14. El precio del grupo
El precio del grupo
Volvió a la zanja con un sitio adonde ir y la boca cerrada sobre cómo lo había conseguido.
—He encontrado un escondite —les dijo, agachada entre los helechos, a Lola y a Téllez, que la habían esperado tal como les había mandado, sin moverse, hechos un ovillo—. Una cripta vieja, debajo de una capilla, ahí arriba. Los perros no huelen dentro de la piedra. Si llegamos, aguantamos.
—¿Y tú cómo sabes eso? —preguntó Téllez. La misma pregunta de siempre, hecha con la misma voz baja, pero ahora Irene le notó debajo otra cosa, una desconfianza que se había puesto seria desde lo de Ramiro y que el viejo guardaba como guardaba todo, sin enseñarla del todo.
—Mi padre era guarda —dijo Irene, repitiendo la media verdad gastada—. Estas fincas se parecen todas. ¿Vienes o te quedas a discutirlo?
Téllez no contestó. Pero se levantó. Y eso, viniendo de un hombre que ya no se fiaba de ella, fue una especie de regalo: la siguió porque, fiándose o no, sabía que era la única de los tres que los había mantenido vivos.
A veces uno camina detrás de quien le da miedo porque le da más miedo lo de delante.
Echaron a andar hacia la parte alta, los tres en fila, Lola en medio con su lamparilla, Téllez detrás arrastrando las rodillas malas, Irene abriendo y leyendo el monte. Y durante un rato pareció que igual salía bien. Pareció, incluso, que aquello tenía remedio.
Entonces, lejos, hacia el norte, sonó un silbato.
No un cuerno, de los grandes, de los de la familia.
Un silbato pequeño, agudo, de dos notas, de los que usa un hombre para mandar a sus perros.
Cándido. Y a las dos notas del silbato respondió, mucho más cerca de lo que Irene quería, un coro de jadeos y de uñas en la tierra que venía cuesta abajo hacia ellos como una avalancha de carne.
Los había encontrado. O casi. Y traía la jauría entera.
—Corred —dijo Irene, y esta vez no fingió la voz—. Hacia arriba. A la capilla. ¡Ya!
Corrieron. Y enseguida pasó lo que Irene sabía que iba a pasar: que un grupo solo corre tan rápido como el más lento, y el más lento era Téllez, sesenta y tantos años y unas rodillas que ya en llano protestaban.
A los cien metros el viejo resollaba como un fuelle roto.
A los doscientos había que esperarlo. Y los perros no esperaban a nadie.
El monte subía hacia la capilla en una cuesta de robles y peñascos, mala para correr, traidora en lo oscuro, sembrada de raíces que buscaban el tobillo y de piedras sueltas que rodaban bajo el pie.
Irene la conocía de memoria de su año de rastrearla, y aun así tropezaba; los otros dos iban a ciegas, a trompicones, agarrándose a los troncos para no caer rodando.
Y detrás, cada vez menos detrás, venía el sonido.
No ladridos. Los perros de caza buenos no ladran cuando ya tienen el rastro: ahorran el aire para correr.
Lo que subía la ladera tras ellos era peor que cualquier ladrido, una respiración de muchas gargantas a la vez, un roce de muchos cuerpos contra la maleza, un rumor de avalancha viva que crecía a la espalda y que decía, sin una sola palabra, que la distancia se estaba acabando.
Una sombra salió de los matorrales por la derecha, baja y veloz, y se lanzó a las piernas de Lola.
Irene tiró de la chica hacia sí en el último instante, y los dientes del animal se cerraron en el aire donde había estado su pantorrilla medio segundo antes.
El perro pasó de largo, derrapó en las hojas, se revolvió para volver a intentarlo.
Eran rápidos. Eran muchos. Y eran, sobre todo, mejores que ellas en aquel terreno y en aquella oscuridad.
Irene calculó, corriendo, porque calcular era lo único que no dejaba de hacer nunca: a ese ritmo los alcanzaban antes de la capilla. Faltaba poco. Pero poco no era suficiente. Necesitaba quitarles algo, lo que fuera, tiempo o rastro o blanco, y solo tenía una cosa que quitarles.
—La luz —jadeó Irene sin dejar de tirar de ellos—. Apagad las lamparillas. Es lo que siguen. Os huelen, pero de noche os ven por la luz. A oscuras.
Lola, que a aquellas alturas habría saltado por un puente si Irene se lo decía, apagó la suya de un manotazo y siguió corriendo en lo negro, tropezando, fiándose de la mano de Irene.
