Corre, si puedes 46. Corre, si puedes
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46. Corre, si puedes

Corre, si puedes

Un año después, la luna volvió a salir roja.

Salió igual que el año anterior, y que el anterior, y que todos los que aquella finca llevaba sin molestarse en contar: enorme, sucia, colgada sobre el monte como un farol viejo, tiñéndolo todo de esa claridad que no sirve para ver pero sí para que te vean.

Mala luna para esconderse. Y, desde una ventana alta del castillo de Valdecorvo, con una copa en la mano y la noche entera por delante, Irene la vio salir sin sentir absolutamente nada.

Había sido un año raro. El primero siempre lo es, le había dicho Amalia con esa tranquilidad suya de jubilada que sigue yendo a la oficina por gusto.

Un año de aprender un oficio nuevo: las cuentas, los contactos, los partes médicos, la gente de mono que recoge lo que sobra antes de comer.

Un año de firmar papeles, de devolver llamadas, de que la llamaran «señora Aldecoa» sin que se le revolviera ya el estómago al oírlo.

La finca funcionaba. La maquinaria, engrasada otra vez, ronroneaba bajo su mano fría igual que había ronroneado bajo la de todos los muertos que la precedieron.

Solo había cambiado la cara que la mandaba.

Adrián seguía vivo. Eso, contra todo pronóstico, había salido bien.

Lo habían cosido en aquel quirófano que Amalia se sacó de la nada, y tardó meses, pero volvió a andar.

Vivía con ella, en el castillo, en una habitación de invitados que poco a poco se le había ido quedando para siempre.

Algunas noches todavía la miraba como aquella mañana en la ladera, buscándola debajo de lo que se había vuelto.

Cada vez la encontraba menos. Y los dos, sin decirlo nunca, sabían que aquel rescoldo que él se empeñaba en soplar se estaba apagando despacio, de la misma manera exacta en que se le había apagado a Sara, hacía ya dos años, todo lo que tuvo dentro.

No hablaban de eso. Era lo único de lo que no hablaban.

Abajo, en el patio empedrado, ya estaban llegando los de este año.

Irene bajó cuando se lo dijeron, sin prisa.

Cruzó el patio hasta la mesa que habían puesto junto al muro, la mesa con su farol y su carpeta, y se sentó.

La misma mesa. El mismo sitio exacto. Un año antes, en aquella misma silla, una mujer mayor y elegante la había recibido a ella con una sonrisa y le había apuntado en una lista un nombre que no era el suyo.

Ahora la mujer de la mesa era Irene. La carpeta era suya.

El bolígrafo era suyo. Y al otro lado, de pie, sucios del camino, asustados, agradecidos de antemano, esperándola, estaban los desechables de aquel año.

Fue llamándolos uno a uno. Les fue tachando el nombre de verdad y apuntándoles el de la noche.

Les fue dando un farol a cada uno, encendido, con la misma frase de siempre: que sin luz no contaban, que el que llegaba a oscuras no llegaba.

Les recitó las reglas con la solemnidad con que se lee una sentencia, porque era exactamente eso.

Mantened el farol encendido. Llegad a la Verja del Alba antes de que salga el sol y seréis libres. Cruzáis la verja y se acabó: a casa.

Hubo una, la última de la fila, que le llamó la atención.

Una chica joven, flaca, con los ojos muy abiertos y la mandíbula apretada de una manera que Irene reconoció, porque era la suya de hacía un año.

La chica cogió el farol sin que le temblara la mano.

Miró a Irene un segundo de más, calculando, midiendo, y Irene supo, con una certeza fría, que aquella no se creía ni una palabra de lo de la verja.

Que aquella tenía un plan. Que aquella, a lo mejor, no había venido a huir.

Igual que ella.

Por un instante, uno muy corto, algo viejo se removió en el fondo de Irene.

No llegó a ser lástima. No llegó a ser nada con nombre.

Fue solo un eco, el fantasma de una mujer que un año antes había cruzado aquel mismo patio con un alambre pegado al antebrazo y un nombre falso en la boca, convencida de que era distinta, de que ella sí podría.

Irene no le dijo lo que sabía. Que el plan no importaba.

Que el alambre no importaba. Que de aquella verja no salía nunca nadie como había entrado, ni siquiera ganando. Sobre todo ganando.

No le dijo nada. Ya no era asunto suyo. Su asunto era otro.

Cuando estuvieron todos en fila, con sus faroles temblando en la noche roja, mirándola, esperando la señal para echar a correr hacia una salida que no existía, Irene se levantó de la mesa.

Arriba, en algún punto del castillo, alguien se llevó el cuerno a los labios, listo para el primer toque, el de medianoche, el que soltaba a las piezas y les regalaba sus dos horas de ventaja.

Irene los miró una última vez. A los que iban a morir aquella noche y a los que iban a morir creyendo que habían ganado.

Y dijo, con una voz tranquila, casi amable, casi de anfitriona, la única frase que aquel sitio le había enseñado a decir de verdad, la misma que le habían dicho a ella un año antes, en aquel patio, bajo aquella misma luna:

—Corre, si puedes.

Sonó el cuerno. Y echaron a correr.

La noche se los tragó con sus lucecitas amarillas bailando entre los troncos, monte arriba, hacia la oscuridad y la espera y la verja y todo lo que venía después.

Igual que un año antes se la había tragado a ella.

Igual que se los tragaba a todos, cada año, desde hacía dos siglos.

La luna roja lo miraba desde lo alto sin pestañear.

Y la maquinaria, abajo, empezaba a moverse otra vez, callada y puntual.

Irene se quedó sola un momento en el patio, escuchando apagarse las últimas carreras entre los árboles.

No sintió pena por ellos. No sintió emoción por la caza.

No sintió absolutamente nada. Solo aquella calma ancha y fría que se le había metido dentro la mañana del cerro y que ya no se le iba a ir nunca: la misma con la que aquella finca llevaba doscientos años haciendo lo que hacía.

Había bajado a aquel monte a salvar a su hermana. Y había salvado a una sola persona: a sí misma. Y se había salvado convirtiéndose en esto.

El sistema no se había roto. La había engullido entera, sin un ruido, sin que se le notara la costura, y ahora hablaba por su boca, y miraba por sus ojos, y mandaba con su mano fría sobre el mismo monte que un año antes la había visto correr para salvar la vida.

Allá arriba, entre los árboles, una de las lucecitas amarillas se detuvo un segundo. Como si su dueña, la chica de la mandíbula apretada, se hubiera parado a pensar. A calcular. A creerse distinta.

La vio pararse desde el patio. Y, muy bajito, para nadie, para la noche, casi con ternura, repitió la frase una última vez:

—Corre, si puedes.