Corre, si puedes 19. Viva
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19. Viva

Viva

La luz llegó antes que ella.

Irene la vio nacer al fondo del túnel por el que venían los pasos, un resplandor amarillo que se acercaba balanceándose, y se apretó contra la pared, en su esquina de oscuridad, con la mano en el bolsillo y el pulgar sobre la pulsera, y pensó con frialdad de oficio que quien viniera traía un farol y caminaba despacio, y que las dos cosas significaban lo mismo: que no tenía miedo.

La gente con miedo no trae luz, porque la luz delata.

La luz solo la trae el que sabe que esta noche nadie va a cazarle a él.

El resplandor entró en la cripta. Detrás venía una figura, y la figura cruzó la sala sin buscar, sin titubear, como quien vuelve a una habitación de su casa, y dejó el farol sobre el estante de los recuerdos con un gesto doméstico, y se volvió hacia el rincón oscuro donde estaba Irene como si supiera desde el principio que estaba ahí.

Irene no se movió. En la oscuridad, con la espalda pegada a la piedra, hizo lo que sabía hacer: calcular.

Una sola persona. Sin perro. Sin escopeta a la vista.

Una silueta de mujer recortada contra su propio resplandor, plantada en mitad de la cripta como si fuera la dueña.

Irene bajó la mano hacia el antebrazo, hacia el alambre, despacio, y esperó a que la silueta hablara o se acercara, lista para lo uno o para lo otro.

—Puedes salir —dijo la figura—. Te oigo respirar desde el pasillo.

Y Irene reconoció la voz, y el suelo de piedra se le movió debajo de los pies.

Era Sara.

Salió de la oscuridad sin decidir salir, como tirada por un hilo, dio dos pasos hacia la luz, y la vio.

La vio entera. Viva. De pie, respirando, con el corazón latiéndole debajo de la ropa, su hermana, a la que llevaba un año enterrando un poco más cada noche, estaba a tres metros de ella, en una cripta, mirándola.

Y durante un segundo, uno solo, Irene fue feliz.

Fue una felicidad animal, sin pensar, que le subió por el pecho y le aflojó las rodillas y le llenó los ojos.

En ese segundo le cupo dentro todo lo que llevaba un año prohibiéndose imaginar: que la encontraría, que estaría bien, que se la llevaría a casa, que volverían a ser dos.

Le cupo el abrazo que llevaba once meses sin darle a nadie y el alivio de soltar por fin el peso que había cargado sola desde octubre.

Y dio un paso más, con los brazos a punto de abrirse y la garganta llena del nombre.

—Sara.

Su hermana no se movió.

No abrió los brazos. No corrió hacia ella.

No se le llenaron los ojos, ni le tembló la barbilla, ni hizo ninguna de las mil cosas que hace un cuerpo cuando se reencuentra con el cuerpo que más ha querido.

Se quedó quieta junto al farol, con las manos tranquilas, mirando a Irene acercarse con una atención cortés y distante, la atención con que se mira a una visita que llega un poco antes de la hora.

Y Irene, que ya tenía los brazos medio abiertos, se paró en seco a un metro de ella, porque hay murallas que no se ven pero se notan, y delante de su hermana había una.

Bajó los brazos despacio, sin saber qué hacer con ellos.

Algo iba mal. No sabía aún el qué; el cerebro le iba más despacio que el cuerpo, y el cuerpo ya lo había notado antes que ella, ya había entendido que aquel reencuentro no se parecía a ninguno de los que Irene había ensayado en la cabeza durante un año.

En todos, Sara lloraba. En todos, Sara la abrazaba.

En ninguno la miraba así, serena, como se mira un experimento que está saliendo interesante.

La miró bien, entonces. Y empezó a entender que algo no encajaba, aunque todavía no supiera qué.

Sara estaba bien. Esa era la primera cosa que no encajaba.

No estaba flaca, ni sucia, ni rota, ni asustada.

No tenía cara de haber pasado un año en un sótano.

Tenía buen color, el pelo limpio y recogido, y llevaba ropa buena, ropa de los de arriba: una chaqueta de lana cara, unas botas de las de andar sin prisa por una finca que es de uno.

No iba vestida de presa. Iba vestida de Aldecoa.

Y se sostenía como ellos, con esa calma de propietario, esa manera de ocupar el sitio sin prisa que Irene había visto toda la noche en la familia de la terraza y que ahora, de pronto, le salía igual de natural a su propia hermana.

Irene había pasado un año imaginando a Sara en mil sitios horribles.

Encerrada. Encadenada. Suplicando. En ninguno de ellos la había imaginado así: de pie, suelta, sana, con la espalda recta y las manos quietas, en el centro de la sala más espantosa de aquella casa, tan cómoda como si fuera el salón de su propia vida.

A Sara la habían soltado en aquel monte una noche, igual que a ella, con sus dos horas de ventaja.

Y un año después no aparecía en la columna con una cruz al lado.

Aparecía aquí abajo, vestida de los que tallan las cruces, bajando a la cripta con un farol como quien baja a la bodega a por una botella.

La distancia entre lo que Irene había temido y lo que tenía delante era tan grande que no le cabía en la cabeza, y la cabeza, para protegerse, todavía se negaba a ponerle nombre.

