7. Primera sangre
Primera sangre
La ladera pelada medía unos sesenta pasos de luz de luna, y había que cruzarlos con una lamparilla encendida en la mano.
Sesenta pasos sin un árbol, sin una piedra grande, sin nada detrás de lo que esconderse.
Arriba, a la izquierda, el castillo seguía derramando su luz de fiesta.
Abajo, a la derecha, el monte se cerraba otra vez en negro, y allí, al otro lado de la ladera, estaban los árboles, la cobertura, lo único que en aquella noche se parecía a la salvación.
Entre una cosa y la otra, sesenta pasos de pasto raso bajo una luna roja, con siete lucecitas amarillas que, en cuanto echaran a andar, iban a quedar tan a la vista como velas en un pastel.
Ramiro lo planteó en voz baja, agachado en la linde, repartiendo cabezas.
—De dos en dos. Rápido y pegados al suelo. El que va, va y no se para. Si os paráis en mitad, estáis muertos.
—¿Y la luz? —preguntó Téllez—. Cruzar eso con el farol en alto es regalarse.
—El farol se lleva. Es la regla.
—La regla la pusieron ellos —masculló el viejo—. Y ellos no están cruzando nada.
Nadie tenía una respuesta buena. La luz te delataba; apagarla te descalificaba, y en aquella noche descalificarse era una palabra fina para otra cosa.
Al final hicieron lo único que se podía hacer: bajar las llamas todo lo posible, taparlas con el cuerpo, y correr.
Irene, que llevaba la suya a media altura desde el principio, no tuvo que cambiar nada.
La pegó a la cadera, se subió la manga izquierda un dedo para notar el alambre, y esperó su turno mirando el otro lado de la ladera, contando los pasos por adelantado, dibujando la línea recta más corta entre el sitio donde estaba y el primer tronco grueso del bosque de enfrente.
Mientras esperaba su turno, hizo lo otro que sabía hacer.
Miró el monte negro de la derecha, ese al que iban a darle la espalda durante sesenta pasos, y trató de leerlo.
No vio nada. Ni un brillo de linterna, ni una rama moviéndose, ni el resplandor de un cigarro.
Y eso, en lugar de tranquilizarla, le erizó la nuca.
Los señores de la terraza hacían ruido y luz; aquel trozo de monte, en cambio, estaba demasiado callado.
Demasiado quieto. De esa quietud que en el campo no quiere decir que no haya nadie.
Quiere decir que hay alguien que sabe estarse callado y esperar.
En algún punto de aquella oscuridad estaba el hombre del que había hablado la mujer de la cena, el que valía él solo por toda la batida, y ellos estaban a punto de cruzarle por delante un escenario iluminado.
Cruzaron los primeros. Una pareja de desconocidos, agachados, deprisa, las luces dando tumbos.
Llegaron. Cruzó la mujer del pelo blanco, más lenta, arrastrando los años y el miedo, con el chaval empujándola por la espalda y mirando a cada paso hacia la derecha, hacia el silencio.
La llama de la vieja temblaba como loca.
Irene la siguió con los ojos, el pecho haciéndole esa cosa apretada y controlada, esperando el disparo en cada zancada.
No llegó. Los dos se hundieron en lo negro del otro lado, vivos.
Y a Irene aquello no la tranquilizó. Un cazador que deja pasar a los lentos y a los torpes no es un cazador despistado.
Es un cazador con paciencia, que no malgasta el primer tiro de la noche y espera a tener delante un blanco que se lo merezca.
La ladera, por un momento, pareció lo que decían que era: un trozo de monte que se podía cruzar si tenías suerte y prisa.
Le tocó a Sonia.
Iba con Téllez, como había ido toda la noche, agarrada a su manga.
El viejo tiró de ella hacia el descampado, le dijo algo al oído, y echaron a correr los dos juntos, él delante, ella media zancada por detrás, con su lamparilla temblándole en la mano que le quedaba libre.
A los veinte pasos, a la mitad, a Sonia se le encabritó el miedo.
