Corre, si puedes 11. Lo que Nuria sabe hacer
26%

11. Lo que Nuria sabe hacer

Lo que Nuria sabe hacer

La ocasión no se busca. Se espera. Eso también se lo había enseñado su padre, agachado en un puesto a las cinco de la mañana, callado durante horas, enseñándole que la prisa la mata el cazador y no la pieza.

Así que Irene esperó. Caminó detrás de Ramiro por la vaguada, con Lola y Téllez delante, y no hizo nada, y no hizo nada, y siguió sin hacer nada, mientras por dentro iba leyendo el terreno y descartando ocasiones como quien descarta cartas malas.

La vaguada se fue cerrando, igual que él había prometido.

Las paredes de tierra subían a los lados, los árboles se juntaban arriba, y el sendero se estrechó hasta obligarlos a ir de uno en uno.

Lola, que iba la primera porque tenía la lamparilla más viva y alumbraba mejor, marcaba el paso.

Téllez detrás de ella. Luego Ramiro. Luego Irene, la última, la callada, la del brazo mordido, a la que nadie miraba porque las últimas no preocupan.

Una ocasión solo valía cuando juntaba tres cosas a la vez: que los otros no vieran, que Ramiro no oyera venir nada, y que después hubiera por dónde salir limpia.

Con dos de las tres no bastaba. Su padre había perdido más piezas por disparar pronto que por disparar tarde, y se lo había metido en la cabeza hasta el aburrimiento: el monte premia al que sabe esperar y castiga al que tiene prisa.

Ella tenía toda la noche por delante. Ramiro, aunque todavía no lo supiera, no.

Llegó un recodo. La vaguada doblaba a la derecha, cerrada de zarza, y por un momento, solo un momento, los dos de delante desaparecieron tras la curva, con su luz, y en el tramo recto se quedaron solos los dos de atrás.

Ramiro y ella. Diez metros de oscuridad por delante hasta el recodo.

Diez metros de oscuridad por detrás hasta nada.

Era esa. Lo supo como se sabe que un fruto está maduro: sin pensarlo, por el peso.

—Ramiro —dijo, muy bajo, con un hilo de voz asustada—. Espera. Creo que vienen por detrás.

Él se paró. Se giró hacia ella, hacia la oscuridad de atrás, dándole la espalda al recodo y a los otros, escudriñando las sombras con esa preocupación de pastor que tan bien fingía. Le estaba haciendo el favor de mirar en la dirección equivocada.

—Yo no oigo na…

No terminó la palabra.

Lo que Nuria sabía hacer lo había aprendido en el campo, con su padre, sobre animales.

A un animal no se le hace sufrir por gusto; se le mata rápido y limpio, porque la crueldad es de aficionados y el oficio es otra cosa.

El alambre salió de bajo la manga del antebrazo izquierdo, donde lo llevaba cosido desde antes de cruzar la verja, esperando una noche como esta, y en el mismo gesto con que salió ya estaba pasando por encima de la cabeza de Ramiro y cerrándose.

Ella no era grande. No le hacía falta. Para esto no manda la fuerza, manda el sitio donde aprietas y los segundos que aguantas sin aflojar, y eso lo sabía hacer dormida.

Fue rápido. Fue callado. La vaguada estaba hecha de tierra blanda y de árboles que se tragaban el ruido, y de ruido tampoco hubo mucho.

Ramiro manoteó hacia atrás, buscándola, arañando aire, pero ella ya no estaba donde sus manos esperaban encontrarla, estaba pegada a su espalda, baja, firme, con todo el peso echado hacia atrás, contando.

En el campo a esto se le llama dejar trabajar a la herramienta.

Ella solo tenía que sujetar y esperar, como una trampa bien puesta, que trabaja sola mientras tú descansas.

En algún punto, antes del final, Ramiro entendió.

No quién era ella; para eso no le dio tiempo y le habría dado igual.

Entendió solo una cosa, la última, y fue que se había equivocado de cordero.

Que en aquel rebaño que él guiaba tan ufano hacia el matadero había metida una cosa peor que él, y que esa cosa lo tenía cogido por el cuello en la oscuridad.

Irene le notó la comprensión en el cuerpo, en cómo dejó de pelear un segundo antes de tener que dejar de pelear. Luego dejó de pelear del todo.

Lo bajó al suelo sin ruido. No lo soltó de golpe; lo acompañó, lo tumbó, como se posa algo que no quieres que haga estruendo. Recogió el alambre, lo limpió en la pernera del muerto con dos pasadas secas, y se lo volvió a guardar en el brazo.

Y entonces se quedó quieta un segundo en la oscuridad, encima de lo que había hecho, esperando.

Esperando sentir algo. Era lo que tocaba, ¿no?

Había matado a un hombre. Con las manos.

Hacía un año habría vomitado, habría llorado, habría salido corriendo.

Se quedó a la escucha de sí misma, igual que se había quedado a la escucha de la vaguada, buscando el temblor, la náusea, el peso en el pecho, cualquier cosa.

No vino nada. Solo el corazón, que le latía despacio, como después de subir una cuesta suave.

