3. La ventaja
La ventaja
Unas horas antes de que Irene contara árboles bajo la luna roja y esperara, quieta, con un alambre enrollado al puño, la noche apenas había empezado.
Les daban los faroles de uno en uno, como quien reparte velas en una procesión.
Irene cogió el suyo de manos de un hombre con guantes que no le miró la cara.
Era una lamparilla de aceite, de hierro y cristal ahumado, con un aro arriba para colgarla y una llama dentro que ya ardía, pequeña y amarilla.
Pesaba menos de lo que parecía. Pesaría más a las tres horas de cargarla, cuando el brazo empezara a protestar y la tentación de dejarla en el suelo se volviera una voz dentro de la cabeza.
Lo sabía porque había cargado cosas toda la noche otras veces, en otro monte, detrás de otro hombre.
Cerró la mano en el aro y notó, contra el antebrazo izquierdo, bajo la manga, el rollo de alambre cosido a la tela.
Frío, fino, suyo. Eso no se lo había dado nadie.
Eran once en la explanada. Los contó sin mirarlos del todo, como se cuentan los árboles.
Once personas y una luna roja, enorme, colgada justo encima del torreón más alto del castillo, tan baja que parecía que pudieras tocarla si subieras a buscarla.
Once faroles encendiéndose de uno en uno y once caras saliendo de la oscuridad a la vez, y en todas la misma cosa: gente que había dicho que sí a una salida sin preguntar adónde daba.
Una mujer mayor, de pelo blanco, temblaba con su lamparilla en las dos manos como si rezara.
Un chaval de no más de veinte no paraba de preguntar, a nadie, en voz baja, si aquello iba en serio, si de verdad iban a, si esto era legal; nadie le contestaba.
Una chica menuda, de pelo corto, lo miraba todo con las cejas un poco levantadas, como si la hubieran arrastrado sin avisar a una obra de teatro malísima, y cada poco soltaba un comentario por lo bajo que no iba dirigido a nadie.
Esa fue la primera a la que Irene le puso atención.
Hacía chistes, y la gente que hace chistes en un sitio así suele ser la que más miedo tiene y la última en romperse.
Un hombre con guantes, distinto del de los faroles, se plantó delante de todos con una tarjeta plastificada en la mano y empezó a leer con la voz monocorde del que ha dicho lo mismo mil veces y ya ni lo escucha.
—Buenas noches y bienvenidos. —Pausa—. Por su seguridad, mantengan el farol encendido en todo momento. Apagarlo equivale a la descalificación.
—Descalificado —murmuró la chica del pelo corto, para sí, pero Irene la oyó—. Qué fino. Antes a eso se le decía muerto.
—Disponen de dos horas de ventaja antes de que dé comienzo la batida —siguió el hombre, sin inmutarse—.
Si alcanzan la Verja del Alba antes de la salida del sol, quedarán en libertad y todas sus deudas saldadas.
Las normas prohíben el uso de vehículos y de teléfonos, que ya les han sido retirados.
—Bajó la tarjeta, miró el reloj, no a ellos—. Les deseamos mucha suerte.
Y ya está. Eso era todo lo que les iban a explicar de cómo no morir.
Irene escuchó con la cara que tocaba, la barbilla baja, los hombros encogidos, una presa más aterrada y agradecida.
Por dentro no escuchaba. Por dentro ya sabía lo que pasaba al llegar a la Verja del Alba, lo había averiguado leyendo lo que faltaba en un año de tirar de hilos, y no pensaba ir.
La verja era el cuento. La verja era la zanahoria de oro que te ponen delante para que corras tú solo, en línea recta, hasta el único sitio del monte donde te están esperando.
Lo demás del discurso le interesaba más que la promesa.
Dos horas de ventaja. Eso sí era verdad, y eso sí servía.
A los demás, las dos horas les sonaban a una oportunidad de escapar. A ella le sonaban a otra cosa.
—Vale. Escuchadme. —El que había hablado era un hombre de unos cincuenta, ancho, con voz de mando suave, de los que tranquilizan con solo ordenar las palabras.
