16. La que ayuda
La que ayuda
Abajo, la cripta no era una sala. Era una madriguera.
Lo que Irene había imaginado como una bóveda con cuatro tumbas resultó ser el principio de un sistema: pasadizos de piedra que salían en varias direcciones, estrechos, de techo bajo, comunicados por arcos y por escaleras cortas, excavados a lo largo de siglos bajo el castillo y la capilla por una familia que, por lo visto, había necesitado siempre poder moverse sin que la vieran.
Túneles de señor. Los entresijos de una casa que tenía mucho que esconder.
Pura se movía por ellos como una rata vieja por su pared.
Sin luz, o casi: llevaba un cabo de vela que apenas alumbraba un palmo, y aun así no dudaba en ningún cruce, giraba a un lado o a otro sin pensarlo, agachaba la cabeza justo antes de cada arco bajo.
Irene la seguía a un paso de distancia, ni más ni menos, leyéndole la espalda, contando giros que no llevaban a ninguna parte que ella entendiera, sintiendo cómo se le iba quedando atrás, arriba, en algún sitio de la noche, la capilla donde había dejado a Lola.
En las paredes, según avanzaban, Irene empezó a ver cosas.
Hornacinas excavadas en la piedra a la altura de la cara, con nombres tallados y fechas, placas de bronce ennegrecido, y de vez en cuando un hueco con algo dentro que la oscuridad no dejaba distinguir del todo y que ella, francamente, prefirió no distinguir.
Tumbas. Doscientos años de Aldecoa muertos acompañándolas en fila por el pasillo, mirándolas pasar desde sus agujeros de piedra.
No le dieron miedo. Los muertos nunca se lo habían dado; los muertos ya no pueden hacerte nada.
Eran los vivos de aquella casa los que cazaban.
—No te apures por la chica —dijo Pura, sin volverse, como si le hubiera leído el pensamiento por la nuca—.
Ahí arriba, en piedra, está más segura que en ningún lado.
Los perros no entran en consagrado, y los señoritos esta noche tienen otra cosa entre ceja y ceja.
—Una pausa—. A ti. Te quieren a ti, niña. Eso ya lo sabes.
—¿Y tú cómo sabes lo que quieren los señoritos?
—Porque llevo cincuenta años sirviéndoles la cena y recogiéndoles la mesa, y la gente delante del servicio habla como si el servicio fuera mudo y sordo y un poco tonto.
—Soltó una risita seca, sin gracia—. Es el mejor escondite del mundo, hija, un mandil.
Te vuelves invisible. Yo lo sé todo de esta casa.
Todo. Por eso te puedo ayudar y ellos no se enteran.
Tenía sentido. Tenía tantísimo sentido que a Irene, que llevaba toda la noche desconfiando por oficio, le costaba encontrarle la costura.
Y eso, precisamente eso, lo de que no le encontrara la costura, era lo que la mantenía con el alambre cerca de la mano.
La gente de verdad tiene costuras. Las historias que encajan demasiado bien suelen estar cosidas a propósito.
Llegaron a una especie de encrucijada, un ensanche donde se juntaban tres pasadizos, y Pura se paró y levantó el cabo de vela para que Irene viera.
—Mira bien, que esto solo te lo enseño una vez.
—Señaló el túnel de la izquierda, que bajaba—.
Por ahí se va a la cripta de los nombres.
Lo que tú buscas está al final de ese, te lo prometo.
Y por ahí —señaló el de la derecha, que subía y torcía— se sale.
De verdad. Ese túnel va por debajo de la tapia del este, sale a un pinar que ya no es de la finca, y desde el pinar hay un camino de tierra que en media hora te planta en una carretera.
Es la única salida real que tiene este sitio.
Y no la sabe casi nadie, porque la familia no la enseña; la familia enseña la otra.
—La verja.
—La verja. —Pura pronunció la palabra como se escupe—.
La verja del alba, que les venden a los de fuera como la meta.
«Llegad a la verja antes del amanecer y sois libres.
» Y los pobres corren toda la noche hacia la verja, dándolo todo, con la esperanza puesta ahí.
—Negó despacio con la cabeza—. La verja no se cruza nunca, niña.
La verja se llega. Y cuando llegas, reventado, al amanecer, con la última fuerza, te encuentras allí a toda la familia, fresca, desayunada, esperándote con las escopetas para el final bonito.
La verja no es la salida. Es el matadero con un cartel de salida.
Es la última crueldad: hacerte morir corriendo hacia tu esperanza.
Irene ya lo sabía. Lo había deducido en su año de estudiar este monte, lo había dado por hecho toda la noche.
