39. La que sobrevive
La que sobrevive
Irene fue a por Amalia preparada para la pelea más dura de la noche.
Tenía sentido. Si Octavio era la corona vacía y Sara era el cuchillo, Amalia era el cerebro: la que había montado toda aquella máquina de matar, la que la había reclutado a ella con una carpeta y una sonrisa, la que había dejado morder a su propia familia y la había visto despedazarse desde un lado sin mover un solo dedo.
De toda la casa Aldecoa, Amalia era la única a la que Irene había visto pensar de verdad.
Y a la gente que piensa, en una cacería, es a la que más hay que temer.
Por eso, cuando la encontró, venía con la escopeta de Cándido por delante y el cuerpo en tensión, lista para lo que fuera.
Lo que se encontró fue a una mujer sentada en el capó de un todoterreno, en el borde del claro ya casi vacío, con las piernas cruzadas, muy serena, esperándola. Y dos copas servidas a su lado, sobre el metal.
—Has llegado antes de lo que pensaba —dijo Amalia. Ni una pizca de miedo en la voz. Ni una pizca de nada—. Siéntate, si quieres. Aunque me imagino que no.
No bajó la escopeta.
—Levántate.
—No —dijo Amalia, con la misma tranquilidad con que se rechaza un café—.
No pienso levantarme, ni correr, ni pelear contigo.
Sería absurdo. Tú tienes una escopeta y treinta años menos que yo, y acabas de hacer sola, en una noche, lo que no había conseguido nadie en dos siglos.
No voy a insultarnos a las dos fingiendo que esto es una pelea.
Tú has ganado. Yo te he visto ganar. Y yo, querida, no peleo contra los que ganan. Trabajo para ellos.
Y entonces, sin prisa, con esa voz tranquila de quien lleva toda la vida cerrando tratos, le explicó a Irene cómo funcionaba el mundo de verdad.
—Déjame contarte lo que va a pasar ahora, porque te conviene, y porque eres lista y lo vas a entender.
Dentro de un rato sale el sol. Y cuando salga, va a hacer falta alguien que arregle todo esto.
Que llame a quien hay que llamar. Que explique las...
bajas de esta noche de una manera que a nadie le den ganas de investigar.
Un accidente de caza. Unos excursionistas que se perdieron.
Lo que haga falta. Hay mucho que limpiar, y resulta que la única persona viva que sabe limpiarlo soy yo.
Dio un sorbo a su copa, sin prisa.
—La ley, querida, no es lo que tú te crees.
La ley no es la verdad. La ley es la ley.
Y la ley, en esta provincia, lleva doscientos años haciendo lo que esta familia le pide, porque esta familia paga, y conoce a quien hay que conocer, y sabe dónde está enterrada cada cosa.
Esa maquinaria sigue ahí. Sigue funcionando.
Lo único que ha cambiado esta noche es de quién va a recibir órdenes a partir de mañana.
Miró a Irene a los ojos, sin pestañear una sola vez.
—Te lo pongo fácil. Yo puedo hacer que esta noche no haya existido nunca.
Puedo hacer que salgas de esta finca limpia, libre, sin una sola pregunta detrás.
Puedo, si me dejas, hacerte rica: hay cuentas, hay propiedades, hay una estructura entera que esta noche se ha quedado sin dueños y que alguien va a tener que heredar.
Podrías ser tú. Las manos que han hecho lo de esta noche valen mucho, ya te lo dije una vez, aunque entonces no sabías que era yo la que lo decía.
Lo único que tienes que hacer es bajar esa escopeta y empezar a pensar, por una vez, como una superviviente y no como una mártir.
Hizo una pausa, y añadió lo último casi con suavidad, como quien da un consejo.
—Y entérate bien de una cosa, porque es la importante.
Esto no se acaba con nosotros. Los Aldecoa somos una casa, no la única.
Hay más. Hay otras fincas, otras familias, otras...
aficiones, por toda esta piel de toro y más allá de ella.
Tú esta noche has ganado una partida. Pero el juego es muchísimo más grande que esta finca, y más viejo, y no se va a parar porque una pieza se haya rebelado.
La diferencia es que, a partir de mañana, lo puedes mirar desde fuera y a salvo, o lo puedes seguir mirando desde dentro, como una presa, hasta que un día alguien te cace de verdad. Yo te estoy ofreciendo lo primero.
Irene la escuchó hasta el final. Y mientras la escuchaba, entendió por fin lo que tenía delante, y le dio más asco que ninguna otra cosa de toda la noche.
Octavio era un monstruo por vanidad. Bruno, por narcisismo.
Sara, por hambre. Cándido, por oficio. Todos eran, cada uno a su manera horrible, personas: tenían una pasión, una avaricia, algo humano y podrido que los movía por dentro.
Amalia no. Amalia no odiaba a nadie. Amalia no disfrutaba con nada.
Amalia, a aquellas alturas de la noche, con su hija de facto suelta por el monte y su familia entera desangrada a sus pies, era capaz de sentarse en el capó de un coche a ofrecerle un puesto de trabajo a la mujer que se los había matado a todos.
