40. Solo quedáis dos
Solo quedáis dos
Cuando Amalia desapareció en la primera luz, el monte se quedó callado de una manera que Irene no había oído en toda la noche.
Era un silencio raro, nuevo, casi obsceno después de tantas horas de gritos, de disparos, de perros, de cuernos de caza.
Se habían apagado todos. No quedaban carreras en la maleza, ni focos barriendo los troncos, ni risas crueles, ni súplicas.
La cacería más larga y más cara de la historia de los Aldecoa había terminado, y lo había hecho de la peor manera posible para ellos: por falta de jugadores.
Irene se quedó quieta en el borde del claro, escuchando aquel silencio, y se dio cuenta de que el monte entero, por primera vez en toda la noche, era suyo. Solo suyo. No quedaba nadie a quien temer.
Casi nadie.
Porque había una excepción. Una sola. En algún punto de aquel monte que clareaba, tan callada como ella, tan a la espera como ella, sin focos y sin perros y sin familia detrás, quedaba la última pieza de la noche.
La única que de verdad había importado desde el principio.
La que llevaba toda la noche evitando pensar, y a la que ya no podía seguir dándole la espalda.
Solo quedaban ellas dos. Las hermanas Salcedo. Como al principio, hacía mil años, antes de los Aldecoa, antes de aquel monte, antes de todo. Solas las dos.
Echó a andar cuesta arriba, hacia la parte alta de la finca, porque sabía, sin saber muy bien de dónde lo sabía, que era allí donde la esperaba Sara. Arriba. En lo alto. Donde se domina todo el terreno. Donde un cazador de verdad espera, paciente, a su mejor pieza.
Y a mitad de subida, junto a un muro de piedra seca medio caído, encontró a Adrián.
Estaba vivo. Apenas, pero vivo. Sara lo había dejado tirado horas antes, después de «corregirlo», y el muy terco, en lugar de quedarse a morir tranquilo donde lo dejaron, se había arrastrado monte arriba dejando un reguero oscuro por el camino, hasta quedarse sin fuerzas contra aquella pared.
Tenía la cara del color de la ceniza, la respiración corta y una mano apretada contra el costado.
Y cuando vio acercarse a Irene, lo primero que hizo, el muy imbécil, fue sonreír.
—Has tardado —susurró.
Irene se arrodilló a su lado. Quiso decirle muchas cosas.
Que lo sentía. Que había sido culpa suya.
Que el mapa que él le había dado, la noche entera que él le había regalado, no habían sido en balde, habían derribado a toda su familia uno por uno.
No le salió ninguna de las dos. Lo único que le salió, mientras le apartaba el pelo pegado a la frente, fue lo de siempre, lo único que ya sabía hacer.
—Aguanta.
—Eso intento.
Tosió, y le costó caro. Apretó más la mano contra el costado.
—Aunque se me da regular.
La miró desde abajo, y en sus ojos, por debajo del dolor, había algo parecido al miedo. No por él.
—Está arriba —dijo—. Te está esperando. Lo sabe. Sabe que vas a subir. Y está tranquila, Irene. Esa es la parte mala. Está tranquila.
Se quedó sin aire un segundo y volvió a tomarlo, despacio.
—No vayas a hablar con ella —siguió, agarrándole la muñeca con la poca fuerza que le quedaba—. No queda nada con quien hablar. Lo que hay ahí arriba ya no es tu hermana. Yo le vi la cara mientras me hacía esto. No queda nada dentro.
—Lo sé —dijo Irene—. Eso ya lo enterré yo, antes que tú.
Adrián la miró un rato largo. Y entendió que iba a subir igual, que llevaba subiendo hacia aquello desde mucho antes de aquella noche, desde antes incluso de conocerlo a él. Aflojó la mano. Se dejó caer del todo contra la piedra.
—Entonces voy contigo —dijo.
—No puedes ni levantarte.
—Ya.
Volvió a sonreír, blanco como la cal del muro.
—Pero te veo desde aquí. Y alguien tiene que verlo, Irene. Lo que pase ahí arriba. Alguien tiene que quedar vivo para contar que tú no eras como ellos. Así que sube tú, y yo miro. Es lo único que me queda, mirar. Déjame al menos hacer eso bien.
Irene le apretó la mano una última vez. Le habría gustado prometerle que volvería. No lo hizo, porque ya no hacía promesas que no supiera si iba a poder cumplir, y porque las dos sabían que, de los que subían a aquel cerro aquella mañana, a lo mejor no bajaba ninguno.
Se levantó. Cogió la escopeta de Cándido. Y subió el último tramo hacia la cima, hacia la primera luz del día, hacia su hermana.
Arriba, la finca entera se abría a sus pies, gris y rosa bajo el amanecer que por fin llegaba de verdad.
Doscientos años de monte, de muerte y de impunidad, extendiéndose hasta donde alcanzaba la vista, en silencio, vacíos.
El castillo a un lado, negro todavía contra el cielo que clareaba, allí donde había empezado todo.
La verja, allá al fondo, donde había estado a punto de terminar.
Y en lo más alto del cerro, en el centro exacto de todo aquello, de pie, esperándola, recortada contra el sol que asomaba por el este, una silueta.
No llevaba escopeta. No le hacía falta.
Estaba quieta, los brazos sueltos a los costados, mirando salir el sol como si hubiera subido hasta allí solo para verlo amanecer, como cuando eran niñas.
Y cuando Irene llegó arriba y se detuvo a unos metros de ella, jadeando, sucia, rota, con el arma de un muerto entre las manos, Sara se volvió despacio y le sonrió.
Una sonrisa de verdad. Casi dulce. La más terrible de toda la noche.
—Has venido —dijo Sara—. Sabía que vendrías.
Y allí, por fin, en lo alto del mundo, con el primer sol de la mañana cayéndoles encima a las dos por igual, las hermanas Salcedo se quedaron la una frente a la otra.
La que había subido a salvar y la que había subido a cazar.
La depredadora que se había disfrazado de presa toda la noche y la presa que, para sobrevivir, había tenido que convertirse en depredadora.
Tan parecidas. Tan iguales. Tan hijas las dos del mismo hombre, del mismo monte, de la misma oscuridad de la que ninguna de las dos había sabido nunca salir.
Abajo, contra el muro, Adrián miraba.
El sol terminó de subir por encima de la línea de los árboles.
Y ya no quedaba ni una sola cosa en el mundo entre las dos hermanas y lo que llevaba esperándolas, paciente, desde mucho antes de que naciera ninguna de las dos. Ni un enemigo. Ni una excusa. Ni un metro de monte, ni un minuto de aquella noche que se acababa. Nada.