35. Bruno
Bruno
De toda la familia, al que más ganas le tenía Irene era a Bruno.
A los demás los odiaba por lo que hacían.
A Bruno lo odiaba por cómo lo hacía: con una sonrisa, mirando a una cámara, convirtiendo la muerte de la gente en un número que subía.
Octavio mataba por una idea podrida. Amalia, por dinero.
Sara, por hambre. Bruno mataba por «me gusta».
Y de todas las razones que había aquella noche para quitarle la vida a una persona, a Irene aquella le parecía la más sucia.
Así que, cuando lo vio bajar al monte él solo, sin escolta y sin perros, con el teléfono por delante como un ciego con el bastón, lo entendió como lo que era: un regalo.
El caos del embudo había sido demasiado para él.
Demasiado bueno. Mientras la familia se reagrupaba abajo, en la verja, asustada y descolocada por primera vez en dos siglos, a Bruno le había podido el único instinto que tenía: aquello era el mejor contenido de la noche, puede que del año, y no pensaba dejarlo escapar.
Así que había subido solo, a oscuras, a grabar el destrozo.
A poner cara de circunstancias delante de la cámara y a narrar, con voz grave de documental, la tragedia de unos pobres cazadores sorprendidos por lo que fuera que su público se quisiera creer.
Irene lo siguió desde las sombras, sin un ruido, leyéndolo igual que leía a cualquier pieza.
Y leerlo era fácil. Bruno era, de todos ellos, la pieza más sencilla de la noche, porque a Bruno lo movía una sola cosa, una nada más, y cuando a un animal lo mueve una sola cosa, lo tienes ganado.
A un jabalí lo mueve el hambre y lo cazas con una bellota.
A Bruno lo movía que lo mirasen, y a Bruno se le cazaba con un espectáculo.
Irene no tuvo ni que poner el cebo. El monte, aquella noche, era el espectáculo más grande que aquel chico iba a ver en su vida, y él había ido derecho, solo, sin pensarlo, igual que el jabalí va a la bellota sin pararse a pensar quién la ha dejado allí.
Bruno caminaba mirando el mundo por la pantalla.
No miraba el suelo, ni las sombras, ni los árboles.
Miraba el rectángulo de luz que llevaba en la mano, porque para Bruno una cosa no existía del todo hasta que estaba ahí dentro, encuadrada, lista para subir.
Hablaba en voz baja, ensayando, como si grabara.
—...y esto, chavales, es lo que pasa cuando la naturaleza dice basta —murmuraba, barriendo el embudo a oscuras con el teléfono—. Mirad. Mirad esto. Una pasada. Esto son visualizaciones aseguradas, os lo digo yo...
Y mientras él iba mirando a lo alto, o la pantalla, que para el caso venía a ser lo mismo, Irene le iba mirando los pies.
Su padre se lo había enseñado el primer día en el monte: el que camina con la vista arriba entrega el suelo.
Bruno entregaba el suelo a cada paso, ciego a todo lo que no cupiera en su rectángulo iluminado, metiéndose él solito, mansamente, en la parte del monte que Irene se conocía mejor que su propia casa.
No le hizo falta ni una trampa. Para Bruno, la trampa era ella.
Lo dejó alejarse de la boca del embudo, hacia las rocas, hacia un rincón sin salida que ella había cruzado mil veces, y cuando lo tuvo donde quería, solo, de espaldas, embobado con la pantalla, a un mundo de distancia de cualquiera que pudiese oírlo gritar, Irene salió de la sombra.
Hizo crujir una rama bajo el pie. A propósito.
Bruno se giró. Y durante un segundo, uno solo, la cara que puso fue de puro miedo de animal, del que entiende de golpe que no está solo y que lo que tiene detrás no viene a saludar.
La del sur. La pieza que se había vuelto loca y le había reventado la cacería.
Ahí estaba, delante de él, sucia y coja y con una estaca de madera en la mano.
Y entonces Bruno hizo lo más Bruno que se podía hacer en aquel momento.
Levantó el teléfono. Y la grabó.
Claro que la grabó. Para Bruno, aquello no era el final de su vida. Era un directo. El mejor que había tenido nunca. Ni con un cuchillo delante era capaz de vivir un solo segundo sin ponerle un encuadre.
—Espera, espera —dijo, ya con el rectángulo de luz entre los dos, ya encuadrándola, ya pensando en el titular—. ¿Tú sabes la de gente que va a ver esto? Eres oro, tía. Eres la historia del año. Podemos hacer un trato, tú y yo. Yo te saco en el canal, cuento tu versión, te hago famosa, y...
—No quiero ser famosa —dijo Irene.
Fue lo único que dijo. No hubo discurso. No hubo lista de agravios, ni nombres de muertos recitados a la cara del culpable. La gente como Bruno no se merecía las últimas palabras de nadie. Solo se merecía el final.
Lo que pasó después, Irene se lo guardó para ella.
Pasó rápido, y de cerca, con el oficio callado de quien ha matado animales toda su vida y sabe dónde están las cosas que apagan deprisa a un ser vivo.
Pasó en la oscuridad, entre las rocas, lejos de cualquier oído.
Y el monte, que llevaba doscientos años viéndolo todo, se tragó también aquello sin un solo comentario.
Cuando se apartó, lo único que seguía encendido en toda aquella negrura era el teléfono de Bruno, caído entre las hojas, con la lucecita roja todavía parpadeando.
Seguía grabando.
