9. El laberinto
El laberinto
Dentro, el seto se cerraba por encima de las cabezas y el cielo desaparecía.
Eran muros vivos de tres metros, de boj viejo y espino, tan tupidos que no dejaban pasar ni la luz roja de la luna, y entre ellos corrían pasillos de tierra apenas más anchos que dos personas, que doblaban, se cruzaban, se partían en dos sin previo aviso.
A los veinte pasos Irene ya había perdido la cuenta de los giros, y eso, en alguien que llevaba toda la noche contando árboles para no perderse, era una sensación nueva y mala.
El laberinto se la comía. Comía a cualquiera. Esa era la idea.
Iban en fila, Ramiro delante, eligiendo en cada bifurcación con la misma seguridad de siempre, sin dudar, como si llevara el plano cosido por dentro de los párpados.
Detrás de él, Téllez. Luego Lola. Irene cerraba, y según andaba iba arrancando, sin que nadie la viera, hojas de boj que dejaba caer cada pocos pasos en el lado derecho del pasillo, una miga de pan tonta y vegetal para saber por dónde había venido.
Si tenía que salir de allí sola, y empezaba a sospechar que tendría que hacerlo, quería poder.
Entonces, por encima de los setos, se encendió la luz.
No la suya. Una luz de verdad, blanca y potente, de foco, que barrió la copa del laberinto desde algún sitio alto y se quedó fija un momento sobre ellos, sobre el pasillo en el que estaban, como un dedo señalando. Y con la luz llegó la voz.
—Mirad, mirad, que ya han picado. —Venía de arriba y de cerca, amplificada, encantada—. Cuatro. Tenemos cuatro entrando en el jardín de la abuela. Récord de la temporada.
Irene levantó la vista. A un lado del laberinto, alzándose por encima de los setos, había una pasarela de piedra, una especie de mirador que algún antepasado de aquella gente había mandado construir justo para esto: para ver desde arriba a los que se perdían abajo.
Y en la pasarela, recortados contra el resplandor de sus propios focos, estaban ellos.
La familia. De cena de gala habían pasado a cena con espectáculo.
Distinguió la silueta gorda de Octavio, la quietud de Amalia, dos o tres bultos más.
Y, asomado a la barandilla, con un teléfono en alto y la otra mano saludando a una cámara que no estaba allí, el joven de la terraza. Bruno.
—Bienvenidos al laberinto —recitó, paseando el móvil por encima de ellos como quien hace un directo desde un balcón—.
Para los nuevos: esto lo plantó mi tatarabuelo en mil ochocientos y pico, y desde entonces no ha cambiado ni una rama.
Lo cual quiere decir que nosotros nos lo sabemos de memoria.
—Una pausa de showman—. Y vosotros no. Suscribíos, que esto se pone bueno.
Hubo risas arriba. Risas de mesa, de sobremesa, de gente que ha comido y bebido bien y se ha asomado al patio a ver morir a alguien de postre. A Téllez le salió de la garganta un sonido de animal acorralado. Lola, muy bajito, dijo una cosa que solo oyó Irene:
—Hijos de puta. Encima en vertical.
Irene no perdió el tiempo mirando hacia arriba.
Mirar hacia arriba era lo que ellos querían, que levantaran la cara y les dieran el plano del miedo en primer plano para el vídeo.
Bajó la vista al suelo, a los setos, al problema.
Porque aquello, por mucho mirador y mucha cámara, seguía siendo solo un problema de geografía, y los problemas de geografía tenían solución si uno dejaba de tener miedo el tiempo justo para pensar.
Lo primero: la luz de arriba les decía dónde estaban.
Lo segundo: las cuatro lamparillas que llevaban en la mano se lo decían también, y esas no se apagaban en el resto de la noche y dentro del laberinto eran cuatro chivatos amarillos moviéndose por los pasillos para quien mirara desde el mirador.
Lo tercero, y peor: en algún punto del jardín, hacia la izquierda, había empezado a oírse algo que hasta entonces no había sonado en toda la noche.
Perros. No ladridos sueltos. Un coro grave, ansioso, de muchos, encerrados todavía, arañando una puerta.
Las perreras. El tatarabuelo, además del laberinto, había dejado las perreras pegadas a él. Y los perros, esta noche, sabían que tocaba.
—Hay que salir de aquí —dijo Irene, y le salió la voz más de mando de lo que convenía, así que la rebajó—. Digo… deberíamos salir, ¿no? Esto es una ratonera.
—Esto es lo mejor que nos podía pasar —contestó Ramiro, sin girarse, avanzando—. Aquí dentro no nos ve bien ni Dios. Seguidme y no os separéis.
Y siguió eligiendo pasillos. A la derecha.
A la izquierda. Otra vez a la izquierda.
