34. Gira la jauría
Gira la jauría
El viento se lo contó todo antes de verlo.
Irene estaba tumbada boca abajo en lo alto de las rocas, en la sombra, con la mejilla pegada a la piedra fría y la respiración tan baja que apenas movía una brizna, y el aire que subía del valle le iba trayendo la cacería entera, traducida, como su padre le había enseñado a leerla.
Olió a los perros primero: el tufo caliente y baboso de una jauría con un rastro fresco en el hocico, excitada, cerca.
Detrás, más flojo, el de los hombres: sudor, tabaco, cuero, aceite de escopeta.
Los contó por el ruido, porque contar era lo primero que se hacía y lo último que se olvidaba. Cinco hombres. Puede que seis. Y perros, muchos, una jauría entera, ocho o diez gargantas jadeando ladera arriba detrás de un rastro que ella misma les había escrito con mentiras media hora antes.
Subían exactamente por donde quería. Por el sendero ancho, el cómodo, el del que mira las copas.
Derechos hacia el embudo: aquel paso estrecho entre los dos pedruscos grandes donde el monte obligaba a cruzar de uno en uno, donde esperaban, callados, el hoyo de las estacas, la cuerda de zarza y el roble doblado.
Derechos hacia la boca llena de dientes.
Y al frente de todo, marcando el paso, dando las voces cortas y secas que mantenían a la jauría pegada al rastro y no desparramada por el monte, iba el único de los cinco que a Irene le importaba de verdad.
No le hizo falta verle la cara. Le bastó con oír cómo le obedecían los perros.
Cándido. El montero de ellos. El hombre que convertía a diez animales sueltos en una sola máquina de matar y que era, por eso mismo, la única pieza de toda aquella cacería que valía la pena cazar.
Porque Irene había entendido una cosa muy simple tumbada en aquella roca: la jauría no era el peligro.
La jauría era una herramienta. El peligro era la mano que la sujetaba.
Y a una herramienta, si le quitas la mano, se queda quieta.
O, con suerte, se vuelve contra el que la tenía cogida.
A su espalda, repartidos por las rocas y los matorrales a sotavento, invisibles y muertos de miedo, esperaban Lola y los otros dos con sus estacas y sus piedras y la única orden que Irene les había dado y repetido tres veces: no hagáis nada hasta que lo haga yo.
Quietos. El monte trabaja solo. Vosotros, solo cuando os avise.
Irene apoyó la barbilla en la piedra, midió con la mirada los pasos que le faltaban al primer hombre para llegar al hoyo, y esperó. La ocasión no se busca. Se prepara, y se espera.
Esperó.
Los oyó acercarse. El crujido de las botas en la hojarasca, cada vez más fuerte.
El jadeo de los perros, cada vez más cerca.
Una voz de hombre que decía algo y otra que se reía, confiados, seguros, subiendo a cobrar una pieza más en una noche de cobrar piezas.
No tenían ni idea de que el suelo que estaban pisando había cambiado de dueño hacía una hora.
No tenían ni idea de que el rastro fácil que seguían lo había escrito la propia pieza.
Subían a una cacería. Iban a entrar en una trampa.
Y la diferencia entre las dos cosas, aquella noche, la marcaba ella.
El primer cazador entró en el embudo. Era un tipo grande, con una escopeta corta cruzada al pecho y una linterna en la otra mano, que barría el suelo con el haz por todas partes menos por donde tenía que barrerlo.
Miraba las rocas, las sombras, las copas.
Buscaba a una persona escondida. No buscaba un agujero.
Pasó por encima de la cuerda de zarza sin tocarla, de pura suerte, dio dos zancadas más hacia la parte estrecha, plantó el pie derecho justo en el centro del entramado de ramas que tapaba el hoyo...
...y el suelo se lo tragó hasta la cadera.
Lo que vino después vino casi en silencio, que fue lo peor.
El hombre no gritó al principio. Bajó de golpe, las estacas hicieron su trabajo viejo y simple, y lo único que se oyó en toda la ladera fue un ruido corto, húmedo y sorprendido, y solo después, con retraso, el aullido largo y agudo de un animal grande al que le han hecho un daño sin arreglo.
Y con aquel aullido, todo se puso en marcha a la vez.
La jauría enloqueció. El olor de la sangre fresca, soltada de golpe en el aire frío, le llegó a los diez perros como un latigazo, y la disciplina que Cándido había sujetado durante toda la noche se tensó como una cuerda a punto de partirse.
Cándido lo notó, e Irene lo oyó notarlo, porque las voces cortas se volvieron de pronto más rápidas y más duras, llamando a los perros, intentando recogerlos antes de que la sangre les comiera la cabeza.
