29. Fondo
Fondo
Irene corrió hasta que el cuerpo le dijo que ya estaba bien de mentiras.
Fue al cruzar un arroyo seco, a no sabía cuánto del barranco, cuando se le acabó todo de golpe: el tobillo, que de tobillo ya no tenía nada y era una bola de fuego; el aire, que le entraba en el pecho como cristal molido; y, debajo de las dos cosas, lo otro, lo que llevaba toda la noche tapando con el oficio y con la prisa y que ahora, al pararse, le cayó encima entero.
Se dejó resbalar por un tronco hasta el suelo y se quedó allí sentada en lo oscuro, con las piernas abiertas y las manos en la tierra mojada, y por primera vez en toda la noche infinita no hizo cuentas.
No leyó el monte. No buscó la salida. No pudo.
Estaba sola. Esa era la cuenta que no se le iba.
El grupo, deshecho: Sonia muerta, Ramiro muerto, Téllez muerto, Lola en algún sitio en el que prefería no pensar.
Su plan, que nunca había sido suyo. Su infiltración, un pasillo con las paredes ya puestas.
Y su hermana, la única persona por la que había hecho todo aquello, la razón entera de que estuviera en aquel monte, viva y a doscientos metros, esperando un cuerno para salir a cazarla por gusto.
No quedaba nada que salvar. No quedaba nadie a quien volver. Sentada en aquel barro, con una calma que daba más miedo que el pánico, Irene se hizo por primera vez la pregunta entera: para qué seguía corriendo.
Y fue entonces, cómo no, cuando la encontró Adrián.
Lo oyó antes de verlo, y oírlo le salvó de hacer una tontería, porque la mano se le había ido sola al suelo a buscar una piedra, lo único parecido a un arma que le quedaba.
Pero el que venía no venía cazando. Venía tropezando, haciendo ruido, sin un mínimo de cuidado, como solo se mueve por el monte el que no tiene que esconderse de nadie.
Y cuando la silueta salió de entre los árboles, alta, algo encorvada, con una botella en la mano como una prolongación del brazo, Irene lo reconoció, y soltó la piedra, y no supo si lo que sintió era alivio o una vuelta de tuerca más de la misma trampa.
—Estás viva —dijo Adrián, con un alivio tan crudo, tan poco fingible, que descolocó a Irene—. Joder. Estás viva.
Ella no se levantó. No tenía con qué, y tampoco quería gastar en él la poca fuerza que le quedaba.
—Si vienes a cobrarme —dijo, con una voz ronca, sin filo, sin nada—, hazlo y ya está. Estoy cansada.
Adrián se paró en seco. Se pasó la mano por la cara.
—No vengo a eso. Dios. No. —Dio un paso, despacio, con las manos un poco abiertas, como quien se acerca a un animal herido—. Vengo porque lo he oído. Lo de los altavoces. Lo he oído todo, Nuria. O Irene. —Tragó saliva—. Eres su hermana. Eres la hermana de Sara.
Irene no contestó. No hacía falta. Y vio en su cara, a la luz rojiza del cielo, cómo Adrián ataba los cabos en directo, cómo entendía, cómo se le iba poniendo mala cara de verdad.
—Te mandé yo a la cripta —dijo, en voz muy baja, más para sí mismo que para ella—.
Yo. Te dije que bajaras ahí, que te compraba horas.
Y te metí derecha hasta ella. A que la encontraras.
—Se le quebró la voz—. Mi única buena acción de toda la noche, la única vez en años que hago algo en lugar de mirar para otro lado, y va y resulta que era justo el escalón que te tenían puesto.
Os ayudé a llevarte adentro sin enterarme.
Y Irene, que llevaba toda la noche aprendiendo que en aquella finca nada pasaba por casualidad, que cada mano tendida era un cebo y cada puerta una boca, esperó a sentir la rabia. Esperó a odiarlo por haber sido, también él, una pieza más del engaño.
No le salió.
Porque lo tenía delante, deshecho, descubriendo en aquel mismo instante que su único gesto decente de la noche había servido para empujarla un poco más hacia dentro del matadero.
Y, mirándolo, Irene entendió que Adrián no era el cazador.