Irene lo miró un momento. La cámara, indiferente, encuadraba ahora un trozo de cielo negro y la rama más baja de una encina, y seguiría grabando hasta que se le agotara la batería, registrando con toda fidelidad la nada absoluta: el cielo vacío, las ramas, el silencio.
El público que Bruno tanto necesitaba no iba a ver jamás aquel último vídeo.
Y, aunque lo viera, no habría nada que ver.
El hombre que había convertido el mundo entero en algo para mirar acababa de salirse del encuadre para siempre, y a su cámara, igual que al monte, igual que al cielo, igual que a todo, le daba exactamente lo mismo.
Era, pensó Irene, el epitafio más honesto que iba a tener.
Y aquí venía la cosa. Aquí venía el veneno.
Porque, mientras miraba aquel teléfono grabando el vacío, Irene esperó sentir algo malo.
Esperó el asco, el temblor, el peso de haber matado a un hombre con sus propias manos.
Y algo de eso hubo, en alguna parte, lejos.
Pero por debajo, más fuerte y más caliente, había otra cosa que no tenía ningún derecho a estar ahí: alivio.
Una satisfacción honda y tranquila, casi dulce, la de saber que aquella sonrisa concreta no iba a volver a encuadrar el dolor de nadie nunca más.
Le había gustado. Una parte de ella, pequeña y oscura y cada vez menos pequeña, había disfrutado.
Y esa parte le daba más miedo que toda la familia junta. Porque la familia estaba fuera, en el monte, y a la familia se la podía cazar. Aquella cosa la llevaba ella dentro. Y crecía. Y tenía la cara de su hermana.
Se obligó a apartar la vista del teléfono.
Se obligó a respirar. Una parte de su cabeza, la que todavía era solo la hija de su padre y no otra cosa, intentó ponerle un nombre tranquilo a lo que acababa de hacer: justicia, defensa, supervivencia, lo que hiciera falta para poder seguir mirándose por las mañanas.
Y había algo de verdad en eso. Bruno era un asesino, y un asesino menos en el monte era el monte un poco más limpio.
Pero Irene ya había aprendido aquella noche a desconfiar de las palabras bonitas, sobre todo de las que se decía a sí misma.
La verdad, la de debajo, era más simple y más fea: había querido matarlo, lo había matado, y se había sentido bien.
Y eso no lo arreglaba ninguna palabra. Eso solo lo arreglaba, a lo mejor, no volver a sentirse así nunca más.
Y, mientras lo pensaba, ya sabía que iba a volver a sentirse así.
Sabía que quedaban Aldecoa sueltos en el monte.
Y sabía que una parte de ella, la nueva, los estaba esperando con ganas.
Abajo, en la verja, tardaron en enterarse.
Primero fue una ausencia. Bruno no contestaba a las llamadas, no aparecía, no había colgado nada en un par de horas, lo cual, en él, era tan antinatural como que el sol saliera por poniente.
Mandaron a dos hombres a buscarlo. Y los dos hombres volvieron con la cara descompuesta y con el teléfono de Bruno metido en una bolsa, todavía caliente, todavía con la batería agonizando, y con la noticia que partió en dos la noche de la familia: el heredero estaba muerto.
Lo había matado una pieza. En su propio monte. En su propia montería.
En doscientos años, en aquella finca, habían muerto cientos de personas.
Pero nunca, ni una sola vez, había muerto uno de ellos.
Esa era la regla de verdad, la que sostenía toda la diversión: ellos cazaban, los demás morían, y los dos bandos no se cruzaban jamás.
Acababa de cruzarse. Y el silencio que cayó sobre la verja cuando abrieron aquella bolsa no fue un silencio de pena.
Fue otra cosa, más honda y mucho más útil para Irene: fue el silencio de un grupo de depredadores descubriendo, todos a la vez, que también ellos podían sangrar.
La reacción fue la que Irene habría adivinado de haber estado allí para verla.
Octavio se hundió en el sillón como si le hubieran sacado los huesos, balbuceando algo sobre el linaje, sobre la sangre, sobre los doscientos años.
Amalia se quedó muy quieta y muy blanca, mirando la bolsa con el teléfono, calculando ya, fría hasta para el dolor de madre, el tamaño exacto del desastre.
Y Casilda, en un rincón, agachó la cabeza para que no le vieran la cara.
Porque Casilda no se podía permitir que le vieran la cara.
La pena habría sido fácil de fingir. Lo difícil, en aquel momento, era esconder lo otro.
Esconder que, con Bruno muerto, el testamento que tanto la desvelaba se había quedado de pronto sin su heredero principal.
Que el sitio que llevaba quince años queriendo estaba, de repente, vacío.
Que la pieza del sur, sin saberlo y sin pretenderlo, acababa de hacerle a Casilda Aldecoa el favor más grande de su vida.
Levantó la vista un instante, lo justo, y la cruzó con la de Amalia. Y las dos mujeres, la matriarca y la sobrina, se entendieron sin decir una palabra, como se entienden dos jugadoras que acaban de ver caer la misma carta y saben que, a partir de ese momento, ya no van en el mismo equipo.
El tablero de la familia, quieto durante dos siglos, acababa de mover dos piezas a la vez. Una pieza menos arriba, en la línea de la sangre. Y una grieta más abajo, en los cimientos.
Irene, monte arriba, todavía no sabía los detalles de lo que había desatado. Pero lo había notado al matar a Bruno, lo mismo que se nota cuando una primera piedra se suelta en lo alto de una ladera y empieza, despacio, a arrastrar a las de al lado.
Había quitado la primera pieza importante. Ahora solo quedaba esperar a que la montaña entera se viniese abajo sola.