Corre, si puedes 31. Consejo de familia
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31. Consejo de familia

Consejo de familia

La llave de Adrián abrió la poterna al primer intento, sin un chirrido, como si llevara años esperándola.

Irene se metió en la tripa del castillo por segunda vez aquella noche.

Pero esta vez no huía de él. Esta vez lo cazaba.

Recorrió los pasadizos que ya conocía con una seguridad nueva, la de quien vuelve a un sitio sabiendo perfectamente lo que busca, y subió por donde le había indicado Adrián: una escalera de servicio estrecha y negra que la dejó en una galería larga y alta, forrada de retratos de Aldecoas muertos que la vieron pasar sin mover un músculo.

La galería corría por encima de una sala grande y se asomaba a ella por una balaustrada de piedra.

Irene se pegó a la sombra de un marco enorme, sacó un solo ojo, y por fin vio el sitio donde aquella familia decidía las cosas.

El salón de caza era todo lo que esperaba y bastante peor.

Cabezas de animales en las paredes, ciervos y jabalíes y lobos con los ojos de cristal.

Pero entre ellas, sin el menor disimulo, otras cosas: fotografías enmarcadas, objetos en vitrinas, una pared entera dedicada a lo mismo que la columna de la cripta, solo que en versión de presumir con las visitas.

Aquella gente no escondía lo que hacía. Lo colgaba en el salón bueno.

Y debajo de los trofeos, repartida en sillones de cuero alrededor de una chimenea encendida, estaba la familia. Reunida. Esperando, por lo visto, para cerrar la noche.

Octavio presidía, cómo no, en el sillón más grande, con una copa en la mano y el aire de un hombre convencido de estar posando para un retrato. Hablaba como si dictara para la historia de España.

—...y por eso, queridos míos, esta ha sido una de las mejores monterías de la década. La sangre floja se purifica corriendo, como debe ser. Nueve piezas cobradas. Nueve. Un número con dignidad.

—Diez —dijo Bruno, sin levantar la vista de un teléfono que sostenía en alto con una lucecita roja parpadeando—.

Te dejas a la del arroyo, papá, que la subí yo.

La tengo grabada. Y va a reventar, además: el momento en que la pieza entiende que no hay salida tiene una verdad que el público no perdona. Eso no se actúa.

—El público —repitió Casilda, desde un sillón apartado, con una sonrisa muy fina y muy quieta—.

Qué tierno, Bruno. Cuéntanos otra vez quién es ese público tuyo.

Porque la última vez que lo miré, la mitad eran cuentas compradas con dinero de la familia para que no se te viera el fracaso desde el espacio.

Bruno bajó el teléfono por primera vez.

—Repite eso.

—No hace falta que lo repita. Lo sabe todo el mundo en esta sala menos tú.

Casilda se examinó una uña con muchísima calma.

—Llevas tres años prometiendo que vas a «monetizar el legado familiar», y lo único que has monetizado de momento es la paciencia de tu madre, que te compra seguidores como quien le compra chucherías a un crío para que se esté callado en misa.

Bruno se puso de pie. La lucecita roja del teléfono seguía grabando, apuntando ahora, sin que él se diera cuenta, a su propia cara descompuesta.

—¿Sabes cuál es tu problema, Casilda? Que llevas quince años esperando a que yo me equivoque para quedarte con lo mío. Y sigues esperando sentada, porque lo mío me lo dejó la abuela por escrito y a ti te dejó un juego de cubiertos de plata. Eso es lo que te come. Por eso muerdes.

—Lo tuyo —dijo Casilda, sin levantarse, con una tranquilidad que daba más miedo que cualquier grito— se puede cambiar.

Los papeles se tocan. Sobre todo cuando el heredero se dedica a colgar en internet vídeos que el día menos pensado nos sientan a todos delante de un juez.

Pregúntale a tu madre cuántas veces hemos hablado ya de eso. Las tardes en que tú no estabas.

—Niños —dijo Octavio, con un suspiro de emperador cansado—. Hoy no. No delante de los trofeos.

Hubo un silencio corto, de sobremesa familiar enquistada, en el que cada cual se reacomodó en su sillón. Y luego Octavio, recuperando el tono de discurso, volvió a lo que para él era de verdad importante.

—El caso es que conviene cerrar pronto. Quedan tres o cuatro piezas sueltas por ahí fuera, contando a la del sur, y no quiero que nos pille el alba con la faena a medias.

Una montería se remata a su hora, como un buen asado: pasada la hora, se reseca y ya no hay quien la coma.

—Levantó la copa hacia las cabezas de la pared, hacia los muertos colgados, brindando con sus antepasados—.

Que no se diga que en una noche mía se quedó alguien a medio hacer.

A Irene, arriba, le revolvió las tripas la naturalidad con que lo dijo.

No estaban hablando de matar personas. Estaban hablando de logística.

De horarios, de rendimiento, de que el género no se les pasara de punto.

Tres o cuatro piezas. Una de ellas era ella.

Y lo discutían con el mismo tono con el que se habla de recoger la mesa antes de que lleguen los invitados.

Y entonces habló Amalia por primera vez, e Irene entendió en dos segundos por qué Adrián le tenía a su madre el respeto que no le tenía a nada vivo.

Amalia no levantó la voz. No se inclinó hacia delante. Siguió sentada, muy recta, con las manos juntas sobre el regazo, y habló con una calma de témpano.

—Casilda tiene razón, Bruno: tus números son un disfraz.

Y Bruno tiene razón, Casilda: subió una pieza más que tú esta noche.

