Capítulo 10 La Víspera de las Pruebas #2
—En cristiano, Erudito —gruñó Rodrigo, cruzando los brazos—. ¿Qué significa exactamente para nosotros cuando empiece a llover sangre mañana?
Elías lo miró por encima del borde de su vaso.
—Significa, mercenario, que estamos atados en la vida, en el aether y en el dolor. Si tú recibes un corte profundo, todos sentiremos el fantasma de ese filo. Si Julio agota sus reservas de maná, todos experimentaremos la asfixia mágica.
—¿Y si uno de nosotros muere? —preguntó Julio en voz baja, con los ojos fijos en sus propias manos pálidas que descansaban sobre la mesa.
Elías guardó silencio por un momento prolongado. La Resonancia se volvió gélida y pesada.
—Los textos antiguos son teóricos, pero son unánimes —respondió Elías—.
Si un pilar del Cuadrante se rompe, la onda de choque aethérica es catastrófica.
La retroalimentación de la muerte viajará a través de la Resonancia hacia el ancla.
—Elías miró directamente a Serafina—. Si uno de nosotros muere...
Serafina morirá con él. Y probablemente los otros tres seremos arrastrados al vacío del trauma y la locura de inmediato.
El sonido de la respiración de Carlos se detuvo. El viento alrededor de Rodrigo murió instantáneamente.
—No —susurró Carlos, sus ojos ambarinos abriéndose desmesuradamente mientras miraba a Serafina. La revelación lo golpeó con la fuerza física del meteoro que había destruido el campo de entrenamiento—. No, eso es imposible. El Soberano... las reglas... exigen un solo vencedor.
—Las reglas no contemplaban un milagro o una maldición mágica de hace tres mil años, Comandante —dijo Elías con tristeza—. El torneo es un juego de suma cero. Pero la Resonancia nos ha convertido en un solo organismo. Sobrevivimos los cinco, o caemos todos.
Serafina sintió que las lágrimas amenazaban con derramarse, pero se negó a llorar frente a ellos.
—El Laberinto de los Ecos —dijo ella, su voz apenas un susurro rasposo—. Vano dijo que sus sombras iban a cazar presas luminosas. Si él mata a alguno de ustedes...
—No lo hará —la interrumpió Julio, su voz dura como el granito.
Inclinó su inmenso cuerpo hacia adelante, la resolución pura irradiando de él a través del vínculo y hacia la mente de Serafina, reconfortándola—.
Entraré en ese laberinto mañana, y levantaré muros de diamante si es necesario.
Nadie muere mañana, Serafina. Tienes mi palabra.
—Conmovedor, principito —dijo Rodrigo con una sonrisa torcida, aunque carecía de su habitual burla—. Pero los muros no detienen a la oscuridad. Yo digo que encontremos a Vano en el laberinto y lo destripemos antes de que sepa de dónde sopla el viento. Trabajamos juntos. Los cuatro.
Carlos golpeó la mesa con el puño cerrado, haciendo saltar los vasos de arcilla.
—¡Es mi deber matar a Vano! ¡La Facción Ignis necesita la corona para destruir al Abismo!
—rugió, su ambición en guerra abierta con el terror que sentía por la vida de Serafina.
Miró a los otros tres hombres con odio puro—.
Y si colaboro con ustedes, si demostramos piedad mutua, los jueces lo verán.
El Soberano lo verá. Serafina estará obligada a descalificarnos por colusión.
—Si nos matamos unos a otros en nombre del deber, ella morirá, Carlos —dijo Elías, su voz subiendo de volumen, cortante y gélida—. ¿Tu estúpida corona de oro vale la vida de la mujer a la que estás desesperado por poseer?
La acusación de Elías quedó suspendida en el aire, cruda y sin filtrar.
A través del vínculo de la Resonancia, Serafina sintió la respuesta antes de que Carlos pudiera articularla. Sintió la obsesión devoradora de Carlos, su necesidad de ganar para ser digno, para ser poderoso, chocando contra el amor puro e irrazonable que también albergaba por ella. Sintió su dolor.
Serafina no lo pensó. Su mano se movió a través de la mesa y se posó sobre el puño cerrado de Carlos.
Su toque neutralizó la magia ardiente que comenzaba a escapar de los nudillos del Comandante.
Carlos se quedó paralizado. Miró la delicada mano de ella sobre la suya y luego levantó la vista hacia el rostro de Serafina.
Toda la furia se desvaneció de él, dejando a un hombre aterrorizado.
Giró su mano, entrelazando sus largos y callosos dedos con los de ella, apretando como si se aferrara a un salvavidas.
—Ninguno de nosotros puede ganar La Vanguardia Apex —dijo Serafina, encontrando su voz.
