27. Tíralo
Tíralo
A aquello no se contestaba con palabras.
Irene no lo intentó. No discutió, no suplicó, no echó mano del alambre que ya no tenía.
Hizo, en cambio, el último movimiento que le quedaba dentro, uno que no había planeado, que no servía para escapar ni para defenderse, uno que no tenía nada de montera y todo de hermana: se llevó la mano al bolsillo del pecho.
Y sacó la pulsera.
La llevaba ahí desde la cripta, desde que la encontró abajo, entre las cosas que aquella familia guardaba de sus muertos.
Una pulsera de cordel trenzado, vieja, deshilachada, hecha con el mismo cordel encerado con el que su padre ataba los lazos.
La había trenzado Sara, de cría, una tarde de verano de las de hacía mil años.
Irene lo sabía por el nudo, el nudo de montero que les había enseñado el padre a las dos, y lo sabía sobre todo por el tercer cabo, el que iba suelto, el que se salía de la trenza, porque Sara siempre había trenzado con prisa, desde niña, siempre, y jamás en su vida había rematado bien el tercero.
La había llevado Irene contra el pecho toda la noche como quien lleva una brasa, jugándose en ella algo más grande que la vida: la idea de que, si Sara había conservado aquella pulsera todos aquellos años, allí abajo, entre sus cosas, en su tumba, era porque debajo de todo lo demás seguía estando su hermana.
Aquella era la apuesta. Toda la apuesta.
La había hecho sola, en la oscuridad de la cripta, sin decírselo a nadie, y la había traído hasta allí pegada al cuerpo.
Y ahora, con su hermana delante convertida en lo que era, ya no le quedaba más remedio que cobrarla, aunque en algún sitio frío y callado de las tripas sospechara desde hacía rato lo que iba a pasar.
Le tendió la pulsera en la palma abierta. Le temblaba la mano. Y dijo lo único que dijo en toda la escena, con una voz pequeña que no se reconoció ni ella.
—¿Te acuerdas?
Sara bajó la vista a la mano tendida. Despacio, sin prisa ninguna, alargó la suya y cogió la pulsera. La levantó entre el índice y el pulgar, a la altura de los ojos, y la miró.
Y durante un segundo, el más largo de toda la noche, Irene se permitió esperar.
Esperar que pasara algo. Que se le ablandara un gesto.
Que se le humedeciera un ojo. Que aquel trozo de cuerda lograra lo que no habían logrado ni su nombre, ni su cara, ni la palabra hermana dicha en voz alta: abrir una grieta por la que asomara, un instante, medio segundo, la niña que trenzaba con prisa una tarde de verano.
E Irene, que no miraba la pulsera, que la miraba a ella, que llevaba un año entero buscando aquella cara en el mundo, lo vio.
Vio que no había nada.
Vio que Sara miraba la pulsera como se mira un trozo de cuerda que te encuentras enredado en una zarza: con una curiosidad mínima, distante, educada, sin que se le moviera un músculo de la cara, sin que se le encendiera nada detrás de los ojos.
La giró un poco entre los dedos. Le dio la vuelta.
Le rozó con la uña, sin querer, el tercer cabo suelto, el suyo, el de sus prisas de niña, el que la delataba como suya entre un millón de pulseras del mundo, y no le dijo nada. No le dijo absolutamente nada.
No era la pulsera que había trenzado una tarde de verano para vete a saber qué juego con su hermana pequeña. Era una cuerda vieja. Un objeto. Algo que alguien, por una razón que a ella ni le iba ni le venía, había guardado mucho tiempo.
Sara abrió los dedos.
La pulsera cayó. Hizo el viaje cortísimo desde su mano hasta la hojarasca y aterrizó sin un solo ruido entre las hojas mojadas, a los pies de las dos: el cordel del padre, el nudo del padre, las prisas de Sara de cría, todo junto, en el barro, tirado, como se tira lo que estorba.
A Irene le pegó un tirón el cuerpo entero hacia el suelo, el instinto de tirarse a cogerla antes de que tocara el fango, de salvarla, de salvar lo que fuera de aquello. No se movió. Para qué. Lo que valía aquella pulsera ya estaba roto desde hacía rato, y no era la pulsera.
Irene la vio caer. No fue capaz de mirar otra cosa. Y mientras la veía hundirse despacio en el fango, con su propia mano todavía abierta en el aire, vacía, sin acordarse de cerrarla ni de bajarla, algo dentro de ella se soltó del todo. Sin ruido. Igual que el tercer cabo. Y se quedó colgando.
No lloró. No le salió.
Se quedó de pie en el barranco, con la mano abierta y vacía delante de su hermana, mirando un trozo de cuerda en el barro, entendiendo por fin lo que llevaba un año sin permitirse entender: que aquello no acababa de pasar.
Que Sara no se le acababa de morir esa noche, en aquella ladera.
Que su hermana llevaba ya un año muerta, en algún sitio, de alguna manera, y que la pulsera en el fango no era el cadáver.
Era la lápida.
Y ella, que sabía leerlo todo, acababa por fin de leerla.