Corre, si puedes 17. La cripta
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17. La cripta

La cripta

El túnel desembocó en una sala, y la sala, a la luz mezquina de la vela, tardó un momento en dejarse entender. Irene se quedó parada en el umbral con el cabo en alto, esperando a que sus ojos compusieran lo que tenía delante, y cuando lo compusieron deseó no haberlo hecho.

No era una cripta. O lo era, pero no de muertos. Era un museo.

Una sala abovedada, seca, más cuidada que el resto del subsuelo, con el suelo barrido y las paredes encaladas, y en las paredes, ordenadas, enmarcadas, colgadas con el mimo con que se cuelga lo que enorgullece, había fotografías.

Decenas. Cientos, quizá. Irene avanzó un paso, levantó la vela, y empezó a mirarlas, y según las miraba se le fue helando la sangre con una frialdad distinta a todas las de aquella noche, una frialdad que le subía desde el estómago.

Eran fotos de caza. De grupo. La familia posando, orgullosa, sonriente, una generación detrás de otra.

Las más antiguas eran daguerrotipos marrones de señores con bigote y escopeta y sombrero, tiesos como en las fotos de antes.

Luego venían las de los años veinte, las de la guerra, las de los cincuenta en blanco y negro, las de los setenta ya en color chillón, las de ahora mismo, nítidas, de móvil.

Doscientos años de la misma foto. La misma pose.

La misma gente, en el fondo, repitiéndose en sus nietos: el mismo gesto de barbilla, la misma sonrisa de propietario.

Y a sus pies, en cada foto, lo que habían cazado.

Irene no se permitió mirar eso de frente.

Su cabeza, que era buena y rápida y la había mantenido viva toda la noche, hizo lo que tenía que hacer y apartó la vista de los pies de las fotografías, de lo que yacía en ellos, y se quedó solo con las caras de arriba, con las sonrisas, porque las sonrisas ya contaban toda la historia y eran peores que cualquier otra cosa.

Aquella gente no se escondía. No tenía vergüenza.

Posaba. Posaba con sus presas como un pescador con su atún, sonriendo a la cámara para la posteridad, generación tras generación, dos siglos, sin que a ninguno se le pasara nunca por la cabeza que estaba haciendo algo malo.

Para ellos no era malo. Para ellos era el día de caza.

Era la tradición. Era, Dios, era un álbum de familia.

Le entraron ganas de vomitar, y por una vez no se las tragó del todo; se dobló un momento sobre sí misma, con una arcada seca, las manos en las rodillas, y respiró por la boca hasta que se le pasó. Luego se enderezó. No había venido a vomitar. Había venido a buscar.

Se enderezó del todo y, al hacerlo, la vela le iluminó las paredes laterales, y vio que entre las fotografías, en hornacinas y en estantes de madera oscura, la familia guardaba algo más.

Cosas. Objetos pequeños, ordenados, algunos con una cartulina y una fecha, como en la vitrina de un museo de pueblo.

Un zapato de niño. Un reloj de pulsera de hombre, parado.

Una alianza. Unas gafas. Un mechón de pelo rubio atado con un lazo.

Un montón de carnés de identidad sujetos con una goma, con las caras de la gente todavía sonriendo en la foto del documento, gente que un día fue a renovarse el carné sin saber que la foto acabaría aquí.

Recuerdos. La palabra que había usado Pura.

«Les hizo gracia quedarse conmigo, de recuerdo.

» Eso eran. Cada objeto, una persona. Cada persona, un día de caza.

La familia no solo apuntaba a sus muertos en la piedra: se quedaba con un trocito de cada uno, lo etiquetaba, lo colocaba, lo conservaba.

Y lo más insoportable era que no había crueldad en aquello, que la crueldad casi se habría entendido. Había afición. Gusto de coleccionista.

Irene apartó la vela de los estantes, de aquel catálogo de gente convertida en suvenir, y se obligó a seguir.

Y en el centro de la sala, donde la bóveda se sostenía sobre un pilar de piedra grueso como el tronco de un roble, estaba lo que de verdad importaba.

