Corre, si puedes 25. No te colaste
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25. No te colaste

No te colaste

El derrumbe ya había dejado de ser un escondite. Era una trampa con su hermana entrando por la boca.

En cuanto vio a Sara echar a andar otra vez ladera arriba, hacia ella, retomando el rastro de verdad, Irene salió de entre las rocas.

No podía quedarse. Tampoco podía correr, no con aquel tobillo, así que hizo lo tercero, lo único que le quedaba: se movió.

Despacio, pegada al suelo, cruzando la ladera en diagonal hacia un barranco poblado de encinas donde la sombra era más espesa y una coja podía perderse mejor que en campo abierto.

Cada paso le costaba un latigazo de dolor del tobillo a la cadera.

Cada uno lo daba contando, leyendo el suelo, escogiendo dónde pisar para no sonar, porque la perseguía alguien que oía el monte tan bien como ella.

Y entonces el monte entero se puso a hablar.

Fue un chasquido primero, un acople, un zumbido eléctrico que brotó de todas partes a la vez, de unos altavoces viejos repartidos por la finca, escondidos en los árboles y en los postes, los mismos por los que aquella gente se daba los avisos durante la cacería.

Y por encima del zumbido, llenando el barranco y la ladera y el cielo entero, tranquila, cercana, casera, como si hablara desde el sillón de su salón, llegó la voz de la matriarca.

—Buenas noches otra vez, Nuria. —Una pausa. Casi se la oía sonreír—. O Irene. Como prefieras. A estas alturas, entre nosotras, el nombre ya da un poco igual, ¿no te parece?

A Irene se le heló todo. Se quedó parada entre dos encinas, en lo oscuro, con la voz de aquella mujer cayéndole encima desde todos lados, imposible de localizar, imposible de acallar, imposible de dejar atrás por mucho que cojeara.

Y supo, mientras se le helaba la sangre, que aquella voz no era solo crueldad.

Era caza. La vieja le hablaba para meterle el miedo en el cuerpo, para que el corazón se le desbocara, para que dejara de pensar con la cabeza fría y echara a correr a lo loco, a hacer ruido, a cometer el error que le regalaría su posición a la cazadora que subía.

Una voz, en mitad de la noche, también es una luz.

También señala. Irene apretó los dientes y se obligó a no moverse, a seguir leyendo el monte por debajo de los altavoces, a no entregarle a Sara ni un solo paso de más.

Pero costaba pensar con frío con aquella mujer contándole, desde todas partes a la vez, lo tonta que había sido.

—Te voy a contar una cosa, ahora que andas ahí fuera tú sola, para que no te marches de esta noche creyéndote algo que no eres.

—El tono era el de una anfitriona deshaciendo un pequeño malentendido en una cena—.

Tú crees que te colaste. Llevas semanas creyéndotelo.

Te inventaste a Nuria Vidal con mucho esmero, te cosiste ese alambre en el brazo, viniste a la comarca con tu mochila a olfatear el terreno como una buena montera, encontraste nuestra pequeña oferta —una noche, muy bien pagada, en una finca discreta—, la cogiste, y te felicitaste por lo lista que eras. ¿Me equivoco en algo?

Irene no contestó. No había a quién. Pero por dentro, sin poder evitarlo, la respuesta le salió sola, y la respuesta era sí. Sí. Exactamente eso.

—Pues no, niña. No te colaste. —La voz se endureció un grado, sin perder la calma—.

Te dejamos entrar. ¿De verdad creías que no sabíamos quién eras?

Esa oferta que encontraste tan a mano no la encontraste tú: te la pusimos delante, en el sitio justo, para que la encontraras.

Sabíamos tu nombre verdadero antes de que pisaras la finca.

Sabíamos lo del alambre. Sabíamos a qué venías.

Te hemos visto prepararte durante semanas con el mismo cariño con que se ve engordar a un cordero que ya tiene fecha en el calendario.

Cada paso astuto que dabas para infiltrarte te traía un poquito más cerca de donde te queríamos.

No controlaste nada, Irene. Ni una sola cosa, desde el primer minuto.

Creíste que cazabas, y eras la caza desde antes de empezar a correr.

Y a Irene se le vino encima el último año entero, reordenado, irreconocible, vuelto del revés.

Las semanas de preparación. La oferta de trabajo que le había parecido un golpe de suerte, el cabo suelto que por fin lograba tirar después de meses de pared.

El alivio salvaje que sintió al conseguir el puesto, al ver que el plan funcionaba, al sentirse por fin lista, cazadora, dueña de algo.

