Corre, si puedes 13. La oveja negra
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13. La oveja negra

La oveja negra

Irene dejó a Lola y a Téllez metidos en una zanja de regadío seca, tapados de helechos, con la orden de no moverse ni para respirar fuerte, y se fue sola a buscar la manera de no morir.

Sola era como mejor trabajaba. Sin nadie a quien proteger, sin nadie cuyo paso medir, podía moverse a su ritmo, que era el de un animal que conoce su oficio: pegada a las sombras, parando cada pocos metros a leer la noche.

Y la noche le decía cosas malas. Cándido y sus perros venían del norte, hacia ellos, sin la prisa del que persigue, con la calma del que sabe que la pieza está acotada.

Amalia la había mandado a por ella con nombre y apellido.

La verja, al este, seguía siendo el matadero al que el monte entero los empujaba.

Hiciera lo que hiciera, todos los caminos llevaban a una muerte distinta.

Necesitaba un sitio donde los perros no pudieran seguirla.

Y fue buscándolo como subió, sin querer, hacia la parte vieja de la finca, donde los braseros y las risas no llegaban: una zona de árboles más altos, de muros caídos, de cosas que la familia había dejado de cuidar porque ya no le servían para divertirse.

Y allí, al fondo, recortada contra el cielo rojizo, vio la silueta de una capilla pequeña, antigua, con la espadaña medio comida de hiedra.

Y vio, en los escalones de la capilla, sentado en la oscuridad con una botella en la mano, a un hombre de la familia.

Lo reconoció enseguida, aunque solo lo había visto una vez, de lejos, desde el bosque, la noche de la cena: el que se había quedado apartado de los demás, el que miraba la fiesta de su gente como quien mira algo que le da asco.

Estaba solo. No tenía escopeta. No tenía perro.

Estaba borracho, o camino de estarlo, y no la había visto.

Irene se quedó quieta en la sombra y, durante un par de segundos largos, hizo cuentas.

Lo tenía. Tenía la ventaja entera, el silencio, el alambre. Era de los que la querían muerta, de los que reían arriba mientras la gente se moría abajo; matarlo sería justo, y sería fácil, y sería un Aldecoa menos en el mundo. El cuerpo, otra vez, se lo pedía.

Pero la cabeza dijo que no. Un Aldecoa muerto antes de tiempo era una alarma; lo echarían en falta, lo buscarían, y entonces todo el monte se le caería encima a ella en lugar de andar despistado persiguiendo corderos.

Y, sobre todo, un hombre de la familia que estaba borracho, solo y asqueado de los suyos no era una amenaza.

Era una herramienta. Y las herramientas no se rompen mientras puedan servir.

Así que guardó el alambre, y en vez de matarlo, hizo algo más difícil: salió de la sombra despacio, pisando una rama a propósito para no asustarlo de golpe, y se dejó ver.

El hombre levantó la cabeza. La miró. No gritó, no se levantó de un salto, no fue a por nada. Solo la miró, con unos ojos cansados que le costó enfocar, y al cabo soltó una risa corta, sin alegría.

—Vaya —dijo—. Una de las invitadas. ¿Vienes a matarme o a pedirme ayuda? Porque las dos cosas me parecen razonables, te lo digo de verdad.

—Iba de paso —dijo Irene.

—Nadie va de paso por aquí. Aquí no hay paso. Esto es una finca cerrada con un nombre bonito para una cosa muy fea. —Le dio un trago a la botella y se la ofreció, estirando el brazo desde el escalón—. ¿Quieres? Es bueno. Lo malo de mi familia es todo menos la bodega.

Irene no se acercó a coger la botella. Se quedó a tres metros, con el peso bien repartido, calculando la distancia a la oscuridad por si tenía que desaparecer en ella. Él se dio cuenta, y volvió a reírse, y bajó el brazo.

—Lista —dijo, casi con admiración—. No te fías.

Bien hecho. Yo tampoco me fiaría de mí, soy de los malos.

—Señaló vagamente hacia abajo, hacia los braseros lejanos—.

Bueno. De los malos no. De los cobardes, que es peor.

Los malos al menos disfrutan. Yo solo miro para otro lado y me bebo el vino. Esa es toda mi rebeldía: la abstención.

Era distinto, sí. Hablaba distinto. Pero distinto podía significar dos cosas, y Irene conocía las dos.

Podía ser un hombre roto de verdad, una grieta en la familia que ella podía usar.

O podía ser exactamente eso, una grieta de mentira, fabricada y puesta ahí para que las piezas listas confiaran y se dejaran llevar al sitio bonito que en realidad era el peor de todos.

Ya había pasado una vez aquella noche. Ramiro también parecía de fiar.

—¿Cómo te llamas? —preguntó él.

—Nuria —mintió ella, con la facilidad con que se respira.

—Adrián. —Se señaló el pecho con la botella—.

El Aldecoa que sobra. Hay uno en cada generación, mi madre dice que es la cuota de fallos del apellido.

—La miró entonces de otra manera, más despierto de pronto, entrecerrando los ojos—.

Espera. Espera, espera. Tú eres ella, ¿verdad? La callada. La del grupo del sur.

A Irene no se le movió un músculo de la cara, pero por dentro se le encendió una luz roja.

—No sé de qué hablas.

—Claro que lo sabes. —Adrián ya no se reía—.