Irene, detrás, dejando caer sus hojas de boj, dejó de intentar leer el laberinto, que era ilegible, y se puso a leer a Ramiro.
Y lo que leyó le heló la sangre con esa frialdad limpia que ya conocía.
Ramiro no elegía al azar. Ramiro huía de los ladridos.
Cada giro que daba era un giro que los alejaba un poco más del coro de los perros y los acercaba un poco más a otra cosa, a una zona del laberinto de la que, por algún motivo, los perros no venían.
Tenía sentido, parecía sensato, era lo que haría cualquiera.
Salvo que cualquiera no sabe de antemano por dónde van a soltar a los perros.
Ramiro los estaba llevando, con mucho cuidado, al único sitio del jardín donde el peligro no eran los perros.
Y si el peligro de aquel sitio no eran los perros, pensó Irene, era porque iba a ser otro.
Lo vio confirmado un poco más adelante. El pasillo se abrió de pronto en una placita redonda, casi acogedora, con un banco de piedra en el centro como invitando a descansar.
Irene se paró en seco y echó el brazo hacia atrás para parar a los demás.
Conocía esa clase de regalo. En el monte, un claro demasiado bonito en mitad de la espesura suele ser una trampa: un sitio despejado a propósito para que la pieza salga a lo abierto y se la vea bien, o se le dispare mejor.
Miró el suelo alrededor del banco y vio lo que buscaba.
La tierra del centro estaba más oscura, más blanda, removida hacía poco y peinada con unas hojas por encima para disimular.
Debajo había un hoyo. Y, conociendo a aquella gente, algo con puntas dentro del hoyo.
Quien se sentara en ese banco a recobrar el aliento no se volvía a levantar.
—Por el borde —dijo, bajito, llevándolos pegados al seto, sin pisar el centro—. Por el medio no. Nunca por el medio.
Y al decirlo se fijó en una cosa. Ramiro ya iba por el borde.
Había rodeado la placita pegado al seto desde el principio, sin acercarse al banco, sin mirarlo siquiera, como quien ya sabe lo que hay en el medio.
Una presa reventada de cansancio se habría dejado caer en aquel banco a tomar aire. Ramiro ni lo había rozado.
Sonó el cuerno.
Tres toques, esta vez, graves, que cayeron sobre el laberinto desde lo alto del castillo, y arriba, en el mirador, alguien aplaudió como en el teatro.
Irene supo lo que significaba antes de que el coro de los perros, a la izquierda, cambiara de pronto de tono: de ansioso a libre.
Una puerta de hierro había chirriado en algún sitio.
La tercera fase. Habían soltado la jauría.
A partir de ese momento el laberinto dejó de ser un acertijo y se convirtió en una cuenta atrás.
Los perros entraron como entra el agua en una casa inundada, por todas partes a la vez, repartiéndose por los pasillos, callados ahora que cazaban, que era lo más terrible, porque un perro que ladra te avisa y un perro que viene a por ti en silencio no.
Se oían las uñas en la tierra. Se oía el jadeo.
Se oía, lejos, hacia el centro del laberinto, un chillido corto de alguien que no era de su grupo, alguna otra pieza que se había metido allí buscando refugio y había encontrado lo contrario, y luego un revuelo de gruñidos, y luego nada.
Para que nadie tuviera dudas de para qué servían los perros.
Arriba, el espectáculo había mejorado. Bruno se había inclinado tanto sobre la barandilla que parecía que iba a caerse de puro entusiasmo, narrando la entrada de la jauría como quien narra una traca de fin de fiesta.
—¡Y ahí van los chicos! —La voz le bailaba de gozo por encima de los setos—.
Mirad cómo se reparten, mirad qué maravilla.
Esto es instinto puro, señores, esto no se enseña en ningún sitio.
—Una pausa, y luego, en tono de corro de amigos—: Va, la cena a que el viejo no llega al centro. ¿Quién me la coge?
Una voz de mujer joven, ansiosa, se la cogió desde el mirador.
Casilda, supuso Irene, aunque le daba igual el nombre.
Le importaba el dato. Que para ellos, allá arriba, con su copa y su móvil, aquello no era una cacería, ni una ejecución, ni nada que pesara por la mañana en la conciencia.
Era una porra. Habían puesto a cuatro personas a correr delante de unos perros y se jugaban el postre a ver cuál duraba más.
Y eso, que tendría que haberle dado rabia, a Irene le dio algo más útil.
Le dio frío. Porque a la gente que te ve como una apuesta solo se le gana de una manera, y es haciendo que pierdan.
—Corred —dijo Ramiro, y por fin echó a correr él, y ya no parecía un líder tranquilizador. Parecía un hombre con un horario que cumplir.
