21. Pura mentira
Pura mentira
Le quedaba una carta.
Una sola, pero una, y a Irene le había bastado toda la noche con tener una.
Mientras la matriarca seguía allí plantada con la mano en el hombro de Sara, mientras Sara la miraba con aquella calma de fondo de pozo, la parte fría de la cabeza de Irene, la que no se apagaba nunca, ya estaba trabajando.
El túnel del este. La salida que le había enseñado Pura.
El cruce de los tres pasadizos, el de la derecha, el que subía y torcía, por debajo de la tapia, al pinar.
Si llegaba al pinar, el monte volvía a ser suyo.
Solo tenía que llegar. Se agarró a esa carta como se había agarrado toda la noche a cada clavo ardiendo que le iban pasando.
—Estás pensando en el túnel del este.
Amalia lo dijo sin preguntarlo, como quien lee en voz alta una etiqueta. Irene se quedó muy quieta.
—El que sube y tuerce. El que sale al pinar. La salida buena. —La matriarca sonrió un poco—. Pura te lo explicó con detalle, ¿verdad? Para que lo tuvieras clarísimo. Para que supieras justo adónde correr.
Y al oír el nombre de Pura en aquella boca, dicho con aquella guasa tranquila, a Irene se le cayó el suelo por segunda vez en una hora.
Pura.
La vieja del mandil gris. La que se le había presentado como otra superviviente.
La que le había curado el mordisco del perro con un pañuelo y un poco de saliva, como una abuela.
La que le había contado entre lágrimas su historia de criada conservada de recuerdo.
La que le había dado «las reglas reales» y «la salida» y la había guiado por los entresijos hasta dejarla a las puertas de la cripta.
La que se había quedado atrás. Vigilando, le había dicho.
Vigilando que no bajara nadie detrás de ti, hija.
Irene se había metido escaleras abajo creyendo que aquella pobre mujer le cubría la espalda.
Y lo veía ahora, todo de golpe, ahora que ya no servía de nada verlo.
Pura sabía demasiado. Pura dirigía demasiado.
Pura aparecía siempre en el momento exacto, decía siempre lo justo, y la empujaba siempre, con mano blanda y voz de abuela, exactamente hacia donde tenía que ir.
No la había rescatado. La había pastoreado.
La había llevado como se lleva una res hasta el sitio donde está el gancho: sin prisa, con buenas palabras, dándole de comer por el camino para que fuera tranquila.
«La salida» no había sido nunca una salida.
Había sido una correa. Y Pura, la mano que la sujetaba, la había soltado en el instante justo para que Irene corriera ella sola, creyéndose libre, hasta el centro mismo de la trampa.
La rabia le subió por dentro, espesa, con sabor a vómito. Pero por debajo de la rabia ya funcionaba la otra pregunta, la de oficio, la que de verdad importaba: al otro extremo de la correa, ¿quién?
Miró a Amalia. Tenía que ser ella. Era lo lógico: la matriarca, el cerebro, la que movía todos los hilos de aquella casa.
Amalia le sostuvo la mirada, divertida, y negó despacio con la cabeza, como si le hubiera leído también esa pregunta en la cara.
—No, niña. Yo no. —Apartó la mano del hombro de Sara, sin prisa—. Yo solo le presto mi gente a quien se la gana. Pura esta noche no trabaja para mí. —Y volvió la cara, despacio, hacia su hermana—. Pura es de ella.
El silencio que vino después fue corto y larguísimo a la vez.
—Pura —dijo Sara entonces, alzando un poco la voz hacia el pasadizo oscuro, sin dejar de mirar a Irene a los ojos—. Baja. Deja que te vea.
Y la vieja bajó.
Apareció por el mismo arco por el que había guiado a Irene un rato antes, con su mandil y sus manos nudosas y su cara de pena, y se colocó al lado de Sara con la naturalidad de quien ocupa el sitio de siempre.
Solo que la cara de pena, vista ahora, ya no engañaba a nadie.
Era un disfraz. Tan trabajado como el de Nuria Vidal, tan cosido a mano como el alambre del antebrazo de Irene.
Dos profesionales se habían cruzado aquella noche en un pasillo de piedra, y había ganado la que llevaba cincuenta años practicando.