Pero Téllez no. Téllez se quedó un paso atrás, con su lamparilla encendida en el puño, mirándola con un terror nuevo.
—A oscuras no —dijo—. A oscuras me caigo. No veo nada. No puedo.
—Téllez, esa luz es lo que les dice dónde estás. Apágala.
—No puedo —repitió el viejo, y no era cabezonería, era pánico puro, el pánico antiguo del ser humano a la oscuridad, más fuerte en aquel momento que el miedo a los perros porque la oscuridad la tenía delante y los perros todavía no—.
Tú ves en lo negro, tú eres rara. Yo no. Yo sin luz estoy muerto igual.
Y siguió corriendo con la lamparilla en alto, un puntito amarillo botando en la noche, una diana perfecta, un cartel encendido que decía aquí, aquí está la carne, venid.
Irene tomó nota, fría, de que el viejo acababa de firmar su sentencia, y de que no había manera de evitarlo sin pararse a quitarle la luz a la fuerza, y de que pararse era morir los tres. Lo archivó. Siguió tirando de Lola hacia arriba.
Llegaron a un muro.
Uno de esos muros antiguos de piedra seca que cierran las fincas viejas, más alto que una persona, cubierto de musgo y de líquenes, que se alzó delante de ellos en la oscuridad como el lomo de un animal dormido.
Al otro lado, lo sabía Irene por el plano que llevaba en la cabeza, estaba la capilla.
La cripta. El sitio donde los perros se quedaban ciegos de nariz.
La salvación, o lo más parecido a ella que había aquella noche.
Pero el muro había que pasarlo. Y los perros estaban a treinta metros y cerrando.
—Arriba —dijo Irene—. Lola, tú primera. Pongo las manos, tú pisas, y subes. Vamos.
Hizo un estribo con las manos entrelazadas, bajó, y Lola metió el pie y empujó, y entre el impulso de la chica y la fuerza de Irene, que era más de la que parecía caber en un cuerpo así, Lola llegó arriba del muro, se agarró, pasó una pierna, se sentó a horcajadas en la coronación.
—¡Vamos, Téllez! —gritó Lola desde arriba, alargando los brazos hacia abajo—. ¡Tú ahora! ¡Dame las manos!
Téllez llegó al muro. Pero el viejo no era Lola.
No tenía veinticinco años ni piernas que respondieran.
Metió el pie en el estribo de Irene, empujó, y las rodillas, las malditas rodillas, no le dieron el impulso, y resbaló hacia atrás.
Volvió a probar. Volvió a resbalar. Y cada segundo que perdía era un metro que ganaban los perros, y la lamparilla, que no había soltado en toda la huida, se le escurrió de la mano y cayó al suelo y siguió ardiendo a sus pies, iluminándolo de cuerpo entero, regalándoselo a la jauría servido en bandeja.
Los primeros perros llegaron al pie del muro.
Irene los vio salir de entre los robles, sombras bajas y veloces, las lenguas fuera, los ojos devolviendo el resplandor de la lamparilla caída, y en lugar de lanzarse de cualquier manera se fueron repartiendo en un semicírculo lento, con la paciencia del que ya ha acorralado y sabe que la pieza no tiene adónde ir.
Detrás llegaban más. Téllez quedó en el centro de aquel arco de sombras, de espaldas al muro, con su luz a los pies, como un actor en mitad de un escenario al que le hubieran apagado todo menos un foco.
Irene se inclinó desde lo alto del estribo y lo agarró del brazo para auparlo de un tirón. Y Téllez, en lugar de subir, se quedó quieto. Dejó de intentarlo. Y la miró.
La miró desde abajo, a la luz de su propia lamparilla caída, con la jauría cerrándose a su espalda, con esa cara que le había puesto la primera vez junto al cadáver de Ramiro, la cara del que sabe algo y no lo dice.
Solo que ahora ya no había desconfianza en ella.
Había otra cosa. Había la calma terrible del que ha hecho una cuenta y le ha salido el resultado.
—No subo a tiempo —dijo Téllez, tranquilo, por encima del fragor que se acercaba—. Y si me esperas, no subís ninguna. Eso también lo sabes tú, ¿verdad? Tú lo sabes todo.
—Sube —dijo Irene—. Dame la mano. Sube.
—Cuida de la chica. —El viejo no le cogió la mano.
Se agachó, recogió del suelo su lamparilla encendida, y se la quedó mirando un segundo, la luz que no había sabido soltar, la luz que lo mataba—.
