Capítulo 9 El Edicto del Soberano #2
—Las reglas de combate dentro del laberinto son absolutas.
El combate directo entre competidores está permitido, siempre que no resulte en la mutilación deliberada antes de una rendición formal.
Sin embargo... —La voz del rey se endureció, adquiriendo un filo autoritario—.
Si el Laberinto de los Ecos reclama vidas, no será considerado asesinato.
Será considerado la voluntad de la Vanguardia.
El mensaje era inconfundible. Serafina sintió que el aire abandonaba la sala.
El Soberano acaba de dar luz verde. Había admitido legalmente a Vano en la competencia debido a las viejas leyes, pero también acababa de dar a los otros cuatro competidores la autorización implícita para asesinar al líder del Abismo en la oscuridad del laberinto, sin enfrentar cargos de traición.
Era una sentencia de muerte disfrazada de regla de torneo.
Vano soltó una carcajada baja, un sonido seco que raspó contra los tímpanos de todos los presentes.
—Qué discurso tan elegante, Majestad —dijo Vano, haciendo una reverencia burlona—. "La voluntad de la Vanguardia". Qué forma tan poética de decir "Maten al extraño". Acepto las condiciones. El laberinto y yo nos llevaremos muy bien. Después de todo, a mis sombras les encanta cazar presas luminosas.
Vano se giró lentamente, paseando su mirada sin pupilas sobre Julio, Elías, Rodrigo y, finalmente, Carlos.
—Traten de no hacer mucho ruido con sus hechizos, muchachitos. Odio cuando la comida grita antes de tiempo.
Carlos dio un paso adelante, el aether en sus venas hirviendo a punto de ignición, pero Julio le puso una mano firme como el acero en el hombro, reteniéndolo. Rodrigo sonrió con una arrogancia suicida, y Elías no mostró ninguna emoción, simplemente registrando los datos.
—La Auditora Real, Serafina, supervisará la prueba desde la cámara de observación ocular —anunció el Soberano, llamando la atención hacia ella nuevamente—.
Sus ojos verán a través de la magia del laberinto.
Si alguien corrompe las reglas fundamentales, ella activará las barreras de penalización. La palabra de la balanza es final.
Serafina se enderezó, adoptando la postura más rígida que pudo, suplicando al supresor neuronal que le diera diez minutos más de frialdad.
—Las reglas son claras, Majestad —respondió Serafina, proyectando su voz para que llenara la sala, fría y carente de toda la turbulencia que la devoraba por dentro—. Vigilaré cada corriente de aether. Vigilaré cada enfrentamiento. Nadie escapará al peso de la ley de La Aguja Celestial.
Miró al Soberano y, por una fracción de segundo, sus ojos bajaron para encontrarse con la mirada de la Princesa Aurelia. Detrás de la fachada de la niña dócil, Serafina vio a una prisionera aterrorizada, esperando saber quién sería su carcelero.
—El Edicto está sellado —concluyó el Soberano, golpeando el suelo con su bastón. El sonido resonó como la caída de una guillotina—. Campeones, dispongan de esta noche. Hagan sus oraciones, afilen sus mentes. Mañana, se derramará la primera sangre por la corona.
La asamblea fue disuelta. Las delegaciones comenzaron a murmurar frenéticamente, levantándose para escoltar a sus respectivos campeones fuera de la sala.
Serafina no se movió de inmediato. Permaneció en el podio, agarrando los bordes de madera con una fuerza febril.
A medida que los hombres comenzaban a retirarse, cada uno de ellos se detuvo y se volvió para mirarla una última vez.
Julio le ofreció una mirada cargada de solemne promesa; no dejaría que el laberinto lo tragara, porque sabía que ella lo sentiría.
Elías le dio una mirada de cálculo empático, reconociendo el sufrimiento que le costaba mantener esa postura.
Rodrigo le guiñó un ojo, una bravuconería desesperada para aligerar la asfixiante presión de la sala.
Y Carlos... Carlos la fulminó con una mirada posesiva, ardiente y desafiante, una promesa de que saldría triunfante sin importar cuánta sangre tuviera que derramar.
Cuando finalmente salieron de la sala, la distancia física permitió que el supresor neuronal volviera a tomar el control precario de la mente de Serafina.
El silencio en el anfiteatro vacío fue aplastante.
Serafina soltó el podio. Sus piernas estaban débiles y su respiración entrecortada.
La política. El Soberano. El torneo. Todo era una farsa gigante y sangrienta, y ella estaba atrapada en el centro geométrico de todo. Se había engañado a sí misma pensando que podía mantener la neutralidad profesional, pero la verdad la había golpeado con la fuerza de un desastre natural.
Estaba unida a cuatro hombres que, mañana por la mañana, entrarían en una trampa mortal en la oscuridad.
Y no importa cuánto supresor alquímico le inyectara Clara, Serafina sabía que, en la oscuridad del laberinto, cuando el primer golpe cayera y la sangre comenzara a derramarse, ella sangraría con ellos.
Necesitaba salir. Necesitaba aire, lejos de la magia opresiva de La Aguja Celestial, lejos de las expectativas, lejos de la nobleza. Necesitaba, aunque fuera por una hora, fingir que no era el ancla de una catástrofe mágica y política inminente.
Y sin saberlo, los cuatro hombres con los que compartía su alma estaban pensando exactamente lo mismo. ```eof
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