Por un segundo los tuvo. Por un segundo, la máquina aguantó.
Y en ese segundo, Irene cortó la mano.
Tiró de la cuerda fina, casi invisible, que llevaba toda la espera enrollada en el puño y que subía por la cara de la roca hasta el disparador del árbol doblado.
El roble joven que había estado una hora doblando y trabando se soltó con un crujido enorme, un trallazo de madera y hojas que cruzó el embudo a la altura del pecho como el brazo de un gigante.
Pilló de refilón a un segundo cazador y lo mandó de espaldas contra las piedras.
Pero eso no era lo importante. Lo importante fue dónde quedó el tronco cuando se acabó el latigazo: atravesado en el paso estrecho, justo por detrás de la jauría y justo por delante de Cándido.
Un muro de tronco y ramas de un lado a otro del embudo.
Con los perros de un lado. Y con su amo del otro.
La cadena de mando se partió en dos con el ruido de un árbol al caer.
Fue un cálculo, no un golpe de suerte. Irene no había tendido aquel árbol para matar a nadie.
Lo había tendido para eso exactamente: para meter una pared entre la herramienta y la mano en el segundo justo en que la herramienta estaba a punto de volverse loca.
Su padre se lo había dicho mil veces, hablando de otra cosa, hablando siempre de otra cosa: contra algo más fuerte que tú no busques pegarle más fuerte.
Búscale lo que lo hace fuerte, y quítaselo.
A un hombre, su arma. A una jauría, su amo.
Cándido empezó a gritar enseguida, llamando a los perros por encima del tronco, dando las voces que durante años los habían recogido como un puño se cierra sobre un puñado de canicas. Pero pasó lo que Irene sabía que iba a pasar. Pasó la naturaleza.
Una jauría con sangre fresca en el hocico, sin ver a su amo, encerrada en un embudo con dos hombres caídos que sangraban y gritaban y manoteaban, una jauría así deja de ser de nadie.
Vuelve a ser lo que fue siempre, por debajo del adiestramiento: una boca con hambre.
Los perros giraron sobre sí mismos un instante, perdidos, buscando el rastro que los había traído hasta allí: el de ella, el de la presa, que de pronto el viento ya no les llevaba porque Irene estaba arriba, quieta, a sotavento, borrada del aire.
Y al no encontrarlo, al toparse en su lugar con el olor cegador de la sangre de los dos hombres a un palmo de sus narices, hicieron lo único que de verdad sabían hacer.
Se echaron sobre lo que tenían más cerca.
Y lo que tenían más cerca ya no era ella.
Lo que vino después Irene lo miró desde arriba, fría, sin apartar la vista, como quien vigila que una herramienta termine bien su trabajo.
El embudo se convirtió en una cosa que no se puede contar de frente.
Hubo gritos de hombre y ladridos y disparos a ciegas que no le daban a nada o le daban a quien no debían, el estampido de una escopeta vaciándose contra un perro y de otro perro ocupando al instante el hueco del primero.
Los tres cazadores que quedaban enteros, atrapados en el paso estrecho con el tronco cerrándoles la salida de atrás y el hoyo y las rocas cerrándoles la de delante, descubrieron en un par de minutos lo que llevaban toda la noche enseñándoles a otros: que no hay nada más solo en el mundo que una presa metida en un embudo.
Irene lo había visto venir, pero verlo de verdad era otra cosa.
Vio a un hombre intentar trepar por la roca lisa, resbalar y volver a caer dentro.
Vio a otro descargar la escopeta hacia las sombras, hacia las copas, hacia todas partes menos hacia los perros, porque el cerebro de un hombre asustado tarda un rato en aceptar que el enemigo no es la persona escondida que esperaba, es el animal de siempre, el de su propio bando, que de pronto lo mira de otra manera.
Los vio ir entendiendo, uno a uno, lo que ella ya sabía: que el monte les había dado la vuelta, que las reglas seguían siendo las mismas pero ahora jugaban en contra, y que en aquel embudo, esa noche, los cazadores eran ellos.
El sonido lo decía todo. Toda la noche había sido el ruido de gente como Lola corriendo, y de gente como Cándido corriendo detrás. Por primera vez, era justo al revés.
Y entonces Irene dio la orden.
—Ahora.
No fue un asalto heroico. No hubo cargas ni gritos de guerra.
Su cuadrilla hizo lo único sensato que cuatro civiles con palos podían hacer: terminar, desde la seguridad de las rocas y por la espalda, lo que los perros y el monte habían empezado.
Una piedra grande soltada desde lo alto en el momento exacto.