Era lo mismo que ella. Era alguien a quien aquella familia había usado sin que se diera cuenta, una herramienta que se creía persona, un cabo del que tiraban sin que él notara el tirón.
La única diferencia era que a ella la habían traído de fuera para cazarla y a él lo habían criado dentro para que les sujetara la puerta.
Pero la mano que movía los hilos era la misma.
Adrián se dejó caer al suelo, a un par de metros, contra otro tronco, como si también a él se le hubieran terminado las piernas.
Durante un rato largo no dijeron nada. Dos personas sentadas en el barro de un monte negro, separadas por dos metros y por todo lo demás, oyendo a lo lejos los ruidos de una cacería que iba a por las dos a su manera.
Y a Irene, en aquel silencio, le pasó una cosa rara.
Llevaba toda la noche con el cuerpo en tensión, leyendo cada ruido, midiendo cada sombra, y de pronto, sentada al lado de aquel hombre que no era una amenaza, los hombros se le bajaron un dedo.
Solo un dedo. Pero hacía un año, desde la última vez que supo algo de su hermana, que no se le bajaban.
No era confianza; no se fiaba de él, no se fiaba ya de nadie ni de nada en aquella finca.
Era algo más sencillo y más miserable: el alivio puramente animal de no estar, durante un minuto, completamente sola en lo oscuro.
Se dio asco por agarrarse a tan poco. Y se agarró igual.
—Lo siento —dijo Adrián al cabo—. Ya sé que no sirve de nada, que un «lo siento» es lo más barato que hay.
Pero es lo único que tengo. Nunca he tenido otra cosa.
Esa es mi enfermedad: lo veo todo, lo entiendo todo, me da asco todo, y luego no hago nada.
Me quedo en los escalones bebiendo. Llevo toda la vida sentado en los escalones bebiendo, mientras al lado mi familia hace lo que hace.
Irene lo miró en la oscuridad. Y, contra todo lo que le pedía la cabeza fría, contra todo lo que había aprendido aquella noche, le contestó con la verdad. Quizá porque ya no le quedaba nada que proteger. Quizá solo porque hacía un año que no le hablaba a nadie sin estar calculando.
—Vine a sacarla —dijo. Era la primera vez que lo decía en voz alta, y la primera vez que se oía decirlo en pasado—.
Un año entero buscándola. Comisarías, mapas, mentiras, todo esto.
Para sacarla. Y resulta que no hay nada que sacar.
Que la que vine a salvar es la que me caza.
—Se le rompió un poco la voz, sin permiso—.
Así que dime tú para qué corro, Adrián. Dímelo, porque yo ya no lo veo.
Adrián la miró un buen rato. Y entonces hizo una cosa que no le había visto hacer en toda la noche, ni a lo mejor en toda su vida.
Dejó la botella en el suelo. La dejó a su lado, en la tierra, y no volvió a cogerla.
—No lo sé —dijo—. No tengo ni idea de para qué corres.
Pero te voy a decir lo más honesto que he dicho en años.
—Se inclinó hacia ella—. Llevo toda la noche viéndote hacer lo que yo no he hecho en treinta años.
Estás aquí abajo, sin nada, sin nadie, coja, con tu hermana convertida en eso, y sigues moviéndote.
Sigues pensando. No te has sentado en ningún escalón a esperar el final con una botella.
Y te he mirado, y por primera vez en mi vida me he dado asco yo, en vez de dármelo los demás.
Tragó saliva. Le temblaba un poco la mandíbula.
—Así que no me preguntes a mí para qué corres. Pero, si vas a parar, párate después de mí. Porque creo que esta noche, por una vez, voy a hacer algo. Y me gustaría que estuvieras viva para verlo.
E Irene, que había tocado el fondo de todo, que se había sentado en aquel barro a morirse un rato, miró a aquel cobarde que acababa de soltar la botella por primera vez en su vida, y notó que algo, muy abajo, muy pequeño, una cosa que ya no era esperanza pero que se le parecía lo justo para confundirla, volvía a prender.
Y en ese momento, rasgando el monte de lado a lado, sonó el cuerno.
El de Sara.