8. El rebaño
El rebaño
Lo de tomar la delantera había sido un error, y Irene lo supo en cuanto el arroyo quedó atrás y los cuatro se pararon a recobrar el aliento bajo un castaño viejo, mirándola.
La miraban a ella. A la callada, a la que casi no abría la boca, a la que de pronto había leído el monte y los había sacado de la ladera de la muerte por el único lado que estaba limpio.
Una presa de verdad no hace eso. Una presa de verdad se queda paralizada, o corre hacia la verja con los demás, o llora.
No señala direcciones con la seguridad de quien lleva un mapa en la cabeza.
Había que arreglarlo. Deprisa.
—Ha sido suerte —dijo, encogiéndose de hombros, bajando otra vez la voz y la mirada a su sitio de presa—. Mi padre era guarda de una finca. Algo se me pegó de cría, supongo. Pero no sé adónde vamos. De verdad que no.
Era media verdad, que son las que mejor funcionan.
Y funcionó: vio cómo se les relajaba la cara, cómo dejaban de mirarla como a un bicho raro y volvían a mirarla como a una más, asustada y con suerte.
Lo de guarda hasta era bonito; explicaba justo lo suficiente y escondía todo lo demás.
Y, sobre todo, le devolvía el mando a otro.
Porque lo último que necesitaba era que aquella gente la siguiera a ella.
Lo que necesitaba era poder seguirlos, mirarlos, y averiguar quién de ellos no era lo que decía ser.
Ramiro recogió el mando como quien recoge algo que se le había caído. Era lo suyo.
—Pues entonces pensemos —dijo, agachándose, alisando con la mano un trozo de tierra como si fuera a dibujar—.
Cándido, o como se llame ese hijo de perra, trabaja la cara este del monte.
Lo hemos visto. Si la verja está al este y él está al este, ir derechos a la verja ahora mismo es meternos en su boca.
Hay que rodear. Bajar, dar la vuelta por el sur, y subir a la verja por el otro lado cuando aclare un poco la cosa.
Sonaba razonable. Sonaba, de hecho, muy bien.
A Irene le sonó tan bien que volvió a apuntárselo en la columna que tenía a nombre de Ramiro, esa que desde lo de Sonia ya no cabía un renglón más.
Porque un hombre sacado de su vida y soltado en un bosque ajeno hacía doce horas no sabe que la verja está al este.
No sabe que hay un sur por el que rodear.
No dibuja mapas en la tierra. Lo sabía ella, que se había pasado un año estudiándolo. ¿Cómo lo sabía él?
—¿Y tú cómo sabes que hay un sur? —La pregunta no la hizo Irene. La hizo Lola.
Todos se giraron hacia ella. Lola estaba apoyada en el castaño, con los brazos cruzados y media sonrisa de vuelta en la cara, esa sonrisa que se le había caído en la ladera y que ahora, contra todo pronóstico, había vuelto a subir.
Irene lo notó y algo en ella, muy abajo, en un sitio que creía clausurado, se alegró. Mala señal.
—Lo digo por saber —siguió Lola, dulce—. Porque yo, mira, llevo toda la noche sin tener ni idea de dónde estoy. Norte, sur, el más allá. Para mí todo esto es un bosque negro lleno de millonarios con escopeta. Y de repente tú tienes brújula. Qué envidia.
—Sentido común —dijo Ramiro, sin perder la calma—. El terreno baja hacia allí. El agua baja hacia allí. Si el agua sabe ir hacia abajo, nosotros también.
—Mira qué bien. El agua. —Lola asintió despacio, como si lo considerara—. Oye, pues hala, sigamos al agua. Lo que no haría yo por una excursión guiada a estas horas.
Hubo hasta una risa pequeña, de Téllez, la primera cosa que se parecía a una risa desde que habían perdido a Sonia.
Era el efecto Lola. Irene empezaba a entenderlo: la chica no hacía chistes porque no tuviera miedo.
Los hacía precisamente porque lo tenía, mucho, y porque había decidido que, ya que aquellos señores los habían comprado para reírse un rato a su costa, por lo menos las risas no se las iba a regalar a ellos.
Se las quedaba para el grupo. Era una forma de no darles lo único que de verdad querían, que era el pánico.
Lola, a su manera tonta y valiente, era lo más parecido a una resistencia que había en aquel monte.
Y eso, para Irene, era exactamente el peso que no podía permitirse.
Echaron a andar otra vez, monte abajo, siguiendo el rumor del agua, con Ramiro delante.
Iban más juntos ahora, más callados, esa intimidad incómoda que da el haber visto morir a alguien al lado y seguir vivo de pura chiripa.
Téllez se había pegado a Lola sin decir nada, como antes se había pegado a él Sonia, y Lola le dejaba, y de vez en cuando le decía una tontería para sacarlo del pozo en que se había metido el viejo.
Irene los miraba por el rabillo del ojo, a los tres, y se descubría haciendo algo que no figuraba en ningún plan: cuidándolos.
