Corre, si puedes 10. Huele a perro
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10. Huele a perro

Huele a perro

El perro le llegó a la mitad del hueco, como ella sabía que iba a llegarle, y Irene hizo lo único que se puede hacer cuando un animal de treinta kilos te alcanza por detrás en un sitio del que no puedes salir corriendo: en lugar de apartar el brazo, se lo metió en la boca.

El antebrazo izquierdo. El del alambre cosido bajo la manga.

Las mandíbulas se cerraron sobre él con una fuerza que le subió hasta el hombro, pero los dientes mordieron metal y tela y carne a la vez, y el metal aguantó lo justo, y eso fue todo lo que necesitó: medio segundo en que el perro tenía la boca ocupada en su brazo y no en su garganta.

Tiró hacia atrás con todo el cuerpo. El boquete del seto era estrecho. El perro, grande. No cabían los dos.

—¡Tira! —le dijo a Lola, que la tenía agarrada de la otra mano desde el otro lado—. ¡Tira y no sueltes!

Lola tiró. Téllez, ya pasado, la agarró de la cintura a Lola y tiró también, y entre el espino que arañaba y el alambre que sujetaba y las dos personas que estiraban, Irene salió por el agujero como un corcho, dejándose media manga y una raja de fuego en el antebrazo, pero salió.

Al otro lado. El perro se quedó atascado en el boj, gruñendo, ladrando ya, llamando a los demás, pero el boquete no lo dejaba pasar y eso era lo único que importaba.

Estaban fuera del laberinto. La miga de pan de hojas no había mentido.

Se quedaron los tres tirados en la hierba un momento, jadeando, escuchando a la jauría enloquecer al otro lado del muro vegetal, buscando una entrada que les costaría encontrar.

Irene se apretó el antebrazo con la mano.

Sangraba, pero poco; el alambre se había llevado lo peor.

Tendría un brazo morado durante una semana, si llegaba a tener una semana.

—Joder, joder, joder —decía Lola, con la voz rota de risa y de pánico a la vez—. Le has metido el brazo en la boca. Estás como una cabra. Le has metido el brazo en la boca a un perro.

—Funcionó —dijo Irene.

—Estás como una puta cabra y te quiero —dijo Lola, y se rio de verdad, y a Irene le costó un esfuerzo que no le costaba ninguna otra cosa aquella noche no reírse con ella.

Y entonces, de entre los árboles, apareció Ramiro.

Venía cojeando un poco, despeinado, con cara de haber pasado lo mismo que ellos, y al verlos abrió los brazos con un alivio que parecía de verdad.

—Estáis vivos. —Se acercó—. Dios. Os perdí en el cruce, salí por el otro lado y os di por muertos. Menos mal. Menos mal que salisteis.

Téllez se levantó y le dio un abrazo de hombre mayor, torpe y sentido. Lola le dijo algo. Irene no se movió del suelo. Se quedó mirándolo desde abajo, con la espalda contra el seto, apretándose el brazo, y haciendo lo que mejor sabía hacer, que era mirar.

Lo primero que notó fue el olor.

Ramiro se había agachado a su altura para preguntarle por el brazo, poniéndole una mano en el hombro con preocupación de compañero, y al acercarse trajo con él un olor que a Irene, de pronto, le revolvió algo viejo en la memoria.

No era sudor. No era miedo. Era un olor concreto, denso, inconfundible para quien se había criado donde se había criado ella: olor a perrera.

A paja meada y pienso y pelo de muchos animales juntos en un sitio cerrado.

El olor que su padre traía pegado a la ropa cuando volvía de atender a los perros de los señoritos.

El olor que no se te pega por correr delante de unos perros una noche.

El olor que se te pega por estar metido con ellos, dentro, durante días.

Irene se quedó muy quieta. Y mientras Ramiro le hablaba del brazo, con su cara de buena persona, su cabeza fría puso una cosa al lado de la otra.

Dentro del laberinto, cuando soltaron la jauría, los perros habían entrado a por todos. A por la pieza anónima del centro, que chilló y calló. A por ellos, que tuvieron que meterse por un agujero para salvarse. A por cualquier cosa que se moviera y oliera a presa.

A por Ramiro, no.

Ramiro había cruzado su pasillo limpio, su zona sin perros, y ella había creído que era porque conocía el mapa y sabía por dónde no iban a soltarlos.

Pero no era el mapa. Era esto. Los perros no iban a por Ramiro por la misma razón por la que un perro no muerde a su cuidador: porque lo conocían.

