12. Una presa que no encaja
Una presa que no encaja
El bosque le devolvió a Irene un sonido que no pegaba con nada de lo que había en él: risas.
Risas relajadas, de copa en la mano, de gente cómoda.
Venían de delante, de más allá de unos árboles, y traían con ellas un resplandor cálido, anaranjado, de braseros o de antorchas, que nada tenía que ver con la luz fría de los focos del laberinto. Una luz de fiesta.
Levantó el puño para que Lola y Téllez se pararan. Se pararon. Y los tres, sin hablar, se fueron agachando entre la maleza hasta que vieron de qué se trataba.
Era una terraza. Una de esas construcciones de piedra que la familia tenía repartidas por la finca para sus cosas, a media ladera, con vistas al valle por el que andaban corriendo las piezas.
La habían preparado como para una verbena macabra: braseros encendidos, una mesa con bebida, mantas sobre las barandillas.
Y allí, al calorcito, mientras abajo en la oscuridad la gente se moría, estaban ellos.
Los Aldecoa. Descansando entre función y función, como el público que sale al patio de butacas en el entreacto.
No se podía pasar por delante. No con aquella luz. Había que esperar a que se fueran, o rodear, y rodear llevaba tiempo y hacía ruido. Así que Irene hizo lo que sabía hacer mejor que nadie: se quedó quieta en la sombra, a treinta metros de los que querían matarla, y escuchó.
—…a la del pelo rojo, por favor —decía el viejo, Octavio, repantigado en una silla con una copa—. Esa sí era una pieza. Corrió casi una hora. Murió pidiendo, que es como hay que morir. Con devoción.
—Papá, la del pelo rojo fue de las primeras —dijo una mujer joven, de pie, ansiosa por llevarle la contraria con elegancia. Casilda—. Si quieres emoción de verdad, el de la pierna mala que se metió en la ciénaga. Tardó muchísimo. Eso sí fue mérito.
—Mérito el suyo por aguantar, no el nuestro por mirar —soltó el chico del teléfono, Bruno, que paseaba entre ellos grabándolo todo, hablándole a la cámara más que a su familia—.
Para los de casa: llevamos siete piezas cobradas y la noche aún es joven.
La cosecha de este año es correcta, sin más.
Floja de gritos. El año pasado teníamos a aquella que cantaba ópera, ¿os acordáis?
Aquello era contenido. Dadle al like si queréis un repaso de las mejores cazas de la década.
—Lo que yo digo —terció Octavio, alzando la copa como quien va a pronunciar una verdad— es que esto es un servicio.
La gente de ahí abajo no le importaba a nadie.
Nadie los va a echar de menos. Aquí, por lo menos, sus últimas horas significan algo.
Mueren para algo. Para nosotros. ¿Cuántos pueden decir lo mismo de su vida entera?
—Profundísimo, papá —dijo Casilda, sirviéndose otra copa.
—Es que es la verdad —insistió el viejo—. La sangre floja se purifica corriendo. Siempre ha sido así. Ya lo decía mi abuelo.
—Tu abuelo lo decía porque le gustaba disparar a gente y quedaba feo reconocerlo —dijo Bruno, sin levantar la vista del teléfono, y hubo una risa general, la risa cómoda de una familia que se sabe a salvo de todo lo que le pasa a los demás.
Irene los oía y se le revolvía algo por dentro, pero lo apartó.
El asco no servía de nada. La información, sí.
Y mientras hablaban iba sacando datos como quien pela una fruta: siete muertos ya, contando a Sonia y al chillido del laberinto; la noche aún larga; y aquella gente tan tranquila, tan dueña de todo, que ni se molestaba en bajar la voz porque en su cabeza las piezas no eran personas que pudieran oírlos. Eran números de una temporada.
Entonces habló la cuarta. La que no había dicho nada hasta ese momento. La que estaba sentada un poco aparte, sin copa, envuelta en un abrigo bueno, mirando hacia el valle oscuro con una quietud que a Irene le resultó, de pronto, demasiado conocida. Amalia.
—Calla un momento, Bruno —dijo. No levantó la voz. No le hizo falta. El chico calló—. Hay una cosa que no me cuadra.
—Madre, no empieces con…
—La del grupo del sur. —Amalia siguió como si nadie hubiera hablado—. La callada. La que tu padre apuntó como «Nuria Vidal», la del expediente triste, la que cruzó sola.
