15. Hacia la cripta
Hacia la cripta
La capilla, de cerca, era más pequeña de lo que prometía su silueta: una nave de piedra con la puerta reventada, el tejado hundido en una esquina y, dentro, el suelo cubierto de hojas de muchos otoños.
No había santos. Los Aldecoa, por lo visto, habían dejado de rezarle a Dios hacía generaciones y le rezaban a otra cosa.
Pero no era la capilla lo que le interesaba a Irene. Era lo que Adrián había dicho que había debajo.
Una cripta de los primeros Aldecoa. Doscientos años de familia metidos en la piedra.
Y una familia que llevaba doscientos años cazando gente y llamándolo tradición no guardaba a sus muertos en cualquier sitio: los guardaba donde guardaba también su historia, sus retratos, sus glorias.
Sus trofeos. Irene lo supo con una certeza fría según cruzaba la nave hacia el agujero negro que se abría en un rincón, una boca de escalera que bajaba a oscuras.
Si en aquella finca quedaba algún rastro de lo que le había pasado a su hermana, estaba ahí abajo.
Por eso había venido. No esta noche. Hacía un año.
Sara había desaparecido un mes de octubre, sin dejar más que un coche vacío en un área de servicio y un buzón de voz que Irene aún era capaz de recitar de memoria.
La policía había archivado el caso con la misma cara con que se archiva a una mujer adulta que «a lo mejor ha querido desaparecer».
Y a Irene le había costado once meses de rastrear, de preguntar, de tirar de un hilo y otro, llegar hasta este monte, hasta este apellido, hasta esta noche que se había fabricado a sí misma para poder cruzar la verja.
Todo para llegar aquí. A esta boca de escalera.
A saber, de una vez, si su hermana estaba muerta y dónde.
Tenía que bajar. Y tenía que bajar sola.
Volvió junto a Lola, que se había dejado caer contra la pared de la capilla, hecha un guiñapo, con la mirada perdida en el sitio por donde habían dejado a Téllez.
La chica no lloraba ya. Estaba en ese punto de después del llanto en que uno se queda hueco, mirando la nada, ahorrando las fuerzas que ya no sabe para qué.
—Lola. Escúchame. —Irene se agachó frente a ella, le cogió la cara con las dos manos, la obligó a mirarla—. Vas a quedarte aquí, escondida detrás de esto, sin moverte y sin hacer ruido. Hay una cosa que tengo que hacer ahí abajo, yo sola. Vuelvo a por ti. ¿Me oyes? Vuelvo.
—No me dejes. —La voz de Lola salió pequeña, de niña—. Todos los que se separan se mueren. Sonia. Téllez. No te vayas.
Y ahí Irene sintió otra vez la cosa nueva, la debilidad de la que Téllez la había hecho responsable, tirándole de dentro.
Le habría sido facilísimo, y mucho más seguro, dejar a Lola para siempre en aquella capilla y bajar a lo suyo sin la carga.
La vieja Irene, la de hacía tres horas, lo habría hecho sin pestañear.
Esta, la nueva, la que ya no se reconocía del todo, le apartó a la chica el pelo de la cara y le mintió con una ternura que no le salía falsa.
—No me voy a morir —dijo—. Soy muy difícil de matar. Ya lo has visto. —Le puso en la mano un trozo de alambre de su antebrazo, corto, afilado—. Toma. Si entra alguien que no sea yo, se lo clavas en el cuello y corres. Pero no va a entrar nadie. Diez minutos. Cuéntalos.
Se levantó antes de que la chica pudiera agarrarla, antes de que la debilidad le creciera más, y se volvió hacia la boca de la escalera.
Y entonces, de la oscuridad de un lateral de la capilla, donde Irene habría jurado que no había nada, salió una voz.
—Yo que tú no bajaría sola, niña.
Irene tenía el alambre en la mano antes de terminar de girarse.
Pero lo que vio no era una amenaza, o no lo parecía.
Era una mujer mayor, muy mayor, pequeña y encorvada, con un mandil gris de servicio y un pañuelo en la cabeza, las manos nudosas juntas sobre el regazo.
Una abuela. Una de esas mujeres que han fregado suelos toda la vida y han terminado siendo parte de la casa, como una viga o una mancha de humedad.
No tenía escopeta. No tenía perro. Tenía cara de pena.
—Tranquila —dijo la vieja, alzando despacio las manos abiertas, sin acercarse—.
No te voy a hacer nada, hija. Yo soy del servicio.
Pura, me llamo. Llevo en esta casa cincuenta años.
—Bajó la voz, y se le puso un temblor que parecía verdad—.