No sé qué eres tú, hija. Llevo toda la noche dándole vueltas y no lo sé.
Pero sé que la chica está viva por ti. Así que sea lo que sea lo que eres… úsalo para sacarla de aquí.
Y entonces el viejo hizo la única cosa valiente y libre que le quedaba por hacer.
Se dio la vuelta, de cara a los perros, levantó la lamparilla todo lo alto que le daba el brazo, como un faro, como un hombre que en lugar de esconder la luz que lo condena decide convertirla en una llamada, y echó a correr.
No hacia el muro. Lejos del muro. Hacia un lado, ladera abajo, gritando, agitando la luz, llevándose tras de sí todo el ruido de la noche, todos los jadeos, todas las uñas, toda la muerte, apartándola de las dos mujeres a oscuras que se quedaban pegadas a la piedra.
—¡TÉLLEZ! —chilló Lola desde lo alto del muro.
—Calla —dijo Irene, y saltó, se agarró a la coronación, subió en dos movimientos secos, y de un tirón metió a Lola del otro lado justo cuando el puntito de luz de Téllez, allá abajo, dejaba de moverse en línea recta y empezaba a moverse de otra manera, a sacudidas, rodeado de sombras que saltaban, y un grito breve cruzó la noche y se cortó, y la lamparilla cayó al suelo por última vez y se quedó quieta, ardiendo sola, iluminando una cosa en el suelo que ya no se levantó.
Después, silencio. Los perros, ocupados.
Las dos mujeres cayeron al otro lado del muro, en la hierba, en lo oscuro, una encima de otra.
Lola temblaba entera y lloraba sin ruido, tapándose la boca con las dos manos para no delatarlas, sacudida por dentro, y a Irene le tocó hacer una cosa que no había hecho en toda la noche, que no recordaba haber hecho desde hacía mucho: abrazar a alguien.
La abrazó fuerte, en el suelo, le tapó con su propio cuerpo el ruido del llanto, le habló al oído muy bajo.
—Se ha ido para que tú vivas. No le quites eso. Si nos cogen ahora, lo ha hecho para nada. Respira. Conmigo.
Y mientras se lo decía, mientras notaba el cuerpo de la chica temblar contra el suyo y se descubría meciéndola un poco, despacio, igual que se calma a un animal asustado, Irene supo que algo acababa de cambiar y que no iba a poder deshacerlo.
El viejo, con su última frase, le había puesto a aquella chica en las manos como quien deja un recién nacido.
Cuida de la chica. Y ella, que no sentía nada al matar, que había archivado la muerte de Téllez como un dato mientras ocurría, notó que aquello, lo de la chica, sí lo sentía.
Que se le había metido dentro sin permiso.
Que ya no estaba allí solo por lo suyo. Que ahora, además, estaba allí por Lola.
Era una debilidad enorme. Era, probablemente, lo que la mataría. Y aun así no la soltó.
Pasó un rato hasta que Lola pudo respirar sin que se le rompiera el aire.
Cuando por fin se separó un poco, en la oscuridad, con la cara hinchada, se limpió la nariz con la manga, miró el muro que las separaba de lo que había pasado al otro lado, y dijo, con la voz rota y un hilo de algo que en cualquier otra persona habría sido imposible en ese momento y que en ella era pura supervivencia:
—Pues para no fiarme de ti al principio… mira que has resultado ser la mejor cita de mi vida. Me has llevado a un cementerio, me has hecho saltar un muro y se ha muerto el carabina. Romántico no es. Pero original, un rato.
A Irene le salió por la nariz algo que no llegó a risa pero que lo intentó, y que en mitad de aquella noche, encima de aquel muerto, fue casi un milagro. Le apartó a Lola un mechón de la cara, un gesto pequeño, de los que no se piensan.
—Vamos —dijo—. La capilla está cerca. Se lo debemos al viejo.
—Y, levantándose, mirando hacia la silueta negra de la espadaña que asomaba entre los árboles, hacia la cripta que les había regalado un Aldecoa borracho y que igual era refugio o igual era tumba—: Lo único que él nos pidió fue que llegáramos. Vamos a llegar.
Y las dos, ya sin Téllez, ya sin nadie más, echaron a andar hacia el agujero en la tierra donde los muertos tapaban a los vivos, dejando atrás un muro, una lamparilla apagándose y un hombre bueno que había aprendido demasiado tarde lo que cuesta soltar la luz.