28. El trofeo
El trofeo
Sara podía haberla matado allí mismo.
Irene lo sabía. Estaba a un metro, coja, sin alambre, vacía por dentro, con la pulsera de su hermana muerta hundiéndose en el barro entre las dos.
Era el momento. Cualquiera de aquella familia habría rematado allí, sin ceremonia, y se habría marchado a buscar la siguiente pieza.
Irene cerró los ojos y esperó el final. Y casi, casi lo deseó, porque cualquier cosa era más fácil que lo que fuera a venir después.
No vino.
Cuando volvió a abrir los ojos, Sara la miraba con una paciencia nueva, casi golosa, la de quien tiene delante algo demasiado bueno para gastarlo con prisa.
—Aquí no —dijo, como si Irene hubiera hablado en voz alta—. Así no. Sería un desperdicio.
Se agachó. Recogió la pulsera del barro con dos dedos, sin apenas mirarla, y se la guardó en el bolsillo.
No por lo que era, que ya no era nada para ella.
La recogió como se recoge un cartucho gastado del suelo del puesto: por orden, por costumbre, para dejar el monte limpio.
A Irene aquel gesto le dolió más que si la hubiera tirado al río.
—Te voy a explicar cómo va a ser el resto de la noche —dijo Sara—. Porque quiero que lo sepas. Quiero que vayas pensándolo mientras corres. Es la mitad de la gracia.
Se cruzó de brazos, tranquila, como quien reparte el trabajo de una jornada.
—Mi familia te quiere viva —dijo, con un punto de desdén que no se sabía si iba hacia ellos o hacia Irene—.
¿No lo sabías? Esas manos tuyas, esa cabeza, lo bien que lees el monte, lo bien que pusiste el lazo en el túnel…
Para ellos vales muchísimo más entera que muerta.
Amalia lleva media noche por los altavoces diciéndoles que no te toquen, que te quiere para la casa, que unas manos así no se desperdician.
Te quiere a su lado. Quiere enseñarte. Igual que hizo conmigo.
Algo en la cara de Sara, al decir aquello, se torció un milímetro. Y por aquel milímetro asomó, por primera vez en toda la noche, algo que no era la cazadora. Algo más viejo. Posesivo. Celoso.
Dio un paso.
—Pues no. A ti no te van a tener —dijo, y la voz se le puso de hielo—. Tú no vas a ser de la casa. No vas a ser de Amalia, ni de Octavio, ni de nadie. Eres mía, Irene. Eres lo único de toda esta noche que es mío. Y lo mío no lo regalo, no lo recluto y no lo comparto. Lo cazo yo. Con mis manos.
Lo dijo sin rabia y sin prisa, como se dice algo que se lleva mucho tiempo decidido.
Y a Irene, que la conocía, que había dormido en la cama de al lado quince años, le quedó claro que aquello no era una amenaza para meterle el miedo en el cuerpo.
Era un plan. Sara llevaba un año imaginándose aquella noche igual que otra gente se imagina una boda: con detalle, con ilusión, contando los días que faltaban.
Y en aquel plan, en aquella ilusión, el papel de Irene nunca había sido el de la hermana a la que abrazar al final del pasillo.
Era el de la pieza al final de una persecución larga y buena.
La mejor pieza. La que llevaba toda la vida soñando con cobrar.
Y entonces, muy abajo, en un sitio de Irene donde ya no quedaba pena porque la pena se había caído al barro con la pulsera, pasó algo que ni ella esperaba.
Empezó a pensar otra vez.
Despacio, como prende una hoguera con la leña mojada, le volvió la cabeza.
La de antes. La de montera. Y la cabeza, fría, le dijo mientras Sara hablaba una cosa muy sencilla: que ya no le quedaba nadie a quien salvar.
Que la hermana por la que había cruzado un año y un país y una cripta llevaba muerta mucho tiempo, y que a un muerto no se le rescata, de modo que se había acabado el rescate.
Y que el día que dejas de tener algo que perder dejas también, en el mismo momento, de ser una presa fácil de asustar.
No fue un consuelo. No tenía nada de consuelo.
Fue la cosa más fría y más triste que le pasó por dentro en toda la noche, peor todavía que el miedo: descubrir que el dolor, cuando llega hasta el fondo, no te hunde, te vacía.
Y que una persona vacía pesa menos. Corre distinto.
