Coronada por Cuatro Capítulo 11 El Laberinto de los Ecos
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Capítulo 11 El Laberinto de los Ecos

La Cámara de Observación Ocular flotaba en el punto más alto del subsuelo de La Aguja Celestial, una esfera de cristal unidireccional suspendida directamente sobre el colosal pozo que albergaba el Laberinto de los Ecos.

Serafina estaba de pie en el centro de la cámara, rodeada por docenas de paneles rúnicos translúcidos que proyectaban mapas térmicos, flujos de aether y visiones perimetrales del intrincado laberinto de piedra y espejismos que se extendía cientos de metros más abajo.

No había tomado el supresor neuronal de Clara esta mañana.

El acuerdo tácito forjado en la taberna exigía que ella estuviera presente, no solo como Auditora, sino como su ancla.

Y lo sentía. Oh, vaya si lo sentía. La Resonancia Etérea vibraba en su pecho como el ronroneo de un gran felino, una conexión constante, de cuatro vías, que la unía a los hombres que estaban a punto de descender al infierno.

Sentía la anticipación gélida de Elías, la solidez pétrea de Julio, la energía cinética y nerviosa de Rodrigo, y el fuego devorador, siempre impaciente, de Carlos. Estaban vivos. Estaban a salvo. Por ahora.

—El Soberano ha dado la señal, Auditora —anunció el Sub-Auditor de Hierro, un hombre viejo y de rostro severo que compartía la cámara con ella, encargado de asistir en los registros técnicos—. Las puertas del pozo se están abriendo.

Serafina asintió, su rostro una máscara de fría profesionalidad que desmentía la tormenta en su interior.

—Activen los relés de visión aethérica. Quiero una lectura ininterrumpida de las firmas de los cinco competidores —ordenó Serafina, apoyando las manos enguantadas en la mesa de control de cristal.

En las proyecciones holográficas, cinco puntos de luz brillante aparecieron en las entradas periféricas del inmenso laberinto circular. Verde para Terra. Azul para Aqua. Blanco titilante para Aeris. Rojo incandescente para Ignis.

Y un punto que no emitía luz, sino que parecía un agujero negro devorando los píxeles a su alrededor: Vano.

Abajo, en la oscuridad, el sonido de los pesados portones de bronce cerrándose resonó con la finalidad de una lápida cayendo sobre una tumba. La primera prueba de La Vanguardia Apex había comenzado.

Serafina observó las pantallas conteniendo el aliento.

El Laberinto de los Ecos no era estático.

Sus muros de obsidiana y cristal de cuarzo se movían con un chirrido subterráneo constante, accionados por engranajes mágicos que cambiaban los pasillos, cerraban caminos y abrían fosos ciegos.

Peor aún, la magia ambiental del lugar amplificaba los miedos y distorsionaba los sonidos.

Inmediatamente, los cinco puntos comenzaron a moverse hacia el centro geométrico, donde esperaba el Corazón de Prisma.

—Contacto hostil en el cuadrante este —informó un técnico—. Julio de Terra ha encontrado la primera manada de Ecos.

Serafina enfocó su atención en el panel de Julio. A través de la conexión de la Resonancia, sintió una repentina sacudida de adrenalina, seguida inmediatamente por una calma aplastante y calculada.

En la pantalla, formas grises, cristalinas y de múltiples extremidades —las bestias de aether fosilizado— emergieron de las paredes del laberinto, atraídas por el calor mágico del heredero. Eran ciegas, guiándose únicamente por las fluctuaciones de maná.

Fiel al plan de la noche anterior, Julio no desperdició energía en ataques destructivos ostentosos.

Serafina sintió el empuje sordo en su propia mente cuando Julio canalizó su poder.

En la pantalla, gruesos muros de granito brotaron del suelo del laberinto, sellando los pasillos y aplastando a las bestias contra el cuarzo antes de que pudieran acercarse.

Julio simplemente tomó un desvío y continuó avanzando a un ritmo metódico e implacable.

—Elías de Aqua también ha sido interceptado en el sector norte —dijo el Sub-Auditor.

Serafina sintió el frío. Un frío quirúrgico, preciso.

Elías no construía muros; él alteraba el ambiente.

La pantalla mostró al Erudito deslizándose por un pasillo mientras una fina niebla se condensaba a su alrededor.

Cuando los Ecos se abalanzaron sobre él, la niebla se congeló en milisegundos, convirtiendo a las bestias en estatuas de hielo quebradizo por las que Elías pasó caminando sin siquiera romper su paso.

—Rodrigo de Aeris... no lo entiendo, Auditora. Se mueve demasiado rápido para las trampas de transmutación —el técnico sonaba desconcertado.

Serafina sonrió levemente para sus adentros, sintiendo la euforia ingrávida y la risa silenciosa del mercenario rebotando en el vínculo.

Rodrigo no estaba peleando. Estaba corriendo por las paredes, impulsándose con ráfagas cortas y brutales de viento comprimido, esquivando las fauces de los Ecos y saltando por encima de los muros cambiantes antes de que pudieran cerrarse sobre él. Era un fantasma en el viento.

Hasta ahora, todo iba según el plan. Estaban conservando su magia. Estaban sobreviviendo.