Se había puesto en medio sin que nadie se lo pidiera y la gente ya se giraba hacia él, agradecida de que alguien tomara las riendas—.
Lo peor que podemos hacer es desperdigarnos.
Solos nos cazan de uno en uno. Juntos somos un problema más grande y más lento de resolver.
Vamos en grupo, hacia el este, hacia la verja, sin correr al principio para no reventarnos.
Hay dos horas. Da de sobra si no perdemos la cabeza.
¿De acuerdo? —Recogió los asentimientos y añadió, como quien se acuerda tarde de los modales—: Me llamo Ramiro, por cierto.
Y no soy más listo que ninguno de vosotros. Solo he pasado más noches al raso.
Cabezas que asentían. Hasta la mujer de pelo blanco dejó de temblar un poco.
El hombre tenía razón en casi todo, y eso fue lo primero que a Irene le chirrió: tenía demasiada razón.
Hablaba del monte de noche como quien ya lo ha hecho.
Sabía que la verja estaba al este sin haber visto un mapa.
Sabía cuánto cunde una hora a oscuras. Una presa de verdad, sacada de su vida y soltada en un bosque negro con una lamparilla y dos horas, no sabe nada de eso.
Aquel hombre sí. Irene archivó el detalle, como se archiva un rastro que todavía no lleva a ningún sitio, y no dijo ni media palabra.
—Yo me apunto a no morir —dijo la chica del pelo corto—. ¿Cuál era el plan otra vez? ¿Correr hacia la única salida que nos han enseñado los mismos que nos van a cazar? Suena fenomenal.
—Suena a que es lo que hay —contestó el hombre, sin enfadarse—. Si tienes una idea mejor, soy todo oídos.
—No la tengo. Por eso voy con vosotros, no porque me fíe. —Se encogió de hombros y miró a Irene, que era la que tenía al lado—. ¿Tú qué? ¿Vienes o te quedas a hacerte la valiente sola?
—Voy —dijo Irene.
—Bien. —Le tendió una mano fría, rápida—. Lola.
—Nuria.
—Encantada, Nuria. A ver si seguimos encantadas dentro de dos horas.
Lola lo dijo con media sonrisa torcida, y Irene comprendió en el acto que aquella chica iba a hacer chistes hasta el final, que era su manera de no romperse, y que iba a caer bien a todo el mundo, a ella la primera, lo cual era un problema.
Encariñarse en un sitio así era cargar peso de más.
Lo apuntó también, en otra columna, y decidió no hacerle caso. No siempre se puede.
Se pusieron en marcha antes de que el grupo terminara de cuajar del todo, porque alguien dijo «venga, que el reloj corre» y nadie quiso ser el que se quedaba.
Ramiro delante, marcando paso; un señor mayor con cara de pocos amigos detrás, Téllez, que no hablaba pero pisaba bien, sin hacer ruido, como quien ha trabajado al aire libre toda la vida; la mujer del pelo blanco en medio, protegida sin que se lo dijeran; el chaval pegado a ella; una chica joven, Sonia, que sin conocer a Téllez de nada se le había agarrado a la manga, y a la que el viejo, para sorpresa de Irene, no se quitó de encima; Lola e Irene cerrando, y un par de bultos más que se fueron quedando o adelantando en la oscuridad, sin nombre, que Irene dejó marchar sin pena.
A los pocos minutos, monte abajo, el primer cuerno rasgó la noche.
Un toque largo, grave, que bajó rodando entre los árboles y se les metió en el cuerpo a todos a la vez. La señal. La liebre estaba suelta. La cuenta atrás de las dos horas empezaba ahí.
Sonia se paró en seco y se llevó las dos manos a la boca, y de la garganta le salió un sonido pequeño, de animal, que de milagro no acabó en grito.
Lola, sin decir nada, le quitó la lamparilla antes de que se le cayera y le puso la otra mano en la espalda, firme, hasta que la chica volvió a andar.
No hizo ningún chiste. A veces Lola tampoco.