Y un pensamiento práctico, uno solo, frío y limpio como el filo de un cuchillo bien afilado: que con esto el grupo había perdido a su pastor, que ya nadie los llevaría a los corrales, y que esa era una buena noche de trabajo.

Buscó dentro a la chica que un año atrás todavía lloraba en los entierros, que se mareaba al ver sangre, que habría sido incapaz de esto.

No la encontró. Esa chica se había ido quedando por el camino: en las comisarías donde nadie la escuchó, en los meses de aprenderse este monte palmo a palmo, en cada cosa que había tenido que arrancarse de dentro para poder cruzar aquella verja sonriendo.

Lo que quedaba en su sitio acababa de matar a un hombre con un alambre y tenía el pulso de quien vuelve de dar un paseo.

Si el no sentir nada debía darle miedo, ya lo averiguaría con la luz del día. Si llegaba a haber luz del día. Ahora no tenía tiempo.

Arrastró el cuerpo dos metros, hasta la pared de zarza de la vaguada, y lo metió debajo, entre la maleza, donde la oscuridad y el espino lo taparon casi solos.

No por respeto. Por orden: un cuerpo a la vista hace preguntas, y ella necesitaba que durante un rato nadie hiciera preguntas.

Le dejó la lamparilla apagada en el bolsillo, que ya no delataba a nadie.

Y echó a andar, deprisa pero sin correr, hacia el recodo, hacia la luz de Lola, recomponiéndose la cara por el camino como quien se ajusta una prenda antes de entrar en un sitio.

Para cuando dobló la curva ya era otra vez la otra. La callada. La asustada. La presa con suerte y el brazo mordido.

Lola y Téllez se habían parado un poco más adelante, donde la vaguada se ensanchaba, y la miraron llegar sola.

—¿Y Ramiro? —preguntó Lola.

Irene dejó pasar el tiempo justo de la que no entiende la pregunta. Miró atrás, a la oscuridad de la que venía, frunció el ceño.

—¿No iba delante de mí? —dijo—. Yo me paré porque me pareció oír algo por detrás, le avisé, y cuando me giré ya no estaba. Creí que os había alcanzado.

Era casi exacto lo que él les había dicho a ellos hacía media hora, a la salida del laberinto. Os perdí en el cruce. Os di por muertos. Irene se lo devolvió a la noche palabra por palabra, y le supo a justicia.

—No, aquí no ha llegado —dijo Téllez.

—A lo mejor se volvió a por algo —dijo Lola, sin convicción, ya con el miedo subiéndole a los ojos—. O lo… —No terminó. En aquel monte las frases que empezaban con «o lo» no hacía falta terminarlas. Todos sabían cómo seguían.

—No podemos quedarnos a esperarlo —dijo Irene, bajando la voz, suave, razonable, la voz de la que también lo siente pero piensa con la cabeza—.

Si volvemos a buscarlo nos metemos otra vez hacia los perros.

Él querría que siguiéramos. —Y esa última frase, dicha por ella sobre el hombre que acababa de estrangular, fue la única de toda la noche que estuvo a punto de hacerla sonreír. La aguantó.

Lola asintió, con los ojos brillantes, tragándose lo de Ramiro como se había tragado lo de Sonia, porque era eso o pararse, y pararse era morirse. Echó a andar. Irene la siguió.

Al pasar a su lado, Lola le buscó la mano un instante, la del brazo bueno, y se la apretó sin decir nada, como se aprietan la mano dos personas que se van quedando solas en un sitio que se las come una a una.

Irene le devolvió el apretón. Y lo más raro de toda la noche, más raro todavía que no haber sentido nada al matar a Ramiro, fue que ese apretón sí lo sintió.

Pequeño, lejano, incómodo como una china en el zapato.

La única terminación nerviosa que parecía seguir funcionándole iba conectada a aquella chica que se empeñaba en reírse en mitad del horror.

Lo apuntó también. Una debilidad es una debilidad, venga de donde venga, y en aquel monte las debilidades te mataban.

El rebaño, ahora de tres, volvió a ponerse en marcha por la vaguada, más callado, más pequeño, sin pastor y sin saber que estaba mejor así.

Téllez no echó a andar enseguida.

Téllez se quedó un segundo donde estaba, mirándola.

A ella. No a la oscuridad por la que había desaparecido Ramiro, ni al camino, ni a Lola.

A ella. La miró el brazo, la manga rota, la mano.

Le miró la cara, esa calma que ella creía bien puesta y que a un hombre que había trabajado sesenta años y enterrado a mucha gente quizá no se la colaba del todo.

No dijo nada. No era hombre de decir las cosas antes de tenerlas claras.

Pero la miró un segundo de más, igual que la había mirado Ramiro un rato antes, solo que Téllez no era el enemigo, y eso lo hacía peor.

Luego apartó la vista, se subió el cuello de la chaqueta y echó a andar detrás de las dos mujeres.

Irene se guardó esa mirada junto a las otras cosas que iba guardando aquella noche. Una más para la lista. Cerró la cuenta de Ramiro y, sin querer, casi por costumbre ya, abrió otra muy pequeña, muy al fondo, con el nombre del viejo.

Esperaba no tener que usarla.