Corre, si puedes 23. Salir de la tumba
51%

23. Salir de la tumba

Salir de la tumba

La oscuridad se la tragó entera, y Irene la recibió como a una vieja amiga.

A su espalda estalló la cripta: un grito de Octavio, una orden seca de Amalia, el ladrido de alguien pidiendo luz, pies que tropezaban unos con otros en la prisa.

Todo ese ruido se quedó atrás en dos zancadas, porque Irene se había metido por la boca negra del pasadizo y allí dentro no había nada, ni un reflejo, ni una sombra, solo piedra y aire frío y el latido de sus propias pisadas, y eso, que para cualquiera de los que venían detrás era el peor sitio del mundo, para ella era una ventaja de las que ganan una noche.

Ellos necesitaban luz. Ella no.

Corrió a ciegas, pero no a lo loco. Corrió como le había enseñado su padre a moverse por un monte sin luna: con una mano rozando la pared, leyendo la piedra con las yemas, contando los pasos, sintiendo el suelo con la planta antes de cargar el peso.

La pared le dijo dónde torcía el túnel. El aire le dijo de dónde venía y hacia dónde iba.

El suelo le dijo cuándo bajaba y cuándo subía.

No veía nada y lo veía todo, porque llevaba toda la vida aprendiendo a ver con las manos y con la nuca, y porque el monte, le había dicho su padre mil veces, no es del que lo posee; es del que lo lee. También debajo del monte.

Detrás, lejos todavía, apareció el primer farol.

Lo vio sin volverse, como una mancha naranja que le lamió la espalda y le dibujó un instante su propia sombra alargada en la pared de delante.

Venían. Claro que venían. Pero venían con luz, y la luz, en aquel laberinto, no era un arma: era una correa puesta al revés.

Cada farol que encendían los ataba a un círculo de tres metros de piedra iluminada y los dejaba ciegos para todo lo que había fuera de ese círculo.

Cada farol los anunciaba con cien metros de antelación.

Y cada farol, sobre todo, les estropeaba los ojos para la oscuridad, de modo que cuanto más alumbraban, menos veían, y más suya se hacía la negrura del resto.

Toda la noche había sido la luz la que la delataba a ella.

La que mataba, la que señalaba a la presa en mitad del negro.

Sonia había muerto por su lamparilla. Téllez había muerto por la suya.

Y ahora, por fin, debajo de la tierra, la luz cambiaba de bando.

Ahora la luz era de ellos, de los que la perseguían; y la oscuridad entera, todo el resto del mundo sin alumbrar, era de Irene.

Y aquello le supo, en mitad del terror, a algo parecido a la justicia.

Llegó a una bifurcación. Lo supo por el aire: dos corrientes distintas, una más fría y más seca que venía de la izquierda, otra más cargada, más muerta, de la derecha.

El aire seco venía de fuera. El aire seco era la calle.

Su padre, otra vez: sigue siempre el aire que pica en la nariz, que ese sale a algún sitio. Tomó la izquierda sin dudar.

Y entonces la cosa se complicó.

Porque la familia no era tonta, y Amalia, sobre todo, no era tonta en absoluto.

Por encima del ruido de la persecución, de los pies y los tropiezos y las maldiciones de los que la seguían a oscuras, llegó la voz de la matriarca, serena incluso ahora, repartiendo el trabajo como quien organiza una batida cualquiera.

—¡No la sigáis en fila india, que es lo que quiere! —La voz rebotaba en la piedra, venía de todas partes y de ninguna—. ¡Tú y tú, por la escalera de servicio, subís y bajáis por el aljibe, y le cortáis el este antes de que llegue al desagüe! ¡Que no vea el cielo!

A Irene se le heló la sangre, porque la vieja acababa de decir en voz alta, palabra por palabra, el plan exacto que ella llevaba en la cabeza: el aire seco, el este, la salida.

Y porque eso quería decir que conocía su propia casa hasta el último respiradero, mucho mejor de lo que Irene podía leerla a tientas.

La estaban partiendo. Mientras un grupo la empujaba por detrás, otro corría por arriba, por las tripas conocidas del castillo, para plantarse delante de la única salida hacia la que ella podía ir.

La querían entre dos fuegos. Y en un laberinto, entre dos grupos que se conocen el terreno y que se hablan a gritos, una sola persona, por bien que lea la piedra, dura lo que tarda en quedarse sin sitio.