Y antes de servir, corrí. Como tú. Una noche como esta, hace mucho.
Yo también fui de las de fuera, niña. Lo único que pasa es que a mí no me cogieron los perros, me cogió el amanecer en el sitio equivocado, y en vez de matarme les hizo gracia quedarse conmigo.
De recuerdo. De sirvienta. Cincuenta años fregándoles la sangre del suelo a los que mataron a mi gente.
Irene no bajó el alambre. Pero algo en ella escuchó.
La historia era demasiado horrible para no ser cierta; nadie se inventa una vileza tan exacta, tan de esta familia.
Encajaba con todo lo que había visto aquella noche, con la terraza, con la cata de piezas, con el orgullo de doscientos años.
Una familia capaz de cazar gente por deporte era perfectamente capaz de quedarse con una superviviente como quien diseca un ciervo.
Y al mismo tiempo, muy al fondo, una voz pequeña y desconfiada, la voz que llevaba toda la noche salvándole la vida, apuntó dos cosas sin hacer ruido.
Una: que aquella vieja había aparecido justo aquí, justo ahora, justo cuando ella iba a bajar.
Dos: que Ramiro también daba mucha pena.
Las dos cosas las archivó, sin decidir nada todavía, porque la desconfianza es buena consejera pero mala única consejera, y a veces la mano que se te tiende es de verdad.
—¿Qué quieres? —dijo Irene.
—Ayudarte. —Pura dio un paso, solo uno, lento—.
Sé lo que has venido a buscar. Lo sé porque a esta cripta no baja nadie por gusto; aquí solo se baja buscando a alguien.
—Los ojos viejos se le llenaron de una compasión que a Irene le entró por una grieta que no sabía que tenía—.
Tú buscas a una persona. Lo llevas escrito en la cara, esa cara la conozco, la he tenido yo.
Y yo, hija, en cincuenta años he visto bajar y subir a mucha gente de este agujero, y me sé esta casa por dentro mejor que ellos.
Sé dónde están las cosas. Sé dónde están los nombres.
—Una pausa—. Puedo llevarte hasta lo que buscas.
Y puedo, de paso, enseñarte por dónde se sale de verdad de esta finca, que no es por donde os dicen.
«Por donde os dicen» era la verja. Y que aquella vieja supiera, sin que Irene se lo dijera, que la verja era mentira, era la primera cosa de toda la noche que le sonaba a salvación de verdad.
O al mejor cebo de toda la noche. No tenía manera de distinguirlas.
Solo tenía una hermana ahí abajo, o el fantasma de una hermana, y una vieja que decía saber dónde.
Miró hacia atrás, a Lola, encogida en su rincón, contando sus diez minutos con los labios. Miró la boca negra de la escalera. Miró a Pura, su mandil gris, sus manos nudosas, su pena que podía ser real o podía ser un disfraz de cincuenta años.
Y decidió lo único que sabía decidir ya: usar la mano que se le tendía sin soltar el cuchillo de la otra.
—Tú delante —dijo Irene, señalando la escalera con la barbilla—. Yo detrás. Y como esto sea una trampa, vieja, te juro que no llegas al último escalón.
Pura sonrió, una sonrisa triste, de abuela a la que han contestado mal pero lo entiende.
—Es lo más listo que has dicho, niña —murmuró—. No te fíes de nadie esta noche. De nadie. —Y empezó a bajar, despacio, encogida, tragada poco a poco por la oscuridad de la cripta—. Ni de mí.
Irene respiró hondo una vez, miró por última vez a Lola encogida en su rincón, y bajó tras la vieja.
Los escalones bajaban más de lo que esperaba, torcidos, gastados en el centro por siglos de pies, hacia un frío que subía a su encuentro.
No el frío de la noche de fuera. Un frío de sótano, de piedra que no ha visto nunca el sol, con un olor debajo, dulzón y mineral, a tierra cerrada y a tiempo detenido.
El olor de los sitios donde se guarda lo que ya no respira.
A cada peldaño, la luz roja de la noche se quedaba más arriba, más pequeña, hasta que no quedó nada más que la oscuridad, el frío, y la espalda encorvada de Pura delante, descendiendo sin titubear, sin tantear la pared ni una sola vez, de memoria, como quien ha bajado esa escalera mil veces.
Eso, lo de la memoria, fue la tercera cosa que la voz desconfiada de Irene archivó sin decir nada.
Pero ya estaba bajando. Ya había cruzado el umbral.
Y arriba, cada vez más lejos, cada vez más sola, quedaba la única luz de la noche que le importaba: una chica rota contando en voz baja en una capilla sin santos.