Ya no calculaba solo su propia salida. Calculaba por dónde irían ellos, qué pendiente cansaría antes a Téllez, en qué punto Lola necesitaría una broma para no derrumbarse.
Se obligó a parar. No estaba allí para sacar a un rebaño del matadero.
Estaba allí por una sola persona, y esa persona no iba en aquel grupo.
En un tramo más llano, Lola se descolgó hasta ponerse a su altura.
—¿Tú nunca te asustas, Nuria? —preguntó, sin malicia, con curiosidad de verdad—. Lo digo porque mira alrededor. Todos vamos cagados. Yo me hago la graciosa para no ponerme a chillar. Téllez reza por dentro, se le nota. Y tú vas como quien hace cola en el banco. ¿Cuál es el truco?
—No hay truco —dijo Irene—. Es que ya he perdido cosas antes. Esto es una más.
Lola la miró un segundo, seria, como si le hubiera dado una respuesta más honesta de lo que esperaba.
—Joder. Pues vaya alegría de mujer eres tú —dijo al fin, y le dio con el hombro, suave, y volvió a sonreír—. Quédate cerca de mí, anda. Tú y yo de esta salimos, las dos. Lo presiento. Y a las que tienen presentimientos hay que hacerles caso, que para algo somos brujas.
Irene no contestó. Pero no se apartó, que ya era más de lo que debería haberse permitido.
Pero seguía mirándolos. Y seguía, sobre todo, mirando a Ramiro.
Lo observó durante un buen rato, con la paciencia con que su padre le había enseñado a observar a un animal del que no te fías.
Y cuanto más lo miraba, menos le cuadraba.
No era la seguridad con la que andaba, que ya era mucha.
Era que no se cansaba como los demás. Que no tropezaba.
Que cada vez que el monte ofrecía dos caminos, él elegía sin dudar, y elegía siempre el que tenía las paredes más cerca: un repecho entre rocas, un sendero encajonado, sitios donde, si aparecía algo, no habría por dónde salir corriendo.
Un hombre asustado busca lo abierto, lo que da escapatoria.
Ramiro buscaba lo cerrado. Buscaba embudos.
Como si supiera que al final de cada embudo había alguien esperando, y le diera igual, porque a él no le iba a tocar.
Hubo una prueba pequeña, sin buscarla. Lejos, hacia el este, sonó otro disparo, y detrás un grito corto que el viento trajo y se llevó enseguida.
Todos se encogieron. Téllez se santiguó.
Lola soltó un taco entre dientes. Hasta Irene, que ya no se asustaba de casi nada, notó el latigazo en la nuca.
Ramiro, no. Ramiro solo ladeó la cabeza un instante, calculó de dónde venía el ruido, y siguió andando, como un hombre que mira el reloj y comprueba que el tren llega puntual.
Esa fue la nota que más le pesó de todas.
Uno se acostumbra a muchas cosas en la vida.
A oír morir a alguien sin pestañear, en una sola noche, no se acostumbra nadie. A no ser que no sea la primera vez.
El monte se fue cerrando. Los árboles dejaron paso a unos setos altos, descuidados pero enormes, restos de un jardín que alguien rico había plantado hacía mucho y había dejado crecer salvaje, y entre los setos asomaban muros bajos de piedra, tapias, las esquinas de algo construido.
Un laberinto vegetal medio comido por el tiempo, con callejones verdes que se metían hacia dentro y se perdían en la oscuridad.
Ramiro se paró delante, y por primera vez en toda la noche sonrió.
—Aquí —dijo, satisfecho, como quien llega a casa—. Esto es perfecto. Aquí dentro los perros se vuelven locos, el olor se corta en cada esquina, y nosotros nos perdemos a propósito y que nos busquen. Vamos.
E hizo ademán de meterse entre los setos, hacia los callejones negros, hacia dentro.
Irene no se movió. Miró la boca del laberinto, aquella garganta de hojas que se tragaba la poca luz que había, y todo lo que su padre le había metido en el cuerpo a lo largo de una vida se le puso de punta a la vez.
Un sitio cerrado. Sin salidas. Donde el que conoce el dibujo de los pasillos tiene a su merced al que no.
Ramiro quería meterlos ahí dentro, sonriendo, con prisa, igual que se mete el ganado en el corral la víspera de la matanza.
Y aun así no dijo nada. Porque avisar a los demás significaba discutir con Ramiro delante de todos, y discutir con Ramiro significaba volver a ser la presa rara que sabía demasiado, justo el error que llevaba media noche reparando.
Y porque, si Ramiro era lo que se temía, la única forma de estar segura era seguirlo hasta el fondo del pasillo y ver con sus propios ojos quién los esperaba allí.
A veces, para cazar a un cazador, hay que dejar que crea que te está cazando a ti.
—¿Vienes, Nuria? —dijo Ramiro desde la boca verde, mirándola.
Y Irene, que sabía perfectamente que aquello era una trampa y que no sabía todavía si lo era para todos o solo para ella, hizo lo único que podía hacer para averiguarlo.
Sonrió, puso cara de oveja agradecida de tener un pastor, y lo siguió hacia dentro.