Necesitaba quitarse de encima al grupo de atrás antes de toparse con el de delante. Necesitaba una trampa. Y no tenía ni tiempo ni herramientas ni luz para montarla.

Tenía el alambre.

Mientras corría, se subió la manga del antebrazo izquierdo y tiró del extremo cosido, soltando de su brazo el metro y medio de alambre fino y resistente que llevaba pegado a la piel desde que bajó de la furgoneta.

La herramienta de su padre. El que ata por cariño y el que aprieta hasta que paras de moverte.

Lo había usado esa noche para matar a un hombre. Iba a usarlo otra vez, pero no así.

Llegó a un punto donde el túnel se estrechaba y bajaba de techo, un sitio donde un adulto tenía que agachar la cabeza para pasar, y supo que aquel era el lugar.

Tensó el alambre a la altura justa, a la del cuello de alguien que corre encorvado, atándolo de pared a pared, de un saliente de piedra a un hierro viejo clavado enfrente, a oscuras, con los dedos, rematándolo con el nudo de montero que no se suelta nunca aunque tires.

Le temblaban las manos, y la luz de los de atrás ya crecía en la última curva, lamiendo la piedra, acercándose; y aun así no se permitió ir más deprisa, porque un alambre flojo o un nudo mal hecho no sirven de nada, y solo iba a tener una oportunidad.

Trabajó por puro tacto, a ciegas, como había aprendido a trenzar lazos de cría en el regazo de su padre, sintiendo el metal, la piedra, el hierro, sin un solo error, mientras la claridad de la persecución le trepaba ya por la espalda.

Y luego hizo lo último, lo que de verdad cerraba la trampa, lo que la convertía de un alambre tendido en el aire en una jugada: a tres metros por delante del alambre, ya pasado el estrechamiento, sacó la vela apagada que aún llevaba en el bolsillo, la encendió con dedos torpes al primer intento, y la dejó en el suelo, en mitad del túnel, ardiendo, sola, llamando.

Una luz. Una luz al fondo de un túnel oscuro, justo lo que un perseguidor quiere ver.

Justo hacia lo que un perseguidor corre sin pensar.

La presa se ha despistado, la presa ha encendido una luz, la presa está ahí.

Corre. Y al correr hacia la luz, encorvado por el techo bajo, a toda prisa, con los ojos clavados en la llama y ciego para el hilo de metal tendido a la altura de su garganta en la oscuridad de justo antes…

Irene no se quedó a mirar. Ya estaba corriendo otra vez, hacia el aire seco, hacia la izquierda, cuando a su espalda oyó la carrera de un hombre, y luego un ruido corto y húmedo y un golpe de cuerpo contra el suelo, y luego nada, y luego los gritos de los que venían detrás de él frenando en seco, amontonándose, perdiendo el tiempo precioso que ella necesitaba en entender qué le había pasado a su compañero.

La vela seguía ardiendo al fondo, tranquila, alumbrando lo que no había que mirar.

La luz, por fin, después de toda una noche matando a los suyos, había trabajado para ella.

No sintió nada. Esa era la parte que después le costaría.

En el momento no sintió absolutamente nada: ni triunfo, ni pena, ni asco.

Solo registró, con la frialdad de quien tacha una casilla, que el grupo de atrás acababa de quedarse parado, y que eso le daba un minuto, y que un minuto era una eternidad.

La chica que un año antes lloraba con los anuncios de la tele se había quedado en algún recodo de aquel túnel, definitivamente, y por ahí seguía corriendo otra cosa que se le parecía.

El aire seco se hizo más fuerte. Lo notó en la cara, en los ojos, un soplo limpio de monte y de noche que cortaba el olor a tierra muerta del subsuelo. Estaba cerca. Y justo cuando empezó a creérselo, justo cuando la corriente fría le prometía la salida, el suelo desapareció bajo su pie derecho.

No fue una caída larga. Fue un escalón que no estaba, un desnivel de un par de metros donde el pasadizo se rompía en un pozo seco, una antigua cisterna o aljibe vacío, y Irene cayó al fondo de mala manera, torciéndose el tobillo izquierdo contra la piedra, mordiéndose el grito para no regalarlo.

Se quedó un segundo hecha un ovillo en el fondo del pozo, en la negrura total, con el tobillo aullándole, oyendo arriba, no muy lejos, el segundo grupo, el que había bajado a cortarle el paso, moviéndose por el túnel de la izquierda con sus faroles.

Atrapada en un agujero, coja, entre los dos grupos.