Habló con la autoridad de la Auditora, pero con la vulnerabilidad de su ancla—.
Si compiten, morirán, y yo con ustedes. Y si colaboran abiertamente, el Soberano los ejecutará por traición y ejecutará a Vano para mantener la paz, lo que sumirá al reino en una guerra civil.
—Estamos en un callejón sin salida, entonces —murmuró Rodrigo, inclinando su silla hacia atrás, mirando el techo manchado de hollín.
—No —dijo Julio, sus ojos verdes brillando en la semioscuridad—. Tenemos una ventaja. Nosotros sabemos sobre el Cuadrante. El Soberano no. Vano no.
—¿Qué sugieres? —preguntó Elías.
—Que juguemos su maldito juego, por ahora —dijo Julio, mirando a sus tres rivales, que ahora compartían un fragmento de su alma—.
Mañana, en el Laberinto de los Ecos, actuaremos como competidores.
Mantendremos las distancias tácticas. Evitaremos enfrentamientos directos entre nosotros.
Dejaremos que el laberinto y las bestias nos mantengan ocupados.
Si nos cruzamos con Vano, pelearemos, pero sin comprometer nuestras vidas.
—Solo sobrevivir —dijo Elías asintiendo, comprendiendo la táctica de Terra: resistir en lugar de atacar—. Quien encuentre el Corazón de Prisma, que lo tome. Eso no nos matará, solo nos dará inmunidad.
Carlos apretó la mano de Serafina bajo la mesa. Ella sintió el calor de su cuerpo cediendo, su ambición retrocediendo frente a la inminencia del desastre.
—No voy a dejar que Vano ponga un dedo sobre ti —le susurró Carlos a Serafina, ignorando a los otros tres, hablando solo para ella.
—Él no está compitiendo contra mí, Carlos —respondió ella suavemente—. Yo estaré a salvo en la cámara de observación ocular. Ustedes son los que estarán ciegos en la oscuridad.
—Lo que dice la Auditora es cierto —intervino Rodrigo, bajando las patas delanteras de su silla al suelo con un golpe seco.
Miró a Serafina, y su mirada habitual de burla fue reemplazada por una ternura devastadora que la golpeó directamente en el pecho—.
Somos armas, Serafina. Creados para ser disparados.
Tú eres la que tiene que ver cómo apretamos el gatillo.
Solo... no dejes de mirarnos mañana, ¿de acuerdo?
Si te siento ahí arriba, mirando... el viento me guiará hacia la salida.
La abrumadora intimidad del momento amenazaba con asfixiar a Serafina de nuevo, pero esta vez, no por el pánico, sino por la profunda belleza de la conexión. A pesar del peligro, a pesar de las políticas y de las facciones enemigas, estaban allí, unidos.
Eran cinco, respirando en sincronía en la humedad de la taberna.
Sus mentes, ya sin supresores, se tocaron en los bordes de la conciencia, como un coro silencioso.
El anhelo posesivo de Carlos, la devoción inquebrantable de Julio, la profunda empatía de Elías y la feroz lealtad salvaje de Rodrigo convergieron en ella.
Y, a cambio, Serafina les ofreció su anclaje, su claridad, su negativa a dejarlos caer en la locura.
Elías levantó su vaso de aguardiente.
—Por el Cuadrante —dijo en voz baja, ofreciendo un brindis que era al mismo tiempo una bendición y una sentencia.
Julio levantó su vaso. Rodrigo hizo lo mismo.
Carlos, usando su mano libre mientras mantenía la otra fuertemente entrelazada con la de Serafina, levantó el suyo.
Serafina tomó el suyo con la mano libre.
Los cinco vasos de arcilla chocaron en el centro de la mesa con un ruido sordo. Bebieron el líquido hirviente en silencio, el aguardiente ardiendo en sus venas, sellando un pacto no escrito bajo las narices de todo el reino.
No sabían cómo iban a sobrevivir al torneo de La Vanguardia Apex. No sabían cómo iban a detener a Vano, y mucho menos cómo iban a reconciliar su lealtad a sus facciones con este amor nuevo, poliamoroso y mágicamente vinculante que florecía entre ellos.
Pero mientras abandonaban la taberna en silencio, dividiéndose en la lluvia helada para regresar a La Aguja Celestial por rutas separadas antes de que sonaran las alarmas del amanecer, Serafina supo una cosa con absoluta certeza.
La Auditora imparcial había muerto esta noche.
Mañana, ella sería los ojos del Cuadrante en la oscuridad. Y Dios ayudara al laberinto, a Vano o al Soberano, si alguno de ellos se atrevía a tocar a los hombres que ahora estaban entrelazados con su propia alma. ```eof
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