecido de no se sabía dónde, y lo manejaba con una soltura que helaba la sangre.

Lo que vino después fue la pelea más extraña de toda la noche, porque las dos sabían exactamente lo mismo.

Cada finta de Sara, Irene la veía llegar, porque la conocía de memoria.

Cada zancadilla que buscaba Irene, cada punto de apoyo, cada palanca, Sara la adivinaba, porque era justo lo que ella misma habría hecho.

Peleaban como dos personas que aprendieron a bailar con el mismo maestro y ahora intentan matarse en mitad del baile.

Eran las dos hijas del mismo montero. De crías, el mismo hombre las había sacado a las dos al monte antes de que supieran atarse las botas, y les había enseñado lo mismo: a leer un rastro, a esperar quietas, a no avisar jamás de un golpe con el cuerpo.

Pero a una se le había quedado dentro como una lengua materna, y la otra se había pasado media vida en la ciudad intentando olvidarlo, hasta que un año en aquel monte, matando para no morir, se lo había devuelto casi entero.

El mismo cordel encerado de sus lazos había acabado convertido, en las manos de una, en una pulsera de cría, y en las de la otra, años más tarde, en alambre cosido al antebrazo.

A una le había tocado el lazo que ata. A la otra, el que aprieta.

Y ahora las dos lo usaban para lo mismo.

Y se notaba en cada movimiento. Cada vez que Irene buscaba en el terreno un hoyo, una raíz o una piedra suelta donde hacer tropezar a su hermana, Sara ya lo había mirado, porque era lo primero que miraba cualquier hija de aquel hombre al pisar un sitio nuevo: por dónde se cae el otro.

Cada vez que Sara amagaba un golpe alto para entrar por abajo, Irene ya le había bajado la guardia a las piernas, porque ese amago concreto se lo había visto hacer al padre mil veces, en el patio, con un palo de avellano, las dos crías muertas de risa intentando quitárselo.

Era como pelear contra un recuerdo. Contra una versión de sí misma que, en alguna bifurcación cualquiera de hacía mucho, hubiera tomado el desvío malo.

—Viniste a salvarme —dijo Sara entre dos golpes, sin alterar la voz, como si pelear no le costara más aire que hablar—.

Qué bonito. Llegas un año tarde. A esa que tú buscas me la quité yo de encima hace un año, en este mismo monte.

Pesaba demasiado para seguir viva. La solté por una ladera y eché a correr más ligera. Mírame ahora.

Encajó el filo en el antebrazo, lo desvió con el hueso a base de pura suerte y ganó medio paso de aire.

—Yo me acuerdo de ti.

Le costaba pelear y hablar a la vez. Lo dijo igual, porque le parecía importante decirlo en voz alta, allí, delante de ella, una sola vez.

—De la cría que me trenzó una pulsera un verano y me juró, muy seria, que pasara lo que pasara las dos íbamos a saber siempre encontrarnos. Pues mira. Te he encontrado. Un año tarde, pero te he encontrado.

—No has encontrado nada —dijo Sara—. Has encontrado el sitio donde estuvo.

—Lo sé. Te lo vi en la cara cuando te puse esa misma pulsera en la mano y la dejaste caer al barro como si fuera una cuerda cualquiera. Sé que ya no estás. Pero yo me acuerdo por las dos. Y por eso esto lo voy a terminar yo. No tú.

Y ahí estaba la verdadera trampa de Sara, la que cortaba más hondo que el cuchillo.

No le bastaba con matar a Irene. Quería que Irene se muriera dándole la razón.

Quería que, en el último segundo, su hermana mayor reconociera que las dos eran el mismo animal exacto, que el padre que las había querido y el horror que la había roto a ella escupían al final el mismo producto, que daba igual de dónde salieras mientras llegaras al mismo sitio.

Quería compañía en lo que se había convertido.

Irene se la negó.

—No.

Aprovechó un peso mal cargado de Sara, un cuarto de segundo en que su hermana llevó el cuchillo demasiado atrás, y le metió el codo en la garganta, y consiguió por fin separarse y tomar aire.

—No somos lo mismo. Tú peleas por ti. Yo peleo por gente. Esa es toda la diferencia que hace falta.

Lo dijo con toda la convicción que le quedaba.

Y aun así, mientras lo decía, mientras le buscaba a su hermana el punto flojo con la cabeza fría y el pulso quieto, calculando ángulos, midiendo distancias, esperando el fallo, una parte pequeña y muy honesta de ella sabía una cosa fea.

Sabía que aquella frialdad con la que estaba peleando, esa capacidad de mirar a la persona que más había querido en el mundo y verla solo como un problema de física que había que resolver antes de que él te resolviera a ti, no la había traído de casa.

La había aprendido esa misma noche. En aquel monte.

De ellos. Y se parecía mucho, demasiado, a la que tenía delante.

Pelearon por toda la cima mientras el sol terminaba de despegarse del horizonte.

Rodaron por la hierba pisoteada, se buscaron los ojos, se cargaron el peso la una contra la otra, se hicieron sangre.

Sara tenía el cuchillo, la costumbre y bastantes kilos de ventaja.

Irene tenía el tobillo malo, el brazo abierto y una cosa que a Sara se le había muerto hacía un año en una ladera: tenía un motivo que vivía fuera de ella misma.

Peleaba por Lola. Por Adrián, agarrado a un muro ahí abajo.

Por su padre. Por la niña de la pulsera, la que había trenzado con prisa y jurado una solemnidad de crías, la que ya no existía en ningún sitio del mundo salvo dentro de la cabeza de Irene.

En un momento dado se separaron las dos a la vez, por puro instinto, como dos animales que chocan de frente y retroceden para volver a tomarse las medidas.

Quedaron a cuatro metros, jadeando, sangrando las dos.

A Sara le bajaba un corte desde la ceja.

A Irene se le había empapado de oscuro la manga izquierda, y el tobillo malo amenazaba con dejarla tirada al primer mal apoyo.

Se daban vueltas despacio, en círculo, sobre la hierba aplastada, midiéndose como dos perros que ya saben de sobra que el otro muerde.

Ninguna de las dos había ganado nada. Solo habían descubierto, a la vez, la misma cosa incómoda: que estaban empatadas. Que aquello podía caer para cualquier lado.

Sara escupió sangre a la hierba. Y sonrió, ya sin un solo resto de nada cálido, pura cosa de hielo.

—Bien —dijo—. Muy bien, hermana. Por fin peleas en serio. Por fin vales la pena.

Y volvió a lanzarse.

Abajo, agarrado al muro de piedra seca, incapaz de levantarse, incapaz de ayudar, incapaz de apartar los ojos, Adrián veía a las dos hermanas girar la una alrededor de la otra en lo más alto del cerro, dos siluetas idénticas recortadas contra el sol.

Y por un segundo, un segundo muy malo, dejó de saber cuál de las dos era cuál.