24. Lo que Sara hizo
Lo que Sara hizo
A trescientos metros del castillo, el tobillo de Irene dijo basta.
Se le dobló sin más, sin aviso, en mitad de una cuesta de pinos, y Irene cayó de bruces sobre la hojarasca y se quedó ahí tirada un momento, jadeando contra la tierra mojada, con el monte enorme y negro encima y todo el cuerpo gritándole que no podía más.
Llevaba toda la noche corriendo. Había bajado a la tumba de aquella familia y había salido viva, y eso, que era una hazaña, no le servía absolutamente de nada, porque la noche seguía y el tobillo no la sostenía y en alguna parte de aquella oscuridad su hermana había salido a buscarla.
No podía correr. Esa era la cuenta nueva, fría, que le salía cada vez que la repasaba: con ese tobillo no podía correr, y si no podía correr, no podía huir, y si no podía huir, lo único que le quedaba era esconderse y esperar.
La ocasión no se busca. Se espera. Pero esperar, esta vez, era esperar a que pasara Sara.
Se arrastró hasta un derrumbe de rocas cubierto de zarza, un hueco entre dos piedras grandes tapado por la maleza, y se metió dentro, y se hizo pequeña, y se quedó quieta.
Desde allí veía un buen trozo de ladera, la cuesta de pinos abierta hacia abajo, plateada de luna donde la luna llegaba.
Y se puso a escuchar el monte como le había enseñado su padre, no con los oídos, con todo el cuerpo, dejando que la noche le contara quién se movía por ella.
Tardó poco en contárselo.
Primero fue un sonido pequeño, abajo a la izquierda, entre los pinos: una rama, un tropiezo, una respiración entrecortada.
Alguien corría ladera arriba, mal, agotado, sin oficio ninguno.
Una presa. Otra de las que habían soltado aquella noche, una más de los muchos nombres que aún no tenían cruz en la columna.
Irene lo vio aparecer entre los troncos: un hombre, joven, de chaqueta clara y zapatos de calle, con la cara desencajada de alguien que lleva horas viviendo la peor noche de su vida y todavía no se ha rendido.
Subía hacia el derrumbe, hacia ella, buscando justo lo mismo que había buscado Irene: un agujero donde meterse, una piedra detrás de la que dejar de existir un rato.
Por un momento, viéndolo subir, Irene fue él.
Fue cada presa de aquella noche, cada nombre de la columna, cada pobre desgraciado al que habían sacado de su vida con una mentira y soltado a oscuras para que lo cazaran señoritos aburridos.
Al chico le brillaba un reloj en la muñeca cada vez que se agarraba a un tronco, un reloj normal, barato, de los que se regalan por un cumpleaños, y ese reloj, sin saber por qué, fue lo que se le clavó a Irene en mitad de todo: que aquel hombre, doce horas antes, era alguien con un reloj y un cumpleaños y gente que lo estaría esperando despierta, y que ahora subía una cuesta en mitad de la nada rogándole a una piedra que lo escondiera.
Y detrás de él, sin prisa, bajaba la cacería.
No era ruidosa. No traía perros ni gritos ni faroles.
Era una sola figura, que se movía por la cuesta de pinos con una economía que Irene reconoció antes de verle la cara, porque era la suya, la de las dos, la del padre: pisando donde no sonaba, leyendo el rastro del chico en la hojarasca sin agacharse, sin prisa, segura, dejando que la presa se cansara sola.
Sara. Vestida de Aldecoa, con su escopeta cruzada a la espalda sin usarla, porque a aquella distancia y con aquella presa una escopeta era hasta de mal gusto.
Cazaba como cazaba bien su padre: con paciencia, con el monte de su parte, sin gastar un cartucho hasta tenerlo a tiro de mano.
A Irene se le paró la respiración en el hueco de las rocas. Las dos cosas que más quería evitar en el mundo subían por la misma ladera, hacia el mismo escondite, el chico delante y su hermana detrás, y ella en medio, coja, sin alambre, sin nada.
Podía hacer algo. Esa era la tortura. Podía silbar, tirar una piedra, hacer cualquier ruido que le avisara al chico de que se estaba metiendo él solo en la boca del lobo, de que el escondite no servía, de que siguiera corriendo.
Podía. Y al hacerlo se delataría a sí misma, coja, sin arma, a treinta metros de la mejor cazadora de aquel monte, y entonces serían dos los que se quedaban en aquella ladera en vez de uno.