La columna.

Estaba escrita. Toda. Del suelo al arranque de la bóveda, las cuatro caras del pilar estaban cubiertas de nombres tallados en la piedra, en hileras apretadas, miles de letras pequeñas grabadas a mano a lo largo de generaciones por alguien que se había tomado la molestia de llevar la cuenta.

Irene se acercó con la vela y leyó, y entendió, y lo que entendió fue lo peor de la noche, peor que los perros, peor que Téllez, peor que las fotos.

Era un registro. Un libro de cuentas hecho piedra.

Cada montería, año por año, con su fecha grabada arriba como un encabezamiento —1834, 1851, 1862…

— y debajo, en columna, los nombres de las piezas de aquel año.

Las personas que habían soltado en aquel monte una noche como esta.

Y al lado de cada nombre, tallada con cuidado, una pequeña cruz.

Una cruz por cada uno. La marca de los cobrados. La señal de «este ya está».

Irene pasó la vela por la piedra, despacio, leyendo años, y la cuenta le subió por dentro como una marea.

Veinte nombres en aquel año. Treinta en aquel otro.

Una mala racha de casi cuarenta en mil novecientos y pico.

Sumó sin querer, porque su cabeza sumaba sola, y dejó de sumar al llegar al primer centenar porque la cifra perdía el sentido, se volvía abstracta, dejaba de ser personas y se convertía en lo que aquella familia había querido siempre que fuera: en números de una temporada, grabados en su pilar, con su crucecita al lado para que constara que el trabajo estaba hecho.

Doscientos años. Cuatro caras de piedra. Miles de cruces.

Y no lo había tallado un loco. Eso era lo que no la dejaba respirar.

Las letras cambiaban de mano cada cierto tramo, cada vez que se moría un Aldecoa y le tocaba al siguiente seguir llevando la cuenta: aquí una grafía picuda y nerviosa, allá una redonda y aplicada de colegio antiguo, más abajo una temblorosa de mano vieja.

Generaciones enteras de aquella familia habían bajado a esta cripta, vela en mano, después de cada montería, y se habían sentado a grabar con paciencia los nombres de la gente que acababan de matar, y a ponerle a cada uno su cruz, como quien pasa a limpio las cuentas de la casa.

No era un arrebato. No era una locura. Era una administración.

Llevada con orden, con relevo y con orgullo durante doscientos años, por gente que entremedias bautizaba a sus hijos y montaba el belén en Navidad.

No era el horror de una muerte. Eso Irene lo conocía; lo había repartido ella misma aquella noche.

Era el horror de la escala. De la fábrica.

De la contabilidad. De que una familia hubiera convertido el asesinato en una costumbre tan ordenada, tan llevada al día, tan orgullosa de su propia historia, que la tallaba en piedra como otras tallan su árbol genealógico.

Y, en cierto modo, eso era. Su árbol genealógico.

La sangre de los Aldecoa escrita con la sangre de todos los demás.

Y entonces Irene se obligó a hacer lo que había bajado a hacer. Buscó el año.

El año pasado. El octubre en que su hermana cogió el coche y no volvió.

Bajó la vela por la cara de la columna que tenía las tallas más nuevas, las de letra más fresca, las que aún tenían el polvo de piedra blanco en el fondo de los surcos, buscando la fecha, y la encontró cerca del suelo, grabada hacía nada: el año pasado.

Y debajo, la lista. La montería en la que había desaparecido Sara.

Se arrodilló en el suelo frío para leerla de cerca, con la vela temblándole en la mano, recorriendo los nombres con el dedo, uno a uno, con el corazón haciéndole en el pecho una cosa que llevaba mucho sin hacer, golpear de verdad, con miedo de verdad, el miedo a encontrar el nombre y el miedo idéntico a no encontrarlo.

Y lo encontró.

Estaba ahí. Tallado en la piedra, con la misma letra cuidada que todos los demás, a la altura de su rodilla, en el pilar de una cripta debajo de una capilla sin santos:

SARA SALCEDO.