Dejó de correr en línea recta. Levantó el farol, sin querer, en un reflejo de buscar el suelo con la luz, y la llama subió por encima de su cabeza y la pintó entera, de la coronilla a los pies, en mitad del pasto, como si alguien hubiera puesto un foco sobre el escenario y hubiera dicho: esta.
—Baja la luz —siseó Irene desde la linde, sabiendo que no iba a oírla—. Baja la luz, baja la luz.
Sonó un solo disparo.
Vino del monte negro de la derecha, de un sitio donde nadie había visto ni un brillo ni un movimiento, seco y corto, y se llevó por delante todo el ruido de la noche durante un segundo entero.
Sonia se paró. Se quedó de pie un instante más de lo que tienen sentido las cosas, con la luz todavía en alto, y luego se dobló y se fue al suelo sin un grito, despacio, como se desinfla algo, y la lamparilla rodó por el pasto unos metros y se quedó ardiendo sola, tumbada, alumbrando la hierba para nadie.
Téllez se giró. Volvió dos pasos. Alargó la mano hacia el bulto oscuro en el suelo, hacia la chica que había arrastrado media noche sin conocerla de nada, y por un segundo Irene pensó que iba a cometer la estupidez de quedarse.
Y entonces lo entendió todo de golpe, con la frialdad de un cálculo que se hace solo.
El que había disparado no era ninguno de los señores de la terraza.
Los señores cazaban a voces, con linternas potentes, silbando, con prisa por divertirse.
Aquel disparo había salido de la nada, sin luz, sin aviso, desde un sitio elegido con tiempo.
Era el otro. El que la mujer de la cena había dicho que valía él solo por toda la batida, el que llevaba en el monte desde antes del primer cuerno.
Cándido. La bota sobre el rastro tenía por fin un nombre, y el nombre estaba a oscuras, recargando, a no más de cuarenta metros, mirando la única luz que quedaba encendida en mitad del descampado, que era la de Sonia, tumbada en la hierba.
Mientras esa luz siguiera ardiendo allí, los ojos de Cándido estarían fijos en ella y no en otra parte.
Irene no parpadeó. Hizo lo que el cuerpo, vaciado y afilado durante semanas, sabía hacer mejor que sentir: aprovechó el regalo.
—Ahora —dijo, baja y clara, agarrando a Ramiro de la chaqueta y empujándolo hacia el descampado—. Mientras mira la luz de ella. Pegados, agachados, sin pararos. Ya.
No corrió hacia Sonia. Corrió hacia los árboles.
Cruzó los sesenta pasos en diagonal, lejos de la lamparilla encendida que tenía clavada la atención del cazador, con Ramiro a un lado y, sin haberlo decidido del todo, una mano en la muñeca de Lola tirando de ella, porque Lola se había quedado mirando el bulto de Sonia con la cara descompuesta y había que arrancarla de allí o perderla también.
Fue ayuda, pero ayuda con cuentas: salvaba lo que se podía salvar deprisa y de camino, no lo que costaba volver atrás.
A Téllez le bastó ver que los demás se movían para soltar por fin a Sonia, soltar el aire, y venirse con ellos, viejo y entero y con una cosa rota por dentro que no le iba a servir de nada esta noche.
Cándido disparó otra vez. La bala se llevó una rama por encima de sus cabezas, alta, calculada para asustar más que para acertar, o tal vez no, tal vez es que en la oscuridad y en diagonal hasta el mejor falla.
Los sesenta pasos se hicieron seiscientos.
El pasto raso no ofrecía dónde agarrarse, la luna lo enseñaba todo, y cada zancada era una apuesta a que el siguiente tiro no llevara su nombre.
Irene corría agachada, con la lamparilla estrangulada contra el cuerpo para que no diera ni un destello, leyendo el suelo a oscuras por puro instinto para no caerse, tirando de Lola cuando flaqueaba, oyendo a Ramiro resoplar a su izquierda y a Téllez quedarse atrás y volver, viejo y terco.
La línea de árboles crecía delante, negra y salvadora, a treinta pasos, a veinte, a diez.
Llegaron a los árboles. Se metieron entre los troncos como ratas por un agujero, y la cobertura los tragó, y siguieron corriendo monte adentro hasta que el castillo desapareció a su espalda y el descampado con su única vela encendida quedó atrás, lejos, en otro mundo.