Su padre tenía una frase para eso también, una que de niña le pareció cruel y que aquella noche entendió hasta el fondo: en el monte, el que se para a salvar a otro entrega a dos.
Irene no silbó. Se quedó quieta en su agujero, clavándose las uñas en las palmas, y dejó que el chico se metiera a esconderse justo donde no debía.
El chico llegó casi hasta el derrumbe. Pasó a tres metros del hueco de Irene sin verla, resoplando, mirando hacia atrás, y se metió detrás de una roca un poco más arriba, hecho un ovillo, tapándose la boca con las dos manos para que no se le oyera el aire.
A salvo, debió de pensar. Quieto y callado y a salvo.
No sabía, el pobre, que de un cazador de verdad no se esconde uno quedándose quieto. Que el rastro lo llevaba derecho hasta él. Que estar parado, contra alguien que sabe leer el monte, no sirve de nada, porque ese no busca el movimiento: busca dónde habría ido la presa, y va allí, y espera.
Sara llegó al derrumbe. Se paró. Y, durante un segundo larguísimo, miró exactamente hacia el hueco donde estaba Irene.
Irene dejó de ser persona. Se volvió piedra, raíz, sombra, nada, conteniendo el aire hasta que le ardió el pecho, segura de que la había visto, de que aquello se acababa ahí.
Pero los ojos de Sara siguieron de largo, despacio, barriendo el derrumbe entero, y se detuvieron un poco más arriba, en la roca, en el ovillo de chaqueta clara que temblaba detrás.
Sonrió un poco. No había encontrado a la que buscaba. Pero había encontrado algo.
Lo que pasó después, Irene no lo miró entero.
Apartó la vista, como había apartado la vista de los pies de las fotografías en la cripta, porque hay cosas que el cuerpo se niega a registrar para poder seguir funcionando.
Oyó. Oyó a Sara decirle al chico algo en voz baja, tranquila, casi amable, una pregunta quizá, con el tono de quien no tiene ninguna prisa.
Oyó al chico empezar a suplicar, deprisa, a borbotones, ofreciendo cosas, dinero, lo que fuera.
Oyó que la voz de Sara no cambiaba, que seguía igual de serena mientras él se deshacía.
Y luego oyó el ruido, corto, que ya conocía de aquella noche, y luego el silencio, y supo que su hermana acababa de matar a un desconocido en mitad del monte, despacio, sin que nadie la obligara, sin que nadie la mirara, porque se creía sola, sin que nadie le hubiera dado la orden ni fuera a felicitarla por ello.
Lo había hecho porque le apetecía. Porque se había cruzado en su camino. Porque era lo que era.
Y eso, esa última cosa, fue la que por fin mató lo que a Irene le quedaba dentro.
Porque lo que Sara le había hecho a ella, a Irene, en la cripta, el desprecio, la frialdad, el «no quiero que me rescates», Irene había podido contárselo de mil maneras: que era una pose, que era el miedo, que era lo que le habían metido en la cabeza, que debajo seguía estando su hermana esperando que la sacaran.
Pero esto no era para ella. Esto era Sara a solas, sin público, sin Irene delante, siendo quien era cuando creía que no la veía nadie.
Y quien era, a solas, en lo oscuro, era esto.
Algo se cerró dentro de Irene en aquel momento, despacio, como una puerta pesada de las que ya no se vuelven a abrir.
La esperanza. Esa cosa terca que la había sostenido once meses, que la había hecho cruzar comisarías y mapas y aquel monte y aquella cripta, que le había hecho guardar una pulsera de cordel en el bolsillo del pecho como quien guarda una reliquia de una santa.
Se le acababa de morir ahí, en silencio, viendo a su hermana limpiarse las manos.
No de un golpe. De pura evidencia. Sara no estaba perdida.
Sara no estaba rota. Sara estaba, sencillamente, en casa.
Irene la vio salir de detrás de la roca, limpiarse las manos en una hoja con un gesto distraído, doméstico, el mismo gesto con que Pura se limpiaba el delantal, y echar a andar otra vez ladera arriba, retomando el rastro, el rastro de verdad, el suyo, sin volver la vista atrás hacia lo que dejaba en el suelo.
No era una víctima a la que hubiera que rescatar.
No era una niña perdida debajo de una capa de escarcha.
Era una cazadora, buena, tranquila y a gusto, hecha de la misma madera que Irene y afilada hasta el otro lado.
Era, exactamente, una de las cosas que aquella familia soltaba en el monte a matar gente por deporte.
Su hermana se había convertido en lo que cazaban.
Y venía hacia ella.