Corre, si puedes 22. El cerco
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22. El cerco

El cerco

Empezaron a llegar luces.

Irene, sujeta todavía por la muñeca, con Sara delante y la matriarca y la vieja a un lado, las vio aparecer por las bocas de los pasadizos: una aquí, otra allá, tres, cuatro, cinco focos que crecían y se acercaban por los entresijos de la casa, convergiendo en la cripta como converge el agua en un desagüe.

La familia bajaba. La familia entera bajaba a ver la pieza que su Sara les había traído.

Y mientras las luces se le iban juntando alrededor y le iban cerrando el círculo, Irene hizo lo único que sabía hacer cuando se le acababan las opciones: empezó a contar.

Salidas. Cuerpos. Distancias. Quién tapaba qué boca.

Por dónde, cuando llegara el momento, habría un hueco.

El primero en entrar fue un hombre grande, de unos sesenta, con un loden verde como el de Sara pero con más empaque, más papel de jefe.

Lo reconoció de su año de estudiarlos: Octavio Aldecoa, el Montero Mayor.

Se plantó en mitad de la cripta como quien entra en su salón del trono, paseó una mirada satisfecha por la escena, por las dos hermanas, por la columna, por los trofeos de dos siglos, y respiró hondo, como si el aire de allí abajo le supiera mejor que el de arriba.

—Así que esta es. La hermana. La que ha llegado sola hasta el corazón de la casa.

—Se acercó a Irene, le dio una vuelta despacio, examinándola como se examina un caballo—.

Magnífico. ¿Sabéis lo que significa esto?

Significa que la sangre es la sangre. Que se puede sacar a la loba del monte, pero no el monte de la loba.

Vuestro abuelo lo decía: la sangre floja se purifica corriendo.

Pues mirad qué poco le ha costado purificarse a esta.

—Tío, tío, espera, no lo sueltes todavía, que no estoy grabando.

La voz nueva venía de detrás de un móvil en alto.

Un chico joven, de la edad de Sara, que bajaba los últimos escalones sin mirar dónde pisaba porque tenía los ojos en la pantalla, comprobando el encuadre.

Bruno. El heredero. El que en el mirador, horas antes, narraba la cacería como quien narra un partido.

—Vale. Ya. Repite lo de la loba, tío, que ha quedado de diez.

Y se puso a grabar. A grabar de verdad, moviéndose por la cripta con el teléfono en alto, buscando los ángulos como un reportero en una alfombra roja.

Enfocó la columna de los nombres. Enfocó los trofeos.

Enfocó a Irene, llena de barro y de sangre seca, sujeta por su propia hermana, y se le acercó tanto que ella le vio la cara entera por encima del aparato: guapo, limpio, con una sonrisa de presentador y unos ojos que no tenían nada detrás.

—Familia, buenas noches, bienvenidos un año más a la montería —dijo a la cámara, con una entonación cantarina de quien ha repetido eso mil veces—.

Y este año, atención, porque tenemos historia.

Tenemos drama. ¿Os acordáis de Sara, el fichaje del año pasado, vuestra favorita?

—Giró el móvil hacia Sara, le tiró un beso—.

Pues no os vais a creer quién ha aparecido esta noche siguiéndole el rastro hasta el sótano.

Su hermana. De sangre. Que se ha colado en la cacería ella solita para venir a rescatarla.

—Volvió el teléfono hacia Irene y bajó la voz a un susurro de telenovela—.

Lo que la pobre no sabe es que a Sarita ya no hay que rescatarla de nada.

Comentad ahí abajo si habéis llorado. Esto, señores, es contenido del bueno.

—A ver, las dos juntas, que esto hay que tenerlo en bonito.

—Bruno se colocó para encuadrarlas, a Sara serena y a Irene sujeta y embarrada, y movió la mano libre como un director de cine—.

Sara, ponle otra vez la mano en la cara a tu hermana, como antes, que ha quedado increíble.

Y tú —a Irene—, tú llora un poco si puedes, o di algo, lo que sea, «te he buscado un año», por ejemplo.

Que el público necesita el cierre emocional, ¿sabéis?

Necesitan sentir que han estado aquí con nosotros.

—Como Irene no dijo nada, como se quedó mirando el objetivo con una cara que ya no tenía nada de presa, una cara demasiado quieta, el chico chasqueó la lengua, decepcionado—.

Nada. No colabora. Da igual, le meto música triste en el montaje y cuela igual.

A Irene el asco le subió hasta detrás de los dientes.

No por el chico, que era tonto de remate.

Por la facilidad. Por cómo aquella gente había convertido un matadero en un programa, una desaparición en una temporada, el peor día de la vida de alguien en un momentazo para los seguidores.

Y por cómo se reían. Porque se reían, bajito, cómodos, repartidos por la cripta, como una familia cualquiera viendo vídeos en el sofá un domingo.

Una sola no se reía. Una mujer joven, de la edad de Sara, se había apoyado en un costado de la columna con los brazos cruzados y miraba la escena seria.

Casilda, la prima. Tenía los ojos puestos en Sara, no en Irene, y los tenía entrecerrados, calculando, con la cara de quien hace cuentas.

