Corre, si puedes 32. Deja de correr
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32. Deja de correr

Deja de correr

Irene salió del castillo por donde había entrado, despacio, sin que la viera nadie, y al pisar otra vez la tierra del monte se dio cuenta de que algo había cambiado: ya no le temblaban las manos.

No era valor. El valor va y viene, sopla un rato y se apaga.

Era otra cosa, más fría y mucho más firme, que se le había ido posando dentro mientras escuchaba a aquella familia repartirse a sus muertos como quien reparte una herencia: una decisión.

Llevaba toda la noche corriendo. Toda la noche siendo una cosa que escapa, que se esconde, que reza por que no la encuentren.

Y de pronto, en la oscuridad de la galería, viendo el tablero entero por primera vez, había entendido algo que lo cambiaba todo.

Que correr era exactamente lo que ellos necesitaban que hiciera.

Que el monte estaba diseñado para presas que corren, que el juego entero estaba hecho para eso, y que mientras ella corriera, ellos ganaban siempre, como habían ganado durante doscientos años.

Así que dejó de correr.

Lo notó en el cuerpo antes que en la cabeza.

Fue como cuando, de niña, su padre le quitaba la mano del hombro en mitad de un puesto y la dejaba sola con la escopeta por primera vez: un frío en el estómago y, enseguida, debajo del frío, una calma rara y ancha, la de saber por fin exactamente lo que toca hacer.

Dejó de ser la liebre. No de golpe, no con un grito heroico.

Despacio, como quien se cambia de ropa en lo oscuro.

La liebre se quedó tirada en algún recodo de aquella noche, junto a la chica que lloraba con los anuncios de la tele y junto a la hermana que había venido a rescatar a su hermana, y en su lugar se puso de pie, sacudiéndose la tierra, lo que su padre llevaba criando desde el principio para que sobreviviera a una noche exactamente como aquella.

Y en cuanto se paró de verdad, en cuanto se quedó quieta por primera vez en toda la noche y miró las cosas desde quieta, vio la noche entera del revés.

Sara le había dado ventaja. «Corre, si puedes», le había dicho, regodeándose, soltándola igual que se suelta a una pieza para que la cacería dure más y sepa mejor.

Y aquel gesto, que su hermana había vivido como una crueldad elegante, de depredadora que se permite ser generosa, había sido el error más grande de toda la noche.

Porque Sara no le había dado ventaja a una presa.

Le había dado tres cosas a una montera: tiempo, monte y soledad.

Las tres únicas que necesita un cazador para trabajar tranquilo.

Se las había puesto en las manos y se había dado media vuelta tan contenta, convencida de que le hacía un favor cruel.

Corre, si puedes, le había dicho.

Podía. Vaya si podía. Lo que pasa es que ya no para huir.

Aquella era la parte que su hermana, con toda su frialdad y todo su año de planearlo, no había sido capaz de ver: que una presa y un cazador pueden tener el mismo cuerpo, las mismas manos, la misma sangre del mismo padre, y que la única diferencia entre las dos cosas, muchas veces, es hacia dónde decides correr.

Sara lo había decidido un año antes, en aquella misma finca, y se había convertido en cazadora.

Irene acababa de decidirlo ahora, en una galería oscura, mirando a unos monstruos repartirse a sus muertos.

Habían tardado lo mismo las dos en cruzar la raya.

Solo que Sara la había cruzado para servir a aquella casa.

E Irene la cruzaba para quemarla hasta los cimientos.

Se sentó un momento en una roca, a oscuras, con el tobillo latiéndole, y se obligó a pensar como pensaba su padre cuando salían al monte de madrugada: en colocar, no en correr.

El padre no había corrido detrás de una pieza en su vida.

El padre elegía un sitio, lo preparaba con paciencia y esperaba a que el animal llegara solo, empujado por el viento, por el miedo, por el hambre o por su propia costumbre.

«La ocasión no se busca, hija», le decía, con aquella voz tranquila. «Se prepara, y se espera.»

No podía con ellos de frente, y lo sabía.

Estaba coja, estaba sola, no tenía un arma de verdad, y ellos eran muchos y crueles y jugaban en su casa.

Pelear era perder. Pero su padre tampoco había ganado nunca una pieza a base de fuerza.

La ganaba antes, en lo oscuro, preparando el terreno para que la propia fuerza del animal se volviera contra él.

Y eso sí sabía hacerlo Irene. Eso era, a lo mejor, lo único que sabía hacer de verdad en este mundo.

