37. Cándido
Cándido
Cándido no se parecía a los demás.
A los Aldecoa, Irene los había podido cazar porque eran lo que eran: aficionados crueles, gente que mataba por deporte y por «me gusta» y por costumbre, pero que no sabía cazar de verdad.
No leían el monte. No leían el viento. Confiaban en sus escopetas, en sus perros y en su dinero, y cuando les quitabas las tres cosas se rompían como se rompe un juguete caro.
Por eso habían caído. Por eso, al final, se habían matado entre ellos.
Cándido era otra cosa. Cándido era montero. Como su padre. Como ella.
Y por eso, cuando Cándido se echó a buscarla después de lo de la jauría, Irene supo que se había acabado la parte fácil de la noche. Venía sin perros. Venía sin focos, sin gritos, sin cuadrilla. Venía él solo, a pie, callado, leyendo el suelo igual que lo leía ella.
Irene había vuelto a por su gente en cuanto la familia empezó a comerse a sí misma. Había sacado a Lola y a los otros dos del escondite con un plan sencillo y bueno, el mejor de la noche: aprovechar el caos de la verja para bajarlos del monte y colarlos fuera de la finca antes del amanecer.
Cándido se lo reventó.
Los cazó el rastro a media bajada, en campo abierto, lejos de cualquier trampa que a Irene le hubiera dado tiempo de preparar.
Primero fue una silueta a lo lejos, quieta, mirándolos.
Después fue el primer disparo, que levantó un puñado de tierra a un metro de los pies de Irene y los obligó a correr.
Fue una huida sucia y a ciegas, monte abajo en la penumbra, con los pulmones ardiendo y el tobillo malo de Irene aguantando a base de pura rabia, mientras detrás, sin prisa, sin gritar, sin gastar un cartucho de más, los seguía el único hombre de toda la finca que cazaba como ella sabía cazar.
No los perseguía. Los arreaba. Los iba empujando, disparo a disparo, lejos del monte abierto y hacia un sitio cerrado, igual que Irene había arreado a los cazadores hacia el embudo unas horas antes.
Y eso era lo que más le revolvía las tripas: que, por primera vez en toda la noche, el que iba colocando las piezas en el tablero no era ella.
Corrieron hacia lo único que había cerca y que tenía paredes: la vieja capilla en ruinas. La misma en la que, hacía una vida entera, un Aldecoa borracho le había dado un mapa y una advertencia.
La capilla no era un refugio, y lo supo nada más cruzar lo que quedaba de la puerta.
Era una trampa con tejado: cuatro paredes de piedra a medio caer, sin techo en la mitad del fondo, el suelo sembrado de cascotes, un altar partido en dos, un arranque de campanario por el que se colaba la noche.
Y una sola entrada de verdad, por la que se entraba y por la que, si Cándido la tapaba, ya no se salía.
Pero todavía era de noche. Faltaba un poco para que el gris de levante se volviera luz, y dentro de aquellas paredes la oscuridad era espesa.
Y la oscuridad, aquella noche, era lo único que Irene tenía de su parte.
Metió a Lola y a los otros dos detrás del altar partido, en el rincón más negro, y les dijo al oído lo de siempre, lo único: quietos, callados, no os mováis pase lo que pase. Luego se pegó a una columna, bajó la respiración hasta casi pararla, y esperó.
Fuera, los pasos de Cándido se apagaron.
Eso fue lo peor. Un cazador normal habría entrado pegando voces, o disparando a lo loco, o encendiendo una linterna.
Cándido no hizo nada de eso. Cándido se quedó tan callado como ella, esperando, porque sabía exactamente lo mismo que sabía Irene: que en un sitio cerrado y a oscuras, entre dos personas que saben cazar, el primero que hace un ruido o enciende una luz es el primero que muere.
Y así empezó el duelo. Un duelo de paciencia en la oscuridad, el más viejo y el más puro de todos, el que su padre le había enseñado de cría sin saber para qué le iba a hacer falta algún día.
Cándido entró sin un ruido. No lo vio. Lo sintió: un cambio en el aire de la capilla, una sombra de más entre las sombras.
Se movía bien, el condenado. Se movía como ella.
Durante un rato que se hizo eterno, los dos se buscaron en la negrura, quietos, conteniendo el aire, cada uno tratando de oír al otro antes de que el otro lo oyera a él.
La capilla entera se convirtió en un tablero de ajedrez a oscuras donde un solo crujido valía una vida.
Aprendió deprisa que Cándido era mejor de lo que había temido.
Dos veces creyó tenerlo localizado por un roce, por una respiración, y dos veces, cuando afinó el oído, no había nada: el hombre se quedaba tan quieto y tan callado que se confundía con la piedra.
Sabía estar. Sabía esperar. Y sabía, sobre todo, que él tenía la escopeta y que el tiempo jugaba de su parte, porque cada minuto que pasaba el cielo de levante clareaba un poco más, y cuando entrara del todo la luz se le iban a acabar a Irene las sombras donde meterse.
Cándido solo tenía que aguantar hasta el amanecer.
