33. El oficio
El oficio
Encontró a Lola donde la había dejado, porque Lola era de las que obedecen una orden hasta el final, aunque el que la dio se haya muerto por el camino.
Seguía en la zanja de regadío, hecha un ovillo entre los helechos secos, tan quieta y tan callada que Irene tardó un segundo entero en distinguirla de la tierra.
Cuando la vio aparecer, Lola no gritó de alegría ni se le echó al cuello.
Levantó la cabeza despacio, la miró con unos ojos que habían visto demasiado en muy pocas horas, y habló con un hilo de voz ronca.
—Anda. La muerta.
—Eso decían —dijo Irene.
—Te hacía en la tripa de alguno de sus bichos a estas horas.
Se incorporó con un crujido de articulaciones frías y la repasó de arriba abajo, fijándose en la cojera, en la sangre seca, en la cara.
—Joder, Nuria. Pareces tú la que ha matado a media finca, y no al revés.
—Es una historia larga —dijo Irene—. Y no me llamo Nuria.
Lola la miró un momento en silencio. Luego asintió, despacio, como quien archiva un imposible más en una noche que ya iba llena de ellos.
—Pues claro que no.
No estaba sola. En las horas en que Irene andaba bajo tierra descubriendo monstruos, Lola había hecho la única cosa decente que se podía hacer en aquel sitio: recoger a otros dos.
Una mujer mayor, de pelo blanco, que no soltaba una palabra y temblaba como una hoja, y un chaval flaco de no más de veinte años con una brecha mal cerrada en la frente.
Los tres se habían apretado en la zanja a esperar el final, sin plan, sin salida, con las solas ganas tercas de no morir cada uno por su lado.
Irene los miró a los tres y supo que tenía delante exactamente lo que la familia esperaba que tuviera: un rebaño. Tres personas rotas esperando el cuchillo. La materia prima con la que aquella gente llevaba doscientos años haciendo deporte.
Iba a convertirlos en otra cosa.
—Escuchadme bien —dijo, agachándose a su altura, en voz baja pero sin un solo temblor—.
La familia ha bajado entera a la verja, ahí al este, a esperar a que el monte les acerque lo que quede de nosotros antes de que amanezca.
Es lo que hacen siempre. Es lo que esperan que pase.
Así que vamos a hacer justo lo que no esperan.
Los miró uno a uno.
—No vamos a bajar a la verja. Vamos a quedarnos aquí arriba, en el monte, que a esta hora ya es nuestro, y se lo vamos a dejar preparado de manera que el que suba a buscarnos no baje a contarlo.
El chaval de la brecha la miró como si estuviera loca de remate. La mujer del pelo blanco siguió temblando. Pero Lola torció la boca en algo que en otra vida habría sido una sonrisa.
—¿Nosotros? —dijo—. ¿Cuatro pringados medio muertos contra una familia de psicópatas con escopetas y con perros?
Soltó una risa seca, sin pizca de humor y con todo el humor del mundo a la vez.
—Me apunto. Total, el plan que teníamos hasta ahora era morirnos en una zanja. Cualquier cosa es un ascenso.
Y entonces Irene se puso a hacer lo que sabía hacer.
Los armó. No con escopetas, que no las tenía.
Con lo que el monte y su oficio le ponían en las manos: estacas de madera verde afiladas a piedra hasta sacarles punta de lanza y endurecidas un momento en las brasas de un fuego pequeño y sin humo que prendió y apagó en menos de un minuto.
Piedras del tamaño exacto de una mano cerrada.
Un par de garrotes de encina, cortos y pesados.
Cosas feas, sencillas, de andar por casa.
Cosas con las que un hombre del Neolítico ya cazaba mamuts, y que seguían funcionando porque la muerte, por mucho que aquella familia la disfrazara de tradición y de aplausos, era una cosa muy vieja y muy simple.
Le puso a Lola una de las estacas en la mano. Lola la sopesó, le pasó el pulgar por la punta y asintió con una seriedad nueva.
—Mi primer cuchillo es un palo —dijo—. Llevo toda la noche rezando por un arma y el universo me manda un palo con punta. Es muy típico del universo, esto.
—Ese palo, bien metido, mata igual que un cuchillo —dijo Irene—. Y encima no se encasquilla.
—Eso me gusta.
Lola se quedó mirando la estaca un segundo más. Cuando volvió a hablar, le había bajado el tono.
—Oye. Lo de Téllez. Yo no pude...
—Lo sé —dijo Irene—. Ahora no es el momento.
—No —dijo Lola, y tragó saliva—. No lo es.
Armó también a los otros dos. Al chaval de la brecha le puso un garrote en las manos y le vio cambiar la cara: dejar de ser un crío que esperaba la muerte y empezar a ser un crío con un palo, que no es lo mismo, pero es un sitio mucho mejor desde el que mirar el mundo.