Una estaca para un hombre que trepaba por el pedrusco buscando salir del embudo y que se encontró arriba a Lola esperándolo.
Cosas rápidas, feas, sin una gota de gloria. Cosas de sobrevivir.
Pero Irene, que llevaba toda la noche viéndolos temblar, vio también otra cosa, y esa sí la guardó.
Vio al chaval de la brecha, el que dos horas antes esperaba la muerte hecho un ovillo en una zanja, bajar una piedra sobre un cazador con una rabia que no tenía nada de cobarde.
Vio a la mujer del pelo blanco, la que no había soltado una palabra en toda la noche, hacer su tarea callada y exacta sin apartar la vista ni una vez.
No eran héroes. Seguían siendo cuatro civiles muertos de miedo con cuatro palos.
Pero por primera vez en toda la noche no estaban huyendo, y eso, en aquellas caras rotas, era una cosa que daba casi tanto miedo como esperanza.
Lola, cuando bajó del sitio donde había hecho lo que tuvo que hacer, traía la cara blanca como el papel y la estaca roja y le temblaban las dos manos.
Pero miró el embudo, miró el destrozo, miró a aquella cuadrilla de cazadores convertida de pronto en lo mismo que llevaban toda la noche cazando, y dijo, con la voz rota y la barbilla muy alta:
—Pues para ser nuestra primera montería... no se nos ha dado mal.
A Irene no le salió la risa. Pero entendió que Lola la necesitaba, esa risa, así que le puso una mano en el hombro y se la dejó allí un momento. Era lo único que tenía para darle.
Porque a Irene le había salido otra cosa mientras miraba desde la roca cómo su plan se cumplía al milímetro, y esa cosa la asustó más que toda la sangre del embudo.
No había sentido horror. No había sentido pena por los hombres que se morían abajo, ni por los perros, que no tenían culpa de nada.
Había sentido, fría y limpia y espantosa, satisfacción.
La satisfacción del que coloca bien una trampa y la ve funcionar.
La misma, exactamente la misma, que le había visto en la cara a Octavio cuando presumía de sus nueve piezas.
Por primera vez en toda la noche, Irene se miró las manos y se preguntó cuánto camino le quedaba de verdad para llegar a ser su hermana. Y la respuesta no le gustó nada.
Al otro lado del tronco caído, a oscuras, Cándido Mur había dejado de gritar.
Irene lo buscó con la mirada y lo encontró: una sombra grande y muy quieta detrás de la madera, mirando por encima de las ramas cómo sus propios perros, los que había criado y adiestrado y mandado durante años, se le habían vuelto desconocidos en cuestión de segundos.
No intentó saltar el tronco. No disparó al montón.
Un montero de los de verdad sabe cuándo una cacería se le ha ido de las manos, y aquella se le había ido entera.
Se quedó allí, leyendo el destrozo igual que lo leía Irene desde el otro lado, y por un instante, por encima de los perros y las ramas y los caídos, los dos únicos monteros de aquella noche se buscaron en la oscuridad y se reconocieron.
Se dijeron, sin una sola palabra, lo que los dos sabían ya: que aquello no había terminado.
Que aquello, entre ellos dos, no había hecho más que empezar.
Luego Cándido se dio la vuelta y se lo tragó la oscuridad, monte abajo, hacia la verja, a contarle a la familia una cosa que aquella familia no había tenido que escuchar en doscientos años.
Que una pieza les había devuelto el golpe.
Abajo, en la verja, donde la familia aguardaba el amanecer y el final ordenado de costumbre, con sus escopetas y su cartel de salida y su seguridad de dos siglos, algo se torció por primera vez.
No sabían aún los detalles. Pero el monte, que debía estar empujándoles piezas hacia las manos, llevaba un rato devolviéndoles solo silencio.
Y ahora, de la negrura, en lugar de la fila de presas agotadas de siempre, empezaban a bajar perros sueltos, sin amo, con el hocico oscuro, y algún hombre suyo a la carrera, y ni un solo cuerno de victoria.
Octavio fue el primero en levantarse, con la copa todavía en la mano, mirando hacia el monte negro como si el monte le debiera una explicación.
Bruno levantó el teléfono por puro reflejo, para grabar, y no supo qué grabar.
Casilda, en cambio, no miró el monte. Casilda miró a su tía.
Porque Casilda llevaba toda la noche esperando una grieta, y acababa de oír cómo se abría una en el único sitio donde, en doscientos años, jamás había aparecido ninguna: en el centro mismo de la familia.
En el sitio donde alguien empezaba a tener miedo.
Por primera vez en toda la noche, en la cara de Amalia Eraso, alguien muy atento habría visto una cosa nueva.
Una pregunta.