Coronada por Cuatro Capítulo 11 El Laberinto de los Ecos #2
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Capítulo 11 El Laberinto de los Ecos #2

—Apartaos de la consola principal —ordenó Serafina, su voz resonando con una autoridad que no dejaba lugar a discusión.

El técnico principal retrocedió tropezando. Serafina se situó frente al pilar de cristal central que controlaba la energía bruta del Laberinto de los Ecos. Se quitó los guantes y colocó ambas manos desnudas, las palmas planas, contra el cuarzo zumbante.

Cerró los ojos y se sumergió en el vínculo.

Ignoró la sensación de asfixia que venía de Carlos.

Ignoró el pánico de Julio. En su lugar, buscó el inmenso y calmado océano de la mente de Elías y la infinita presión de la tierra de Julio.

Tomó prestada su estabilidad. Usó el aether de ellos para blindar su propio corazón, convirtiéndose en un conducto perfecto.

—Autoridad de la Auditoría Suprema —susurró Serafina, pero no con su voz física, sino enviando las palabras a través del circuito mágico que conectaba la cámara con el laberinto.

Liberó todo el peso de su magia pasiva, el poder del Ojo de la Balanza.

Pero esta vez, no fue un escudo supresor local a su alrededor.

Lo canalizó a través del cristal de control, disparándolo como una flecha de luz pura hacia abajo, directamente a través de cientos de metros de piedra, viajando por el enlace simpático que compartía con Carlos.

Dentro de la cúpula asfixiante de Vano, Carlos había caído de rodillas. Su visión se había oscurecido. El fuego de sus venas se estaba apagando. Estaba a segundos del colapso total.

De repente, una luz cegadora y estéril estalló dentro de la cámara oscura, no desde afuera, sino *desde dentro* del pecho de Carlos.

Serafina inyectó su campo de neutralización directamente en el aura de Carlos a través del vínculo del Cuadrante.

La magia represiva de la Auditora colisionó violentamente con la magia corruptora del Abismo.

El campo del Ojo de la Balanza rechazó la anomalía, rasgando la infección negra que Vano había tejido en las paredes del laberinto.

Vano, que estaba al otro lado del muro de obsidiana saboreando la inminente muerte de su rival, soltó un grito de dolor sorpresivo cuando la retroalimentación de aether neutralizado golpeó sus manos, quemándole la piel negra con pura luz punzante.

El domo de obsidiana crujió bajo la presión desestabilizada.

Y Carlos, sintiendo el aire volver a sus pulmones de golpe, y sintiendo la presencia poderosa, feroz y protectora de Serafina latiendo en cada nervio de su cuerpo, abrió los ojos.

La falta de oxígeno había apagado su fuego rojo, pero la energía que fluía ahora a través de él no era solo suya. Era la estabilidad de Terra, la frialdad de Aqua, el oxígeno de Aeris y la pureza castigadora de la Auditora.

Carlos dio un golpe sordo contra el suelo con el puño.

El domo de obsidiana no solo se rompió; explotó hacia afuera en mil millones de fragmentos afilados, impulsados por una onda de choque de fuego estelar, blanco y cegador, que iluminó todo el sector sur del laberinto.

En la Cámara Ocular, los paneles rúnicos destellaron peligrosamente y las alarmas de sobrecarga aethérica comenzaron a aullar.

Serafina se separó del pilar de cristal, jadeando profundamente, cayendo de espaldas hasta que su espalda chocó contra la barandilla de metal.

El sudor le empapaba la frente. Sentía como si hubiera corrido una maratón con los pulmones en llamas, pero estaba sonriendo.

Una sonrisa feroz, salvaje y desafiante que aterrorizó al Sub-Auditor de Hierro que la miraba.

En las pantallas, el humo blanco se despejó lentamente.

Carlos estaba de pie, erguido, envuelto en un aura de llamas tan calientes que el cuarzo a sus pies se estaba volviendo líquido.

Su respiración era pesada, pero estaba vivo.

Y miraba directamente hacia el techo del laberinto, directamente hacia donde sabía que la Cámara Ocular y Serafina estaban observando.

Vano yacía en el suelo a diez metros de distancia, su abrigo quemado y su magia de sombras fragmentada e inestable.

Se puso en pie tambaleándose, miró a Carlos con una mezcla de conmoción y terror genuino, y rápidamente se disolvió en una nube de oscuridad, huyendo hacia los rincones más profundos del laberinto, abandonando su intento de asesinato.

—Auditora... ¿qué ha hecho? —murmuró el Sub-Auditor, con los ojos muy abiertos, mirando el pilar de control que ahora tenía una pequeña fisura en su núcleo debido a la inmensa cantidad de energía canalizada.

Serafina se enderezó, alisándose el uniforme con manos temblorosas. Su voz volvió a ser hielo cortante.

—El competidor del Abismo utilizó una manipulación de la matriz estructural clase alfa, un acto de trampa letal explícitamente prohibido —declaró ella, dictando las palabras para el registro oficial—.

Como Auditora, purgué la infección de la arena para asegurar un combate justo.

El Comandante de Ignis está libre para continuar.

A través del vínculo, Serafina sintió el alivio colectivo chocar contra ella como una ola de calor.

*Te debo la vida, ancla mía*, vibró la mente de Carlos, una promesa ardiente y solemne enviada directamente a su alma.

*Nos la debes a todos, cabezota. No vuelvas a morir o te mato yo mismo,* respondió Rodrigo a través de la red, su alivio disfrazado de broma sarcástica.

Serafina se giró de nuevo hacia las pantallas. La primera crisis había sido superada, pero Vano había demostrado que no jugaría según las reglas del Soberano. Y ahora, el Abismo sabía que Carlos poseía una fuente de poder inexplicable y monstruosa.

—Enfoquen las cámaras en el centro del laberinto —ordenó Serafina a los técnicos estupefactos, su corazón latiendo con fuerza—. Vano no va a cazar más. Va a correr directamente hacia el Corazón de Prisma. Y si lo consigue... la inmunidad será suya.

La carrera hacia el final del Laberinto de los Ecos había dejado de ser un juego político. Se había convertido en una guerra por la supervivencia del Cuadrante. ```eof

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