30. Ruptura
Ruptura
El cuerno todavía sonaba cuando Adrián se puso de pie.
No se levantó como un héroe. Se levantó como un hombre al que le tiemblan las rodillas y que aun así decide ponerse en pie, que es la única clase de valor que de verdad cuenta.
Miró hacia el sonido, hacia el lado del barranco de donde venía aquel bramido largo y ronco, y a Irene, que lo veía desde el suelo, le quedó clara una cosa: que Adrián sabía exactamente lo que significaba aquel cuerno, y que no era nada bueno.
—Ese es el de antes del alba —dijo, deprisa, sin mirarla, como si calculara—.
El de juntarse. En cuanto suena, los míos dejan de cazar sueltos y empiezan a bajar todos al castillo, al remate, a repartirse las piezas y cerrar la noche.
Y tu hermana sale a por ti. Las dos cosas a la vez. Tienes muy poco tiempo.
Se agachó a su lado, y por primera vez en toda la noche la cara de cobarde se le había caído del todo. Debajo había un hombre asustado y decidido, que es una cosa mucho más útil que un valiente.
—Escúchame, que esto es lo único que te va a servir y no lo voy a repetir.
—Hablaba rápido, en voz baja, con un ojo en la oscuridad por donde venía el cuerno—.
Deja de correr por el monte. Llevas toda la noche haciéndolo y por eso casi te mueres: aquí fuera ellos siempre ganan, es su terreno, está hecho para eso.
El sitio donde no te van a buscar es el único al que no se le ocurre ir a una presa. Métete en el castillo.
—En el castillo está tu familia —dijo Irene.
—En el castillo está tu única oportunidad, justo por eso.
—La agarró del brazo, no fuerte, urgente—.
Mira. Mi familia se reúne antes del alba, siempre, todos juntos, para el remate.
Y es el único momento de toda la noche en que son débiles, ¿sabes por qué?
Porque se odian. Casilda lleva años esperando para hundir a Bruno y quedarse con su sitio.
Mi padre es un viejo al que solo le queda la corona y que firmaría lo que fuera por que le hagan la pelota.
Mi madre lo sabe todo y los deja morder, porque una familia que se vigila entre ella no conspira contra quien manda.
Son una jauría, Irene, pero una jauría que se muerde.
Si los metes a todos en la misma sala y les das la chispa adecuada, se hacen pedazos solos.
A Irene, en mitad del barro y del agotamiento, se le encendió por dentro una cosa que llevaba horas apagada. La cabeza. La cabeza de montera, que no oía un plan, oía una presa: una familia entera con una grieta abierta en el centro, esperando que alguien metiera la palanca.
—¿Y cómo entro? —dijo. Y la voz le había cambiado. Ya no era la de la mujer rota del arroyo. Era otra.
Adrián lo notó. La miró medio segundo distinto, casi con miedo, como quien ve despertar algo.
—Por la parte vieja. Por detrás de la capilla, la cocina que ya no usan, hay una poterna que da a los pasadizos por donde ya anduviste.
—Se sacó del bolsillo una llave de hierro, grande, antigua, y se la puso en la mano, cerrándole los dedos encima—.
Esto la abre. Es de las que ya nadie echa en falta.
Desde los pasadizos llegas al salón de caza por la galería de arriba, la de los retratos.
Desde ahí lo ves todo y no te ve nadie. —Tragó saliva—.
No te estoy salvando, que quede claro. No puedo salvarte, no sé, no valgo para eso.
Solo te estoy enseñando dónde está la grieta.
Lo de meter la palanca lo vas a tener que hacer tú sola. Yo de eso no sé.
Y aquello, esa honestidad exacta sobre lo poco que era capaz de hacer, le dio a Irene más confianza en él que cualquier promesa. Cerró la mano alrededor de la llave. Pesaba. Pesaba de verdad. Era la primera cosa sólida que tenía en las manos en toda la noche.
Y mientras la apretaba, entendió una cosa que Adrián no había dicho, porque no hacía falta decirla: que una llave que ya nadie echaba en falta no se le pone en la mano a una presa sin que tu familia se entere nunca de nada.
Que dársela era cruzar una raya. Que después de aquella llave, Adrián ya no iba a poder volver a sentarse en sus escalones a beber como si la cosa no fuera con él, porque acababa de elegir un bando, y en aquella casa elegir el bando de fuera no salía gratis.
Lo miró. Él se encogió de hombros, como diciendo que ya lo sabía, que llevaba toda la vida sabiéndolo, y que por una vez, una sola, le daba exactamente igual.
—Vete ya —dijo Adrián—. Hacia la capilla, por el fondo del barranco, pegada al agua. Yo te despejo esto.
—¿Tú qué vas a hacer?
—Lo único que sé hacer. —Sonrió, y fue una sonrisa horrible, de hombre que ya ha decidido—. Estorbar.
Irene echó a andar. Pero no llegó lejos, porque no le dio tiempo: Sara salió de la oscuridad por el lado del cuerno, sin prisa, leyendo el suelo, siguiendo el rastro de Irene derecha hacia el arroyo, y se paró en seco al ver a Adrián de pie en mitad del claro, solo, sin botella, mirándola.
