36. Sálvese quien pueda
Sálvese quien pueda
Irene no bajó hasta la verja a matar a nadie más. Bajó a mirar.
Se tumbó en un alto, entre las jaras, desde donde se dominaba el claro entero, y se quedó quieta, leyendo, como había aprendido a leer a las piezas: sin prisa, sin que la vieran.
Porque su padre le había enseñado una última cosa que aquella noche le estaba sirviendo más que todas las trampas juntas: que, a veces, la mejor manera de cazar una manada no es entrar en ella.
Es asustarla, apartarse y dejar que se mate sola.
A Lola y a los otros los había dejado atrás, escondidos en un sitio seguro lejos del claro, con la orden de no moverse pasara lo que pasase.
Lo que iba a ocurrir en la verja no era para civiles con palos.
Era para una sola persona, callada, tumbada en lo alto, que supiera mirar.
Aquello no se ganaba con fuerza. Se ganaba dejando que el enemigo se acordara, él solito, de cuánto se odiaba por dentro.
Y la manada se estaba asustando.
Abajo, en el claro, alrededor de los focos y los todoterrenos y el cartel oxidado que decía SALIDA sobre la verja del viejo matadero, lo que quedaba de la familia Aldecoa había dejado de parecer una familia.
La muerte de Bruno les había hecho algo por dentro, algo que dos siglos de impunidad no los habían preparado para aguantar.
Habían perdido al heredero. Habían perdido la jauría.
Habían perdido, sobre todo, la única cosa que de verdad los hacía fuertes: la certeza absoluta, mamada desde la cuna, de que a ellos no les pasaba nunca nada malo.
Y un depredador que de pronto descubre que también él puede sangrar deja de ser un depredador.
Se convierte en lo más peligroso y lo más cobarde que existe: un animal acorralado que ya no se fía ni de los de su propia especie.
Los veía agitarse en el claro, gesticulando, y, aunque no le llegaban las palabras, no le hacían falta. Llevaba toda la noche aprendiéndose a aquella gente. Les leía la pelea en el cuerpo.
Octavio en el centro, hundido, con los brazos abiertos, dando órdenes que ya no obedecía nadie, intentando sujetar con discursos sobre la sangre y el linaje una cosa que se le escurría entre los dedos.
La autoridad del Montero Mayor, que durante cuarenta años no había necesitado ni levantar la voz, se había muerto en la verja a la vez que su hijo, y el viejo era el único de todos que aún no se había dado cuenta.
Y a su alrededor, los demás, ya en otra cosa. Ya no miraban a Octavio. Se miraban entre ellos. Buscaban un culpable.
Porque la pregunta que corría por el claro, la que Irene veía pasar de cara en cara como una corriente de aire frío, no era «¿quién anda suelto en el monte?
». Esa pregunta tenía una respuesta incómoda, pero de fuera, algo contra lo que cerrar filas.
La pregunta que de verdad estaba pudriendo a la familia era otra, mucho peor, mucho más de dentro. Era «¿a quién le viene bien?».
Y a esa pregunta, en aquella casa, había una sola respuesta, y la sabían todos. Con Bruno muerto, había una persona, una nada más, que esa noche había salido ganando algo. La misma que llevaba quince años queriendo el sitio del heredero. La que ahora, de repente, lo tenía libre.
Todas las miradas, antes o después, acababan resbalando hacia el mismo rincón del claro. Hacia Casilda.
Irene podría haberse quedado quieta y dejar que la sospecha hiciera el trabajo sola. Pero la sospecha es lenta, y la noche se acababa, y su padre también le había enseñado que a un fuego que ya ha prendido le viene muy bien una rama seca en el momento justo.
La rama seca se la sirvió uno de ellos. Un Aldecoa mayor, de la rama de los primos, un tipo recio de bigote que llevaba un rato señalando a Casilda con el dedo y diciendo en voz alta lo que todos pensaban en voz baja.
En mitad de la discusión, el hombre se apartó del grupo y se metió unos metros en la oscuridad, hacia los coches, a por algo o a despejarse la cabeza.
Se metió en el monte de Irene.
No volvió a salir por su propio pie. Lo que Irene hizo con él lo hizo rápido y callado, como todo lo de aquella noche, y lo hizo además con una idea muy concreta en la cabeza, fría y limpia y redonda: lo dejó donde lo encontrarían enseguida, a la vista, justo al borde del claro.
Para que la familia, al dar con él, no pensara «ha sido la pieza».
Para que pensara lo que ya estaba deseando pensar.
Para que pensara que el hombre que acababa de acusar a Casilda a voces había aparecido muerto dos minutos después de acusarla.
Funcionó mejor de lo que había soñado.
Cuando encontraron el cuerpo del primo del bigote, la familia Aldecoa terminó de partirse.
Lo vio desde el alto, sin oír una palabra, leyéndolo solo en el movimiento, y fue como ver caer un castillo de naipes a cámara lenta.
