20. El rescate que sobra
El rescate que sobra
—No digas eso.
Le salió en un susurro, y fue lo único que le salió, porque lo que Sara acababa de preguntarle era tan grande y tan imposible que la cabeza de Irene lo rechazó entero, como rechaza el estómago la comida en mal estado, sin pensarlo, por puro reflejo.
No. Eso no lo había dicho su hermana. Su hermana no podía haber dicho eso.
Había otra explicación, tenía que haberla, y Irene, que llevaba toda la noche encontrando explicaciones, se agarró a la primera que pasó.
—Te han hecho algo. —Le cogió la mano que seguía en su mejilla, se la apretó—.
Te tienen aquí desde hace un año, te han metido cosas en la cabeza, te han convencido de algo, es lo que hacen, te rompen y te recomponen a su manera, pero eso se deshace, Sara, ¿me oyes?
, eso se deshace, salimos de aquí, te llevo a un sitio seguro, y vuelves a ser tú. Te lo juro.
—Irene. —Sara retiró la mano de la suya, despacio, sin violencia, con la paciencia de quien aparta a un crío que le tira de la manga—. Nadie me ha roto. Nadie me ha metido nada en la cabeza. Eso que te estás contando para no tener que mirarme de frente, déjalo. No es eso.
—Entonces qué. —La voz le temblaba—. Entonces qué pasó, Sara, porque no lo entiendo. Te soltaron en este monte. Te cazaron. Y ahora estás aquí, con ellos, vestida como ellos, tan tranquila. ¿Qué pasó?
Sara la miró un momento, sopesando cuánto valía la pena contar, y al final escogió lo justo, lo mínimo, lo que más helaba.
—Corrí. Como vas a correr tú. Toda la noche.
Y al final, en la verja, cuando ya no me quedaba nada y estaba segura de que me moría, no me morí.
—Algo le brilló en los ojos que no era calor, que era casi entusiasmo—.
Les gusté. Vieron cómo había llegado, lo que había hecho para llegar, y les gusté.
Y me dieron a elegir. —Se encogió de hombros, un gesto pequeño, doméstico, horrible—.
La mayoría no elige, Irene. La mayoría se muere en la verja sin enterarse de que había una puerta. A mí me la abrieron y entré.
—Entraste a qué. —Pero ya lo sabía. Lo había leído en la columna, en su nombre sin cruz. Lo había olido en cuanto la vio bajar con la luz como una dueña.
—A vivir. De este lado. El de los que cazan, no el de los que corren.
—Ladeó la cabeza—. ¿Te suena ese cambio de lado, hermana?
Debería. Lo has hecho tú esta misma noche.
Entraste de presa y a estas horas ya eres otra cosa.
Lo llevamos las dos en la sangre. Papá nos enseñó a montar trampas antes que a montar en bici.
La única diferencia entre tú y yo es que yo dejé de fingir que me daba pena la liebre.
A Irene se le subió la náusea por la garganta.
No por las palabras, aunque las palabras eran espantosas.
Por el tono. Por la facilidad. Por reconocer, debajo de aquella voz tranquila, la misma con la que ella se había dicho dos horas antes, arrodillada sobre un hombre al que acababa de matar, que no sentía nada.
Sara no le estaba diciendo ninguna mentira.
Le estaba diciendo una de esas verdades que pudren por dentro.
Y por debajo de la náusea, en un sitio que Irene llevaba toda la noche manteniendo cerrado a cal y canto, empezó a abrirse otra cosa.
No era miedo; el miedo lo conocía y lo manejaba.
Era duelo. El mismo que no se había permitido sentir en once meses, porque sentirlo habría sido dar a Sara por muerta, y se había prohibido darla por muerta.
Lo había aplazado un año entero. Y ahora resultaba que Sara no estaba muerta, que estaba viva y respirando a un metro de ella, y que aun así había llegado, por un camino que Irene no había sabido prever, el momento de empezar a enterrarla.
Era una crueldad nueva, de las que no vienen en el folleto: que te devuelvan viva a tu muerta para que tengas que perderla otra vez, despierta y de cerca.
Probó lo único que le quedaba. Dejó de razonar. Tiró por la borda las explicaciones y se quedó con lo de debajo, lo de siempre, lo de las dos.
—Sara, por favor. —Le falló la voz y no intentó arreglarla—.
Me da igual lo que hayas elegido. Me da igual lo que creas que eres ahora.
Eres mi hermana. Eres lo único que me queda en el mundo, igual que yo soy lo único que te queda a ti.
Nos quedamos solas cuando se murió papá.
Nos lo prometimos. Yo te lo prometí, y he cruzado todo esto para cumplirlo.
No me hagas haberlo cruzado para nada. Ven conmigo.