Pararon en un barranco, sin aliento, cuando Ramiro juzgó que ya no los seguía nada de cerca.
Eran menos. La pareja de desconocidos no estaba; se habrían perdido en el cruce, escapado por su lado, o no, vaya uno a saber.
La mujer del pelo blanco y el chaval tampoco; los había engullido la noche en algún punto de la huida, vivos o no, separados del grupo para siempre.
De los que habían salido juntos de la explanada quedaban cuatro.
Ramiro, Téllez, Lola y la mujer que ellos llamaban Nuria.
Sonia se había quedado en la hierba, alumbrando el pasto con una lamparilla que nadie iba a recoger.
Nadie habló durante un rato largo. Lola tenía la espalda contra la pared de tierra del barranco y se miraba las manos como si fueran de otra. Téllez, sentado, con los codos en las rodillas, repetía muy bajo una cosa que no se entendía, quizá el nombre de la chica, quizá nada.
Lola abrió la boca una vez, como si fuera a decir algo, alguna de las suyas, algún chiste para tapar el agujero. No le salió. La volvió a cerrar. Y a Irene, que ya la tenía fichada como la que aguantaba a base de reírse, aquel chiste que no llegó le dijo más que cualquier llanto.
—No ha sido culpa de nadie —dijo Ramiro al cabo, con esa voz suya de hombre que sabe poner orden—. Levantó la luz. En cuanto levantó la luz, ya estaba. No se podía hacer nada.
Era verdad y era mentira a la vez, y a Irene le interesó más cómo lo dijo que lo que dijo.
Lo dijo demasiado tranquilo. Lo dijo como quien ya ha visto morir a gente en estos montes y se ha acostumbrado, y eso, en un hombre que se suponía tan presa y tan recién llegado como los demás, era una nota que desafinaba.
La archivó al lado de las otras notas que ya llevaba de Ramiro. La columna empezaba a estar llena.
Por dentro, Irene no lloraba a Sonia. Lo intentó, casi por disciplina, por comprobar si todavía le quedaba el resorte, y no lo encontró.
Lo que encontró fue el viejo pensamiento, frío y limpio, el mismo que había aprendido a los pies de su padre cuando una pieza caía y había que seguir: una menos en el monte.
Una luz menos encendida para confundirse con la suya.
Un cazador, el peor de todos, ocupado durante unos minutos cobrándose lo suyo, lo cual les daba a ellos esos mismos minutos de ventaja.
Era una manera atroz de pensar en una chica que había muerto con un farol en alto y cara de no entender nada.
La pensó así de todas formas, porque era verdad, y porque la verdad, a aquellas horas, pesaba menos que la pena.
Lo que sí la detuvo un segundo, más que la muerte de Sonia, fue comprobar lo poco que la detenía.
Hubo un tiempo, no tan lejos, en que algo así la habría doblado por la mitad.
Ahora lo registraba igual que se registra el parte del tiempo.
Anotó también eso, en una columna nueva, la suya, y siguió adelante.
Ya lloraría después, si quedaba un después y quedaba con qué.
Lo único que la pena le dejó fue una cosa pequeña, que se guardó para sí: que Sonia, al final, había servido de algo. Había marcado dónde estaba Cándido. Un disparo se ve de dónde sale.
Se levantó antes que los demás, se acercó a la boca del barranco y miró el monte negro, leyendo lo que el oído y el olfato le contaban del sitio del que había venido el fogonazo, calculando ángulos, descartando direcciones.
Si Cándido estaba allí, a la derecha y arriba, trabajando esa cara del monte, entonces la cara de la izquierda, la del arroyo que se oía abajo, estaba por ahora limpia.
No era la dirección de la Verja. Era justo la contraria.
—Por aquí —dijo, señalando hacia el sonido del agua, monte abajo y a la izquierda, lejos del este, lejos de la salida que les habían prometido y hacia la que todos los demás, en aquel momento, en todo el bosque, estaban corriendo como ovejas.
—La verja está al otro lado —dijo Ramiro, mirándola.
—Ya lo sé —dijo Irene.
Y echó a andar hacia el agua sin esperar a ver si la seguían.