Irene tenía que matarlo a oscuras. Esa era toda la partida.
Movió ficha primero, y lo hizo sin luz y sin ruido propio.
Cogió un cascote del suelo, muy despacio, y lo lanzó al otro extremo de la nave, contra una pared.
El golpe sonó seco en la oscuridad. Y Cándido, que era bueno pero seguía siendo humano, giró el cañón hacia el ruido por puro instinto, medio segundo.
Lo justo para que Irene, que tenía los ojos clavados en el punto donde calculaba que estaría, viera el levísimo movimiento de su silueta recortarse un instante contra el gris de un ventanal roto.
Ya lo tenía situado. Ya sabía dónde estaba.
Pero saber dónde está una cosa y poder hacerle daño son dos cosas muy distintas.
Entre ella y Cándido había quince metros de cascotes a oscuras, y él tenía una escopeta, y ella tenía un palo.
A distancia, ella perdía. Tenía que llegar a la distancia corta, la de la estaca, la suya, sin que él la oyera venir.
Tenía que cruzar quince metros de ruido en silencio absoluto.
Empezó a moverse hacia él, pegada al suelo, de cascote en cascote, midiendo cada apoyo de la mano antes de cargar el peso, como le habían enseñado a acercarse a una pieza dormida.
Lo había hecho mil veces de niña, en juego, con su padre haciéndose el dormido en el sofá y ella cruzando el salón sin que crujiera una sola tabla, ganándose una onza de chocolate si conseguía tocarle el hombro antes de que la oyera.
Solo que el suelo del salón no estaba sembrado de cascotes sueltos, y su padre, si la pillaba, no le metía una perdigonada.
Por lo demás, era exactamente el mismo juego.
El último que iba a jugar en su vida, a lo mejor.
Llegó al altar. Llegó a la mitad de la nave. Y entonces cometió el error.
Para cruzar el último tramo, el descubierto, tuvo que pasar por debajo del gran boquete del techo, por donde ya empezaba a colarse la primera claridad gris del amanecer. Solo fue un instante. Solo fue su silueta, un segundo, recortada contra aquel cuadro de cielo pálido.
A Cándido le bastó.
Oyó el clic del seguro a su izquierda, mucho más cerca de lo que esperaba.
El condenado se había movido. La había rodeado.
La estaba esperando. Y supo, con esa calma horrible de los últimos segundos, que no le iba a dar tiempo a nada.
Que había perdido. Que el mejor montero de los dos, aquella noche, en aquella capilla, era el otro.
Cerró los ojos. No de miedo. De una especie de respeto raro, de montero a montero, hacia el que la había cazado mejor.
Pensó, en aquella última décima de segundo estirada como una goma, que al menos no la mataba un Bruno con un teléfono ni una Casilda con una sonrisa.
La mataba alguien que sabía lo que hacía.
Pensó en su padre. Pensó, sin querer, en su hermana. Y esperó el disparo.
Y entonces, en la oscuridad, una voz rompió el silencio.
La voz de Lola.
—¡EH! ¡GILIPOLLAS!
Cándido giró hacia el grito por puro reflejo de cazador, apartando el cañón de Irene medio segundo.
El medio segundo que Lola le estaba regalando con su propia vida.
Porque Lola había salido de detrás del altar.
Lola, la civil, la del humor de horca, la que tenía la orden de no moverse pasara lo que pasara, se había puesto de pie en mitad de la capilla a oscuras y le había gritado a un asesino armado solo para apartarle la puntería de su amiga.
Le funcionó. A medias.
El disparo de Cándido y el salto de Irene sonaron casi a la vez.
Engañado por el grito, Cándido viró el arma hacia Lola y disparó a la sombra que se movía en mitad de la nave.
Y en esa misma décima de segundo, mientras el cañón apuntaba a otra parte, Irene cubrió la distancia que la separaba de él, la distancia corta, la suya, y le hizo a Cándido lo que un montero le hace a una pieza cuando ya no queda tiempo para trampas: rápido, certero, en el sitio que apaga.
Los dos cayeron casi a la vez. Cándido, en el centro de la capilla, sin un ruido. Y Lola, contra el altar, despacio, resbalando por la piedra hasta quedar sentada en el suelo.
Llegó a su lado antes de que terminara de caer. La sujetó, le buscó la herida con las manos en la oscuridad, y supo por dónde estaba y por cómo salía que no había nada que hacer. Que no había trampa, ni oficio, ni furgoneta de huida que arreglara aquello.
—Quieta —le dijo de todas formas, con la voz rota—. Quieta, Lola. Que te saco de aquí. Te saco. Aguanta.
Lola negó despacio con la cabeza. Tenía los ojos abiertos, fijos en el boquete del techo, en el primer gris del cielo que clareaba allí arriba. Y cuando habló, le salió la voz como un hilo. Pero le salió. Y le salió, contra todo pronóstico, con la barbilla todavía un poco alta.
—¿Sabes qué...? —El hilo se le iba y volvía—. Esto... sigue siendo mejor que la zanja.
Le temblaba en la cara una sombra de su vieja sonrisa.
