5. Las reglas del juego
Las reglas del juego
Visto de noche y con todas las luces encendidas, el castillo parecía un transatlántico encallado en mitad del monte. Enorme, iluminado, absurdo, hundiéndose muy despacio en un mar de árboles negros sin que nadie a bordo se diera por enterado.
El terreno los había ido empujando hacia él en vez de alejarlos, que era lo último que Irene habría querido y exactamente lo que el monte mandaba.
Para seguir hacia el este había que cruzar una ladera pelada, sin árboles, a la vista de la cara de levante del castillo, donde una terraza larga colgaba sobre los jardines con la luz derramándose hacia la oscuridad.
Cruzar aquello con un farol encendido era pintarse en el centro de una diana.
Así que el grupo se había metido en la linde, en lo negro, a esperar el momento, y desde allí, agazapados, veían la terraza igual que se ve un escenario desde el patio de butacas a oscuras.
Estaban cenando.
Una mesa larga, vestida de blanco, con velas y candelabros y el brillo de los cubiertos, montada al aire libre bajo unos braseros, como si en lugar de una cacería celebraran una boda.
Criados de chaqueta entrando y saliendo con bandejas.
Y alrededor, repantingada, riéndose, comiendo, la gente a la que pertenecía la noche.
Carcajadas que bajaban por la ladera limpias, sin esfuerzo, porque no tenían ningún motivo para hablar bajo.
El que es dueño de la oscuridad no la teme. Habla a voces dentro de ella.
Abajo, repartidas por el monte, se movían las luces.
Las otras presas. Puntitos amarillos temblando entre los árboles, lejos unos de otros, subiendo, bajando, parándose, como luciérnagas perdidas.
Y en la terraza, un hombre joven se había levantado con una copa en una mano y el móvil en la otra, grabando hacia el valle, hacia las luces, narrando.
—Y aquí las tenemos —llegó su voz, encantada de sí misma—, en su hábitat natural.
Observen el ejemplar de la izquierda. Lleva veinte minutos dando vueltas en redondo.
Cree que avanza. Es precioso. —Una pausa de actor—.
Dadle al like si queréis que sobreviva. Pulgar abajo si no.
Decidís vosotros, que para eso sois el público.
Risas. Una mujer le dijo que se sentara, que se le iba a enfriar el solomillo. Él la mandó a paseo con cariño y siguió grabando.
El barrido del móvil, con su puntito azul de led, cruzó la ladera y subió hasta la linde donde estaban ellos.
Irene notó, más por el aire que por los ojos, que todo el grupo dejaba de respirar a la vez.
La luz se quedó un instante quieta sobre los árboles, justo encima de sus cabezas, mientras Bruno entornaba los ojos hacia la pantalla buscando algo que diera espectáculo.
No encontró nada. Un puñado de gente parada en lo oscuro, sin un solo farol en alto, no es más que más oscuridad.
El móvil reanudó su paseo hacia el otro lado del valle.
El grupo volvió a respirar, y a Irene aquello le confirmó, mejor que cualquier cálculo, que tenía razón en lo de la luz.
—Bruno —dijo otra voz, esta más profunda, más lenta, masticando las palabras con gusto—. Deja eso. No tiene ninguna dignidad.
El que hablaba presidía la mesa. Mayor, ancho, con una de esas caras que de joven debieron de ser guapas y que la buena vida había ido inflando hasta volverlas blandas. Levantó la copa para acompañar las palabras, como un cura en el púlpito alza el cáliz, sin intención de bebérsela.
—Esto que hacemos no es matar por matar. Es una de las cosas más viejas y más limpias que le quedan al hombre. La sangre se purifica con la sangre. El que corre y llega, vale. El que corre y cae, no valía. Lo demás son cuentos de ciudad.
—Padre, eso lo dijiste el año pasado —contestó Bruno, sin dejar de grabar—. Y el anterior. Palabra por palabra. Deberías cambiarle algo, aunque sea para los que repiten.
—Porque sigue siendo verdad. Las verdades aburren, Bruno. Por eso la gente prefiere mentir. Es más entretenido.
Octavio. Lo llamó Octavio una mujer que estaba a su derecha, sin levantar la vista del plato, con una voz de hielo educado que a Irene le erizó algo en la nuca antes de entender por qué.
—Octavio, hazme el favor de no empezar con el sermón hasta los postres.
—La mujer dejó los cubiertos, se limpió las comisuras con la servilleta y miró hacia el valle con el ceño de quien revisa una factura—.
Y de paso explícame por qué este año esto está tan flojo.
Mira esos faroles. Apáticos. Se rinden a la media hora.
El año pasado por lo menos trajeron a alguien que sabía correr.
Esto de hoy es una falta de respeto al bosque.
La conocía.
Irene, en lo negro de la linde, con el corazón haciéndole una cosa rara y muy controlada en el pecho, la reconoció de golpe: la ropa cara fuera de sitio, las uñas, la calma del que nunca ha tenido un motivo para tener miedo.
Era la mujer de la mesa con el farol y la carpeta.
La que la había apuntado en una lista hacía unas horas y le había deseado mucha suerte con una cortesía perfecta y vacía.