Todo aquello, que ella había vivido como su jugada maestra, como el momento exacto en que dejaba de ser una víctima y se convertía en otra cosa, no había sido suyo.

Se lo habían fabricado. Le habían levantado el camino con las paredes ya puestas y la habían dejado recorrerlo dándose ánimos, creyéndose libre, creyéndose la más lista de la sala, exactamente igual que el chico de la chaqueta clara se había creído a salvo agazapado detrás de su roca.

Había hecho lo mismo que él, punto por punto.

Esconderse donde la habían dejado esconderse.

Correr hacia donde la querían. Sentirse a salvo en mitad de la boca abierta.

La infiltración perfecta de la que llevaba un año entero orgullosa había sido un pasillo con las paredes ya levantadas, y ella lo había cruzado de cabo a rabo aplaudiéndose a sí misma.

No había estado nunca ni un segundo fuera del corral. Solo había creído que sí.

Se acordó del hombre del bar, el del cuartito de atrás que le había ofrecido el trabajo: lo serio que se puso, lo mucho que la miró, las preguntas raras que le hizo.

Ella había salido de allí felicitándose por haberlo convencido.

Ahora lo veía con otra luz. No lo había convencido de nada.

Aquel hombre ya sabía perfectamente a quién tenía sentada enfrente; la miraba como se mira llegar, puntual, a quien llevas un año esperando.

Se acordó de la furgoneta sin ventanas, del frío del patio empedrado, de la mujer de la carpeta que la registró por su nombre falso y le deseó, con una sonrisa amable, mucha suerte esa noche.

A ella le había sonado a fórmula hueca de bienvenida.

Ahora le sonaba a lo que de verdad era: a una anfitriona recibiéndola en la puerta de la trampa que le había montado, llamándola por el nombre de mentira para no estropearle todavía la sorpresa del verdadero.

Y eso, descubrió Irene de pie entre las encinas, dolía de una manera nueva, distinta a todo lo demás de aquella noche.

No era el miedo a morir; con eso ya había hecho las paces hacía horas.

Era la vergüenza. La vergüenza humillante de haberse creído lista, libre, peligrosa, dueña de su propio plan durante un año entero, mientras al otro lado del tablero una familia completa y su propia hermana la veían moverse como se ve moverse a un ratón por un laberinto de cristal: con cariño, con paciencia, adivinando de antemano cada giro que iba a tomar, porque eran ellos quienes habían puesto las paredes.

La habían dejado sentirse cazadora porque les divertía más cazar a algo que se creía cazador.

Hasta su rabia, hasta su valor, hasta el alambre cosido al brazo, todo aquello de lo que estaba tan orgullosa, había sido parte del espectáculo.

Le habían traído a su hermana de vuelta envuelta en la mejor versión de Irene, bien afilada, bien valiente, para que Sara se entretuviera desmontándola pieza a pieza.

Y le faltaba lo peor. Lo notó venir en el silencio que dejó Amalia antes de seguir, un silencio medido, de quien se guarda el mejor naipe para el final de la mano.

—Y por si te lo estás preguntando, que seguro que sí —dijo la voz, muy suave, casi con dulzura—, no.

La idea no fue mía. Yo solo abro la puerta y llevo las cuentas de la casa.

Lo de traerte a ti, concretamente a ti; lo de poner el cebo donde tú pudieras encontrarlo; lo de dejarte entrar y correr y bajar viva hasta el fondo del castillo para que lo entendieras todo bien antes del final...

eso no es cosa mía. Eso lo pidió ella. Lo lleva preparando, con muchísimo cuidado, desde hace un año justo.

—Una última pausa, la peor de todas—. Pregúntale a tu hermana por qué te quería aquí, Irene.

Pregúntaselo a la cara, cuando te alcance.

Que, por el ruido que hace el monte, le falta ya muy poco.

La megafonía se cortó con un chasquido seco.

Y el monte se quedó otra vez callado, con un silencio mucho peor que la voz, un silencio enorme y negro en el que Irene, parada entre las encinas, con el tobillo ardiendo y el año entero hecho añicos a los pies, oyó por fin lo que llevaba un rato sin querer oír por encima de los altavoces: pasos.

Cuesta arriba. Sin prisa. Cada vez más cerca.

Su hermana, que la había traído hasta allí de la mano y desde lejos, sin que ella se enterara, durante doce meses, subía ahora a cobrar lo que llevaba un año preparando.

Y Irene, por primera vez en toda la noche, no tenía ni idea de qué hacer.