Calcula mejor. Irene había entrado en aquella finca siendo una hermana que buscaba a otra.
Iba a salir de ella, si salía, siendo una cosa distinta.
Lo notó cuajar por dentro mientras su hermana hablaba, igual que cuaja el hielo en el borde de un charco al amanecer: la montera que su padre había criado, sin una sola persona en el mundo por la que ablandarse, suelta por fin, y por eso mismo más peligrosa que en toda su vida.
Por encima de las dos, lejana, crepitó un instante la megafonía. La voz de Amalia, diciendo algo que el viento se llevó a medias, con tono de orden, algo que llevaba dentro la palabra «viva». Sara ni levantó la vista. Pero Irene sí. Irene la guardó.
Porque aquella era la primera grieta que veía en toda la noche: que la familia y su hermana no querían de ella lo mismo.
Que Amalia la quería en pie y Sara la quería en el suelo.
Y dos cazadores que quieren cosas distintas de la misma pieza son dos cazadores que, en algún momento de la noche, se van a estorbar el uno al otro.
Aquello, algún día, a alguna hora, podía ser una rendija por donde meter el cuerpo.
Lo guardó, como guardaba siempre lo que servía, para luego.
Era poca cosa. Una palabra deshecha por el viento, una orden que su propia hermana ni se molestaba en obedecer.
Pero Irene llevaba toda la noche sin tener absolutamente nada entre las manos, y de pronto tenía aquello: la certeza de que, por encima de su cabeza, dos poderes tiraban en direcciones contrarias.
La casa quería una montera nueva. Sara quería un cadáver.
Y en el hueco que había entre esas dos cosas, por estrecho que fuera, a lo mejor cabía de lado una mujer coja que supiera leer el monte.
Sara descruzó los brazos.
—Y como eres lo mejor que voy a cazar en mi vida —dijo—, te voy a hacer un regalo que no le he hecho a ninguna presa en un año entero. Te voy a dar ventaja.
Señaló con la barbilla el tobillo malo de Irene.
—Sé que estás coja. Lo sé. Te he visto subir la cuesta.
Podría echarte la mano encima ahora mismo, sin despeinarme, y se acabó.
Pero eso no vale nada, ya te lo he dicho.
Yo lo que quiero es que corras. Que me hagas trabajar.
Que me obligues a buscarte por todo el monte hasta el alba y a encontrarte justo cuando creas que te has librado.
Sonrió.
—Así que te doy hasta el próximo cuerno. Cuando suene, salgo detrás de ti. Y con esa pata, créeme, lo vas a necesitar entero.
Se hizo a un lado. Le dejó libre la ladera, la espesura, la noche enorme por delante. Una puerta abierta. Una trampa con forma de regalo.
Irene entendió lo que era aquello. No era piedad.
La piedad no existía ya en su hermana, se le había caído al barro junto con todo lo demás.
Era avaricia. Sara no la soltaba para darle una oportunidad de vivir; la soltaba para alargar lo único que de verdad le gustaba en el mundo, para estirar el placer de la persecución hasta el amanecer, como un crío que se guarda lo mejor del plato para el final.
La ventaja no era para Irene. La ventaja era para Sara.
—Venga —dijo Sara, casi con cariño, con las tres palabras que llevaba un año entero esperando decirle a la única presa que de verdad le había importado nunca—. Corre, si puedes.
Y Irene corrió.
Pero no corrió como había corrido toda la noche, con el miedo mordiéndole los talones, ciega, huyendo de algo.
Se dio la vuelta, se metió cojeando entre las jaras, hacia lo oscuro, hacia abajo, hacia su terreno, y mientras la primera rama le tapaba la cara y dejaba a su hermana atrás, en el barranco, esperando el cuerno con los brazos cruzados, algo dentro de ella, en el hueco donde se había caído la pena, se puso de pie por primera vez en toda la noche.
Frío. Seco. Duro. Y le habló con la voz de su padre.
No corras solo para que no te cojan, le dijo esa voz. Eso es de liebre. Corre para llevarla a donde quieras tú.
Porque una cosa era que la cazaran. Y otra muy distinta, le había enseñado su padre en otra vida, era que el cazador se creyera que cazaba cuando en realidad lo estaban llevando de la nariz hasta el sitio exacto donde lo esperaba el lazo. La primera la decidía el que tenía la escopeta.
La segunda la decidía la presa.