Entonces, Serafina miró el punto rojo.

Carlos no estaba esquivando ni levantando muros.

El Comandante de Fuego avanzaba en línea recta, dejando un rastro de destrucción absoluta a su paso.

La pantalla mostraba pasillos enteros derretidos, bestias de aether reducidas a cenizas flotantes.

El calor de su furia y su ambición latía a través de la Resonancia, haciendo que la piel de Serafina bajo su uniforme se sintiera afiebrada.

—Está quemando maná demasiado rápido —murmuró Serafina, frunciendo el ceño—. Si sigue así, llegará al centro del laberinto exhausto.

—Auditora —la voz del Sub-Auditor de Hierro cortó sus pensamientos, repentinamente alarmada—. Hemos perdido el rastro de la firma del Abismo.

El corazón de Serafina dio un vuelco. Sus ojos recorrieron frenéticamente los paneles principales.

—¿Qué quiere decir con que lo han perdido? ¡Rastreen los sensores de presión! ¡Busquen distorsiones en las runas de los muros!

—¡No hay nada! Es como si se hubiera disuelto en la estructura misma del laberinto.

El pánico, frío y afilado, pinchó la mente de Serafina, pero no era suyo. Venía de la Resonancia. Venía de Carlos.

Serafina apartó a un técnico a empujones y tomó el control manual de los relés visuales del sector sur, donde Carlos había estado avanzando. Giró el dial de ampliación al máximo, forzando a la cámara mágica a atravesar la densa nube de humo y ceniza que el Comandante Ignis había dejado a su paso.

La imagen se aclaró.

Carlos estaba de pie en medio de una intersección circular de obsidiana, respirando con dificultad, el fuego parpadeando en sus puños. Los muros a su alrededor habían dejado de moverse.

Y entonces, las sombras mismas del suelo se alzaron.

No eran bestias del laberinto. Era magia negra, densa como el alquitrán, serpenteando por los tobillos de Carlos, escalando por su armadura.

Vano se materializó de la oscuridad en el pasillo norte de la intersección. No estaba atacando de frente; había usado el caos acústico del laberinto y las paredes espejadas para flanquear al Comandante.

—Registrando fluctuación anómala —gritó una de las analistas—. ¡El competidor del Abismo está alterando la matriz rúnica del laberinto! ¡Está cambiando la estructura!

Serafina se congeló. *Vano está haciendo trampa*. Altera el laberinto estaba explícitamente prohibido; era un acto de sabotaje directo contra la arquitectura de la prueba, no un combate legítimo.

En las pantallas, Vano levantó ambas manos y las cerró en puños.

Los gruesos muros de obsidiana alrededor de Carlos se iluminaron con una luz púrpura enfermiza y se cerraron de golpe, no como un pasillo cambiante normal, sino creando un domo hermético, una cámara de asfixia perfecta, aislando a Carlos del oxígeno y de la visión de cualquier otro competidor.

El vínculo estalló en agonía en el pecho de Serafina.

El fuego necesita aire para arder. Y Vano no solo había cerrado las paredes; estaba conjurando un vacío absoluto dentro de la pequeña prisión de obsidiana.

A través de la Resonancia, Serafina sintió los pulmones de Carlos contraerse violentamente, buscando oxígeno que no existía.

Sintió su pánico furioso mientras intentaba desatar una explosión para romper los muros, solo para que las llamas murieran apenas brotaban de sus manos, asfixiadas por la falta de aire y devoradas por la magia del vacío de Vano, que revestía el interior del domo.

—¡Auditora, está matando al heredero de Ignis! —gritó el Sub-Auditor.

—¡Es un ataque ilegal! —rugió Serafina, su voz cortando el aire tenso de la sala de control—. ¡Código de penalización beta! ¡Abran esas paredes ahora!

—¡No podemos! —respondió el técnico principal, tecleando frenéticamente en su panel rúnico—. ¡La matriz está corrupta! ¡La magia del Abismo ha infectado el nodo de control de ese sector. No responde a nuestros comandos aethéricos!

Serafina se llevó una mano a la garganta, sintiendo literalmente la asfixia de Carlos. La oscuridad se estaba cerrando en los bordes de la visión del Comandante, y ella lo sentía como si fuera propio. Sus rodillas amenazaron con ceder.

En la periferia de su mente, sintió que Julio, Elías y Rodrigo se detenían en seco en sus respectivos lugares del laberinto.

También lo habían sentido. El Cuadrante estaba sangrando la agonía de Carlos.

Rodrigo emitió una pulsación de rabia ciega, dispuesto a destrozar el laberinto entero para llegar a él, y Elías calculaba frenéticamente cómo romper la prisión desde el exterior, pero estaban demasiado lejos.

Carlos iba a morir allí abajo, ahogado en la oscuridad. Y la Resonancia aseguraría que la onda de choque mental los matara, o al menos volviera locos, a los otros cuatro.

*No. No lo permitiré.*

Serafina empujó todo el dolor fantasma hacia un rincón de su mente con una disciplina férrea. Ya no era solo una burócrata mirando pantallas; era el ancla del Cuadrante del Aether.

Si los técnicos no podían usar los nodos de control de forma mecánica, ella usaría la fuerza bruta de su propia alma.