Corrieron. Corrieron por pasillos que se repetían, doblando esquinas a ciegas, con el boj arañándoles los brazos y la respiración de los perros creciendo a la espalda, ganando terreno metro a metro, porque un perro corre el doble que una persona y lo sabe.
Por delante, el laberinto seguía abriéndose en dos en cada cruce, ofreciendo a cada paso una elección imposible entre dos pasillos negros idénticos.
Y ahí Irene tomó la única decisión que importaba en toda la noche, y la tomó en un cuarto de segundo, en una de esas bifurcaciones, viendo a Ramiro tirar hacia la izquierda, hacia su zona limpia de perros, hacia lo que él quería: no le siguió.
—¡Por aquí no! —siseó, y agarró a Lola del brazo, y tiró de ella hacia la derecha, hacia los perros, contra todo instinto—. ¡Téllez, conmigo!
Porque ella sí sabía algo que Ramiro creía que solo sabía él.
Sabía que las hojas de boj que llevaba media hora dejando caer estaban en el lado derecho de los pasillos.
Sabía, por tanto, por dónde se volvía hacia la entrada.
Y sabía, sobre todo, que el sitio al que Ramiro los llevaba, ese al que no iban los perros, no era seguro: era el sitio que la familia había reservado para el final, el plato fuerte, fuera lo que fuese.
Prefería los perros, que al menos eran sinceros.
Téllez dudó medio segundo entre la voz de Ramiro y la suya, y eligió la suya, quizá porque a la mujer callada ya la había visto acertar una vez aquella noche, en la ladera.
Fue con ella. Ramiro no. Ramiro, al ver que se le iban dos, gritó algo, gritó que era por ahí no, que se mataban, con una desesperación que tenía menos de miedo que de plan que se tuerce, y luego, como no podía perseguirlos sin meterse él también en la zona de los perros, hizo lo que terminó de decírselo a Irene casi todo: se quedó.
Eligió su pasillo seguro y desapareció por él, solo, dejando que el rebaño se partiera.
Un pastor de verdad no abandona a la mitad de las ovejas.
Un Judas, sí. Le faltaba una sola cosa para estar segura del todo, una prueba que no se pudiera explicar de otra manera.
Pero esa prueba tendría que esperar, porque ahora mismo, delante de ella, había un perro.
Lo vieron a la vez los tres, al doblar una esquina: un animal grande, oscuro, de pecho ancho, plantado en mitad del pasillo a diez metros, con la cabeza baja y los ojos devolviendo la luz de las lamparillas en dos puntos verdes. No ladró. Bajó las orejas y dio un paso.
—No corráis —dijo Irene, muy quieta, muy baja, extendiendo el brazo para frenar a los otros dos—. Si corréis, os caza. No le miréis a los ojos. Quietos.
El perro dio otro paso. Detrás de ellos, por el pasillo del que venían, se oyó jadeo de más perros acercándose.
Estaban a punto de quedar entre dos fuegos, en un callejón de seto sin más salida que hacia delante, donde esperaba el primer perro, o hacia atrás, donde venían los otros.
Geografía. Todo era geografía. Irene barrió el pasillo con la mirada, deprisa, buscando lo que su padre le había enseñado a buscar siempre.
No la salida que se ve. La que falta. Y la encontró.
A media altura del seto de la derecha, donde el espino se había secado y aclarado con los años, había un hueco.
Un boquete oscuro en la pared vegetal, del tamaño justo de una persona arrastrándose, que daba al pasillo de al lado.
Al pasillo por el que, si sus hojas de boj no mentían, se salía.
—El agujero del seto. A la derecha. Lola, tú primera. —Le puso su propia lamparilla en la mano, la apagó de un soplo sin pensárselo dos veces, descalificándose, dándose por muerta en las reglas de aquella gente, y prefirió estar muerta para ellos y viva para sí—. Sin luz. Vamos.
Lola se tiró al hueco y se arrastró. Téllez detrás, gruñendo, con el cuerpo viejo no entrándole por donde le entraba a la chica. El primer perro, al ver que las presas se movían, se lanzó. Y los otros, a la espalda, doblaron la esquina.
Irene empujó a Téllez por las piernas, metiéndolo en el agujero a la fuerza, sintiendo ya en la nuca el aire caliente del primer animal, sabiendo que cuando Téllez acabara de pasar a ella no le iba a dar tiempo, que el perro le llegaría a la mitad del hueco, y calculando, incluso entonces, con la última esquina fría de su cabeza, cuántos segundos podía comprarles si se giraba y le ponía a la bestia el antebrazo izquierdo, el del alambre, en la boca.
—¡Nuria! —gritó Lola desde el otro lado del seto, ya a salvo, alargando una mano por el boquete hacia ella—. ¡Dame la mano! ¡DAME LA MANO!