—Lo hiciste muy bien, niña —le dijo Pura, y la voz le salió con la misma ternura de antes, una ternura que ahora daba ganas de arrancársela de la cara a tiras—. Bajaste tú solita. No tuve ni que empujar. Solo señalar.
Algo se rompió dentro de Irene.
No fue una decisión, igual que no lo había sido el nombre de su hermana un rato antes.
Fue el cuerpo otra vez, por delante de la cabeza, y el cuerpo, harto de tragar toda la noche, eligió por fin lo suyo.
Se lanzó. No contra Sara. No contra la matriarca.
Contra el mandil gris, contra la vieja, contra la única de los tres a la que la rabia podía llegar, con el alambre saliéndole del brazo de un tirón y un ruido subiéndole de muy abajo que no era una palabra, que era solo un animal.
No llegó.
Sara se movió antes, rápida, sin esfuerzo, con una economía de gestos que Irene no le había visto nunca a su hermana y que reconoció al instante porque era la suya propia, y le cortó el paso, y le atrapó en el aire la muñeca del alambre, y se la dobló hacia abajo con una facilidad fría, y se quedó así, sujetándola, las dos cara a cara, respirando fuerte, la una contra la otra por primera vez en un año.
Irene forcejeó. Tiró del brazo atrapado, le lanzó la otra mano a la cara, le buscó la rodilla, peleó con todo lo que le había enseñado su padre y con todo lo que la noche le había añadido encima, y descubrió, en cinco segundos asquerosos, que no podía con ella.
Sara paraba cada golpe antes de que llegara, sin alterarse, leyéndola como Irene leía un rastro, devolviéndola a su sitio cada vez con una paciencia de profesional.
Era como pelear contra un espejo que llevara un año entrenando para esta noche.
Y cuando Irene se quedó sin aire y sin recursos, sujeta, vencida, con la rabia quemándole en la boca del estómago, Sara la sostuvo sin esfuerzo y esperó tranquilamente a que parara.
Le ardía el asco por dentro: asco de haber confiado, de haberse dejado curar el brazo por aquella vieja, de haber llorado de alivio diez minutos antes creyendo que recuperaba a alguien.
—Eso. —Sara casi sonrió, con un orgullo espantoso, mirándole la cara de muy cerca—. Eso es lo que quería ver. Ahí estás tú. La de verdad. No la que venía a salvar a nadie. Esta.
Y entonces Irene lo entendió del todo, hasta el fondo, sin un solo hueco, y fue un entendimiento que no le subió por la cabeza; le bajó por la espalda, frío, como agua de pozo.
No había sido la familia. No había sido Amalia, ni Pura, ni la casualidad.
Había sido Sara. Desde el principio. Su hermana la había estado esperando, la había dejado entrar, la había soltado en el monte, la había dejado correr y matar y sangrar y bajar hasta el fondo de la tierra guiada paso a paso por una vieja con cara de pena.
Y no para rescatarla. Ni para reencontrarse con ella.
Ni para salvar nada de lo que un día fueron.
Para verla. Para ver en qué se convertía su hermana cuando le quitabas todo y la soltabas a oscuras. Para cazarla.
A Irene la había metido en aquel matadero su propia hermana. Y la había llevado de la mano, con buenas palabras, hasta el centro exacto.
Lo que más asco le daba no era ya la trampa.
Era lo otro. Que durante un año entero, mientras Irene se vaciaba buscándola, llorándola, sin dormir, sin comer, dejándose la piel y la vida en encontrarla, Sara había estado aquí, sabiéndolo, mirándolo de lejos, esperando con paciencia a que su hermana llegara hasta el fondo para tener con quién jugar.
El amor de Irene había sido el cebo. Su pena había sido el camino.
Cada noche que no durmió por Sara, Sara la había usado para acercarla un paso más al gancho.
Le quedaba toda la noche por delante. Y por primera vez desde que bajó de la furgoneta sabía contra quién la jugaba.
No contra una familia de señoritos con escopetas.
Contra Sara. Y si quería salir viva de aquel agujero, arriba, fuera, al monte, a donde fuera, iba a tener que dejar de buscar a su hermana de una vez y empezar a tratarla como lo que la propia Sara acababa de enseñarle a ser: una pieza.