Corre, si puedes 4. Nuria
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4. Nuria

Nuria

Para fabricar una presa hacían falta tres cosas, y Irene se las fue montando una a una, despacio, como quien arma un cepo: pones una pieza, pruebas el muelle, pasas a la siguiente. Una deuda. Una soledad. Y una historia que diera pena sin levantar sospecha.

La deuda fue la parte fácil, porque deber dinero es lo más sencillo del mundo: basta con dejar de pagar.

Dejó de pagar. Dejó que se acumularan los avisos, las llamadas, las cartas con membrete de colores agresivos, hasta tener encima una cifra fea y redonda y unos cuantos nombres de gente a la que de verdad se le debía.

No hizo falta inventar nada. Solo soltar las riendas de la vida ordenada que llevaba y dejar que se despeñara sola, que es lo que hacen las vidas en cuanto las sueltas.

La soledad costó un poco más, porque a Irene, a diferencia de la presa que quería ser, todavía le quedaba alguien que podría echarla en falta.

Poca gente. Una compañera de la antigua vida con la que tomaba café cada tanto.

Un vecino que le recogía el correo. Los fue despidiendo sin que se notara que era una despedida.

A la del café le dijo que se iba al extranjero a empezar de cero, le sonrió, le deseó suerte, le dijo que ya escribiría, y supo, al cerrar la puerta de la cafetería, que aquello era lo último.

Al vecino le dejó las llaves y una excusa.

En quince días se convirtió en lo que el sistema no busca: una mujer sin familia que mira, endeudada, que le ha dicho a todo el mundo que se marcha lejos.

La clase de persona que puede desaparecer un martes y que nadie denuncia hasta marzo, si es que alguien denuncia.

La clase de persona que había sido Sara.

Eso fue lo que más frío le dio de todo el proceso, y lo pensó una sola vez, deprisa, para no volver a pensarlo: que para encontrar a su hermana tenía que convertirse, pieza por pieza, en su hermana. En la versión de su hermana que se habían podido llevar sin que el mundo moviera un dedo.

La historia, la triste, la fue puliendo a partir de las otras.

Durante el año de tirar de hilos había leído muchas vidas de desaparecidos como Sara, y todas se parecían, y de todas sacó lo que necesitaba.

Nuria Vidal, treinta y tantos, un negocio que se hundió, un hombre que se fue con lo poco que quedaba, una racha de mala suerte de las que ya no remontan.

Nada espectacular. Las historias que cuelan son las aburridas, las que se han oído mil veces, las que el que escucha completa solo en su cabeza sin hacer preguntas.

Nuria Vidal daba pena de la pena cómoda, la que no obliga a nadie a investigar.

La noche antes de irse, sentada a la mesa de la cocina del padre, hizo dos cosas con las manos.

La primera, repasar de memoria la historia de Nuria hasta que dejó de sonarle a recitado y empezó a sonarle a verdad, hasta que pudo contarla sin pensar, con la pausa justa en los sitios que dolían.

La segunda, coser un rollo de alambre fino, del de cerrar fincas, a la cara interior de la manga izquierda, con puntadas pequeñas y apretadas, donde la tela hacía bolsa y nadie iba a palpar.

Probó que pudiera sacarlo de un tirón y que no sonara.

Salía limpio. No sabía aún para qué iba a servirle exactamente, pero su padre se lo había metido en la cabeza de cría: al monte no se entra a ver qué hay, se entra preparado para lo que falte.

El contacto con la oferta fue como ella había imaginado que sería: sucio, breve y educado.

Un número que circulaba entre los que ya tocaban fondo.

Una voz neutra que la citó en la trastienda de un bar de polígono, a las afueras, a una hora muerta.

Un hombre que no dio su nombre y que olía a tabaco rubio y a colonia cara mal puesta le explicó las cosas como quien ofrece un trabajo de fin de semana.

Una sola noche. Una finca grande, en el campo, lejos.

Un juego de señores con más dinero que escrúpulos, dijo, casi con guasa, como si él estuviera por encima.

Si aguantaba hasta el amanecer, salía con todas las deudas borradas y algo más en el bolsillo.

Si no aguantaba, bueno. Eran señores. A veces se ponían intensos.

Irene puso la cara de la que quiere creérselo porque no le queda otra cosa que creer.

Hizo las preguntas que haría Nuria, las del miedo, no las del cálculo.

El hombre las contestó a medias, lo justo para no espantarla.

En un momento la hizo repetir el nombre y a qué se dedicaba antes.

No le importaba la respuesta; era manía vieja de oler el miedo equivocado, el del que miente y no el del que se hunde.

Irene le sirvió a Nuria entera, con la voz cansada y la mirada gastada de quien ya no espera nada bueno, y el hombre asintió y volvió a lo suyo.