Y por un segundo algo se movió detrás de aquellos ojos. O Irene quiso que se moviera. Un parpadeo, un resto de la otra asomándose, y se lanzó a por ese resto con toda el alma, le cogió las dos manos, se las apretó, dio el paso que las separaba.
—Ahí estás —susurró—. Te veo. Ven.
Sara la dejó cogerle las manos. La dejó acercarse. Y cuando Irene ya creía que la tenía, ladeó la cabeza con una curiosidad fría.
—¿De verdad necesitas tanto que sea ella —dijo— como para creértelo después de todo lo que has visto esta noche? —Sonrió un poco—. Mira lo que tienes cogido de las manos, Irene. Míralo bien.
Irene no la soltó. Le tiró de las manos hacia el túnel, hacia la salida que le había enseñado Pura, con una fuerza torpe de pánico.
—Nos vamos. Ahora. Andando. —Tiró otra vez, más fuerte—. No te lo estoy preguntando. Te saco de aquí aunque sea a rastras.
Sara no se movió. No forcejeó, no se resistió, no hizo fuerza en contra; se quedó donde estaba, como un árbol, como una piedra, dejando que Irene tirara de ella sin desplazarse un milímetro, mirándola con una paciencia casi compasiva mientras Irene tiraba y tiraba y los pies de Sara seguían plantados en el suelo de la cripta.
Y no había nada que hacer, porque no se puede rescatar a quien tira hacia el otro lado, y menos aún a quien ni siquiera necesita tirar, a quien le basta con quedarse quieto para ganarte.
—Suéltala, niña. Le vas a hacer daño en las muñecas, y esas manos ahora valen mucho.
La voz vino del túnel, tranquila, grave, y a Irene se le heló la sangre, porque la reconoció.
Era la mujer de la carpeta. La que la había registrado en el patio empedrado al llegar, la que le había deseado suerte con una cortesía vacía.
La matriarca bajó a la cripta sin prisa, con su propia luz, abrigada igual que Sara, y cruzó la sala como cruza una dueña su salón, y se colocó al lado de Sara, y le puso una mano en el hombro con una familiaridad insoportable: la mano de una madre sobre una hija, la mano de un patrón sobre su mejor empleada.
—Veo que ya os habéis encontrado —dijo, observando a Irene con aquel interés frío que Irene había sentido toda la noche sin lograr verlo—.
Llevaba semanas tu hermana insoportable, esperándote.
No hablaba de otra cosa. «Va a venir, va a venir.
» —Le dio a Sara unas palmaditas en el hombro, con orgullo—.
Y mírala. Tenía razón. Sabíamos que, si alguien de fuera era capaz de llegar hasta aquí abajo esta noche, sería la sangre de Sara.
Lleváis lo mismo dentro. Salta a la vista.
Sara no se apartó de aquella mano. Al contrario: ladeó un poco la cabeza hacia la matriarca, en un gesto pequeño y cómodo, de gata que se deja la caricia, un gesto que Irene conocía porque se lo había visto hacer de cría con su madre, y que ahora le hacía a aquella mujer, a la dueña del matadero, con la misma confianza animal.
Eso fue lo que terminó de hundir a Irene.
No las palabras de Amalia. No la mano en el hombro.
Ver a Sara acomodarse a esa mano como se acomoda uno a su propia casa.
La niña que necesitaba a su madre seguía dentro de Sara, intacta, funcionando. Solo que había cambiado de madre.
Irene miró a las dos mujeres, una al lado de la otra, con el mismo abrigo y la misma calma, la matriarca de los Aldecoa con la mano en el hombro de su hermana como si fuera de su propiedad o de su sangre.
Y por un momento lo vio todo entero, claro, sin un solo hueco: lo que era la columna, lo que era el nombre sin cruz, lo que era Sara bajando con una luz propia, lo que significaba cada cosa que había pasado desde que vio la primera huella de bota en la tierra.
Lo vio todo a la vez, completo, indiscutible.
Y lo rechazó.
No con la cabeza; con la cabeza lo había entendido hacía rato.
Lo rechazó con algo más hondo, más terco, más animal, una parte de ella que se plantó en mitad del horror y dijo que no.
Que no. Que su hermana no era una de ellos.
Que Sara estaba ahí dentro, en algún sitio, debajo de toda aquella escarcha, esperando a que la sacaran, y que ella la iba a sacar, le costara lo que le costara, aunque tuviera que arrancarla de las manos de aquella vieja y de las manos de la propia Sara, aunque tuviera que echársela al hombro y curarla durante años.
La iba a recuperar. No había venido hasta el fondo de aquel sitio para perderla por segunda vez.
Era mentira, y Irene lo sabía. Pero era la única mentira que la dejaba seguir respirando, así que se la tragó entera, como se había tragado todas las demás aquella noche, y levantó la cabeza, y le sostuvo la mirada a la matriarca, y se preparó para lo que viniera.