Vio cómo señalaban a Casilda. Vio a Casilda defenderse y luego dejar de defenderse, porque Casilda era muchas cosas, pero no era tonta, y entendió en un instante que aquella sospecha ya no iba a deshacerse con palabras, que la habían juzgado y condenado en silencio, y que en aquella familia a quien condenaban lo cazaban.
Así que hizo lo único que le quedaba. Lo que llevaba, en el fondo, esperando hacer toda su vida.
Atacó ella primero.
No fue una batalla. Fue una desbandada con cuchillos.
En el claro de la verja, bajo el cartel de SALIDA, los Aldecoa que habían pasado dos siglos cazando juntos se volvieron unos contra otros con la misma frialdad con que cazaban a los de fuera, porque era lo único que sabían hacer, lo único que les habían enseñado: que la sangre floja se purifica, que el débil cae, que el fuerte se queda.
Solo que ahora la regla, por primera vez en doscientos años, la estaban aplicando entre ellos.
Hubo gritos. Hubo dos disparos, y después un tercero.
Hubo gente corriendo hacia los coches. Y Casilda, en mitad de todo, no corría.
Casilda se movía hacia donde había que moverse, quitando de en medio lo que había que quitar, recolocando las fichas de un tablero que llevaba quince años estudiando para una noche exactamente como aquella.
Y por encima de todo aquello, de los gritos y los disparos y la desbandada, Irene vio una sola figura que no se movía. Amalia.
La matriarca se había apartado a un lado, junto a un coche, y miraba a su familia despedazarse con una calma que helaba la sangre.
No intervino. No gritó. No intentó parar nada.
E Irene, que llevaba toda la noche aprendiéndose a aquella mujer, entendió lo que estaba haciendo, y fue lo más frío que vio en toda la noche, más frío incluso que nada de lo que había hecho Sara.
Amalia estaba esperando. Estaba dejando que se mataran entre ellos, que se quitaran de en medio los unos a los otros, los flojos y los impulsivos y los ruidosos, para ver quién quedaba en pie al final.
Porque a una matriarca de verdad no le importa perder a media familia.
Le importa quedarse con la mitad correcta.
Y si la pieza del sur le estaba limpiando la casa de inútiles, bienvenida fuera la pieza del sur.
Era, pensó Irene con un humor negro que ya no sabía si era suyo o se lo había pegado Lola, el espectáculo más sincero que aquella gente había dado en dos siglos.
Toda la noche presumiendo de tradición, de sangre, de linaje, de lo unida y lo superior que era la casa Aldecoa.
Y, a la hora de la verdad, en cuanto el barco empezó a hacer agua, resultaron ser justo lo que eran por debajo del apellido: un puñado de ratas trepando unas por encima de otras por no ser la última en ahogarse.
Y mientras lo miraba todo desde el alto, mientras veía a una familia entera desangrarse por una grieta que ella había encontrado, ensanchado y prendido a propósito, Irene esperó otra vez la culpa.
Esperó sentirse mal por los que se morían abajo a manos de los suyos.
Y otra vez, como con Bruno, la culpa no vino, o vino tan flaca que apenas se notaba.
En su lugar había una calma fría de cazadora delante de una trampa que sale bien.
No los estaba matando ella con sus manos.
Pero los estaba matando igual, como mata el que prende un fuego y se aparta a verlo arder.
Y la persona capaz de hacer aquello sin que le temblara el pulso ya no era, se dio cuenta, la misma que se había bajado de aquella furgoneta unas horas antes.
Cada hora de la noche le iba quitando un poco de la primera y poniéndole un poco de otra.
Y la otra, vista desde fuera, se parecía cada vez más a la gente del claro.
Cuando el claro se quedó por fin en silencio, lo que había bajo la luz de los focos ya no era una familia.
Era un campo después de una pelea pequeña y sucia.
Quedaban menos. Muchos menos. La rama de los primos, barrida.
Un par de los hombres contratados, muertos o desaparecidos en la confusión.
La jauría, suelta por el monte sin nadie que la mandara.
Lo que dos siglos de impunidad habían levantado se estaba viniendo abajo en una sola noche, y la mayor parte del trabajo lo estaba haciendo la propia familia, con sus propias manos, sin que Irene tuviera que hacer apenas nada salvo dar, de vez en cuando, el empujoncito justo en el sitio justo.
Se levantó del alto, despacio. Ya casi no hacía falta esconderse.
El enemigo que había bajado de aquel castillo unas horas antes, el bloque de dos siglos, la casa Aldecoa entera y todopoderosa, había dejado de existir en algún momento de la última hora.
En su lugar quedaban unos pocos supervivientes asustados, agotados y desconfiados, contándose entre ellos, preguntándose ya quién iba a traicionar a quién antes de que amaneciera.
Quedaban tres, en realidad, que importasen de verdad.
El viejo emperador, ya sin imperio. La matriarca, fría, esperando a ver qué le dejaba la noche entre las manos.
Y, en algún punto del monte, todavía buscándola a ella, sola, la única de todos a la que Irene no sabía si iba a ser capaz de mirar a los ojos cuando llegara el momento.
Su hermana.
Por el este, muy despacio, el cielo empezaba a pensar en ponerse gris.