La mujer del pelo blanco no quiso arma. Quiso, en cambio, una tarea, y eso a Irene le valía igual o más, porque una persona con algo que hacer deja de ser una persona que tiembla.
Era un truco viejo, el más viejo de todos.
A la gente no la salva la esperanza. La salva tener las manos ocupadas.
Con el rebaño convertido en algo que ya se parecía a una cuadrilla, Irene se puso a preparar el monte.
Repartió a los otros tres en faenas simples que cualquiera podía hacer, como cavar, tapar, acarrear o vigilar el camino, mientras ella hacía lo fino, lo que solo sabía hacer ella.
Y en aquella hora robada que la familia le había regalado sin querer, convirtió un trozo de ladera en una boca llena de dientes.
En el sendero más cómodo, el más ancho, el que cualquier cazador con prisa elegiría para subir, cavó un hoyo a la distancia justa de una zancada y lo tapó con un entramado de ramas finas y hojarasca, idéntico al resto del suelo, y en el fondo clavó tres estacas mirando al cielo.
La trampa más vieja del mundo. La que su padre llamaba «la del que mira las copas y se olvida de los pies».
A media ladera, donde el paso se estrechaba entre dos rocas y obligaba a cruzar de uno en uno, tendió a la altura de la espinilla una cuerda de zarza trenzada, fina y dura como un alambre, atada a un árbol joven que dobló y trabó con un disparador de palo, de forma que el primero que la rozara con la pierna soltaría el árbol y se llevaría el latigazo de medio bosque en las canillas.
Y, sobre todo, mintió. Porque una trampa solo sirve si la pieza pisa donde tú quieres que pise, y para eso hay que decirle por dónde ir.
Así que Irene sembró el monte de mentiras: pisadas falsas que apuntaban derechas hacia sus trampas, ramas tronchadas a propósito, una tira de tela enganchada «sin querer» en una zarza a la boca del sendero del hoyo, todo un rastro de huida tan torpe, tan de presa muerta de miedo, tan fácil de leer, que ningún cazador con sangre en las venas se resistiría a seguirlo.
Les estaba escribiendo el camino. Un camino que llevaba, paso a paso, mentira a mentira, al sitio exacto donde ella quería que llegasen.
Lo último que miró fue el viento, porque el viento lo era todo.
El viento llevaba el olor, llevaba el ruido, avisaba o delataba.
Su padre se lo había metido en la cabeza de cría: en el monte, el que tiene el viento de cara manda, y el que lo lleva a la espalda obedece sin enterarse.
Irene colocó su trampa, y su cuadrilla, y a sí misma, todos a sotavento, de manera que cualquiera que subiera lo haría con el aire en contra, ciego y sordo a lo que le esperaba, mientras ella lo olía y lo oía llegar desde tres curvas más abajo.
Cuando terminó, se apartó a mirar su obra desde una roca alta, con la cuadrilla agazapada y armada a su espalda, y notó una cosa que no había sentido en toda la noche, una cosa caliente y fea y profundamente satisfactoria: dejó de tenerle miedo al monte.
Por primera vez desde que se bajó de aquella furgoneta, el monte había dejado de ser la trampa de ellos.
Era la suya. Cada sombra, cada hoyo, cada cuerda tendida en lo oscuro trabajaba ahora para ella.
Había cogido el tablero de la familia, el mismo con el que llevaban dos siglos ganando, y lo había puesto del revés sin tocar una sola de las reglas. Solo lo había cambiado de bando.
No se engañó, eso sí. Lo que tenía no era un ejército.
Eran tres civiles aterrorizados con palos y un puñado de trampas hechas con barro y mentiras, contra una familia entrenada, armada y sin un gramo de miedo.
Si las cosas salían como ella quería, caería el primero que subiese, y con suerte el segundo.
Pero a la tercera o la cuarta dejarían de subir confiados, y entonces el truco se gastaría, y volvería a ser lo de siempre: pocos contra muchos, blandos contra duros.
No tenía un plan para ganar la noche. Tenía un plan para empezar a hacerles sangre.
Y después de tantas horas siendo ella la única que sangraba, con eso, de momento, le bastaba.
Y entonces, allá abajo, en la boca del sendero ancho, justo donde arrancaba el reguero de mentiras que ella había escrito, el monte la avisó.
Una rama. Un paso. El viento, su viento, le trajo desde abajo lo que llevaba un rato esperando: olor a hombre, a sudor, a cuero, a perro.
Alguien subía. Alguien había encontrado el rastro de la presa asustada y lo seguía hacia arriba, confiado, hacia las rocas, hacia el hoyo y la cuerda y las estacas que miraban al cielo.
El cebo estaba puesto.
Irene se agachó en la sombra, apretó su propia estaca en el puño y, por primera vez en toda la noche, sonrió de verdad, despacio, mientras escuchaba acercarse a su primera pieza.
—Venga —susurró, tan bajo que solo la oyó el viento—. Corre.