Irene, que llevaba toda la noche leyendo a la gente para no morirse, la leyó de una ojeada: esa no estaba disfrutando del espectáculo.

Esa estaba midiendo lo que la llegada de una hermana de sangre, lista, capaz, de la que el tío Octavio ya decía «magnífico», podía significar para su propio sitio en la cola de la herencia.

Esa veía en Irene, antes que una pieza, una rival.

Y Irene archivó el detalle, sin saber aún para qué, igual que había archivado la huella de bota y el olor a perro de Ramiro: una grieta dentro de la familia. Una más, para la lista.

La cripta, que cuando ella bajó era una madriguera callada de muertos, se había llenado de Aldecoas vivos, de luces, de risas bajitas, de calor de cuerpos.

Eran ocho, nueve, diez, repartidos por la sala, entre ella y todas las bocas de los túneles, y cada vez que Irene contaba volvía a salirle el mismo resultado: no había hueco.

La tenían. Lo sabían, y por eso estaban tan tranquilos, por eso se permitían el teatro y la cámara y los discursos.

La pieza estaba cobrada y solo faltaba el papeleo.

Irene se obligó a respirar despacio, a no dejar que el círculo de luces y de caras satisfechas le apretara el pecho hasta nublarle la cabeza.

Y siguió contando, porque su padre también le había enseñado eso: que una trampa bien puesta tiene siempre un fallo, y que el oficio consiste en encontrarlo antes de que el que la puso se acuerde de taparlo.

—Bueno.

Amalia dio una palmada suave, una sola, y la cripta entera se calló, hasta el chico del móvil. Y eso le dijo a Irene más sobre quién mandaba de verdad allí abajo que todos los loden y todos los discursos juntos.

—Se acabó el circo. Es tarde y queda noche. —Se volvió hacia Sara, con la naturalidad de quien le cede un asunto de la casa a quien le toca resolverlo—. Es tuya. ¿Qué quieres hacer con ella?

Sara miró a Irene un buen rato antes de contestar, todavía con la muñeca de su hermana sujeta, y cuando contestó lo hizo despacio, masticándolo.

—Soltadla.

Un murmullo recorrió la cripta. El chico del móvil hizo «oh» y lo grabó. Octavio frunció el ceño.

—Quiero lo que vine a buscar este año —dijo Sara, sin apartar los ojos de Irene—.

No la quiero aquí abajo, atada, llorando, pidiéndome que vuelva a casa.

Eso no vale nada. La quiero ahí fuera. Quiero soltarla en el monte, como me soltaron a mí, y quiero ir a por ella, y cazarla de verdad, hasta la verja, hasta que salga el sol.

—Y por fin, despacio, le abrió los dedos y le soltó la muñeca.

Dio un paso atrás—. Que corra. A ver hasta dónde le llega la sangre.

A Octavio se le iluminó la cara. Aquello sí lo entendía, aquello era la tradición, la caza de verdad, no el sótano.

«Eso es», murmuró, conmovido. «Eso es una Aldecoa.

» Bruno ya calculaba en voz baja los planos del montaje.

Amalia asintió una vez, conforme, mirando a Irene con aquel interés de coleccionista que sopesa si una pieza viva, corriendo, no rendirá más que una pieza muerta.

Hasta la prima descruzó los brazos. Y Sara seguía observando a Irene, solo a Irene, con una sonrisa pequeña y paciente, esperando, porque sabía lo que su hermana iba a hacer antes que la propia Irene; lo sabía porque era exactamente lo que habría hecho ella; porque las dos, al final, debajo de todo, eran la misma cosa.

Y ahí estaba.

La grieta. La que Irene llevaba contando desde que empezaron a bajar las luces.

Porque en el instante en que Sara le soltó la muñeca y dio aquel paso atrás, en el instante en que toda aquella gente se relajó un poco, satisfecha, dando por hecho que la pieza ya era suya y que solo faltaba subirla arriba y regalarle sus dos horas de teatro, el círculo se aflojó.

Medio metro. Lo justo. Y a la espalda de Irene, detrás de ella, sin tapar, porque a nadie se le había ocurrido que una presa fuera a correr hacia abajo, hacia más adentro de la tierra, en lugar de hacia la luz, se abría la boca negra de uno de los pasadizos.

No el del pinar. No el que ellos le habían enseñado.

Uno que se metía hacia el fondo, hacia lo más hondo y lo más oscuro de la casa, hacia donde un farol no sirve de nada y solo sigue vivo el que sabe leer la piedra sin verla.

Hacia su terreno.

Irene aflojó las rodillas sin que se notara, repartió el peso, soltó el aire despacio.

Nadie lo vio. Estaban todos mirándole la cara, esperando a la pieza que iba a llorar, esperando la súplica.

Le quedaba medio metro de ventaja y una sola oportunidad de cogerlo, y sabía, como sabía leer una huella, como sabía rematar un nudo, que en cuanto se moviera toda aquella familia se le echaría encima a la vez.

Daba igual. Su padre se lo había dicho mil veces. La ocasión no se busca; se espera. Y acababa de llegar.

Tomó aire una última vez, le sostuvo la mirada a su hermana medio segundo, y se tiró de cabeza a la oscuridad.