Llevan toda la noche con eso. Hay una pieza que no se asusta, una que les ha estropeado el juego.

Mi madre está fascinada. Y déjame que te diga una cosa sobre mi madre, Nuria, porque es lo más útil que vas a oír esta noche.

—Se inclinó hacia delante, y la voz se le puso seria de una manera que el vino no le quitaba—.

Cuando a mi madre algo le parece interesante, no lo mata.

Lo guarda. Lo estudia. Tiene mandado que a ti te cojan viva.

Y créeme, en esta casa, que te quieran viva es mil veces peor que lo otro.

Y ahí, por mucha guardia que tuviera puesta, Irene supo que aquello no se lo estaba inventando.

Encajaba demasiado bien con lo que ella misma había oído en la terraza.

Le estaba diciendo la verdad. Lo cual no significaba que fuera de fiar; los mejores anzuelos llevan cebo de verdad.

Pero la verdad era la verdad, y la guardó.

—¿Y los demás? —preguntó, tanteando, porque un mapa de los enemigos valía casi tanto como una salida—. ¿Son todos como ella?

—Cada uno a su manera, que es lo entrañable de mi casa.

—Adrián hizo girar la botella entre las manos—.

Mi padre se cree un emperador romano; está convencido de que esto purifica la sangre de no sé qué España eterna.

A mi hermano Bruno solo le importa que lo vean: para él una cosa no existe si no hay mil desconocidos aplaudiéndola desde el sofá.

Mi prima Casilda haría cualquier cosa por heredar, y cuando digo cualquiera, es cualquiera.

Y luego está mi madre, que es la única que da miedo de verdad, porque ella no disfruta con esto.

Ella lo organiza. Es la diferencia entre el que mata por gusto y el que monta el matadero: el segundo no se mancha nunca y dura tres veces más.

—La miró—. Te lo cuento porque, si eres quien creo, vas a cruzarte con todos antes de que salga el sol.

Mejor que sepas qué animal tienes en cada esquina.

Y por un momento, uno solo, a Irene se le olvidó que lo estaba usando.

Porque aquel hombre cansado sentado en unos escalones acababa de entregarle, sin pedirle nada, el plano entero de sus enemigos, y lo había hecho con una lucidez que en cualquier otra vida la habría hecho querer sentarse a su lado y beberse media botella con él.

Se le pasó enseguida. Pero se le había pasado por dentro, y que se le pasara por dentro ya era más de lo que podía permitirse.

—¿Y tú por qué me cuentas esto? —dijo—. Si tu familia me quiere, deberías estar llamándolos a gritos.

Adrián miró la botella un rato largo, como si la respuesta estuviera en el fondo.

—Porque estoy harto —dijo al fin, simple, cansado—.

Llevo treinta años mirando para otro lado y bebiéndome el vino, y resulta que mirar para otro lado también es hacerlo.

Lo aprendí tarde. —Levantó la vista hacia ella—.

No te voy a salvar. No sé salvar a nadie, ni a mí.

Pero puedo decirte dónde esconderte un rato, que es más de lo que esta gente le ofrece nunca a una de vosotras.

Y le señaló la capilla a su espalda.

—Debajo hay una cripta. Vieja, de los primeros Aldecoa.

Se baja por dentro. Ahí los perros no te huelen: es todo piedra y muertos, y el muerto tapa al vivo, eso me lo enseñó el guarda de crío.

Y mi familia no baja ahí de noche ni borracha; le tienen un respeto a sus propios huesos que no le tienen a nada vivo.

—Hizo una pausa—. No es la salvación. Aquí no hay salvación, eso quítatelo de la cabeza ya; al amanecer la verja se traga a todo el mundo, siempre ha sido así.

Pero te compra horas. Y a veces, unas horas es lo único que hay.

Irene miró la capilla. Miró la puerta negra.

Miró a aquel hombre que le ofrecía un agujero en la tierra como quien ofrece un regalo, y que a lo mejor le estaba salvando la noche o a lo mejor la estaba metiendo, sonriendo, en la última trampa.

No tenía forma de saberlo. Solo tenía la información, que era buena, viniera de donde viniera, y un instinto que llevaba toda la noche sin fallarle y que, contra todo pronóstico, le decía que este no mentía.

Decidió hacer las dos cosas a la vez, porque era lo único sensato: creerle, y no fiarse.

—Gracias —dijo. Y lo dijo con una mirada de oveja agradecida tan perfecta que casi se la creyó ella misma, salvo que esta vez, por un segundo que no le gustó nada, no estuvo del todo segura de estar fingiéndola.

—No me las des —dijo Adrián, y volvió a beber, y volvió a ser el cobarde de los escalones—. Si te cogen, yo no he dicho nada. Si te salvas… —se encogió de hombros— tampoco. Yo aquí no estoy. Nunca estoy en ningún sitio. Es mi especialidad.

Irene retrocedió hacia la sombra, sin darle la espalda del todo. Tenía un sitio adonde ir. Tenía una advertencia que valía oro. Y tenía, por primera vez en toda la noche, una grieta abierta en la pared de los que la cazaban.

Lo que no sabía era si la grieta era una salida o una boca. Y eso, mientras volvía a por Lola y Téllez con el corazón latiéndole de una manera que no era miedo y que prefería no nombrar, tendría que averiguarlo por el camino.