Una presa de verdad no sabe que la están examinando.

Ella lo sabía y no se le notó, que era lo difícil.

Y al final llegó la única pregunta que importaba, la que él hizo mirándola a los ojos por primera vez, sin guasa ninguna, con la voz un punto más fría:

—¿Hay alguien que vaya a buscarte? Familia, pareja, hijos. Alguien que vaya a dar la lata si no apareces.

—No —dijo Irene—. No hay nadie.

Y sonó tan verdad que al hombre se le relajó la cara, porque era la respuesta correcta, la que convertía a una persona en mercancía sin riesgo.

Irene lo vio relajarse y supo que había pasado la prueba.

Lo que la heló no fue mentir bien. Fue lo poco que había tenido que forzar la voz para que aquel «no hay nadie» sonara cierto.

La llevaron de noche, en una furgoneta sin ventanas, con otros tres bultos callados que olían a miedo y a desesperación rancia.

Enfrente, un hombre se mecía despacio, adelante y atrás, abrazado a sí mismo.

A su lado, una mujer movía los labios sin sonido, rezando o contando, vaya usted a saber.

Eran de verdad. Habían dicho que sí a la oferta porque de verdad no les quedaba nada, y se les notaba hasta en la forma de respirar.

Irene era la única de la furgoneta que iba allí porque quería, y se obligó a respirar como ellos.

Nadie habló en todo el trayecto. Una de las reglas que le habían recordado al subir era que los participantes no se hacían amigos antes de empezar, y nadie tenía ganas de incumplirla.

Irene iba con la frente apoyada en el lateral frío de la chapa, contando curvas, contando minutos, dibujando el camino por dentro, porque dos semanas antes había estado en aquella comarca con una mochila y cara de turista perdida y reconocía, por el ritmo de las cuestas, que la finca quedaba más o menos donde ella había calculado.

Saber dónde estás separa a los vivos de los que ya gritan monte abajo. Eso también era del padre.

Los bajaron en un patio empedrado, dentro de un muro, bajo una luna que empezaba a teñirse de rojo por un lado. Y allí, en una mesa con un farol y una carpeta, esperando a los recién llegados con la paciencia de quien hace esto cada año, estaba la mujer.

Iba bien vestida. Esa fue la primera incongruencia que Irene archivó: ropa cara, de ciudad, de teatro un viernes, en mitad de un patio de piedra que olía a ganado.

Una mujer de cierta edad, guapa de un modo seco, con las uñas pintadas de un color discreto y una calma que no se aprende: la de quien nunca, en toda su vida, ha tenido un solo motivo para tener miedo.

Miraba a los cuatro recién bajados como se mira un pedido que llega al almacén: comprobando que el número cuadre, que no venga nada roto.

—Nombre —dijo, sin levantar mucho la voz, sin necesitar levantarla.

—Nuria Vidal.

La mujer lo buscó en su lista, lo encontró, hizo una marca al lado.

No pidió un papel, no comprobó nada, no preguntó dos veces.

Lo apuntó como quien tacha un recado pendiente, y a Irene le pareció, solo un instante, que el sitio de Nuria Vidal en aquella hoja llevaba ya un rato esperándola, reservado, pero apartó la idea porque era buena en su trabajo y se dijo que era su propia preparación la que hacía que todo encajara tan suave.

La gente que prepara bien las cosas confunde a veces la suerte con su mérito.

—Bienvenida, Nuria —dijo la mujer, y por fin la miró a la cara, un segundo, con una cortesía perfecta y vacía—. Mucha suerte esta noche.

—Gracias —dijo Irene, y sonrió.

Sonrió bien. Sonrió con los ojos, agradecida y asustada, como la que se agarra a una última oportunidad y le da las gracias a la señora amable que se la concede.

Cruzó por su propio pie la verja que separaba el patio del resto de la finca, hacia donde la mandaban, hacia la oscuridad y la espera y la luna roja y todo lo que viniera después, con el alambre frío pegado al antebrazo y un nombre que no era el suyo bien sujeto en la boca.

Y mientras cruzaba, con la sonrisa todavía puesta, pensó una cosa y la apartó enseguida, como apartaba ya casi todo lo que tenía que ver con la mujer que había sido.

Que la sonrisa le había salido sola. Que no había tenido que fabricarla.

Que llevaba semanas convirtiéndose en Nuria y que, en algún punto del camino que no sabría señalar, había dejado de costarle.

Eso debería haberle dado miedo, si le hubiera quedado sitio dentro para tenerlo.

Pero había hecho hueco a base de vaciar, y en el hueco solo cabía ya una cosa, y esa cosa estaba dentro del muro, esperándola.

Echó a andar hacia la noche.