Porque olía a ellos. Porque era de la casa.

Lo habían tenido en las perreras con la jauría el tiempo suficiente para que los animales lo aceptaran como uno más, y luego lo habían soltado en el bosque vestido de cordero, a guiar al rebaño hacia los corrales, con la garantía de que ni sus propios perros le pondrían un diente encima.

Ahí estaba. La prueba que le había faltado en el laberinto, la que no se podía explicar de ninguna otra manera. No era una sospecha. Era un hombre que olía a perrera y al que los perros no cazaban.

Ramiro estaba plantado. Lo habían sembrado en el grupo como ella misma se había sembrado, solo que al revés: ella para entrar, él para entregar.

—No es nada —se oyó decir a sí misma, con una voz que salió tranquila, hasta agradecida, enseñándole el brazo—. Parece peor de lo que es. Gracias. Menos mal que apareciste.

Y le sonrió. Le sonrió a la cara, mirándolo a los ojos, con la misma cara de oveja agradecida que le había puesto a la entrada del laberinto, porque ahora tocaba justo lo contrario de lo que el cuerpo le pedía.

El cuerpo le pedía levantarse y abrirle la garganta con el alambre allí mismo.

Pero allí mismo estaban Lola y Téllez, que lo querían, que lo creían uno de ellos, y que si la veían atacar al pobre Ramiro que acababa de reaparecer la tomarían a ella por la loca, por el peligro, y a lo mejor hasta lo defendían.

No. A Ramiro no se le mataba delante de testigos que lo lloraran.

Se le mataba a solas, en un descuido, en la oscuridad, y se les contaba después a los otros lo justo, o nada.

Así que sonrió, y se guardó lo que sabía, y empezó la parte más difícil de toda la noche, que no era correr, ni esconderse, ni meterle el brazo a un perro en la boca. Era estar al lado de un hombre sabiendo que ibas a matarlo y que él no lo sabía, y comportarte como si tal cosa, y esperar.

¿Contárselo a Lola? Lo pensó un segundo, mirándola reír todavía por lo del brazo.

Y lo descartó. Lola no sabía mentir; se le veía todo en la cara.

Si Lola sabía lo de Ramiro, Ramiro lo sabría en diez minutos con solo mirarla, y entonces el plantado dejaría de fingir y se convertiría en otra cosa, en alguien que sabe el terreno y tiene amigos con escopeta y perros que no le muerden.

Mejor sola. Lo de matar siempre se hacía mejor sola; eso también lo decía su padre, aunque hablara de otra cosa.

Se levantó. Se sacudió la hierba. Se colocó en el grupo como una más, la cuarta, la callada, la del brazo mordido.

—¿Y ahora? —preguntó Téllez—. ¿Por dónde?

Ramiro miró a su alrededor, recuperando el mando con naturalidad, y señaló hacia los árboles del fondo, hacia una zona más baja y oscura.

—Por allí —dijo—. Conozco una vaguada que nos cubre.

Pues claro que la conocía.

Echaron a andar, Ramiro delante otra vez, marcando el paso.

Y por el camino hizo lo que llevaba haciendo toda la noche: cuidarlos.

Le preguntó a Téllez por las rodillas. Le dijo a Lola que aguantara, que ya faltaba menos para que amaneciera.

Era bueno. Era muy bueno. Y esa era la parte de verdad temible, la que le revolvía las tripas a Irene: que un hombre pudiera ser tan cálido, tan de fiar, tan exactamente lo que un grupo aterrado necesita, sabiendo todo el rato que los llevaba al matadero.

No fingía mal el cariño. Lo fingía perfecto.

Y a quien finge el cariño perfecto hay que cogerlo pronto, antes de creértelo tú también.

En un tramo, Ramiro se giró a mirarla. Un segundo de más.

—¿Bien, Nuria? —preguntó, con sonrisa de compañero.

A Irene se le paró el corazón pensando que algo se le habría visto en la cara. Le devolvió la sonrisa cansada y asustada de oveja, la de siempre.

—Bien —dijo.

Él volvió la vista al frente, tranquilo. No se le había notado. De momento.

Y Irene, andando detrás de él, empezó a contar. No árboles, esta vez. Empezó a contar las ocasiones. La vaguada que conocía. El primer recodo sin testigos. El primer momento en que Lola y Téllez fueran por delante y ella se quedara un paso atrás, con Ramiro al alcance del brazo izquierdo.

Una. Le bastaba con una.