26. Quién puso tu nombre
Quién puso tu nombre
Los pasos se hicieron Sara.
Salió de entre las encinas sin ninguna prisa, como quien llega a un sitio al que sabía desde hacía mucho que iba a llegar, y se paró a tres metros de Irene, en lo oscuro, con la escopeta todavía cruzada a la espalda porque a aquella distancia, y con aquella presa, no le hacía ninguna falta.
No dijo nada. Esperó, tranquila, a que hablara Irene, porque las dos sabían que ahora le tocaba a ella, que la vieja se lo había dejado servido y que aquella pregunta llevaba un año entero queriendo salir.
Y Irene, antes de hablar, la miró bien. De cerca.
A la cara. Buscando, como llevaba buscando toda la noche, el resto de su hermana en algún rincón de aquellos ojos.
No lo encontró. Encontró calma. Encontró paciencia.
Encontró a alguien que la miraba a ella, a Irene, con el interés tranquilo con que se mira una buena pieza al final de una buena jornada. Nada más.
Irene, apoyada en el tronco de una encina para no caerse, con el tobillo inútil y sin alambre y sin nada, la miró y la hizo.
—Me metiste tú. En la lista —dijo, con la voz ronca—. El anuncio, la oferta, todo. Fuiste tú. Me trajiste tú.
No era una pregunta. Lo había entendido entero en el barranco, con la voz de Amalia cayéndole encima desde todos los altavoces. Pero necesitaba oírselo decir a ella.
—Te traje yo —dijo Sara, sin orgullo y sin culpa, como quien dice la hora.
Y entonces Irene cometió el último error de la noche. El de tener esperanza una vez más. El de dejar que le saliera por la boca, en voz alta, la única explicación con la que llevaba un año durmiendo de un tirón.
—¿Para sacarme? —preguntó, y la voz le salió pequeña, de cría—. Para verme. Para que estuviéramos juntas. Para sacarme de aquí contigo. Me trajiste para algo, Sara. Dime que me trajiste para algo.
Sara ladeó un poco la cabeza. La miró como se mira a alguien que dice una ternura que no viene a cuento. Y por un instante, uno solo, hubo en su cara algo que no era frío.
Fue peor que el frío.
—Te traje para cazarte —dijo.
Y ahí, en esas cuatro palabras, se le terminó de morir a Irene lo poco que le quedaba vivo por dentro.
No quedaba ya ninguna versión de la historia que la salvara.
No la había traído el amor, ni la pena, ni un resto de hermana escondido debajo de la escarcha.
La había traído el hambre. Llevaba un año dándole vueltas a aquella pregunta, guardándose para el final la respuesta bonita, y la respuesta de verdad era la más sencilla y la más fría de todas: la había hecho venir para comérsela.
Irene no se movió. Se quedó pegada al tronco, sin aire, y Sara, viendo que la otra todavía no lo había entendido del todo, le explicó el resto. Despacio. Con paciencia. Porque quería que lo entendiera bien antes de que aquello acabara.
—Llevo un año cazando en este monte. Desconocidos. Gente que suplica, que no sabe correr, que se esconde detrás de la primera piedra y se cree a salvo.
Hizo un gesto mínimo, de hastío, hacia la ladera de abajo, hacia el sitio donde había dejado al chico de la chaqueta clara.
—No vale nada, Irene. Cazar a quien no te importa no vale absolutamente nada. Lo haces, lo olvidas, y a la noche siguiente vuelves a tener la misma hambre. No hay trofeo en eso. No hay pieza. Hay carne.
Dio un paso. Uno solo.
—El trofeo de verdad es cazar algo que sea tuyo. Algo que te conozca. Algo que sepa leer el monte igual que tú, que te haga sudar, que te mire a los ojos mientras corre sabiendo perfectamente quién va detrás. Algo que duela cobrar.
No le tembló la voz al decirlo. No le tembló nada.
—Llevo un año buscando en cada presa eso que ninguna me daba. Y un día me acordé de que ya existía. De que había en el mundo una sola persona que era todo eso a la vez. Que era de mi sangre. Que cazaba como yo. Que me quería más que nadie en el mundo.
Sonrió. Una sonrisa pequeña, terrible, casi tierna.
—Y la mandé llamar.
A Irene se le revolvió todo por dentro, porque entendió que aquello, en boca de Sara, era lo más parecido a un piropo que iba a oír en toda su vida.
Su hermana acababa de decirle que la quería lo bastante como para querer cazarla.
Que era la única presa del mundo que había considerado digna.
Era amor. Un amor monstruoso, vuelto del revés y afilado, pero amor al fin y al cabo, y eso lo hacía mil veces peor que el odio.
Irene abrió la boca para decir algo, lo que fuera, y no le salió nada, porque Sara todavía no había terminado. Lo último lo dijo dando otro paso, ya muy cerca, con una dulzura que heló el monte entero.
—No te traje a pesar de ser mi hermana, Irene. Te traje porque lo eres. Eres lo único que hay en este mundo que de verdad merece la pena cazar. Llevo toda la vida esperando una pieza como tú. Y resulta que la tenía en casa.