18. El objeto
El objeto
No se levantó enseguida. Se quedó un rato más de rodillas delante del nombre sin cruz, como si la piedra fuera a explicarle algo si la miraba el tiempo suficiente, y como la piedra no explicó nada, al final hizo lo único que le quedaba por hacer ahí abajo. Se volvió hacia los estantes.
Si Sara había estado aquí, y la columna decía que sí, entonces aquella familia de coleccionistas le habría quitado algo.
Un trocito, de recuerdo, como a todos. Y ese trocito estaría ahí, entre las gafas y las alianzas y los relojes parados, etiquetado con una cartulina y una fecha, esperando a que alguien que la quisiera viniera un año tarde a reconocerlo.
Irene se acercó a las hornacinas con la vela y se puso a buscar.
Fue metódica, porque era la única manera de no venirse abajo.
Recorrió los estantes de izquierda a derecha, fila por fila, sin saltarse nada, leyendo las cartulinas, mirando cada objeto el tiempo justo para descartarlo y pasar al siguiente.
Un llavero. Un par de pendientes. Una cartera de hombre con las tarjetas todavía dentro.
Una chupa de niño doblada con un cuidado obsceno.
Cada cosa, una persona. Cada cosa, una vida que alguien echaba de menos en algún sitio.
Irene las fue pasando todas, una detrás de otra, con la mandíbula apretada y el estómago cerrado, buscando entre los muertos de los demás la prueba de la suya.
Era una forma siniestra de buscar a una hermana.
Encontrar su rastro en un sitio así significaba la peor noticia posible, y aun así era la única que le quedaba: llevaba once meses sin nada, sin un cuerpo, sin una tumba, sin una sola certeza, y un objeto en un estante, por inmundo que fuera el estante, era más de lo que le habían dado en todo el año comisarías, mapas y silencios.
De modo que siguió. Pasó pendientes, un peine, una bufanda doblada, rezando sin darse cuenta de lo torcido que era el rezo, rezando por encontrar a su hermana convertida en suvenir antes que no encontrarla de ninguna manera.
La encontró en el tercer estante, en una hornacina pequeña, sin cartulina, como si a quien llevaba el inventario aquel objeto le hubiera parecido demasiado poca cosa para fecharlo.
Una pulsera.
Trenzada. De cordel fino, de tres cabos, descolorida hasta un beige sucio que en su día había sido rojo, verde y blanco.
Pequeña, de muñeca de niña. Con un nudo en un extremo que Irene habría reconocido entre mil, en la oscuridad, con los ojos cerrados, porque ese nudo lo hacían así por una sola razón en el mundo: porque se lo había enseñado su padre.
El cordel era del suyo. Del de las trampas.
Aquel verano, con Irene de nueve años y Sara de siete, su padre les había dado un trozo a cada una para que dejaran de tocarle el de los lazos, y les había enseñado a trenzarlo y a rematarlo con su nudo de montero, el que no se suelta nunca aunque tires, y ellas se habían hecho una pulsera cada una, iguales, y se las habían atado en la muñeca de la otra y habían jurado una de esas cosas que se juran a esa edad: que pasara lo que pasara, siempre sabrían encontrarse.
La clase de juramento que no se cumple casi nunca.
De aquel mismo cordel del padre había salido todo.
Sara se había hecho una pulsera de cariño y se la había guardado veinte años.
Irene, unos años más tarde, había cambiado el cordel por el alambre, había aprendido a trenzarlo igual de fino y a rematarlo con el mismo nudo, y el alambre lo llevaba ahora cosido al antebrazo, y esa misma noche lo había usado para lo que lo había usado.
El mismo oficio del mismo padre, repartido entre las dos hijas.
A una le había tocado el lazo que ata. A la otra, el que aprieta.
Esta era la de Sara. Lo sabía por el tamaño, por el rojo que aún se adivinaba bajo la mugre, por la forma en que el tercer cabo se le había soltado siempre un poco, porque Sara trenzaba con prisa, porque Sara hacía todo con prisa.
Veinte años después, en una cripta, debajo de una capilla sin santos, su hermana había llegado a aquel monte con la pulsera todavía puesta.
La había llevado en la muñeca toda la vida. Hasta aquí.
Y aquí, alguien se la había quitado de la muñeca y la había dejado en un estante sin molestarse siquiera en ponerle una fecha.
Eso era lo que Irene tenía en la mano: el último lugar en el que su hermana había estado siendo, todavía, una persona con una pulsera de la infancia.
Lo que hubiera pasado con Sara después de que le soltaran ese cordel de la muñeca no estaba en el estante. El estante solo guardaba a la niña.
Irene la cogió. Pesaba menos que nada. Se la puso en la palma de la mano y la cerró, y se quedó así, agachada, con el puño cerrado sobre un cordel de cuatro duros, respirando despacio para no hacer el ruido que tenía dentro y que llevaba un año queriendo hacer y que no se iba a permitir hacer ahí, no con Pura arriba, no con la noche fuera.
No lloró. Hacía mucho que no sabía. Pero algo se le movió debajo del hielo, una cosa que ella creía ya enterrada, y por primera vez desde que había bajado de aquel autobús la cosa no fue rabia, ni cálculo, ni hambre.
Fue su hermana. Fue Sara con siete años y las rodillas peladas atándole una pulsera y diciéndole una tontería solemne.
Fue la prueba, en su mano, de que la niña de la pulsera había existido, y de que veinte años después seguía llevándola, y de que una persona que guarda durante veinte años una pulsera de cordel que le ató su hermana es una persona que, por dentro, en algún rincón, todavía quiere a su hermana.
Eso fue lo que decidió Irene, agachada en el frío, con el puño cerrado.
Que si Sara había conservado la pulsera, Sara seguía siendo Sara.
Que estuviera donde estuviera, le hubieran hecho lo que le hubieran hecho, en el fondo de ella seguía estando la niña que trenzaba con prisa.
Y que ella, Irene, había venido hasta aquí, había cruzado aquel monte y matado a un hombre y dejado de ser quien era para encontrarla, y no se iba a ir sin ella.
Se lo creyó entero. Necesitaba creérselo, igual que había necesitado creerse a Pura, y por el mismo motivo: porque era lo único que la mantenía de pie. Que su hermana seguía dentro de su hermana. Que aún se podía rescatar algo de aquella noche.
No se paró a pensar lo otro. Lo que significaba que la pulsera estuviera aquí, en el estante, separada de Sara, catalogada con las cosas de los muertos.
Que a Sara le hubieran quitado la pulsera y a Sara no le hubieran puesto la cruz.
Que las dos cosas, juntas, decían algo que Irene no estaba dispuesta a oír.
No se lo preguntó. Se guardó la pulsera en el bolsillo de dentro de la chaqueta, contra el pecho, donde llevaba lo único que le quedaba en el mundo, y se enderezó.
Y entonces, en el silencio de piedra de la cripta, oyó pasos.
No los perros. No el viento. Pasos. Humanos, tranquilos, sin prisa ninguna, bajando hacia ella por un sitio que no era el túnel por el que había entrado. Alguien que conocía la casa. Alguien que sabía exactamente dónde estaba ella y que no tenía la menor necesidad de correr.
Irene apagó la vela de un soplo y se quedó muy quieta en la oscuridad, con la mano en el bolsillo, encima de la pulsera, escuchando cómo lo que fuera que venía a por ella se acercaba sin ninguna prisa por la negrura de la cripta.