6. El cuerno
El cuerno
Hacía el frío de la hora que va antes del amanecer y todavía no lo es.
Un frío que no muerde, que se mete despacio, que sube desde el suelo por las plantas de los pies y se instala a vivir en los huesos.
Los que esperaban en la explanada lo notaban cada uno a su manera.
Unos temblaban. Otros se abrazaban el cuerpo.
Una mujer mayor, con el pelo blanco recogido a toda prisa, movía los labios sin que saliera sonido, rezando o contando, igual que había hecho en la furgoneta.
Irene lo dejaba subir. El frío era una de esas cosas que, si las peleas, te ganan, y que si las dejas hacer, se cansan antes que tú.
Lo sabía de las esperas largas al raso, de cría, al lado del padre, los dos quietos en la oscuridad aguardando a que un animal cometiera el error de su vida.
La diferencia era que esta vez el animal que esperaba el error era ella, y que el otro, el que iba a cometerlo, todavía no sabía que existía.
Los miraba de reojo, a los demás, sin moverse.
Un chaval que no paraba de preguntar en voz baja si aquello era de verdad, si de verdad iban a, como si decirlo en alto pudiera deshacerlo.
Dos desconocidos a los que el miedo había emparejado en cinco minutos, cogidos de la mano.
Gente normal, con deudas y mala suerte y nadie que los buscara, a la que le habían prometido una salida y que se había subido a una furgoneta para poder creérsela.
Iban a morir casi todos antes del amanecer y todavía no lo sabían del todo.
Ese saber a medias, ese saberlo sin querer saberlo, era lo que los tenía temblando bajo la luna.
Irene no temblaba. Era la única diferencia que se veía por fuera, y bastaba.
Detrás habían quedado el muro, la verja del patio, la mujer elegante con su lista y su «mucha suerte». Delante estaba el monte negro, sin una sola luz, esperando. Y en medio, ellos, el rebaño, apretado bajo la luna roja que colgaba del torreón como un ojo inyectado en sangre.
Le pusieron el farol en la mano sin preguntar, igual que se le pone una vela a un muerto.
Pesaba.
Pesaba poco al principio, lo justo para olvidarse de él, pero Irene ya sabía, porque había cargado cosas toda la noche otras veces, que aquel peso iba a crecer.
Que dentro de tres horas el brazo le pediría dejarlo, y dentro de cinco se lo suplicaría, y que la lamparilla encendida acabaría siendo lo único en todo el monte que estaba de parte de ellos y en contra suya al mismo tiempo.
La luz era la correa. Lo había entendido del todo escuchando a los señores en su terraza: la llevabas encendida porque te obligaban, y al llevarla encendida ibas diciendo dónde estabas a cada paso.
La cogió por el aro, la notó tibia, y la bajó hasta la cadera, a media altura, donde apenas alcanzaba a alumbrarle las botas.
Que mi luz sea la más pobre de todas, pensó. Que se aburran conmigo.
El hombre de los guantes les recitó otra vez las reglas, de carrerilla, sin mirarlos a la cara: el farol encendido, la Verja del Alba, las dos horas de ventaja.
Irene escuchó con la barbilla baja y los hombros encogidos, una presa más.
Por dentro no oía nada nuevo. Se sabía las reglas mejor que el que las leía, y se sabía también la que él no decía: que la Verja no era ninguna salida.
Era una boca. Y el que corría hacia ella corría hacia los dientes.
A su alrededor, los demás se preparaban para correr.
Se ataban los cordones, se frotaban las manos, se decían unos a otros que saldría bien, que en grupo era más fácil, que dos horas daban de sobra.
Irene no se preparaba para correr. Llevaba semanas preparándose para lo otro, para lo que venía después de correr, y en aquel último minuto de quietud terminó lo que había empezado el día que dejó de pagar las facturas: se quedó sin Irene.
La fue soltando como se suelta el lastre, capa a capa.
La hermana. La casa del padre. El nombre propio.
Soltó hasta el último mensaje de Sara, que llevaba meses escuchando por los ruidos del fondo más que por la voz; esta noche ya no necesitaba el mapa, porque había llegado por fin al sitio que el mapa señalaba.
Cuando terminó de soltar, en el cuerpo no quedaba más que un propósito con forma de mujer asustada, una lamparilla a media luz y un rollo de alambre cosido al antebrazo, aguardando, como había aguardado el cepo en su gancho, a que algo se acercara lo suficiente.
A partir de aquí, se dijo, ya no hay antes. Solo noche.
Y el cuerno sonó.
Un toque largo, grave, que no venía de ninguna parte y venía de todas, que entró por los pies con el frío, subió hasta el pecho y lo llenó.
El rebaño se estremeció entero, a la vez, como un solo animal al que pinchan.
Alguien gimió. La mujer del pelo blanco dejó de rezar de golpe.
El de los guantes señaló el monte negro con un gesto cansado, como quien abre la cancela para que salgan las ovejas.
—Ya pueden irse —dijo, sin levantar la voz.
Durante medio segundo nadie se movió. Medio segundo en que todos, hasta los más asustados, entendieron a la vez qué clase de libertad era aquella que les regalaban: que correr era la trampa y quedarse era la muerte, y que les dejaban elegir solo entre esas dos para que la elección la sintieran suya.
Y luego echaron a correr.
Irene corrió con ellos. Apretó el farol contra la cadera para que no la vendiera, midió el primer paso en el barro y al segundo ya iba leyendo lo que pisaba, el viento de cara, la caída del terreno, igual que de cría.
El cuerpo, que llevaba semanas fingiendo la torpeza de una presa, se acordó de golpe de para qué servía de verdad.
Las piernas encontraron solas el paso largo y callado del que se mueve por el monte de noche desde antes de aprender a hablar. No corría huyendo. Corría entrando.
A su espalda se cerraban el muro, el patio, la mujer de la lista y todo lo que había sido.
Delante se abría el monte, negro y enorme y suyo, donde la esperaban su hermana, o lo que quedara de ella, y un puñado de señores con escopetas que todavía no sabían que aquella noche habían soltado, entre las liebres, a algo que no lo era.
No volvió la vista atrás.