Irene se tiró detrás de un zarzal, en la sombra, y no pudo hacer otra cosa que mirar.
—Primo —dijo Sara. La palabra le salió con un desprecio antiguo—. Aparta. Sé que ha pasado por aquí. La huelo.
—No ha pasado por aquí —dijo Adrián.
Y mintió fatal, como mienten los que no han mentido nunca por nada que importe, y Sara ni se molestó en contestarle.
Porque Sara no necesitaba que le contestara.
Le bastó con mirarlo: con ver a su primo de pie, sobrio, sin botella por primera vez en años, plantado justo en mitad del rastro de la presa que ella estaba siguiendo.
Lo leyó como leía el monte, de un vistazo, y en su cara no hubo sorpresa, ni rabia, ni siquiera decepción.
Hubo una especie de constatación aburrida, la de quien se encuentra una gotera que ya esperaba.
Adrián había elegido un bando. Vaya novedad. El bando equivocado, como toda la vida.
Avanzó. Y Adrián, el cobarde de los escalones, el Aldecoa que sobraba, el que llevaba treinta años mirando para otro lado, hizo entonces la cosa más torpe y más valiente y más sucia de toda su vida: se le echó encima a su prima.
No iba a vencerla; eso no podía. Iba a enredarse con ella, a agarrarla, a hacer bulto y ruido y a robarle segundos, a convertirse él mismo, con su cuerpo y nada más, en el matorral con el que Sara tropezara.
Fue rápido y fue feo. No hubo coreografía, no hubo lucha noble; hubo un hombre desesperado colgándose del brazo de una cazadora, recibiendo un primer golpe que lo dobló y aun así sin soltarse, gritándole a Irene sin mirarla, con la voz rota, una sola palabra:
—¡CORRE!
Y Irene corrió.
Corrió arroyo abajo, en la sombra, pegada al agua para que el rastro se le perdiera, con la llave clavándosele en el puño cerrado, y a su espalda oyó lo que le costaría el resto de su vida no haber visto: oyó a Sara dejar de pelear y empezar a castigar.
Oyó el ruido seco y corto de una cosa hecha para cazar resolviendo un estorbo.
Oyó a Adrián una vez más, ya sin palabras, solo un sonido de dolor que se cortó de golpe.
Irene apretó los dientes hasta que le crujió la mandíbula y no se volvió.
No volverse fue lo más difícil que hizo en toda una noche hecha de cosas difíciles: más que bajar a la cripta, más que tensar el alambre en el cuello de un hombre, más que ver a su hermana convertida en aquello.
Porque el cuerpo entero, cada músculo, cada tendón, le gritaba que diera media vuelta, que aquel hombre se estaba dejando la vida por ella en el barro, y que dejarlo allí solo era la peor traición de todas.
Y luego oyó la voz de Sara, tranquila otra vez, recolocada, hablándole a un bulto en el suelo con la frialdad con que se le habla a un perro que ha mordido donde no debía:
—Tú también. Vaya. Madre va a estar muy decepcionada contigo.
Irene no se paró. Esa fue la parte más difícil, y la más montera, y la que le confirmó que el arroyo seco la había dejado entrar siendo una persona y la estaba viendo salir siendo otra.
Le habría costado dos segundos volver. Dos segundos para entregarse, para morir al lado del único que se había puesto de su parte en toda la noche, para hacer algo noble e inútil.
El que se para a salvar a otro entrega a dos, le dijo su padre desde muy adentro.
Adrián te ha comprado esto. No lo tires.
Así que no lo tiró. Apretó la llave hasta hacerse daño, se tragó entera la cosa que le subía por la garganta y que no era miedo y que esta vez sí tenía nombre, y siguió corriendo hacia la capilla, hacia la poterna, hacia los pasadizos, hacia la grieta.
Pero ya no corría huyendo. Eso se había acabado en el arroyo, con la voz de Adrián diciéndole que corriera y con su cuerpo pagándolo en el barro.
Ahora corría hacia algo. Hacia una sala llena de monstruos que se odiaban y una galería desde la que mirarlos.
Hacia la primera trampa de su vida que no ponía para escapar de nadie. La primera que ponía para cazar.
Detrás, en el claro, el monte se quedó callado. Y aquel silencio, que significaba que Adrián ya no estorbaba a nadie, fue lo que terminó de encender a Irene del todo.
No lloró por él. No tenía tiempo, y además había aprendido aquella noche que llorar era un lujo de antes, de cuando todavía le quedaba alguien por quien llorar.
Lo que hizo con Adrián fue otra cosa, una cosa fría y montera: lo guardó.
Guardó su nombre, y su llave, y el ruido que había hecho su cuerpo en el barro al pagar por ella, y lo metió todo en el mismo cajón donde guardaba el rastro de los perros y la voz de su padre y la cara sin cruz de su hermana: el cajón de las cosas que pensaba usar.
Adrián quería que aquella noche, por una vez, hiciera algo.
Pues iba a hacerlo. Iba a hacerlo por los dos.
Sara le había dado ventaja para divertirse.
Adrián le había dado una llave para ganar.
Y por primera vez en toda la noche, mientras la capilla crecía negra contra un cielo que empezaba, muy despacio, a pensar en clarear, Irene supo lo que iba a hacer con las dos cosas.