Corre, si puedes 38. El Montero Mayor
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38. El Montero Mayor

El Montero Mayor

Irene encontró al Montero Mayor donde se acaba encontrando a los reyes cuando se les termina el reino: solo, lejos de los focos, hablando solo en la oscuridad, portándose como si todavía mandara sobre algo.

Se había alejado del claro de la verja, de la carnicería en que su propia familia se había convertido, y se había subido a un altozano, un promontorio de piedra desde el que se dominaba la finca entera.

Su finca. Doscientos años de finca. Y allí, de pie, con la pechera de la camisa manchada y una escopeta de caza carísima colgada del hombro que Irene dudaba que supiera usar, Octavio Aldecoa contemplaba sus dominios en el primer gris del amanecer y se contaba a sí mismo, en voz alta, una historia en la que seguía siendo un emperador.

Lo oyó antes de verlo. Recitaba, para nadie, y según se acercaba Irene fue cogiendo las palabras al vuelo.

Hablaba de la sangre. De la purificación.

De cómo aquella noche, pese a todo, pese a las bajas, había sido necesaria, una poda dolorosa pero justa, y de cómo los Aldecoa volverían a crecer, como crecían siempre, más fuertes y más puros, porque esa era la ley del monte, y la ley de la sangre, y la ley de no se sabía qué España eterna que a esas alturas ya solo existía dentro de su cabeza.

Era, en cierto modo, lo más sincero que Irene le había oído a un Aldecoa en toda la noche, porque era el único que se mentía solo a sí mismo y gratis, sin público, sin cámara, sin nadie a quien impresionar.

Allí abajo, a su espalda, en el claro que el viejo no quería ni mirar, su familia se desangraba entre los coches, su nieto estaba muerto, su jauría andaba suelta y su imperio de dos siglos se había deshecho en una sola noche.

Y Octavio Aldecoa, plantado en su promontorio, le recitaba al amanecer purificaciones y renacimientos, como un capitán declamando poesía en la cubierta de un barco que ya llevaba un rato en el fondo del mar.

No la oyó llegar. Un montero de verdad la habría oído a cincuenta metros. Él no era un montero. Era un señorito que se disfrazaba de montero una noche al año, y por eso, cuando Irene habló a su espalda, dio un respingo ridículo de viejo asustado.

—Bonito discurso —dijo ella.

Octavio se giró. E Irene vio cómo, en su cara, el susto del anciano duraba apenas un segundo antes de que lo barriera algo mucho más fuerte, mucho más viejo y mucho más estúpido: la costumbre de mandar.

Aquella cosa de fuera, aquella mujer sucia y rota que tenía delante, era una pieza.

Y un Aldecoa no le tiene miedo a una pieza.

Un Aldecoa le habla a una pieza desde arriba.

—Así que tú eres la del sur —dijo, y consiguió, el muy imbécil, que le saliera con desprecio—. La que ha estropeado la montería. ¿Tienes idea de lo que has hecho? ¿De a quién le has levantado la mano esta noche?

No contestó. Lo miraba, sin más, con una calma que a Octavio empezó a no gustarle nada.

—Soy Octavio Aldecoa —dijo. Y dio un paso, irguiéndose, sacando pecho, echando mano de la única arma que había usado en toda su vida, el apellido—.

Esta tierra es mía. Esta cacería es mía.

Tu vida, desde el momento en que pusiste un pie en mi finca, es mía.

Lo único que vas a sacar de todo este numerito es que tu final sea mucho, mucho más largo de lo que iba a ser.

Así que vas a soltar ahora mismo lo que lleves en las manos, y vas a arrodillarte, y vas a...

Irene le disparó a media frase.

No hubo duelo. No hubo un último intercambio de frases ingeniosas, ni forcejeo, ni una caída larga y dramática de villano de película.

Hubo una sola detonación de la escopeta de Cándido rompiendo el silencio gris del amanecer, y el Montero Mayor, el emperador, el dueño de doscientos años de monte, se sentó en el suelo de golpe, con cara de sorpresa, como un niño al que acaban de empujar en el patio, y se quedó quieto.

La escopeta carísima que llevaba colgada del hombro, el arma con la que pensaba defender su imperio de dos siglos, no llegó ni a tocarla. Se murió con ella puesta, de adorno. Como había vivido.

Y ya está. Así de fácil. Así de poco.

Se quedó mirando el cuerpo un momento, esperando sentir algo.

El peso de haber matado a un anciano, quizá.

O la satisfacción de haber abatido por fin al jefe, al cabecilla, al monstruo más grande de toda la noche.

No sintió ninguna de las dos cosas. Sintió, más bien, una decepción rara, casi de timo.

Porque durante toda la noche, en algún rincón de la cabeza, había ido construyendo a Octavio Aldecoa como el final.

El Montero Mayor. La cima de la pirámide.

El que había que derribar para que se acabara todo.

Y resultaba que el Montero Mayor era esto: un viejo asustado y vanidoso que se moría a media chulería, sin enterarse y sin pelear, pinchado como un globo por la única razón de que, debajo de toda aquella pompa, no había nunca nada.

Había una lección fea en aquello, y la nueva Irene la vio entera.

Unas horas antes, recién bajada de la furgoneta, aquel hombre la habría hecho temblar solo con mirarla por encima del hombro.

El gran Octavio Aldecoa. El dueño de todo.

La idea misma del poder, vestida de tweed inglés.

Y resultaba que el poder, cuando le quitabas el dinero, los criados, los focos y los doscientos años de costumbre, no era más que un anciano encogido en un cerro, soltando frases que no se creía ni él.

Toda la noche se había estado achicando ante un decorado.

Octavio jamás había sido el peligro. El peligro de aquella familia nunca había estado en la corona.

Lo entendió Irene allí mismo, de pie sobre el promontorio, con el cadáver del emperador a los pies y la finca abriéndose gris bajo la primera luz: que llevaba toda la noche derribando piezas que daban menos miedo cuanto más arriba estaban colocadas.

Los de la cima eran los más blandos, los más podridos, los que más fácil caían.

El de verdad, el único que de verdad todavía podía matarla, no llevaba corona ni soltaba discursos.

Cazaba en silencio, a pie, sola, en algún punto de aquel monte que ya clareaba. Y compartía con ella la misma sangre.

Y ahí, por primera vez desde que había empezado a cazar en vez de huir, desde que había dejado de temblar, algo se le removió muy en el fondo, debajo de todo el hielo nuevo.

Una astilla de lo de antes. Porque la única persona del mundo que cazaba tan bien como ella, que pensaba como ella, que llevaba dentro la misma oscuridad que Irene acababa de descubrirse, la estaba esperando en alguna parte de aquel monte.

Y porque, encima, una parte tonta y vieja de su pecho, contra toda lógica y contra toda la sangre derramada, todavía la quería.

Quedaban dos.

Amalia, la matriarca, el cerebro, la que había movido de verdad los hilos de toda la noche y que con toda seguridad seguía abajo, en mitad del caos de la verja, intacta, calculando ya cómo sobrevivir a aquello igual que había sobrevivido a todo lo demás.

Con Amalia, intuía Irene, todavía habría que hablar.

Y Sara. Con Sara no iba a hacer falta hablar.

Se colgó la escopeta de Cándido al hombro, le dio la espalda al emperador muerto sin volver a mirarlo, y bajó del promontorio hacia la última parte de la noche. La de verdad. La única que había importado desde el principio, aunque a ella le hubiera hecho falta una matanza entera para entenderlo.

No iba a cazar a un rey. Los reyes, aquella noche, habían resultado de lo más fácil.

Iba a cazar a su hermana.