Y los dos sois, ahora mismo, profundamente aburridos.

Hay una invitada cazándose ella sola por mi finca, hay un problema de verdad esta madrugada, y vosotros discutís de «me gusta». Centraos de una vez.

Y, sin querer, la familia entera empezó a hablar de Irene.

—¿Se sabe algo ya de la del sur? —preguntó Octavio—. La que no se asusta.

—Se sabe que ha entrado y salido de la cripta, que se ha llevado por delante por lo menos a dos hombres y que sigue suelta —dijo Amalia—. Se sabe que vale, entera, más que toda la cacería de esta noche junta. La quiero viva. Lo he repetido doce veces. Unas manos así no se tiran a la verja.

—Pues díselo a tu protegida —soltó Casilda, con un veneno nuevo, más afilado—, porque tu protegida la quiere bien muerta. Y dicen que es algo personal. Muy personal.

Algo se tensó en el aire del salón. Arriba, en la galería, Irene contuvo la respiración.

—Sara hace lo que yo le digo —dijo Amalia.

Pero lo dijo medio segundo tarde. Y en aquel medio segundo de retraso, Irene, que llevaba toda la noche aprendiendo a leer a aquella mujer, vio una cosa que valía su peso en oro: vio que Amalia no estaba segura.

Vio que la matriarca que manejaba a todos no manejaba del todo a Sara.

Y vio que Casilda lo sabía, y que estaba disfrutando de meter el dedo justo ahí.

—Claro que sí —ronroneó Casilda—. Como hacía Adrián lo que tú le decías, ¿verdad?

Por cierto, ¿alguien ha visto a Adrián esta noche?

Porque me llega que ha aparecido en mitad del monte echándole una mano a la invitada, y que Sara ha tenido que corregirlo.

En familia. Otra vez tu gente, tía, haciendo cosas por su cuenta.

A Irene se le cerró la garganta. Ahí estaba, dicho en voz alta, en aquel salón, con una ligereza de sobremesa: corregirlo.

Adrián, corregido. El único que se había puesto de su lado en toda la noche, reducido a un chisme entre dos primas que se odiaban.

Apretó los dientes en la oscuridad de la galería y se obligó a tragárselo, porque sentir, ahora, era un lujo que no se podía permitir, y porque por debajo de la rabia le estaba creciendo deprisa otra cosa mucho más útil.

Porque lo estaba viendo. Lo estaba viendo entero, por fin, desde arriba, como se ve un tablero entero cuando llevas toda la partida con la nariz pegada a una casilla.

Adrián le había dicho que aquella familia era una jauría que se mordía, y no se equivocaba, pero se había quedado corto.

La verdad completa era todavía mejor. La verdad era que aquella gente no era un bloque, ni un muro, ni un clan.

Era un puñado de personas solas, asustadas y vanidosas, cosidas entre sí únicamente por dos hilos: el miedo a Amalia y las ganas de heredar.

Y en cuanto cualquiera de los dos hilos se tensaba un poco, todos enseñaban los dientes a la vez.

Casilda odiaba a Bruno y quería su sitio, y ya no lo disimulaba ni delante del padre.

Bruno necesitaba que lo mirasen más de lo que necesitaba el aire.

Octavio era una corona vacía hablando sola desde un sillón.

Y Amalia, la que lo sujetaba todo con su frío, tenía una sola grieta en toda su armadura, una nada más, y Casilda acababa de meter el dedo en ella delante de Irene sin saberlo: Sara.

Amalia no estaba segura de Sara. La matriarca le tenía miedo a su propia obra.

Y aquellas dos cosas juntas eran muchísimo más de lo que Irene había soñado con encontrar cuando subió aquella escalera: una prima que ya hablaba en voz alta de tocar el testamento, y una matriarca que no dormía tranquila por culpa de su mejor pieza.

Porque Casilda no necesitaba que nadie la convenciera de nada.

Casilda ya estaba convencida. Solo le faltaba un empujón, una ocasión, una chispa que le diese permiso para hacer de una vez lo que llevaba quince años deseando.

Y Amalia, por primera vez en toda su vida, tenía un sitio blando por donde colarle el miedo.

Dos palancas. Dos. Y a Irene su padre le había enseñado, de cría, que con una buena palanca y un punto de apoyo se mueve cualquier cosa por pesada que sea.

Una piedra. Un tronco. Una familia entera. Un castillo.

Irene se separó muy despacio de la balaustrada y retrocedió hacia la sombra de los retratos, con el corazón golpeándole el pecho de una manera que ya no era miedo y que hacía un año largo que no sentía.

Tenía munición. Tenía toda la munición del mundo.

Y, por primera vez, entendió que no necesitaba ser más fuerte que aquella familia, ni más rápida, ni más cruel de lo que era cada uno de ellos.

Le bastaba con arrimar una cerilla a las grietas que ya estaban abiertas, dar un paso atrás, y mirar arder.

Abajo, Amalia se puso en pie, y el salón entero se calló de golpe, como se callan los perros cuando se levanta el amo. Dio la orden de cerrar la noche: todos a la verja antes del alba, a rematar lo que quedara vivo en el monte, y a buscar a la del sur por el camino. Se acababa el tiempo.

Solo que Irene ya no oía aquello como una amenaza. Lo oía como un horario. Porque si toda aquella gente, con sus odios y sus cuchillos y sus herencias, iba a juntarse en un mismo punto antes de que saliera el sol, entonces ella ya sabía dónde, y cuándo, iba a encender la primera cerilla.