—Estás viva —dijo Irene, y la voz le salió rara, ronca—. Llevo… Sara, llevo un año. Te he buscado un año. Pensaba que estabas…

—Muerta. —Sara terminó la frase por ella, sin dramatismo, como quien corrige un dato—. Ya. Lo sé. Vi cómo lo dejabas todo para buscarme. Fue conmovedor.

Lo dijo sin una gota de calor. «Conmovedor», como se dice de algo que se mira desde lejos y desde arriba.

Y a Irene, esa palabra, dicha así, le hizo más daño que cualquier cosa que le hubieran hecho aquella noche los perros o la familia, porque era su hermana quien la decía, con su voz, con su cara, y sin embargo no era nada que su hermana hubiera dicho nunca.

—¿Lo sabías? —Irene no entendía—. ¿Sabías que te buscaba? ¿Y no…?

—Sé muchas cosas, Irene. —Volvía a llamarla por su nombre, su nombre de verdad, no el de mentira con el que la habían soltado en el monte; sabía perfectamente quién había entrado en aquella cacería—.

Sé que entraste esta noche haciéndote pasar por una tal Nuria Vidal.

Sé que llevas un alambre cosido en el brazo igual que lo llevaba papá.

Sé lo que le hiciste al hombre del laberinto, al que olía a perro.

Lo he sabido todo desde el primer cuerno.

—Ladeó un poco la cabeza, y por primera vez le cruzó la cara algo que ya no era frialdad, algo peor, algo parecido al interés—.

Lo has hecho muy bien ahí fuera. Mejor de lo que esperaba. No sabía que lo llevabas dentro.

A Irene se le revolvió algo por dentro al oírlo, y lo que se le revolvió no fue el horror de que Sara supiera lo de Ramiro.

Fue otra cosa peor: que se lo dijera con orgullo.

Que su hermana la mirara después de lo que había hecho aquella noche, después de en lo que se había convertido para llegar hasta ella, y en vez de espantarse, asintiera, como quien reconoce a alguien de su propia especie.

Irene se había pasado la noche repitiéndose que mataba para encontrar a Sara, que el alambre era una herramienta y no una vocación, que cuando saliera de allí con su hermana volvería a ser la de antes.

Y su hermana acababa de mirarla y de decirle, sin decírselo, que no, que eso ya no se cierra, que lo que se le abre a una persona una noche así se le queda abierto para siempre. Lo sabía bien. Lo tenía abierto ella.

—Sara, para. —A Irene se le quebró algo en la voz—. ¿Qué te han hecho?

—¿Que qué me han hecho? —Sara casi pareció encontrar la pregunta graciosa—. Esto no es esa clase de cuento, Irene. A mí no me ha hecho nadie nada.

Irene buscó a su hermana en aquella cara.

La buscó de verdad, rasgo por rasgo, los ojos que eran los ojos de su madre, la cicatriz de la ceja de cuando se cayó del muro a los diez años, la boca que de pequeña no paraba de reír.

Estaba todo. Era ella. Era exactamente ella.

Y al mismo tiempo, detrás de los ojos de su madre y de la cicatriz y de la boca, no había nadie que Irene reconociera.

Como una casa con las luces encendidas en la que ya no vive la familia que tú conociste.

—Sara —dijo, despacio, agarrándose a lo único que le quedaba—. Soy yo. Soy Irene. He venido a sacarte de aquí. Hay una salida, conozco el camino, podemos irnos esta misma noche, las dos…

—¿Irnos? —Sara repitió la palabra despacio, como si la sopesara, como si fuera una palabra de un idioma que hace tiempo que no usa—. ¿Adónde, Irene? ¿A casa? —Sonrió un poco, y la sonrisa fue lo más frío de todo—. Ya no hay casa. Hace mucho que no hay casa.

Se acercó un paso a Irene, el primero que daba, y le puso una mano en la mejilla.

La mano estaba caliente. Era una mano de hermana, una mano que Irene conocía, y Irene, idiota, traidora consigo misma, se apoyó en ella un instante, porque llevaba un año sin que nadie la tocara con cariño y su cuerpo no había aprendido todavía lo que su cabeza empezaba a saber.

—Mi pobre Irene —dijo Sara, con una dulzura espantosa, acariciándole la cara—. Has cruzado todo esto para rescatarme. —Hizo una pausa, y la mano no se movió, y los ojos no parpadearon—. ¿Y si yo no quiero que me rescates?

No lo dijo como una víctima rota a la que han convencido.

No lo dijo con miedo, ni con vergüenza, ni con la voz pequeña del que repite lo que le han enseñado.

Lo dijo con la mano caliente en la mejilla de su hermana y una calma absoluta, la calma de quien está exactamente donde quiere estar, mirando a Irene con curiosidad, esperando a ver qué hacía con eso.

Irene no hizo nada. No podía. Se quedó mirando los ojos de su hermana, los ojos de su madre en la cara de su hermana, buscando en ellos el chiste, la trampa, la señal de que todo aquello era un paripé para los que pudieran estar escuchando, cualquier cosa que le dejara seguir creyéndose lo que se había creído junto a los estantes diez minutos antes: que Sara seguía siendo Sara.

No encontró nada de eso. Encontró calma. Una calma de fondo de pozo.

Y por debajo de la mano caliente, en el silencio de la cripta, Irene oyó por fin lo que llevaba toda la noche negándose a oír.