Así, sin más, después de todo, así se acababa.

Pero arriba, en el borde del pozo, justo por encima de su cabeza, el aire seco soplaba con más fuerza que en ninguna otra parte. Y donde sopla el aire, hay un sitio por donde sale.

Tanteó la pared del pozo en la oscuridad, palmo a palmo, mordiéndose el dolor del tobillo, y lo encontró: una boca, un conducto estrecho, un desagüe viejo por el que el aljibe vaciaba antaño hacia la ladera, tapado por una reja oxidada.

La sacudió. Aguantó. Le metió el pie bueno y pateó, una vez, dos, con toda la rabia y todo el miedo del mundo, y a la tercera la reja cedió con un chirrido que en aquel silencio sonó como un disparo.

Arriba, en el borde del pozo, las luces del segundo grupo ya barrían la piedra.

Oyó a uno decir «aquí abajo hay algo», oyó el roce de alguien empezando a descolgarse, una bota buscando apoyo.

No le quedaba tobillo, no le quedaba alambre, no le quedaba nada salvo aquel agujero negro y el aire limpio que salía por él.

Se metió de cabeza. Al otro lado, al final de un metro largo de tubo de piedra por el que tuvo que arrastrarse de costado, raspándose los hombros y la cara, empujándose con el pie sano, con el corazón reventándole en los oídos, había estrellas.

Estrellas. Cielo. Aire de verdad, frío y enorme, con olor a jara y a tierra mojada, y la silueta negra de los árboles recortada contra un cielo todavía cuajado de estrellas, con ese frío cortante de las horas muertas, las del fondo de la noche, esas en que el monte está más cerrado y más quieto y en las que, sin embargo, sin que nada se note aún, la oscuridad ha empezado ya a vaciarse despacio hacia el alba que la espera al final, en la verja.

Irene salió del tubo a cuatro patas, rodó sobre la hojarasca, y se quedó un momento tumbada boca arriba sobre la tierra del monte, respirando aquel aire inmenso a bocanadas, viva, fuera, con el castillo y su cripta y su columna y su matadero a su espalda, debajo, lejos.

Lo había conseguido. Había entrado en la tumba de los Aldecoa y había vuelto a salir, que era más de lo que había logrado nadie en doscientos años.

Y no sintió alivio.

Se incorporó, se apoyó en un pino, probó el tobillo, que aguantaba a duras penas, y miró hacia la mole negra del castillo allá abajo, donde se movían luces, donde ya estarían organizándose para subir a buscarla al monte, y supo que la huida no había terminado nada.

Que solo había cambiado de escenario. Que en alguna parte de aquella oscuridad, ahora, su hermana se estaba abrigando bien, cogiendo su farol y su escopeta, y saliendo a cazarla de verdad, como había dicho, con la misma calma con que él bajaba a la bodega a por una botella.

Y mientras lo pensaba, mientras se obligaba a ponerse en marcha cojeando hacia la espesura, había una cosa, una sola, que se le había clavado en el centro del pecho allá abajo y que llevaba consigo monte arriba sin querer mirarla de frente.

Una cosa que tenía que ver con la facilidad.

Con lo bien, lo frío, lo limpio que acababa de matar a un desconocido en un túnel con un alambre, sin temblarle el pulso, sin pensarlo, sin sentirlo.

Con que Sara, abajo, en la cripta, la había mirado hacer exactamente eso un año antes y había dicho «les gusté».

Con que quizá, solo quizá, su hermana no se hubiera vuelto un monstruo a pesar de ser una Salcedo.

Con que quizá se hubiera vuelto un monstruo precisamente por serlo, porque lo llevaba dentro desde siempre, como lo llevaba Irene, puesto ahí por el mismo padre con las mismas manos.

Y con que, si eso era verdad, entonces para salir viva de aquel monte Irene iba a tener que dejar de intentar rescatar a Sara y empezar a hacer lo único que le quedaba: ganarle.

Cazar a la cazadora. Ser, hasta el final, exactamente lo que su padre las había criado a las dos para ser.

No lo admitió. Todavía no. Cojeó hacia los árboles, con la pulsera quemándole en el bolsillo del pecho, diciéndose que aún había una manera, que aún quedaba algo que salvar, que su hermana seguía ahí dentro.

Pero por debajo de la mentira, en el sitio frío donde no llegaban los rezos, ya lo sabía.

Y echó a andar hacia lo oscuro sabiéndolo.