Pero oírlo dicho en voz alta, ahí abajo, por una vieja que se lo decía con los ojos húmedos, le hizo una cosa rara: le confirmó que no estaba loca, que el mundo era exactamente tan horrible como ella sospechaba, y que esta mujer del mandil gris era, por imposible que pareciera, la primera persona en toda la noche que le estaba diciendo la verdad entera sin pedirle nada a cambio.
O eso parecía. Y «o eso parecía» era todo lo que Irene tenía esa noche, así que se agarró a ello.
—¿Por qué me ayudas? —preguntó, por segunda vez en una hora, porque era la pregunta que de verdad importaba—. A Téllez no lo ayudaste. A Sonia no. A toda la gente que ha muerto esta noche, no. ¿Por qué a mí?
Pura la miró un rato largo, a la luz temblona de la vela, y por un momento algo le cruzó la cara que no era ternura, algo más viejo y más duro, una sombra que pasó y se fue tan rápido que Irene no estuvo segura de haberla visto.
—Porque tú eres distinta —dijo la vieja, y bajó la vista—.
A los otros los veo correr y ya está, pobres.
Tú no corres, niña. Tú cazas. Lo vi en cuanto bajaste esa escalera sin temblar.
—Volvió a mirarla, y la ternura había vuelto, espesa, perfecta—.
Yo fui como tú una vez. Hace mil años. Una que no se rendía.
Y nadie me ayudó. Así que ayudo yo. Para que una de nosotras, por una vez, gane. ¿Te vale esa razón?
Le valía. Le valía demasiado bien. Le valía justo lo que Irene necesitaba oír, dicho justo como necesitaba oírlo, y una parte de ella, la cansada, la que llevaba un año sola tirando de un hilo imposible, quiso con todas sus fuerzas que fuera verdad y se dejó, por primera vez en toda la noche, querer un poco que la cuidaran.
Y Pura, como si lo notara, se acercó e hizo algo que ninguna de las personas que habían muerto aquella noche le había hecho a Irene: la cuidó.
Le cogió el antebrazo izquierdo, el del mordisco del perro, que llevaba tieso y latiéndole desde el laberinto, se lo miró a la luz de la vela y chasqueó la lengua, como una abuela que riñe una rodilla pelada.
Sacó del mandil un pañuelo, le limpió la herida con un cuidado seco y eficiente, de mujer que ha curado mucho, y se la vendó con tiras del propio pañuelo.
«Esto, sin lavar, en tres días es una buena infección», murmuró.
«Pero tres días los tienes que ver tú primero».
El gesto era tan pequeño, tan de madre, que a Irene se le cerró un poco la garganta, y la parte desconfiada de su cabeza tuvo que esforzarse el doble para no dormirse del todo.
La otra parte, la pequeña, la de siempre, tomó nota de una cosa más para la lista, sin hacer ruido: que Pura sabía, sin que nadie se lo hubiera dicho, que ella no corría.
Que cazaba. Justo lo mismo que había descubierto Amalia desde la terraza.
Dos personas en una noche habían visto a través de su disfraz a la primera mirada.
Una era la dueña del matadero. La otra decía ser su víctima más vieja.
Y a Irene le habría gustado entender por qué las dos veían lo mismo, pero no tuvo tiempo, porque Pura ya señalaba el túnel de la izquierda, el que bajaba.
—Anda. Ve. Lo que buscas está abajo. —La vieja le puso en la mano el cabo de vela, cerrándole los dedos alrededor con sus manos nudosas y frías—.
Yo no bajo contigo a eso, hija. Eso es tuyo.
Hay sitios donde uno tiene que entrar solo, y a la cripta de los nombres se entra solo o no se entra.
Yo te espero aquí, vigilando que no baje nadie detrás de ti.
Tú ve, encuentra lo que tengas que encontrar, y cuando subas, te saco por la derecha, por el pinar, antes de que amanezca. ¿De acuerdo?
—De acuerdo —dijo Irene.
Y lo dijo de verdad, creyéndoselo entero, porque a esas alturas de la noche necesitaba creerse algo, y aquella vieja del mandil gris era lo único que se le ofrecía a lo que agarrarse.
Cogió la vela. Miró el túnel de la izquierda, la boca estrecha que bajaba hacia los nombres, hacia su hermana o hacia la prueba de su hermana, hacia el final del hilo de un año entero.
Respiró. Y, dejando atrás a la vieja del mandil gris, que la observaba marcharse con las manos juntas y una expresión que en la oscuridad podía ser de pena o podía ser de cualquier otra cosa, Irene se metió en el pasadizo y empezó a bajar hacia la única respuesta que había venido a buscar.