Irene dejó de respirar. Le puso el dedo encima, a las letras, al nombre de su hermana metido en aquella lista de ganado, y durante un segundo el año entero de búsqueda, los once meses de comisarías y de mapas y de noches sin dormir, se le juntaron todos en la yema de un dedo apoyada en una piedra fría, y supo que ya estaba, que había llegado al final del hilo, que su hermana había acabado aquí, en este monte, cazada por esta gente, y que ella había venido un año tarde a recoger un nombre en una pared.

Pero entonces lo vio.

O, mejor dicho, vio lo que no estaba.

Al lado del nombre de su hermana no había cruz.

Irene parpadeó. Acercó la vela tanto que casi chamuscó la piedra.

Miró el nombre de arriba: cruz. El de abajo: cruz.

El de al lado: cruz. Todos los nombres de aquella montería, todos los de la de antes, todos los de doscientos años, tenían su crucecita tallada al lado, su «cobrado», su «este ya está». Todos menos uno.

SARA SALCEDO. Sin cruz.

El dedo de Irene fue del nombre al espacio vacío donde tendría que estar la marca y volvió, una vez, dos, como si a fuerza de repasarlo fuera a aparecer la cruz que faltaba, a poner las cosas en su sitio, a darle el final que había venido a buscar.

Pero el hueco seguía vacío. Liso. La piedra sin tallar al lado del nombre de su hermana, como una casilla que alguien había dejado a propósito sin rellenar.

Y a Irene, arrodillada en el frío, con la vela temblándole y la columna de los muertos subiéndole por delante de la cara, se le empezaron a ordenar las cosas de otra manera, una manera que no le gustó, una manera que le revolvió el estómago peor que las fotos.

Si la cruz significaba muerta, y todas las demás la tenían, y la de Sara no…

Entonces Sara no estaba muerta.

Entonces Sara no estaba donde Irene había creído todo el año que estaba.

No estaba bajo tierra, ni en un río, ni en una cuneta.

No era un nombre con una cruz al lado. Era un nombre sin cruz en la pared de los Aldecoa, un nombre que aquella familia ordenadísima, que tallaba una crucecita por cada persona que mataba, había decidido dejar a propósito sin terminar.

Y eso solo podía querer decir una cosa, y la cosa era tan grande y tan imposible que Irene, que ya no sentía casi nada, sintió de golpe demasiado: que su hermana estaba viva. En algún sitio. Esa misma noche. Bajo el mismo cielo rojo.

Y que la familia que mataba a todo el mundo, por algún motivo que Irene todavía no entendía y que le daba más miedo que cualquier cruz, a Sara no la había matado.

Las preguntas le llegaron todas a la vez, atropelladas, y ninguna tenía respuesta buena.

¿Dónde estaba, entonces? ¿La tenían encerrada, viva, en algún sótano de aquel castillo, conservada como conservaban a Pura, de recuerdo, de criada?

¿Llevaba un año a unos cientos de metros de donde Irene la lloraba por muerta?

¿O era otra cosa, algo que el hueco sin tallar al lado de su nombre decía a gritos y que Irene todavía no era capaz de leer del todo, porque para leerlo había que pensar de su hermana una cosa que no estaba dispuesta a pensar?

Porque la cruz que faltaba no era un olvido.

Aquella familia no olvidaba nada; tallaba una marca por cada vida que se llevaba con la pulcritud de un contable.

Si a Sara no le habían puesto la cruz, era porque no le tocaba.

Y esa idea, la de que a su hermana, por lo que fuese, no le tocara la cruz que les tocaba a todos los demás, le abrió en el pecho un agujero más frío que el de haberla creído muerta.

Se quedó de rodillas, con el dedo en el nombre, en la cripta, sin respirar, mientras arriba, muy lejos, la noche seguía su curso y los perros seguían cazando y una vieja con un mandil gris esperaba junto a un cruce de túneles a que la única pieza que de verdad le importaba a alguien terminara de entender lo que acababa de leer.