Repasó lo que tenía, fría, como quien cuenta cartuchos antes de salir.

Tenía el monte, que en cuanto la familia bajara entera a la verja a juntarse para el remate iba a quedarse vacío, negro y suyo. Doscientos años llevaba siendo de ellos; estaba a punto de cambiar de dueño durante una hora, y una hora era tiempo de sobra.

Tenía su oficio. El alambre lo había gastado en el túnel, pero un montero no es su alambre; un montero es lo que sabe hacer con lo que el monte le pone delante, y el monte da cuerda de zarza, da ramas que se doblan, da hoyos que se tapan, da pendientes por las que rueda una piedra, da todo lo que hace falta si sabes mirarlo. Y ella sabía mirarlo.

Tenía a las presas que quedaran vivas, escondidas por ahí fuera, muertas de miedo. A Lola, si todavía respiraba. A los demás. Un puñado de gente aterrorizada que, bien colocada y con un poco de mano, podía dejar de ser un rebaño que tiembla y convertirse en otra cosa.

Y tenía, por encima de todo, la grieta: una familia que se odiaba con toda su alma y a la que solo había que arrimarle la cerilla en el sitio exacto.

Y tenía una cosa más, que no contó junto a las otras porque no era munición, era combustible: una lista de muertos que cargar.

Sonia. Ramiro. Téllez. La gente sin nombre de la columna de la cripta.

Su hermana, muerta hacía un año sin que nadie la enterrara.

Y Adrián, el cobarde que por una vez en su vida no había mirado para otro lado, tirado en el barro de un claro, corregido en familia como un perro.

No iba a llorar por ninguno de ellos aquella noche; el llanto, se lo había enseñado el monte, era para después, si es que había un después.

Pero los llevaba a todos dentro, fríos y pesados y bien ordenados, y pesaban en la dirección correcta. Pesaban hacia la verja.

Se levantó de la roca. Y al levantarse, algo en su manera de moverse había cambiado del todo, algo que ni ella se vio, pero que le habría puesto la piel de gallina a cualquiera que la hubiera conocido de antes: ya no se movía como quien huye. Se movía como quien sale a trabajar.

Tres pasos. Lo tenía claro y ordenado, como una escaleta de caza.

El primero, encontrar a los vivos y reunirlos.

El segundo, sembrar el monte vacío con todo lo que su padre le había enseñado a tender en la oscuridad.

Y el tercero, el último, el mejor, acercar la cerilla a la familia y apartarse a mirar cómo ardía sola.

No era un plan bonito. No tenía nada de heroico ni de limpio.

Era, punto por punto, lo que aquella familia llevaba doscientos años haciéndole a gente como ella, solo que del derecho: usar el monte, usar el miedo, usar las debilidades del de enfrente y dejar que la pieza se matara casi sola.

Su padre lo habría reconocido en un segundo, y a lo mejor no le habría gustado del todo verlo en las manos de su hija.

Pero su padre también le había enseñado la regla que mandaba por encima de todas las demás, la que se aprende el primer día en el monte y ya no se olvida: ahí fuera no gana el bueno.

Gana el que lee mejor. Y de leer aquel monte, aquella noche, ya no quedaba en toda la finca nadie que supiera más que ella.

Echó a andar monte abajo, hacia la zanja de regadío donde había dejado a Lola hacía una vida entera, coja, sucia, vacía por dentro de todo lo que había venido a buscar, y más peligrosa de lo que había sido nunca.

Detrás, a su espalda, el castillo se iba quedando a oscuras.

La familia bajaba hacia la verja, hacia el alba que empezaba a despuntar gris por el este, a celebrar el final de una montería que daban por ganada.

Iban a esperarla allí, en el matadero, con el cartel de salida sobre la puerta y las escopetas cargadas, convencidos de que aquella noche iba a terminar como terminaban todas, con el monte empujándoles la última pieza hasta las manos.

No sabían que la última pieza había dejado de correr.

No sabían que, por primera vez en doscientos años, el monte ya no era suyo.

Y no sabían, sobre todo, que la cosa que habían soltado para divertirse, la que habían dejado entrar, la que habían criado de lejos durante un año, la que le habían regalado ventaja entre risas, venía ya de vuelta hacia ellos en la oscuridad.

Despacio. Sin prisa. Leyendo el terreno. Buscando dónde poner la primera trampa.

Corre, si puedes, le habían dicho a ella toda la noche.

Ahora les tocaba aprender a correr a ellos.