—Te lo dije, Nuria... Cualquier cosa... es un ascenso.
—Irene —dijo Irene, sin saber muy bien por qué, agarrándole la mano con las dos suyas—. Me llamo Irene.
Lola lo pensó un momento, como quien guarda una última cosa en el bolsillo.
—Irene. —Una pausa—. Mejor. Irene es más bonito.
Y luego, volviendo a mirar el cielo gris que clareaba despacio sobre el boquete del techo, con la voz ya casi del todo ida, le dejó una última cosa. No una despedida. Una orden.
—Cázalos, Irene. A todos los que queden. Por mí... y por el bobo de Téllez.
Y se fue así, mirando amanecer, con aquella orden en la boca y la barbilla todavía alta, sin darle a la muerte la satisfacción de verla bajar la cabeza.
Detrás del altar, en la oscuridad, el chaval de la brecha lloraba sin hacer ruido, con el puño metido en la boca, y la mujer del pelo blanco había cerrado los ojos.
Habían visto morir a mucha gente aquella noche.
Pero Lola era de los suyos. Lola era la que había ido tirando de ellos cuando ya ninguno podía más, la que soltaba un chiste cuando no quedaban fuerzas ni para tener miedo, la que los había mantenido humanos en una noche diseñada para convertirlos en carne.
Y se acababa de marchar por salvar a otra, riéndose de la muerte a la cara hasta el último aliento.
El monte, que aquella noche se lo había tragado todo sin un solo comentario, se tragó también el último chiste de Lola.
Pero Irene no estaba dispuesta a dejar que se lo tragara entero.
Se quedó un rato de rodillas en los cascotes, con la mano de Lola entre las suyas, en la capilla a oscuras, entre los dos cuerpos: el del montero al que acababa de matar y el de la única amiga que había hecho en toda aquella noche infinita.
No lloró.
Esa fue la cosa. Esa fue la cosa que, si hubiera podido verse desde fuera, la habría asustado más que ninguna otra de la noche.
Quiso llorar. Notó las ganas, el nudo en la garganta, el agua subiendo.
Y se le quedó todo atascado a medio camino, frío, sin salir, como si la parte de ella capaz de llorar por una amiga muerta se hubiera ido apagando hora a hora, muerto a muerto, hasta quedarse sin fuerza para encenderse justo cuando más falta le hacía.
Le cerró los ojos a Lola con dos dedos. Le soltó la mano. Se levantó.
Y al levantarse, notó que algo, dentro, había terminado de cambiar de sitio para siempre.
El dolor seguía ahí. Pero ya no le servía para llorar.
Le servía para otra cosa. Se le había convertido, como todo lo demás aquella noche, en combustible: frío, denso, paciente.
Lola le había pedido que los cazara a todos.
Y la parte nueva de Irene, la que cada hora se parecía un poco más a la gente del claro y a la sombra que la buscaba en el monte, recogió aquella última orden del suelo como quien recoge una herramienta, le encontró un sitio dentro, y supo, sin alivio y sin duda, que iba a cumplirla.
Era una promesa fea. Hecha a una muerta, en una capilla profanada, sobre el cuerpo del hombre que la había matado.
No tenía nada de noble. Su padre, que le había enseñado a cazar para comer y no para vengarse, a lo mejor no la habría reconocido en aquel momento, de rodillas en los cascotes, jurándole a una amiga muerta una lista de cadáveres.
Pero su padre llevaba años bajo tierra, puesto allí por gente como los Aldecoa.
Y Lola acababa de tumbarse al lado de su padre, y de Sonia, y de Ramiro, y de Téllez, y de la hermana que se había muerto un año antes sin que nadie la enterrara.
La lista de los suyos era ya muy larga. La de ellos, todavía no lo bastante.
Recogió la escopeta de Cándido. Era la primera arma de verdad que tenía en toda la noche, y le pareció, de pronto, lo de menos. Las armas de verdad ya las llevaba dentro.
Miró por última vez a Lola, que se había quedado casi en paz, con la cara vuelta hacia aquel cielo que por fin clareaba.
Le habría gustado decirle algo. Prometerle algo.
Pero las palabras se habían marchado con todo lo demás, y lo único que le quedaba era la promesa fría que ya estaba cumpliendo solo con seguir de pie.
Salió de la capilla al amanecer.
Quedaba un viejo emperador sin reino, allá abajo, ya casi servido. Y quedaba, en algún punto del monte, esperándola, la única cuenta de la noche que de verdad le daba miedo: su hermana. Quedaba poco de la familia. Quedaba poco de la noche.
Y quedaba poco, también, se daba cuenta Irene mientras pisaba la luz gris del amanecer, de la mujer que había entrado en aquella finca convencida de que venía a salvar a alguien.
Esa se había quedado muerta en algún punto de la noche.
En una zanja, o en un túnel, o allí mismo, en aquella capilla, junto a Lola.
Lo que salió a buscar el final era otra cosa. Algo más frío. Algo que su padre había criado, que su hermana le había despertado, y que ya no iba a poder volver a dormirse.