A Irene se le quedó el cuerpo de hielo en la maleza. No de miedo. De atención. La misma atención de un animal que oye su nombre en boca de quien no debería saberlo.
—¿Qué pasa con ella? —preguntó Casilda.
—Que es la única de la noche que no se ha comportado.
—Amalia se giró por fin hacia los suyos, y a la luz del brasero se le vio la cara: lista, seca, sin una gota de la crueldad festiva de los demás, que era justo lo que la hacía más peligrosa—.
Las demás piezas hacen lo que hacen las piezas.
Corren en manada, se dispersan cuando hay que dispersarse, gritan, suplican, se quedan tiesas.
Esa, no. Esa se mueve. Tiene a un grupo entero vivo a estas horas, que ya es raro.
Sale de la ladera por el único sitio limpio.
Sale del laberinto, que no sale nadie. Y ahora resulta —y aquí bajó un poco la voz, y Irene tuvo que afinar el oído— que el hombre que metimos en ese grupo para guiarlo a los corrales lleva una hora largo sin dar la señal convenida. Desaparecido. Justo el de su grupo.
Se hizo un silencio en la terraza distinto al de antes. Hasta Octavio dejó la copa.
—Igual se ha caído por un barranco —dijo Bruno, pero ya sin gracia.
—Igual —dijo Amalia—. O igual hay una pieza ahí abajo que se está comiendo a mi rebaño y a mi pastor, y nosotros sin enterarnos, riéndonos del pelirrojo. —Volvió la cara al valle—. A mí esa mujer no me parece una presa. Me parece otra cosa. Y quiero saber qué.
Irene, en la sombra, dejó de respirar un momento.
Ya estaba. Lo que más temía de toda la noche, más que los perros y más que Cándido, acababa de pasar: alguien de arriba, el único cerebro de verdad que había en aquella familia de carniceros, la había mirado a ella entre cien piezas y no había visto a una víctima.
Había visto a una igual. No sabía su nombre real ni su historia ni lo que venía a buscar.
Pero había olido lo único que importaba: que la cosa que se movía ahí abajo no era ganado.
Y había algo peor que el peligro inmediato, algo que Amalia no podía ni sospechar.
Irene no había cruzado aquella verja para sobrevivir a la noche.
Había cruzado por una cosa suya, una sola, que la esperaba en algún punto de aquel monte negro, y todo su plan se sostenía sobre una única condición: ser invisible.
Una pieza más entre muchas, sin cara, sin nombre que valiera la pena recordar, libre para moverse mientras los demás miraban a otro lado.
Que la vieran era lo único que su plan no podía sobrevivir. Y acababan de verla.
Tenía que arreglarlo. Otra vez. Y esta vez era más difícil, porque lo que tenía que volver a fingir no era acento ni biografía.
Era miedo. Tenía que volver a ser una mujer aterrada, encogida, torpe, llorosa, y descubrió, agachada en aquella maleza, que se le había olvidado cómo.
Buscó el miedo dentro para ponérselo por fuera y lo encontró tan lejano, tan tapado por todo lo que se había vuelto, que tuvo que fabricarlo a mano, pieza por pieza, como un actor malo que repasa lo que hace la gente cuando tiene miedo: respira deprisa, niña.
Tiembla. Que te brillen los ojos. No te muevas como quien sabe; muévete como quien huye.
Le salió. Pero le costó. Y el que una cosa así le costara ya era, en sí mismo, la prueba que le daba la razón a Amalia.
—Hay que volver —susurró Téllez a su lado, malinterpretándole la cara—. Esto es la guarida del lobo. Atrás, despacio.
Irene asintió, agradecida por una vez de que la tomaran por lo que ya no era. Empezaron a retroceder, los tres, palmo a palmo, alejándose de la luz y de las risas que habían vuelto a empezar arriba, más flojas.
Pero antes de perderse del todo entre los árboles, Irene oyó la última orden de Amalia, dada con la misma calma con que se pide otra botella, y supo que la noche acababa de darse la vuelta del revés.
—Que Mur deje a los demás. —La voz cruzó la oscuridad limpia, sin prisa—. Que coja a sus mejores perros y se vaya al sur. Y dile una cosa de mi parte: a la callada la quiero entera. Lo demás del grupo me da igual. Pero a esa me la traes viva.