—Era el cuerno de salida, ¿no? —preguntó el chaval, con la voz fina—. ¿No el de... el otro?
—El de salida —dijo Téllez, sin volverse. Primera cosa que decía—. El otro suena dentro de dos horas. Cuando lo oigas, ya sabes. Hasta entonces, anda y calla.
El chaval calló. Apretaron el paso.
Y entonces empezó lo del farol.
Lo planteó Ramiro, en voz baja, sin parar de andar, como quien suelta una duda razonable.
Que la luz les dejaba ver dónde pisaban, sí, pero que también los pintaba en mitad del monte como un árbol de Navidad.
Que a lo mejor convenía que solo algunos llevaran el farol en alto, los del centro, y que los de fuera lo taparan o lo bajaran.
Que la regla decía encendido, no decía en alto.
Tenía sentido. Tenía tanto sentido que medio grupo lo agradeció. La mujer del pelo blanco bajó la suya, aliviada de esconderse. El chaval la tapó con el cuerpo. Y Lola, a su lado, dudó con la lamparilla en la mano, mirando la llamita, y dijo, sin chiste por una vez:
—O sea, que tenemos que elegir entre ver por dónde vamos y que no nos vean. Genial. ¿Y si te toca lo malo de las dos? Pisas mal, te caes, gritas, y ya te han visto.
—Por eso vamos juntos —dijo Ramiro—. Para que no te pase eso.
—Ya. Por eso. —Lola bajó su farol a la cadera, a media luz, sin convencerse del todo, y siguió.
Irene mantuvo el suyo donde lo tenía. Ni alto ni tapado.
A media altura, lo justo para verse las botas, porque ella no se fiaba de la salida que les habían vendido y prefería que, cuando le llegara el momento de separarse del rebaño, su luz no hubiera dado ninguna pista de hacia dónde tiraba una a la que todos tomaban por oveja.
La lamparilla marcaba, sí. Pero una luz también se podía dejar encendida en cualquier sitio para que mirara por ti, y eso lo iba a necesitar más tarde.
Iban bien. Demasiado bien, casi. El monte bajaba en una pendiente suave, los árboles dejaban pasar, el grupo se movía pegado y callado y Ramiro no se equivocaba ni una vez de dirección.
Llevaban quizá veinte minutos cuando Irene, por costumbre, por el hombre que ya no estaba, hizo lo que hacía siempre que un rastro le parecía demasiado limpio: se quedó un par de pasos atrás, se agachó con la excusa de atarse la bota, y miró el suelo que acababan de pisar.
Y ahí estaba lo que faltaba. O, mejor dicho, lo que sobraba.
Sobre las huellas frescas del grupo, encima, recién marcada en el barro blando, había una pisada que no era de ninguno de ellos.
Una bota grande, de suela honda, de las que ella no llevaba ni llevaba Téllez ni llevaba nadie de los que iban delante con sus zapatillas y sus mocasines de gente sacada de la ciudad.
Una bota de monte. Apuntando hacia donde iban.
Pisada después que ellos, no antes, porque aplastaba sus marcas y no al revés.
Alguien acababa de pasar por ahí. Detrás de ellos. En su mismo sentido. Sin luz, sin ruido, sin prisa, y sin molestarse siquiera en borrar la pisada, porque a nadie se le pasa por la cabeza que una de las ovejas sepa mirar el suelo.
Faltaban casi dos horas para que sonara el segundo cuerno. Para que, según el cuento que les acababan de leer, la batida empezara. Y alguien llevaba ya un rato caminando en lo oscuro, pegado a su rastro, contándolos.
La ventaja, pensó Irene, agachada sobre la huella, con el grupo alejándose un par de metros y Lola girándose para buscarla. La ventaja no era de ellos.
—¿Nuria? —llamó Lola, bajito—. ¿Vienes o qué?
Irene se levantó. Borró la huella con la bota, despacio, sin pensarlo, por reflejo, y echó a andar hacia el grupo.
—Voy —dijo.
No les contó lo de la bota.