La que registraba la mercancía. Y aquí, a la luz de los candelabros, presidía la cena con su marido como una señora cualquiera quejándose de que el catering había venido mediocre. Amalia. Alguien la llamó Amalia.
No era la peor de la mesa porque gritara más.
Era la peor porque no gritaba nada. Octavio vendía la función; Amalia la administraba.
Y a Irene, que llevaba toda la vida leyendo quién manda de verdad por cómo se mueven los demás alrededor, no se le escapó que cada vez que Amalia hablaba, hasta Bruno bajaba un punto el volumen.
—Madre tiene razón —dijo entonces otra voz, femenina, joven, ansiosa por sumarse—. Habría que endurecer la criba. Si yo llevara el reclutamiento...
—Tú no llevas nada, Casilda —cortó Bruno, dulce como el veneno—. Tú comes y aplaudes. Como todos.
Casilda se calló, con una sonrisa apretada que prometía cobrarse aquello más tarde. Irene archivó el gesto. Una casa así, por dentro, tenía grietas. Las grietas servían.
Solo uno no participaba.
En una esquina de la mesa, un poco apartado, había un chico que no se reía.
Joven, moreno, con una copa intacta delante y la mirada puesta en el mantel, como si contar los hilos del bordado fuera preferible a levantar los ojos hacia el valle donde se movían las luces.
No grababa, no brindaba, no opinaba. Cuando Bruno soltó lo del pulgar abajo, aquel chico cerró un momento los ojos, despacio, igual que se aprieta uno una herida.
—Adrián, hijo, esa cara —le dijo Amalia, sin mirarlo, untando mantequilla en un panecillo—. Si te aburre, vete a la cama. Pero no nos amargues la cena con tu conciencia. Es de muy mal gusto.
El chico no contestó. Bebió por fin, de un trago largo, y siguió mirando el mantel.
Irene lo guardó en la lista, en una columna que todavía no sabía para qué iba a servir: el que está dentro y no quiere estar.
Por un segundo le pesó aquel chico más que los otros.
Apartó la idea; la lástima, en aquel bosque, era peso muerto, y ella ya cargaba con bastante.
Pero no lo borró de la lista. Un Aldecoa que odiaba a los Aldecoa podía ser, llegado el caso, una puerta.
Mientras los oía, no dejó de hacer lo único que sabía hacer en sitios como aquel. Contar. Calcular. La cena le estaba regalando, gratis, entre risas, todo lo que necesitaba saber.
Que la ventaja era mentira: Octavio, pavoneándose, comentó que Cándido llevaba en el monte desde antes del primer cuerno, oliendo el terreno, y que ese hombre valía él solo por toda la batida.
La bota sobre el rastro. Ahí estaba la explicación.
Nadie les había dado dos horas limpias. Las dos horas eran para que el rebaño se confiara y se desperdigara.
Que la noche venía por fases, y cada fase soltaba algo peor.
Primero ellos, las liebres. Después, al segundo cuerno, los hombres, los señores de la mesa con sus escopetas.
Después, al tercero, la jauría de Cándido.
Y al final, antes del alba, todos convergiendo hacia un único sitio, la Verja, porque a esas alturas las piezas ya solo querían la salida que les habían prometido y corrían en línea recta hacia ella, hacia donde las esperaban.
La fase del cuervo, la llamó Octavio, con una sonrisa de niño que cuenta el final de un cuento que le gusta.
Que el farol no era una ayuda. Era una correa.
Lo llevabas encendido porque te obligaban, y al llevarlo encendido les decías dónde estabas a cada paso.
Por eso ella, desde el principio, lo había mantenido bajo, a media luz, sin saber del todo por qué y sabiéndolo ahora del todo.
Su puntito, si lo miraban desde la terraza, sería el más pobre y aburrido de todos. Mejor. Que se aburrieran con ella.
Lo tenía. Tenía el reloj de la noche entero, dibujado por dentro, con sus horas y sus peligros colocados en fila. Solo le faltaba que empezara a correr de verdad.
Y entonces, monte abajo, sonó el cuerno por segunda vez.
Dos toques largos, graves, que subieron por la ladera y entraron en la terraza, y la mesa entera levantó la copa a la vez, como en misa, hasta el chico de la esquina, que la levantó sin ganas, obligado por la sangre que llevaba. Octavio se puso en pie.
—Señores —dijo—. Es la hora. Suerte a todos, y que gane el que más valga.
Se oyó, dentro del castillo, ruido de hombres y de perros y de cosas de metal. Las escopetas salían al monte.
En la linde, en lo negro, Irene notó que el grupo a su espalda se encogía, que a Sonia le castañeteaban los dientes, que Ramiro empezaba a susurrar que había que cruzar la ladera ya, aprovechando que arriba estaban con el brindis. Tenía razón, por una vez. Había que moverse.
La parte fácil de la noche se había terminado. Acababan de soltar a los cazadores, y a partir de ahora el monte dejaba de ser un sitio por el que esconderse para convertirse en un sitio por el que correr.
Irene se levantó del suelo helado, miró la ladera pelada que tenían que cruzar y empezó a contar, antes de dar el primer paso, cuántos segundos al descubierto los separaban de los árboles del otro lado.