Porque para Amalia nunca habían sido su familia.
Eran un activo. Y un activo que deja de rendir se sustituye por otro que rinda. Por ejemplo, por Irene.
Levantó un poco la escopeta. Y Amalia, por primera vez, la miró con algo parecido al interés, estudiándola, calculando, como se calcula cuánto falta para que descargue una tormenta.
—Puedes dispararme, por supuesto —dijo, sin moverse del capó—.
Estoy desarmada, soy vieja, y no te lo voy a impedir.
Pero piénsalo antes, que es importante. Si me matas, matas a la única persona capaz de hacer que esta noche desaparezca.
Sin mí, todo esto sale a la luz: los cuerpos, la finca, tu cara en cien cámaras.
Sin mí no hay versión amable. Solo hay una mujer del sur que ha matado a una docena de personas en una propiedad privada.
Conmigo viva, eres la superviviente de una tragedia.
Conmigo muerta, eres exactamente lo que ellos dijeron siempre que eras: una asesina. Tú eliges.
Y ahí estaba la trampa, perfecta y cerrada, de la mujer que llevaba toda la noche sin tocar un arma y era, aun así, la más peligrosa de todos.
Se quedó mirándola un buen rato, con el dedo en el guardamonte, sopesándolo de verdad.
Una parte de ella, grande, la nueva, quería apretar el gatillo solo por el gusto de borrarle a Amalia aquella calma de la cara.
Por Lola. Por la carpeta. Por la furgoneta.
Por la mujer que le había deseado «mucha suerte» mientras la mandaba al matadero.
Pero no lo hizo. Y no lo hizo por la única razón que Amalia, con todo su cálculo, no había puesto sobre la mesa, porque no la había visto venir.
No le perdonó la vida por la oferta; la oferta le daba asco.
Le perdonó la vida porque matarla, en aquel momento, le pareció sencillamente una pérdida de tiempo.
Amalia tenía razón en una cosa, aunque no en la que ella se creía: matarla no servía de nada.
Y no servía por un motivo que iba mucho más allá de la versión amable o de las cámaras, un motivo que le heló a Irene la poca sangre que le quedaba caliente.
A Amalia, en el fondo, no se la podía matar.
A la persona, sí; un tiro, y se acababa.
Pero la persona era lo de menos. Lo que Amalia de verdad era, esa maquinaria fría que servía a quien mandaba, esa cosa que convertía a las familias en activos y a los muertos en accidentes de caza, eso iba a seguir existiendo con ella o sin ella, en aquella finca o en la de al lado.
No se mata a un sistema con una escopeta.
—No te voy a matar —dijo Irene por fin.
Y vio, con un asco nuevo, cómo Amalia asentía despacio, sin alivio, sin gratitud, como quien recibe la respuesta lógica a una ecuación bien planteada.
—Pero no por tu oferta. Tu oferta no la quiero. No quiero tu dinero, ni tus propiedades, ni tu versión amable. Te dejo viva porque pegarte un tiro sería como pegárselo a una ley. Una bala desperdiciada.
—Es la decisión inteligente —dijo Amalia, y se bajó del capó, alisándose la ropa, recogiendo su copa como quien da por terminada una cena que se ha alargado—. Aunque te confieso que me decepciona un poco lo del dinero. Lo vas a necesitar. La gente como tú siempre cree que no, hasta que sí.
Y entonces la matriarca de la familia Aldecoa, la que había reclutado a Irene, la que había orquestado la cacería, la que había visto morir a su marido, a su nieto y a media casa en una sola noche sin derramar una lágrima, hizo la cosa más escalofriante de toda la noche.
Se marchó.
Sin más. Le dio la espalda a la mujer armada que acababa de destruirle la familia.
Se la dio con la tranquilidad absoluta de quien sabe que ya no necesita vigilarla, porque las dos han hecho negocios.
Y echó a andar hacia los coches, despacio, con la copa en la mano, una señora mayor y elegante volviendo a casa después de una velada algo larga.
A mitad de camino, sin volverse, levantó la copa por encima del hombro, en una especie de brindis seco dedicado a Irene.
—Mucha suerte —dijo.
Las mismas dos palabras del principio. E Irene entendió, con un escalofrío, que las decía con exactamente el mismo significado que la primera vez: ninguno.
Eran lo que se le dice a una pieza que entra en el monte, y lo que se le dice a un ganador que sale de él.
Para Amalia, daba lo mismo. Eran fórmulas. Como ella.
La vio alejarse hasta que la tragó la primera luz del día, intacta, ilesa, ya pensando, seguro, en la próxima finca y en el próximo trato.
El único enemigo de toda la noche al que Irene no había podido, ni iba a poder, derrotar.
Porque a los monstruos se los caza. A Amalia, no.
A Amalia, algún día, en algún sitio, le tocaría volver a salir.
Pero esa era una guerra para otra noche.
La de aquella noche, la última, la única que de verdad importaba, la estaba esperando arriba, en el monte, con la cara de su hermana.